✍ Historia de las ideas científicas. De Tales de Mileto a la máquina de Dios [2013]

por Teoría de la historia

9789504940319Equívocos, errores, confusiones, rectificaciones: detrás de su fachada rigurosa, la ciencia atraviesa las civilizaciones como una sinuosa ruta que confronta linajes de pensamiento y en un repentino destello de intuición es capaz de pulverizar una teoría que durante siglos se vanaglorió del bronce de lo irrefutable. En el devenir científico nada es concluyente, aunque el aporte fragmentario que consagra cada nuevo hallazgo funciona como condición para futuros e impensados descubrimientos. Así ha avanzado esta disciplina que arrancó hace más de 2500 años con un eclipse de sol registrado por Tales de Mileto. Con una prosa precisa que acelera la lectura y refuerza la claridad conceptual, Moledo y Olszevicki articulan esta extensa secuencia que va desde el matemático griego a las formulaciones de la máquina de Dios, un recorrido trazado por “el esfuerzo intelectual del hombre por comprender el mundo en el que le tocó vivir”. “Este libro es una doble coronación: por un lado, es la coronación de los 40 años que Leonardo le dedicó a la divulgación de la ciencia en la Argentina; por el otro, de los más de ocho años de una amistad profunda en la que, gracias a él, le perdí el miedo a la ciencia”, desliza Olszevicki como tributo a su co-equiper, que por estos días está internado por una complicación en su salud. En “Historia de las ideas científicas” (Planeta), los autores sostienen que las coordenadas de la ciencia moderna están delimitadas por una visión heredada de los siglos XVI y XVII (“esa gigantesca epopeya intelectual que se extiende entre Copérnico y Newton”), tan fecunda como la que guió a los precursores griegos. ¿Qué criterios o ideas orientaron los hallazgos científicos de aquellos siglos en los que no se pensaba en términos de “progreso”? “El disparador central, desde la antigüedad hasta hoy, es la curiosidad. Aristóteles dice que el hombre es un animal político, pero más aún es un animal que quiere conocer, y que quiere conocer cada vez más”, explica Olszevicki a Télam. “Lo podemos pensar, incluso, en la mitología judeocristiana: Adán y Eva son expulsados del paraíso porque Eva, valiente, se atreve a comer la manzana del conocimiento. Es un gesto profundamente científico. El conocimiento es inherente al hombre; el hombre no conoce porque quiere progresar sino porque quiere conocer”, acota. Olszevicki, docente y becario del Conicet, considera que la práctica científica siempre fue alentada por el mismo afán. “El científico sigue investigando hoy en día, salvo algunas excepciones, por los mismos motivos por los que Tales o Pitágoras investigaron: porque la realidad que los rodeaba les parecía extraordinaria y tenían que explicarla de alguna manera”, apunta. Muchas de las teorías condensadas en la monumental obra refieren a dispositivos conceptuales que en campos como el caso de la física o la mecánica cuántica no tienen correlato en el mundo cotidiano y parecen desafiar al sentido común. ¿La exploración del universo tiene como requisito excluyente esta ruptura del sentido común? “En cierto sentido sí -señala Olszevicki-. Yendo a algo mucho más básico que las teorías de Galileo, Newton o la mecánica cuántica: el sol sale y se pone. Cualquier persona con sentido común diría que el sol sale y se pone, y en nuestro lenguaje cotidiano decimos que el sol sale y se pone. Sin embargo, sabemos que eso no pasa verdaderamente”. “El sentido común da por sentada la realidad -indica-, y el pensamiento, científico o general, la cuestiona, la pone en crisis. La ciencia occidental es, en este sentido, una enorme construcción contra el a la vez cómodo y aburrido sentido común”, indica. El imaginario asocia a la ciencia con una actividad racional, aunque la intuición tendría un rol preponderante en el descubrimiento científico: “Sí, obviamente, lo que pasa es que la intuición es también racional, o relativamente racional. No es una iluminación que viene de la nada sino una idea que aparece cuando ya se está pensando desde hace mucho en un tema”, dice el autor. “Un buen ejemplo es Dmitri Mendeleiev: él trata de ordenar los elementos conocidos de acuerdo a algún criterio pero no se le ocurre ninguno. En determinado momento, sueña con ese orden; se levanta, escribe lo que soñó y ahí tenemos uno de los mayores logros de la ciencia: la tabla periódica de los elementos”, apunta. “Si Mendeleiev no hubiese estado pensando en eso durante meses, o tal vez años, esa intuición no le hubiera venido a la mente. Lo que no quiere decir que cualquiera hubiera encontrado la solución. La historia de la ciencia está repleta de tipos que pensaron y no llegaron a nada, o llegaron a muy poco”, acota. Y aunque la ciencia ha sido percibida históricamente como algo alejado de la vida cotidiana, en los últimos años empezó a ganar visibilidad, un fenómeno propiciado por la pérdida de solemnidad con que era abordada en los medios y otros espacios sociales. “La visibilidad de la ciencia es algo bastante reciente -reflexiona Olszevicki-. Hay efectivamente un boom de la divulgación científica, y bienvenido sea, porque no es un boom generado desde el mercado editorial sino desde la gente”. “‘El pueblo quiere saber’ de ciencia y los divulgadores argentinos, muchos excelentes, satisfacen esa demanda. De todos modos, me parece que en muchos medios la ciencia sigue siendo abordada desde una perspectiva demasiado pragmática, en función de su utilidad para desarrollos tecnológicos o para curar enfermedades”, alega. ¿La relación con la ciencia habla del estado de evolución de una sociedad, las más desarrolladas admiten una interacción mayor entre vida cotidiana y ciencia? “Es complicado pensar en la historia de la sociedad humana como una de tipo evolucionista porque ya sabemos a lo que llevó: las sociedades ‘menos evolucionadas’ no merecen vivir, hay que eliminarlas, etcétera”, alerta. “Pero sí es cierto que muchas sociedades modernas han logrado desarrollar la ciencia de tal manera que resuelva problemas de la vida cotidiana y haga mucho más llevadera la existencia. No hace falta ser un genio para darse cuenta de que el descubrimiento de la penicilina, por ejemplo, cambió para siempre la vida cotidiana de las personas”, concluye Olszevicki.

[Julieta GROSSO. “Olszevicki: ‘La ciencia occidental es una construcción occidental contra el sentido común’ “, in Télam (Buenos Aires), 24 de julio de 2014]

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