✍ Una nueva Argentina [1940]

por Teoría de la historia

bunge_alejandro-una_nueva_argentina_1940El primer paso para la resolución de todo problema es tener idea clara de la existencia del mismo; consciente de esta premisa, Alejandro E. Bunge, profesor y académico de la Universidad de Buenos Aires, ha querido ofrecer, bajo el título de “Una nueva Argentina” una visión conjunta de los problemas económico-sociales de su país “a los dirigentes y a la juventud estudiosa, que habrá de asumir pronto funciones directivas”. Artículos, conferencias, informes oficíales, discursos, trabajos publicados en la Revista de Economía Argentina; un inmenso material de desigual valor, que recorre las fechas que van del año 1914 al 1940, viene a integrarse en este libro, cuya unidad a veces se resiente de este aluvión de material elaborado en fechas tan distantes. No se ha conformado el profesor Bunge con el mero planteamiento de los problemas, ha querido también, en misión docente, legar a las nuevas generaciones un instrumental técnico con que operar sobre ellos; su formación estadística y su calidad de ingeniero se ponen de relieve a lo largo de toda la obra, para marcar con caracteres incontrastables el valor y la limitación del mismo. Dedica la primera parte de su obra al estudio de “los problemas de la población”. Sobre la Argentina, país de gran extensión territorial, se cierne la amenaza de un decadencia demográfica que con carácter progresivo viene acusándose durante los últimos treinta años; gráficamente plasma el autor éste descenso y el peligro que encierra, formando las “pirámides de población” que la disminución de la natalidad, al acortar su base, va convirtiendo en “urnas funerarias”. Examina los motivos que vienen alegándose como causas de la desnatalidad: carestía de la vida, inseguridad del porvenir, amenazas de guerra; pero la observación y el estudio llevan a la conclusión que, al menos en Argentina, éstas no son las verdaderas causas, ya que con el bienestar ha disminuido la fecundidad y que la amenaza de guerras no existe; por el contrario —afirma el autor—, el factor decisivo es la intervención de la voluntad; el problema radica en razones de orden espiritual, moral o religioso y su remedio sólo puede encontrarse en “un cristiano concepto de la vida”. Pone de relieve el peligro que representa el descenso creciente de la raza blanca y el aumento de los menos dotados. La población argentina, que en 1810 contaba con 450.000 habitantes, marca una curva ascendente; en 1869 llega a 1.830.000; cada veinte años duplica su población; pero a partir de 1913 se inicia el descenso y con él “el drama demográfico de un país joven”. La disminución de la inmigración presenta un aspecto favorable, el de mayor homogeneidad racial: Argentina pasa de cosmopolita a nación sin extranjeros. Al mismo tiempo otra transformación se está operando sobre el suelo argentino: la atracción de la ciudad. Un estudio comparativo nos lleva a la conclusión de que es precisamente Argentina el país donde este fenómeno universal se deja sentir con mayor intensidad; el campo no retiene ni siquiera una parte del crecimiento natural de la población, de país agrícola pasa en un breve período á constituir una nación de vida urbana absorbente. Bajo el epígrafe “Economía y política económica” agrupa en la segunda parte una serie de capítulos de alto valor informativo. No cuenta la Argentina con estimaciones oficiales del valor del patrimonio nacional, ni de la renta, ni del valor de producción; el profesor Bunge trata de suplir esta falta de información oficial mediante su propia investigación y utiliza para las evaluaciones el método de formación de números índices; los gráficos y tablas en que se reflejan (páginas 185 a 225), constituyen una inapreciable fuente de estudio de la economía argentina en los últimos treinta años. El desequilibrio económico entre las diferentes regiones que integran el enorme espacio territorial argentino se halla tratado magistralmente, “la atracción demográfica de las grandes ciudades del litoral, la inversión en este sector de la mayor parte de los recursos fiscales de la nación y la política económica —más propiamente la ausencia de una política—, unido a diferencias climáticas y geográficas” lo han agudizado en los últimos tiempos. Para poner en evidencia este desequilibrio el autor divide el país en tres zonas, formadas con arcos de círculo que tienen por centro Buenos Aires; la primera, con un radio de 580 kilómetros; la segunda, con radio de 1000, y la tercera, que abarca el resto; la capacidad económica, el nivel cultura y el nivel de vida van disminuyendo conforme se alejan del centro, y en este “país abanico”, que constituye la Argentina, la primera zona, que comprende un 20 por 100 del territorio, absorbe un 80 por 100 de su capacidad económica y esta desproporción se hace patente en todos los órdenes político-económico-demográficos. Particular interés ofrece el capítulo dedicado a la historia económica y financiera de la Argentina durante el presente siglo. La repercusión de la guerra de 1914 en la economía mundial enfrenta a la Argentina con una realidad que había desconocido alegremente: la de su dependencia económica del extranjero, su condición de “satélite” económico de las potencias “astro”. Un informe oficial emitido por el profesor Bunge en 1917 dice: “Todos los países civilizados tienen su política económica internacional propia, que oponen a los demás países. Nosotros, en cambio, tenemos la política económica internacional que nos imponen los demás. En todas las naciones civilizadas existe una política económica y social propia que se opone a la influencia exterior. En el nuestro, en cambio, existe la política económica y social interna que el exterior nos impone.” La situación de la economía argentina, amenazada por el bloqueo, aparece grave; la carencia de una política económica nacional se une a la falta de información oficial; la iniciativa privada, a la cual se halla confiado el libre juego de las transacciones económicas, es impotente para resolver la situación; por otra parte, el comercio y la industria interior se encuentran en un 62 por 100 en manos de extranjeros; la población argentina sólo atiende a la producción. Se impone, pues, el paso de una economía basada en doctrinas internacionalistas a una economía de mayor autonomía. Esta deberá abordar con urgencia los siguientes problemas: diversificación de la producción, intercambio comercial entre las diferentes regiones argentinas, desarrollo de los ferrocarriles y medios de comunicación que haga posible este intercambio, desarrollo industrial parejo al agrícola; “se trata, en fin, de crear una política económica argentina, política que jamás lia existido y que no es tan necesaria como nuestras instituciones sociales y administrativas”. Todavía ha de sobrevenir la crisis de 1929 con la deflacción y sus consecuencias, y cuando estalla la guerra actual el camino hacia una conquista total y definitiva de la independencia económica y financiera está lejos de haberse recorrido íntegramente; pero se ha despertado la conciencia nacional, se buscan las soluciones en la propia Patria y no en un engañoso horizonte internacional. Dedica un capítulo a un proyecto de creación de una “Unión Aduanera del Sur”, que abarcaría los extensos territorios del antiguo Virreinato, más Chile y Brasil; el proyecto es como una réplica al intento similar europeo que bajo el patrocinio de Alemania pretendía en 1926 una “Unión Aduanera Europea”. Finalmente trata de “la falacia de la moneda como unidad constante de valor” y califica la ausencia de una definición jurídica de unidad de valor como una inexplicable laguna de la ordenación social, fuente de serios trastornos económicosociales. En la parte destinada a “Política social” (la tercera y última del libro), aborda, en primer lugar, el problema del costo de la vida, intentando la fijación de índices que permitan conocer las fluctuaciones del poder de compra de la moneda y el valor real correspondiente al salario nominal; estos “índices” se consiguen teniendo en cuenta un número suficientemente grande de productos y servicios. A juicio del autor, con ello podría conseguirse la fijación de un coeficiente de corrección de la moneda que neutralizase las variaciones de su poder de compra y la determinación en consecuencia de una unidad constante de valor. Refiriéndose a una política de salarios, apunta tímidamente que es requisito previo llegar a agremiaciones patronales y obreras dentro de unas normas que creen responsabilidad por ambas partes; pero el fantasma de la Constitución yugula el desarrollo de su idea y propone la formación de estas agremiaciones sobre la base de un régimen contractual. Respecto a la función de la tierra estima Bunge que a una nueva concepción económica argentina debe corresponder un nuevo concepto social y jurídico. Se impone, pues, la estimación de la función social de la tierra frente al concepto que la estima mera mercancía. El Estado debe dar facilidades para el asentamiento de un gran número de hogares rurales que arraiguen a la tierra el actual tipo de agricultor nómada. Distingue entre latifundio “geográfico” y latifundio “social” (entendiendo por tal el que reúne en una sola mano numerosas parcelas de tierra fértil que aisladas no forman latifundio geográfico) y defiende la creación de un impuesto progresivo sobre el latifundio social, con lo cual se facilitaría la instalación de los hogares rurales, al hacer posible la compra en combinación con el Estado de parcelas fértiles donde asentar familias agrícolas, equilibrando así el desenvolvimiento agrícola con el industrial. Examina las malas condiciones de la vivienda popular argentina, mal que, a juicio del autor, viene de lejos, pues en su viaje a Europa en 1919 pudo comprobar que “era indudable que en España e Italia la vivienda del trabajador no estaba de acuerdo con su cultura” (es lástima que el Dr. Bunge, al recoger esta imputación, que formuló en 1919, no la haga seguir de un estudio sobre las medidas adoptadas en estas dos naciones para dignificar la vivienda popular. De 1919 a 1940 la vieja Europa ha recorrido un largo camino; si el mal viene de lejos, el remedio tal vez pueda encontrarlo el Dr. Bunge a la mismauna-nueva-argentina-alejandro-bunge-9519-MLA20017393842_122013-O distancia). La educación en la Argentina y el análisis de las cargas fiscales son el tema de los capítulos siguientes. Cierra la obra un capítulo altamente esperanzador, que lleva por título “La defensa del país”; una palabra clave compendia el sentido de está defensa: “vigorizar”. Vigorizar la estructura social, la-económica y la administrativa con unos caracteres netamente argentinos. “La nación, nuestra nación argentina, ha de considerarse corno la adaptación racional y enérgica de su población al suelo, con sus tradiciones, sus glorias y su destino, la familia, la religión, el trabajo y la defensa desde España hasta hoy”. Este es el contenido, en líneas esenciales, del libro “Una nueva Argentina”, que nos ofrece una visión panorámica y conjunta de los principales problemas económicosocíales de dicha nación; una amplia información estadística avalora el texto, a lo largo del cual el autor va desgranando interesantes teorías personales o introduciendo procedimientos técnicos poco divulgados en Argentina. Teorías como la de la formación de los “números indicadores del costo de la vida”, la del “coeficiente de corrección de la moneda”, concertación de una política nacional hacia una independencia económica y financiera, “pirámides demográficas”, etcétera, son los jalones que marcan el valor de la obra de Bunge. Pero la obra, la buena obra del profesor Bunge, se halla tarada por una concepción positivista, que aun a despecho del propio autor, aflora constantemente en las páginas de su libro. También en Economía el árbol puede ocultar la visión del bosque, y así de hecho le sucede al autor, cuando pierde entre la abundancia de datos la visión del conjunto; la función económica no puede imaginarse como un compartimento estanco, sino como una más en el complejo de las que al hombre competen. Bunge no renuncia a una economía liberal. Aun cuando se le aparezcan, claramente, las consecuencias catastróficas a que inevitablemente aboca semejante concepción, persiste en su actitud. Cuando en su proceso de investigación encuentra la palpable realidad de una economía argentina disgregada, porque está al servicio del individuo y desconoce en instancia próxima el interés superior de la nación y en instancia remota el del género humano, cierra los ojos, presiente la verdad que le fluye, pero se le quedan muertas en las frases, por falta de calor, las ideas nación y cristianismo, política y religión; en vez de erigir estos conceptos en rectores de la Economía, intenta, fiel a su formación, ordenarla con la mecánica de sus datos estadísticos, sin procurar previamente una ordenación del hombre y de la vida como esferas superiores. No se siente con fuerzas para revisar conceptos, pero ofrece a las generaciones venideras cuanto puede dar un hombre que honestamente presiente ya su limitación. Nos lega su clara visión de los problemas argentinos y un bagaje técnico acuñado en treinta años de estudio. La nueva generación argentina acoge con cariño el homenaje que se le hace y lo acepta en cuanto vale, pero con fina intuición comprende que “las soluciones que se apuntan son, a veces, demasiado simplistas, y a menudo no parecen más que expresiones de buenos deseos. Desde luego que el doctor Bunge no es un revolucionario; es un clínico de nuestra economía, que señala dónde reside el mal, pero que llegada la ocasión de aplicar el remedio prefiere el suministro de pildoras a la intervención quirúrgica. Parece que considera a los problemas cuya existencia apunta tan magistralmente corno simples imperfecciones de la estructura social, susceptibles de un mejoramiento técnico” (Revista Nueva Política, julio 1941, Buenos Aires). La nueva generación argentina, como la nueva generación española, coinciden, pues, al apreciar el valor y la limitación de Bunge; limitación que le impone su fidelidad a una concepción liberal a la que es vano su intento de sanar, pues es tanto como desconocer que “cuándo un cuerpo es todo enfermedad, curarlo es matarlo”; frase que, aun convertida en tópico, encierra una profunda verdad.

[José L. OCHOA. “Alejandro E. Bunge, Una nueva Argentina, Editorial Guillermo Kraft Ltda., Buenos Aires, 1940, 513 págs.” (reseña), in Revista de Estudios Políticos (Madrid), nº 15-16, mayo-agosto de 1944, pp. 267-273]