✍ Subordinarlos, someterlos y sujetarlos al orden. Rosas y los indios amigos de Buenos Aires entre 1829 y 1855 [2013]

por Teoría de la historia

9789871867844_frontcover-224x344En los últimos tiempos, nuevas investigaciones provenientes del campo de la antropología, la etnografía y la historia han comenzado a indagar sobre las relaciones políticas, económicas y sociales entre el mundo hispanocriollo y el mundo indígena durante la primera mitad del siglo XIX. Tradicionalmente, la historiografía ha centrado el análisis del proceso de organización político de la Argentina en las disputas entre caudillos, representantes provinciales y modelos económicos. En este entramado la figura del indígena ha tendido a pasar inadvertida, asociándola a situaciones excepcionales, obviando la importancia que las políticas con los indios tuvieron para el desarrollo político y económico del área de Arauco-pampeana-norpatagónica. En este sentido, el conocido “Negocio Pacífico de Indios” constituyó un complejo entramado de vínculos, alianzas y lealtades que sostuvo los vínculos diplomáticos entre el despliegue de dispositivos de poder estatales y las políticas de alianza con comunidades indígenas, tanto al interior como al exterior de la frontera bonaerense durante la primera mitad del siglo XIX. En este marco, la historiadora María Laura Cutrera propone un complejo análisis sobre las políticas gubernamentales implementadas para resolver las relaciones con las poblaciones indígenas de Pampa y Patagonia entre 1828 y 1855. El libro postula un estudio pormenorizado sobre las formas, los medios y los mecanismos empleados para llevar adelante el “Negocio Pacífico de Indios”, gestado por las políticas de Juan Manuel de Rosas quien se encargó de fortalecer las relaciones con los llamados “indios amigos”. La extensión temporal del libro da cuenta del período que comprende la política de indios amigos, hasta su debilitamiento a partir de 1855. A lo largo de sus siete capítulos, la investigación recorre diversos aspectos que hacen a la política indígena, vinculando espacios, actores, costumbres y tradiciones que no siempre encontraban cohesión. Simultáneamente, intercala debates y perspectivas interdisciplinarias respecto a cuestiones que hacen a las relaciones interétnicas. Pone en diálogo debates historiográficos pero también de otras disciplinas, que se han preocupado por la temática sobre cómo entender el mundo indígena, su organización interna, su jerarquización político-social, sus costumbres y cosmovisiones, que influyen decisivamente en las relaciones con el gobierno provincial bonaerense. Al mismo tiempo, incorpora una heterogeneidad de fuentes en que se apoyan sus explicaciones. En el primer capítulo, la autora comienza a indagar sobre las causas por las cuales ciertos caciques y sus comunidades comenzaron a establecer fuertes vínculos con el gobierno provincial bonaerense, al punto de perder cierto nivel de autonomía. Recorre las experiencias de distintos grupos étnicos, en el momento en que iniciaron lazos con Rosas y los suyos, a la vez que pone en discusión temáticas que caracterizan al mundo indígena y que permiten entender la lógica del proceso de alianzas. Así, debates sobre las tolderías, las zonas de circulación indígenas de acuerdo a la época del año, fragmentaciones interétnicas, las instalaciones dentro de la frontera controlada por la provincia otorgan un marco interpretativo para el análisis de los acuerdos entre caciques amigos y las autoridades del gobierno. Por su parte, Rosas se encargó de ofrecer beneficios en compensación por los auxilios prestados, sin que ello significara la total desaparición de dificultades en estos vínculos. Ahora bien, la política del Negocio Pacífico con los Indios se fue configurando a lo largo de los años en complejos entramados de autoridades que, en tanto política estatal, asumió la forma de un tejido en el cual los funcionarios se encargaban de subordinar y atender a los indios amigos. Se trata de una red que entrecruza figuras e instituciones gestadas durante las primeras décadas del siglo XIX e incluso otras heredadas de la época colonial, entre los que se pueden destacar comandantes, lenguaraces, oficiales de milicia, capataces, encargados de estancias, jueces de paz, comisarios, alcaldes y tenientes alcaldes. A lo largo del capítulo dos, Cutrera procura desentrañar esta red de autoridades, sus lógicas y sus funciones, analizando caso por caso sus composiciones y distribuciones en el espacios de la frontera o bien en el espacio de la ciudad, su rol dentro del Negocio Pacífico con los Indios, así como los cambios que se produjeron a lo largo de la década de 1830. En este sentido, el libro presenta una inteligente vinculación entre debates teóricos y procesos históricos, en donde se incluyen personajes y renombres generalmente obviados por los análisis historiográficos. La importancia de esta red de autoridades se enmarcaba en un proyecto político definido, en el cual Juan Manuel de Rosas era el protagonista. La lealtad y la aceptación de las reglas del juego ante la subordinación al orden provincial fueron alcanzadas mediante diversas tácticas y estrategias que contribuyeron a su éxito, al darle unidad y legitimidad a la política del gobierno rosista. El establecimiento de vínculos personales con cada cacique, la construcción práctica y discursiva de vínculos parentales entre los indios amigos y la sociedad criolla, y el dominio parcial del territorio, fueron algunas de las claves con las que Rosas mantuvo el orden y el control de la frontera. Según la autora, la proximidad en los lazos familiares fomentaban relaciones sociales de reciprocidad, en donde “Rosas-padre” entregaba regalos, pero cuya retribución no se traducía en un equivalente del valor de lo otorgado, pues el aspecto material de la transacción era menos importante que el social. Si las raciones y regalos hicieron al Negocio Pacífico, solo fue así porque crearon vínculos que se cosificaron en ellos, porque objetivaron una serie de dones y contradones, de movimientos, pero nunca porque la política de Rosas fuera fácilmente reductible a esto. Detrás del complejo sistema de provisión de bienes y animales con el que algunos pudieron beneficiarse más que otros, lo verdaderamente importante eran los lazos que se habían creado y que era menester reelaborar cotidianamente. El mantenimiento diario de estas relaciones se lograba gracias a la estructura de autoridades previamente señalada, verdaderos nudos informativos de la política indígena de Rosas, encargados de asegurar la recepción de las órdenes del gobernador, procurando que llegaran sin errores y fueran comprendidas. Del otro lado de la cadena, se debe poner en consideración la voluntad participativa de los “indios amigos”, caciques que permitieron el establecimiento de esta red pacífica. En el capítulo tres, Cutrera procura desentrañar la naturaleza de estos vínculos, adentrándose en la organización política propia del mundo indígena. Resulta enriquecedor en este punto la introducción de los debates entre historiadores y antropólogos clásicos, como Rex Gonzalez, Mandrini, Bechis y Nacuzzi, cuyos aportes han contribuido en el estudio de las relaciones político-sociales del área Araucopampeana- norpatagónica. Estos intercambios ayudan al lector para comprender la naturaleza del complejo entramado que envuelve a los cacicazgos, en su conformación y organización tanto al interior como al exterior de la comunidad indígena. En el período que ocupa al libro, Rosas intervino en la organización política nativa creando “caciques mayores”, en virtud de ciertas cualidades reconocidas en la comunidad, pero siempre funcionales a los intereses del gobierno provincial. Los criterios de selección de caciques fue variando a lo largo de los gobiernos rosistas, aunque sin generar cambios en las bases indígenas: la aceptación, el consenso y la autoridad se mantuvieron en todo el período, en un plano de mediación siempre complejo y condicionado por las intervenciones provinciales. Dicha complejidad se hace visible en distintos momentos y espacios, al interior y al exterior de la frontera, en momentos de estabilidad político-bélica como en tiempos de conflictos que llevaron a la guerra. En el mundo rural, el establecimiento del orden demandó la reorganización de instituciones de control y el despliegue del entramado de autoridades controladas desde la capital. En uno de los extremos de este tejido se hallaban los caciques, piezas imprescindibles para el proyecto del gobierno, que buscaba disciplinar las prácticas de los habitantes rurales, eliminando los robos de las estancias. El capítulo cuatro recorre los cambios en las formas de concebir y regular este tipo de prácticas disímiles entre los criollos y los indígenas. Si los indígenas entendían el robo como un “daño” que requería una reparación, las autoridades provinciales lo asociaban a un delito que requería un castigo. Esta dinámica fue alterada por las políticas implementadas por Rosas, tendientes a modificar las concepciones tradicionales sobre el delito en la sociedad indígena, procurando reemplazar la idea de “daño” por la de “castigo”. En este contexto, la justicia rosista contaba con una dimensión invisible: la situación carcelaria y los espacios transitados, que se asemejaban a los de las guerras, pero con la diferencia de que los indígenas “enemigos” apresados no estaban en guerra con el gobierno. Así, los recorridos transitados por los prisioneros indígenas no distaban mucho de aquellos seguidos por los criollos destinados a la cárcel. Por otro lado, el establecimiento del orden debía procurarse en ámbitos externos a las políticas de alianza. El capítulo cinco busca analizar la participación de los indios amigos en la guerra, cuyo auxilio militar fue clave para enfrentar al “enemigo”. Se encuentran aquí las dinámicas prácticas y discursivas del gobierno rosista, en las que se demoniza a los indígenas enemigos y a los unitarios en tanto amenazan a la gran familia que cobijaba Rosas, los indios, los cristianos y los criollos que vivían como hermanos en la tierra provincial. En este marco, el establecimiento del esquema de reciprocidad con los caciques amigos fue la clave para defender la frontera, quienes lentamente fueron perdiendo la posibilidad de elegir con quien ir y contra quien pelear. Algunos cambios se fueron dando paulatinamente en cuanto a la forma de combate, las peleas autónomas y las adhesiones al gobierno. A lo largo de los años, comenzaron a jerarquizarse los roles de los caciques, utilizadas por éstos para aumentar su prestigio. El resto de los indios amigos fueron los que contribuyeron en la protección de la frontera a cambio de raciones, como en la primera década de gobierno rosista. En todo este proceso, la amenaza de que los líderes abandonaran las fuerzas criollas y se incorporaran tierra adentro difundiendo los saberes aprendidos entre los cristianos se mantuvo latente, y fue motivo de disputa. Las alteraciones al interior de la lógica indígena en las comunidades “amigas” provocadas por las políticas del gobierno de Rosas afectó en ámbitos disímiles, como el caso de las concepciones sobre las enfermedades, los males y los gualichos. Los capítulos seis y siete se ocupan de analizar estas cuestiones. Las costumbres ancestrales de los indígenas de Pampa y Patagonia no concebían al tema de la muerte como algo natural, sino que se lo atribuía a un gualicho, así como el asesinato se entendida como un “daño grave” que requería ser vengado. Estas prácticas podían alterar la vigilancia y el control en las fronteras, en que los caciques amigos tenían un rol protagónico, y generaba resquemor en las autoridades porteñas. Tales cuestiones se veían agravadas en contextos de conflictividad bélica, producidas a lo largo de la década del treinta, que daba cuenta del clima de tensión presente en los territorios ocupados y de cuán inestable podía resultar la lealtad de los “indios amigos”. Para responder a estos conflictos, la política de Rosas se centraba en atribuirse la facultad de castigo en tanto cabeza de familia que trasmite sus propias enseñanzas a la comunidad. Así, según la autora, los caciques fueron abandonando paulatinamente la costumbre ancestral vinculada con la creencia de que nadie moría naturalmente y a la idea de daño cometido. En este contexto, otras problemáticas complejizaban el panorama: la epidemia de la viruela, que sumada a las guerras y las “venganzas” generó un marco de caída demográfica y dispersión. A pesar de los intentos de introducir la lógica medicinal criolla al interior de las comunidades, no se logró corroer a las costumbres indígenas. Rosas procuró tolerar estas situaciones, en las cuales la disciplina y el control se ponían en riesgo. Finalmente, el epílogo intenta dar un cierre a las políticas sobre el problema del indio, que tras la batalla de Caseros comenzó a mostrar mayores fisuras, hasta 1855 cuando los “indios amigos” devinieron en enemigos y comenzaron a malonear los establecimientos rurales. Los conflictos que se abrieron entre Buenos Aires y la Confederación configuraron un marco de intranquilidad e inestabilidad que, aunque se fue intensificando a lo largo de los años, no era novedoso. En ese contexto, se pusieron en evidencia las contradicciones y los desacuerdos que giraban en torno a la política de Rosas con los indios, cuyas lealtades podían aparentar solidez y estabilidad, pero siempre fueron efímeras. Así, luego de veinte años, el Negocio Pacífico con los Indios comenzó a derrumbarse.

[Sabrina ROSAS. “Cutrera, M. L. (2013). Subordinarlos, someterlos y sujetarlos al orden. Rosas y los indios amigos de Buenos Aires entre 1829 y 1855. Buenos Aires: Teseo, 402 p.” (reseña), in Trabajos y Comunicaciones (La Plata), II Época, nº 41, marzo de 2015]