✍ Historia de la provincia de Buenos Aires (I). Población, ambiente y territorio [2012]

por Teoría de la historia

PROVINCIA-1-FF1Extendida, superpoblada, desigual, rica en recursos económicos y en caudal electoral, la provincia más grande del país es un territorio singular, que lleva el enfrentamiento político con el gobierno nacional como marca de origen, tal como demuestra una nueva colección de seis libros que recorren su historia. Si algo puede abonar la tesis de un federalismo argentino desigual, no es tanto la coparticipación o la geografía, sino la historia. Con unos 15.700.000 habitantes según el último censo nacional -casi 10 millones de ellos en el conurbano-, el 11,06% de la superficie del país, que incluye las tierras más fértiles y productivas, el 30% de los alumnos argentinos en sus escuelas y tan dueña del 38,5% del PBI de la Argentina como de índices alarmantes de pobreza, la provincia de Buenos Aires lleva el conflicto político en su ADN. Su singularidad está, probablemente, en que nunca logró que esa desproporción demográfica y económica le jugara políticamente a favor. El retrato así delineado cobra actualidad cuando se mira el enfrentamiento político y financiero que por estos tiempos atraviesan el gobierno provincial de Daniel Scioli y el gobierno nacional. Una mirada renovada sobre la provincia, protagonista indiscutida de todos los acontecimientos decisivos de la historia argentina, está por estos días en las librerías: es la Historia de la provincia de Buenos Aires, una obra en seis volúmenes, los dos primeros ya publicados y el tercero a punto de salir. La obra, coeditada por Edhasa y la Universidad Pedagógica provincial, reunió a más de 100 historiadores y otros investigadores sociales en torno a metas ambiciosas: combinar un enfoque cronológico con uno temático, y sobre todo “desnaturalizar” el lugar que ha tenido la provincia en la historiografía local, negada detrás de la nación o exagerada como sinónimo de la Argentina. “La historia de la Argentina se escribió en gran medida con la vara de Buenos Aires e, inversamente, la de la provincia de Buenos Aires fue escrita con la vara de la nación”, dice Juan Manuel Palacio, historiador, autor de la idea y director de la colección. “Hay un vacío historiográfico en torno a la provincia, que es curioso”, apunta, y cita el antecedente de la Historia de la provincia de Buenos Aires y formación de sus pueblos , de Ricardo Levene, publicada en 1940 y 1941, como único intento hasta hoy de abordar el pasado provincial de manera integral. Desde 1983, la renovación de la historia local alcanzó al territorio bonaerense, escenario de muchas investigaciones que fueron contribuyendo a indagar en su pasado. El primer volumen, dirigido por Hernán Otero -historiador y doctor en Demografía- tiene por objeto “Población, ambiente y territorio”, y, como dice Palacio, “marca los ejes geoambientales y la dinámica demográfica en el largo plazo”, desde las poblaciones prehispánicas a la conformación del sistema urbano provincial en la actualidad. El segundo, dirigido por Raúl Fradkin, se ocupa del período que va desde la Conquista hasta la crisis de 1820. “Buenos Aires nace como una unidad de ciudad y provincia de una derrota militar frente a las fuerzas federales en 1820”, apunta la historiadora Marcela Ternavasio, docente e investigadora en la Universidad Nacional de Rosario, que dirige el tercer volumen de la colección, entre los años 1821 y 1880. “La relación problemática que tiene Buenos Aires como capital con el resto de la provincia y del país hunde sus raíces en este período. No hubo provincia más federal que Buenos Aires, que se negaba a construir un orden nacional y perder su autonomía”, dice. En ese período también se va constituyendo el lugar preponderante de Buenos Aires en la economía. “Entre 1820 y 1850 la provincia se fue haciendo más rica y poderosa en economía y en poder político, cuando se desarticula la economía colonial y se pasa a una economía atlántica y agroexportadora”, observa Hilda Sabato, investigadora principal del Conicet y docente en la UBA, autora de un capítulo inicial en ese mismo tercer volumen. En ese entonces, Buenos Aires fue parte de una confederación de provincias y vivirá los vaivenes de una relación conflictiva con el resto hasta 1880, cuando sea “decapitada” al perder la ciudad de Buenos Aires como capital del país. “La provincia pierde políticamente y en el fondo esa disputa no se resolvió nunca. Se genera ese roce entre una provincia poderosa por población, economía, extensión y tierras, y el gobierno nacional. Con el tiempo, la provincia se convierte en una potencia, pero es puesta en caja permanentemente por el poder central, que no quiere depender de esa provincia y sus recursos electorales, y eso estalla en coyunturas diferentes”, agrega Sabato. La provincia motor de la economía pero sin autoridad sobre la capital instala otra consecuencia de peso. “Las élites políticas gobernantes de la provincia residen en esa época en otro distrito. Se crea una capital nueva, La Plata, en un gesto muy vanguardista, pero lo cierto es que nunca fue la capital política de la provincia. Hasta 1910, la mayoría de los gobernantes, diputados, senadores y altas magistraturas provinciales no vivían en la provincia, sino en la Capital”, describe Roy Hora, profesor en la Universidad Nacional de Quilmes e investigador del Conicet, uno de los autores del cuarto volumen, que abarcará la historia provincial entre 1880 y 1943. Desde 1880, apunta Hora, a la provincia le costó “imponer su enorme peso demográfico y económico en la política nacional y quedó desplazada del centro”. Aunque eso se fue revirtiendo con el tiempo, parte de ese desfase se mantiene. Según Hora, “desde mediados del siglo XX la provincia tiene un protagonismo enorme, pero con limitaciones. Es parte fundamental de la ecuación para sumar sufragios en una elección nacional, pero como base política la provincia es frágil para construir un liderazgo nacional. Todavía pesa mucho la impugnación del gobierno nacional. Ser quien gobierna más de un tercio de los argentinos no parece suficiente para recorrer los 60 kilómetros que separan La Plata de la Casa Rosada”. Termómetro de los cambios Aunque la provincia puede leerse, sobre todo a partir de mediados del siglo XX, como termómetro de otros cambios culturales y políticos del país, sus especificidades merecen atención. En lo político, es característica la necesidad de equilibrar “las exigencias e intereses políticos de las grandes ciudades de la provincia y las del mundo rural”, como describe Osvaldo Barreneche, profesor de Historia latinoamericana de la Universidad Nacional de La Plata, director del quinto volumen, que irá del primer peronismo a la crisis de 2001. “En lo económico, la complejización estructural de la producción agrícola y la tecnificación, con su consiguiente expulsión de mano de obra, se potenció en Buenos Aires por su cantidad de habitantes. Como fenómeno singular, en el territorio bonaerense se desarrollaron «ciudades de contención»: mientras en otras provincias la alternativa era emigrar a la Capital, aquí hubo ciudades intermedias que actuaron como opción, como Junín, Olavarría o Mar del Plata”, explicó Barreneche. La otra particularidad está en su peronismo, que, según Barreneche, viene a contradecir la idea de que “los dictados de Perón tenían impacto directo y sin discusión en las provincias. Sólo en los primeros años el armado del partido nacional fue verticalista. Con claridad se ve que el peronismo provincial, en la figura central de Domingo Mercante, acompañó el liderazgo de Perón pero luego se enfrentó a él y a Evita”. De manera original para los usuales abordajes históricos, el último volumen de la colección está dedicado al Gran Buenos Aires, que empieza a recibir ese nombre en la década del 30, pero que rara vez ha sido abordado como objeto de estudio por los historiadores. Por eso, este último volumen está sólo en un tercio de los trabajos escritos por ellos. El resto son trabajos de sociólogos y antropólogos que sí han transitado sus problemáticas profusamente en las últimas décadas. Una de ellas, la socióloga Maristella Svampa -que ha puesto el foco en dos dimensiones que aparecen como contracara: la segregación espacial y los piqueteros-, cree que el conurbano se ha convertido “en una suerte de símbolo de las transformaciones del país: el conurbano es el lugar por excelencia de residencia de las clases populares pauperizadas, el espacio de desarrollo de las grandes organizaciones de desocupados, la ilustración de las nuevas formas de segregación espacial, como los countries y barrios cerrados, el foco privilegiado de la inseguridad del país”, dice. “Para una parte de los argentinos, el conurbano aparece como la cristalización de los «males» del país, de las desigualdades y los miedos sociales, pero también ha sido y es el lugar de la emergencia de nuevas formas de solidaridad, a través del activismo juvenil, territorial y sindical.” Como apunta Ternavasio, mientras la ciudad de Buenos Aires tiene una identidad cultural bien marcada -“ya desde las invasiones inglesas y la Revolución de Mayo, que hicieron y exportaron los porteños”-, la contracara es la provincia de Buenos Aires, cuya extensión y heterogeneidad hacen difícil la unificación de una cultura bonaerense. “Pese a ser importantísima, la provincia tiene una orfandad mayor en el terreno de la cultura que en el de la política. La construcción de una identidad provincial más independiente de la Capital es difícil”, coincide Hora. Pero las contradicciones y singularidades de la provincia más grande del país quizá no hayan sido el obstáculo más importante para estos autores. Lo explica Palacio: “Tuvimos que lidiar no tanto con lo que Buenos Aires es, sino con lo que se cree que es. Buenos Aires y la Capital se pensaron exageradamente como sinónimos del país. Tuvimos que luchar contra eso para construir una historia más realista”, dijo.

[Raquel SAN MARTÍN. “Buenos Aires, con el conflicto en el ADN”, in La Nación (Buenos Aires), 5 de agosto de 2012]