✍ El burgués. Contribución a la historia espiritual del hombre económico moderno [1913]

por Teoría de la historia

el-burgues-werner-sombart-21452-MLA20210626969_122014-FWerner Sombart es, cosa que no vamos a descubrir aquí y ahora, uno de los historiadores más competentes de nuestro siglo. Uno de esos hombres que gustaba llegar, a través de sus trabajos de investigación, hasta lo más entrañable de la vida del ser humano. He aquí, esencialmente, la razón primordial que le animó a la redacción de estas páginas. Páginas, sin duda, significativas, esclarecedoras y trascendentes en grado sumo que giran en torno de una de las clases sociales —la burguesía— que, para bien o para mal, casi siempre ha estado presente en la hora suprema de decidir el destino político, social y económico del resto de la estirpe humana. No se trata, y conviene advertirlo desde ya mismo, de una obra en la que se conjugan únicamente los valores espirituales. Por el contrario, y en esto consiste la sorpresa que el docto historiador depara al futuro lector de estas páginas, sobre la interpretación espiritual o aristocrática de la clase burguesa predomina —intencionalmente—, precisamente, lo que más alejado podía estar de la mente del lector: la interpretación económica de la significación de la clase burguesa. Claro está, casi es obvio el recordarlo, que el eminente historiador se apresura a subrayar que, en rigor, «en lenguaje metafórico podríamos hablar de la vida económica como compuesta de un cuerpo y de un alma». Las formas en que se desenvuelve la vida económica —formas de producción, de distribución, organizaciones de todas clases, en cuyo marco el hombre satisface sus necesidades económicas— constituirían el cuerpo económico, del que también formarían parte las condiciones externas. A este cuerpo se contrapone el espíritu económico, el cual comprende el conjunto de facultades y actividades psíquicas que intervienen en la vida económica: manifestaciones de la inteligencia, rasgos de carácter, fines y tendencias, juicios de valor y principios que determinan y regulan la conducta del hombre económico. Tomo, pues —nos advierte el profesor Werner Sombart—, este concepto en su sentido más amplio y no lo limito, como ocurre tan a menudo, al ámbito de la ética económica, es decir, a lo moralmente normativo en el terreno de lo económico. En realidad, esto constituye sólo una parte de lo que denomino el espíritu de la vida económica. Los elementos espirituales que podemos detectar en las acciones económicas son de dos clases. Por una parte, se trata de facultades psíquicas o de máximas generales que sólo revisten una importancia especial dentro de las fronteras de una rama determinada de la actividad: la prudencia o la energía, la honradez o la veracidad. Por otra parte, se trata de manifestaciones psíquicas que no aparecen sino en relación con procesos económicos (lo que no excluye, claro está la posibilidad de referirlas a facultades o principios generales): la aptitud específica para el cálculo, la aplicación de un método concreto de contabilidad, etc. En todas las épocas, a juicio del autor de las páginas que comentamos, ha estado presente —intensamente latente— una honda preocupación por lo económico. En efecto —incluso en ciertos momentos en los que lo económico daba la impresión de no primar en absoluto , indica el eminente historiador, «el hombre precapitalista es el hombre natural, el hombre tal y como ha sido creado por Dios, el hombre de cabeza firme y piernas fuertes, el hombre que no corre alocadamente por el mundo como nosotros ahora, sino que se desplaza pausadamente, sin prisas ni precipitaciones. Y su mentalidad económica no es difícil de descubrir, puesto que se deriva directamente de la naturaleza humana». Pero, justamente, ya en ese momento, la preocupación por lo económico comenzaba a vibrar… Para el autor del libro, objeto de nuestra atención, es obvio, quiérase o no, que toda economía precapitalista y preburguesa es una economía de gasto. ¿QuéEL BURGUES quiere decir esto…? El propio historiador nos responde: la necesidad misma —la necesidad del individuo— no viene fijada por el capricho del individuo, sino que en el transcurso de los tiempos ha ido tomando en los diferentes grupos sociales una magnitud y una forma determinadas, que aparecen ahora como dadas. Tal ocurre con la idea del «sustento según la posición social» que domina en toda conducta económica precapitalista. Lo que la vida había ido moldeando en el curso de una lenta evolución recibe después de las autoridades del Derecho y de la moral su consagración como precepto. En la doctrina tomista la idea del sustento según la posición social constituye un elemento fundamental: es necesario que las relaciones de la persona con el mundo externo de los bienes se sometan en alguna forma a una limitación y a una norma. Esta norma, efectivamente, constituye el sustento según la posición social. Consecuentemente, el sustento ha de ser conforme al rango o posición del individuo. Ha de ser, pues, de naturaleza y magnitud distintas en las diversas clases sociales. Con esto quedan diferenciados radicalmente los dos estratos cuya forma de vida caracterizará la existencia precapitalista: los señores y la masa del pueblo, ricos y pobres, caballeros y campesinos, artesanos y tenderos, los que llevan una vida libre e independiente exenta de esfuerzos económicos, y aquellos que ganan el pan con el sudor de su frente: «los individuos económicos». Llevar una «existencia señorial» significa vivir en la opulencia y dar ocupación a un gran número de personas; significa pasar los días en guerras y cacerías, y consumir las noches en divertidas tertulias de alegres bebedores, jugando a los dados, o en los brazos de bellas mujeres. Significa erigir palacios y levantar iglesias, desplegar toda clase de boato y ostentación en los torneos y demás ocasiones festivas; significa una vida de lujos en la medida que lo permitan los medios y aun por encima de éstos. A este ritmo los gastos resultan siempre mayores que los ingresos. Hay que procurar, pues, que éstos aumenten en proporción a aquéllos. El intendente tiene que elevar los impuestos que gravan a los campesinos y el administrador tiene que subir las rentas; o bien se buscan, como veremos más adelante —nos promete el autor—, fuera del marco normal de la actividad lucrativa los medios para cubrir el déficit. «El señor desprecia el dinero. Se trata de algo sucio como sucia es toda la actividad lucrativa. El dinero está para gastarlo». No le falta, pues, la razón al profesor Werner Sombart cuando puntualiza que entre los hombres de la economía precapitalista estaba tan poco desarrollada la capacidad volitiva como la energía intelectual. Esto lo demuestra ya el lento ritmo de la actividad económica. Ante todo y sobre todo, trata de eludirla en la medida de lo posible. La menor ocasión de «holganza» es bien aprovechada. Por la actividad económica sienten lo mismo que el niño por la escuela, que no acude a ella más que cuando no le queda otro remedio. Ni el menor rastro de amor a la economía o a la actividad lucrativa. Esta, principalmente, es la característica definitoria del buen burgués. La característica fundamental de la existencia precapitalista, nos dice el autor de este libro, es la de la tranquila seguridad, como corresponde a toda vida orgánica. Ahora hay que 48807831mostrar de qué modo esa tranquilidad se convierte en desasosiego, de qué manera evoluciona la sociedad hasta pasar de un estado esencialmente estático a una disposición fundamentalmente dinámica. El espíritu que lleva a cabo esta transformación, que convierte en ruinas el viejo mundo, es el espíritu capitalista, como he dado en llamarlo por el sistema económico en que anida. Es el espíritu de nuestros días. El mismo que anima tanto al financiero norteamericano como al aviador, que domina nuestro ser por entero y rige la historia del mundo. Por eso mismo, con cierto e innegable matiz dogmático, el profesor Werner Sombart afirma que «si no toda la historia europea, al menos la del espíritu capitalista, tuvo su principio en la lucha de dioses y hombres por la posesión del oro nefasto». Conocemos además —nos dice— numerosas declaraciones de los siglos XV y XVI que atestiguan que el dinero había empezado a ocupar su posición dominante en todo el Occidente europeo. Pecuniae obediunt omnia, se queja Erasmo; «el dinero es el dios de la tierra», anuncia Hans Sachs. Digno de compasión llama Wimpheling a su tiempo, en el que ha comenzado el imperio del dinero. Pero Colón celebra, sin embargo, en una famosa carta a la reina Isabel, las excelencias del dinero con estas elocuentes palabras: «El oro es excelentísimo, con él se hace tesoro y con el tesoro quien lo tiene hace cuanto quiere en el mundo y llega que echa las ánimas al paraíso». Los síntomas, de los cuales podemos deducir un incremento cada vez más rápido de la codicia, una mammonificación de la vida, no cesan de aumentar: los cargos se ponen en venta, la nobleza se emparenta con la enriquecida crápula, los Estados centran su política en el incremento del dinero efectivo (mercantilismo), las prácticas para la adquisición de fondos son cada vez más numerosas y sutiles, etc. Sería infantil, subraya el docto historiador de cuyo libro nos venimos ocupando, creer que la pasión por el oro y la avidez de dinero han actuado de manera tan inmediata sobre la vida económica capitalista. La génesis de nuestro moderno sistema económico y, especialmente de la moderna mentalidad económica, no ha sido ni rápida ni sencilla. El creciente afán de lucro no tuvo en un principio ninguna influencia sobre la vida económica. Se buscaba conseguir dinero y oro fuera de los cauces de la actividad económica ordinaria, incluso en detrimento de la misma, que era a menudo descuidada y pospuesta. Al ingenuo campesino, al zapatero e incluso al comerciante no se le ocurría pensar que su propia labor cotidiana pudiera servirle para conseguir riquezas y tesoros. Curiosamente, en los siglos pasados —¿acaso no acontece lo mismo en nuestro tiempo…?—, quien contaba con recursos monetarios gozaba de una situación especial. No necesitaba ni robar ni refugiarse en la magia. Se le ofrecían diversas oportunidades de aumentar su dinero con la ayuda del propio dinero: a la persona de temperamento frío, el préstamo de dinero; a la de naturaleza fogosa, el juego. Y en ambos casos sin necesidad de aliarse con otros para una acción conjunta, pudiendo quedarse en casa encerrado en solitaria clausura: él era el único y exclusivo artífice de su fortuna. Todo el mundo sabe, desde que llamé la atención sobre ello —especifica el profesor Werner Sombart— en mi Moderner Kapitalismus, la extraordinaria importancia que ha tenido el préstamo privado durante toda la Edad Media y hasta nuestros días. Puede, por tanto, afirmarse que el préstamo ha sido, sin duda alguna, la fuente inicial del proceso de nacimiento y hegemonía de la clase burguesa. El proceso ascensional de la clase burguesa alcanza su máximo período de esplendor cuando, precisamente, se constituyen en auténtico soporte del propio Estado. Es el momento, denuncia el autor de estas páginas, en el que es preciso despejar el dilema de saber utilizar —recíprocamente— las ventajas que reporta la unión de la burguesía con el Estado: hay que saber aprovechar o utilizar en beneficio propio, independientemente de que este poder resida en el derecho inmediato de libre disposición sobre personas y cosas, o en la influencia que de manera indirecta pueda ejercerse, por ejemplo, en favor de una compra ventajosa o de una venta afortunada, es decir, mediante la obtención de privilegios, concesiones, etc. De esta forma se origina una nueva e importante modalidad de empresa feudal-capitalista. A menudo, pues, vemos cómo aristócratas influyentes se asocian con capitalistas burgueses o incluso con inventores pobres en una empresa común: el cortesano se ocupa entonces de los derechos necesarios de libertad y protección, mientras que el otro se encarga de proporcionar las ideas o el dinero. Tales asociaciones son muy frecuentes en Francia e Inglaterra, particularmente durante los siglos XVII y XVIII. En conclusión: en numerosos puntos de la vida económica europea hallamos al señor fuedal participando en la construcción del sistema capitalista, hecho que por sí sólo nos autoriza ya a considerar a aquél como un tipo especial de empresario capitalista. Esta impresión relativa a la significación del señor feudal para la marcha del desarrollo capitalista se ve reforzada si tenemos presente que también una parte considerable del capitalismo colonial nació del espíritu feudal. Es por entonces cuando, desgraciadamente, surge la gran figura, profundamente nefasta, para cualesquiera sistema económico —tanto del pasado, del presente y del porvenir—: el especulador. La nota característica de esta figura, de las muchísimas que le caracterizan (todas negativas), es la de haber advertido el individuo-especulador que en su interior yacía un manantial de51WwcLoOP6L._SY344_BO1,204,203,200_ auténtico poder: la fuerza sugestiva de su dinero, gracias a la cual, en efecto, pueden llevarse a feliz término ciertos planes. A veces, las más, el especulador no es un hombre inmensamente rico, sino, por el contrario, juega sus mínimas posibilidades a serlo: el especulador, nos indica el autor de estas páginas, sueña ardientemente con ver culminada por el éxito su feliz empresa. Se imagina ya como un hombre rico y poderoso, al que todo el mundo honra y celebra por las gloriosas acciones realizadas, que él mismo deja crecer desorbitadamente en su fantasía. Primero hará esto, después terminará aquello, dará vida a todo un sistema de empresas, llenará el orbe con la gloria de sus obras. Sueña con lo titánico. Vive en un continuo estado de delirio. La exageración de sus propias ideas le estimula una y otra vez y le mantiene en movimiento constante. Su estado de ánimo general es de un lirismo entusiasta. Ciertamente, la figura del especulador —que alcanzado su triunfo se transforma en inexorable burgués— entraña cierto matiz onírico, puesto que, efectivamente —subraya el profesor Werner Sombart—, cuanto más difícil sea aprehender el proyecto de la empresa especuladora, cuanto más generales sean sus posibles resultados, más apropiado será para el especulador, mayores prodigios podrá producir el espíritu de especulación. De ahí que las grandes empresas bancarias para el comercio ultramarino y de transporte (la construcción de los ferrocarriles, los canales de Suez y de Panamá) hayan sido desde un principio y continúen siendo hasta la fecha objeto especialmente apropiado para la actividad especulativa. Antes de poner punto final el autor a su interesante libro nos depara toda una serie de interrogantes que, en verdad, demandan una serena meditación, a saber: ¿es el espíritu burgués algo que se lleva en la sangre? ¿Existen personas burguesas «por naturaleza» que se distingan por ello de las demás? ¿Debemos ver entonces en una determinada predisposición congénita o en una «naturaleza» particular una de las fuentes (o quizá la fuente) del espíritu capitalista? O en otro caso, ¿qué importancia le corresponde a dicha predisposición en la génesis y desarrollo de este espíritu? Para 00000005encontrar respuesta a estas preguntas, nos indica el ilustre historiador desaparecido, hemos de tener presentes los factores y circunstancias siguientes: no hay duda de que todas las manifestaciones del espíritu capitalista responden, igual que todo estado o proceso anímico, a determinadas «predisposiciones» psíquicas, es decir, a una constitución primigenia y heredada del organismo, «merced a la cual éste posee la aptitud y la tendencia hacia determinadas funciones o la inclinación a ciertos estados». En mi opinión, subraya una vez más el eminente profesor, es indudable que todas las manifestaciones del espíritu capitalista, es decir, de la constitución psíquica del burgués, descansan en «predisposiciones» hereditarias. Esto es válido tanto para las voliciones afectivas como para la capacidad «instintiva», para las virtudes burguesas como para las diversas aptitudes adquiridas: todas ellas han de tener como substrato cierta «disposición» psíquica, sin que haya necesidad de especificar (porque carece de importancia para estas observaciones nuestras) si dichas «disposiciones» psíquicas responden o no a características físicas (somáticas) y, en su caso, hasta qué punto y en qué forma. La pregunta que hemos de hacernos ahora es si las «predisposiciones» para los estados del espíritu capitalista son umversalmente humanas, es decir, si son propias de todos los hombres por igual. «Por igual» desde luego no, pues no hay dos hombres que tengan «la misma » predisposición en un terreno espiritual concreto, ni siquiera cuando se trata de cualidades típicamente humanas, como, por ejemplo, la aptitud para el aprendizaje de un idioma, que poseen todos los hombres normales. En definitiva: «en todo perfecto burgués habitan dos almas: el alma de empresario y el alma de burgués propiamente dicho, cuya conjunción da el espíritu capitalista». A juicio del profesor Werner Sombart, quien cae en el pozo de la burguesía puede, en rigor, perder toda esperanza de salir del mismo, puesto que, en verdad, «el burgués engorda y se anquilosa en la medida en que se hace rico y se acostumbra a usar su riqueza en forma de rentas y, al mismo tiempo, a llevar una lujosa vida de señorón. ¿Acaso no van a seguir actuando en el futuro estas mismas fuerzas? Sería muy extraño».

[José María NIN DE CARDONA. “Werner Sombart: El burgués: contribución a la historia espiritual del hombre económico moderno. Versión española de María Pilar Lorenzo y Miguel Paredes. Alianza Universidad. Madrid, 1976, 371 págs.” (reseña), in Revista de Estudios Políticos (Madrid), nº 216, 1977, pp. 348-353]