✍ La cultura nazi. La vida intelectual, cultural y social en el Tercer Reich [1966]

por Teoría de la historia

Sin títuloLos elementos básicos de los movimientos nazi-fascistas de la primera mitad del siglo eran irracionales o, por mejor decir, irracionalistas. Pueden hoy considerarse como una respuesta desesperada a la falta de soluciones que las doctrinas racionalistas o lógicas habían aportado a los problemas de su tiempo y de los tiempos precedentes, de la misma manera que otros experimentos más inofensivos del irracionalismo cultural, literario y artístico lo estaban siendo ya y lo siguen siendo en nuestros días. La cultura nazi, sin embargo, no tenía la pretensión declarada de ser irracional, como esos movimientos, sino la de pretenderse portadora de un orden natural de valores subvertido desde siglos o milenios atrás por una presencia maligna constante que en su actualidad se revelaba especialmente en las razas judías (creadoras del capitalismo, de la democracia, de un pensamiento cultural degenerativo) y en las razas eslavas (donde había encarnado el comunismo; el hecho de que Marx fuese judío y de que las razas eslavas hubiesen adoptado el marxismo era una prueba clara de la identidad de propósitos malignos), y muy especialmente también en la enemistad hacia el genio teutónico, hacia la superior raza aria. “La cultura nazi” de George L. Mosse, publicada por primera vez en Estados Unidos en 1966 y presentada ahora al público español en una cuidada edición de Grijalbo, es, sobre todo, una selección de textos de la época, desde discursos de Hitler hasta sueltos anónimos41krgS3lVAL publicados en la prensa diaria, incluyendo temarios de examen en escuelas y universidades, programas de teatro y radio, listas de películas… Y textos de intelectuales de primera categoría, como los de de los Premios Nobel Leonard y Stark (Stark, galardonado con el Nobel por sus estudios acerca del campo electromagnético, escribía glosando a Leonard que la ciencia natural era “abrumadoramente una creación del componente sanguíneo nórdico-germano en los pueblos arios”, mientras que la ciencia judía “se esfuerza solamente por atender a los hechos sólo en la medida en que no se oponen a sus opiniones y propósitos”, de forma que “el espíritu judío tiene poca aptitud para la actividad creadora en ciencias, porque toma como medida de las cosas su individual querer y pensar, mientras que la ciencia exige observación y respeto por los hechos”; Stark había sido enemigo de Einstein, y cuando se le había planteado el ejemplo de Hertz, decía: “Es verdad que Heinrich Hertz hizo el gran descubrimiento de las ondas electromagnéticas, pero no era completamente de sangre judía. Su madre era alemana, y por ese lado, su dotación espiritual podía estar bien condicionada”). Mosse introduce el libro y cada apartado con 819JFrs+F6Lun examen propio del contexto histórico y con una breve rítica de la línea cultural nazi, incluyendo la de sus antepasados europeos, como Georges Sorel y Gustave Le Bon. Podría haber incluido a muchos más –Chamberlain, Gobineau, Maistre, Pareto, Gabriel Tarde–, porque el nazismo no es una creación alemana, como el fascismo no lo fue de Italia, sino que procede de un espíritu europeo de reacción ante los fenómenos consecutivos de la Revolución francesa y la revolución industrial: una gran antología del pensamiento fascista (aún avant la lettre) en Europa está por hacerse y sería utilísima para comprender toda una gran tendencia no extinguida –al contrario, muy presente–, de la que el nazismo no fue más que un epifenómeno; de otra forma se cae en el riesgo de atribuirlo a una sola época histórica, a un pueblo determinado y a un puñado de teóricos, siendo en realidad un tema de mucha más permanencia y vigencia de lo que generalmente se cree.

[Eduard HARO TECGLEN. “La cultura nazi. Crítica y antología”, in Triunfo (Salamanca), año XXVII, nº 563, 14 de julio de 1973, p. 46]

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