✍ Los nacionalistas (1910-1932) [1983]

por Teoría de la historia

los-nacionalistas-ines-barbero-fernando-devoto-19943-MLA20180059966_102014-FEs a todas luces evidente, que un estudio sobre el nacionalismo requiere de algunas precisiones previas, quizás innecesarias para otros textos de historia política. En primer lugar, aparece como imprescindible la definición del campo de análisis, sólo posible a partir de la delimitación que se le dará al término nacionalismo en este trabajo. A diferencia de otras expresiones, como por eiemplo radicalismo o desarrollismo, en las que siempre se sabe a qué tipo de fenómeno se está haciendo referencia, el término nacionalismo es equívoco e impreciso. Con él designamos alternativamente, tanto un grupo político, como una línea ideológica, como, en un sentido mucho más amplio, un movimiento cultural equiparable por su grado de amplitud a grandes corrientes como el iluminismo o el romanticismo. Los distintos niveles de generalidad en el uso del concepto “nacionalismo” permiten desde un uso restricto del mismo, aplicándolo a un grupo o a una serie de grupos que actuan políticamente, hasta una utilización amplísima, incluyendo en él a cualquier manifestación que exalte la tierra, la nacionalidad o la patria. La ambigüedad esencial del término permite que se hable de un “nacionalismo cultural” o de un “nacionalismo económico”, o de un “nacionalismo político” y, dentro de éste, de un “‘nacionalismo de izquierda” y de un “nacionalismo de derecha” y que incluso no faltara, hace pocos años, quien vinculara al nacionalismo con la economía social de mercado y creara un “Partido Nacionalista Liberal”. Por supuesto que toda utilización de un término es lícita siempre y cuando se especifique previamente qué se quiere decir con ello. Tampoco los distintos autores que han estudiado el tema se han puesto de acuerdo sobre los alcances del mismo. Julio Irazusta, en su obra “El pensamiento político nacionalista” (1), ha utilizado el concepto en un sentido muy ceñido, limitando su estudio al análisis de algunos pocos grupos político-ideológicos, y en especial de uno de ellos, el de La Nueva República. El nacionalismo que, para Irazusta, aparece recién a fines de 1927, lo cual ya es toda una definición, es implícitamente considerado como un sistema de ideas muy preciso encarnado en un puñado de intelectuales y teóricos de la política. En una línea restrictiva semejante, se ubica el libro de otro nacionalista, Federico Ibarguren, “Orígenes del nacionalismo argentino” (2). Si el punto de partida de este autor es similar al de Irazusta, 1927, o sea el momento en que surgen los primeros grupos políticos que se definen explícitamente como “nacionalistas”, el modelo subyacente es bastante diferente. Para lbarguren, que demuestra a lo largo de su trabajo un mayor interés por la acción directa que por la filosofía, el nacionalismo aparece no como un sistema coherente de creencias, sino como una serie de lealtades políticas estructuradas en torno a una militancia contra ciertos previsibles enemigos comunes: la democracia, el liberalismo, el comunismo. La columna vertebral de ese nacionalismo así definido es, obviamente, el propio grupo de pertenencia: la “Liga Republicana”. Una perspectiva bastante similar a la de Julio Irazusta es la del autor de una documentada obra titulada El Nacionalismo Argentino, Enrique Zuleta Álvarez (3). El nacionalismo que le interesa a este escritor es “el que se caracteriza por constituir una actitud política, más o menos sistemática, más o menos doctrinaria, que aspira a definir una empresa política [y] que también desea afirmar y consolidar la nación, pero como parte de una visión homogénea del mundo y la política” (4). También aquí, como en el caso de lrazusta, Zuleta define al nacionalismo como una ideología, con la cual por otra parte se identifica. Una diferencia entre ambos pensadores es sin embargo evidente: mientras para Irazusta la ideología aparece como un criterio de base suficiente que permite sin dificultades la asunción de distintas opciones políticas prácticas, para Zuleta, en cambio, el ideológico es sólo un criterio de clasificación al cual se superpone otro: el de la elección política concreta. El primer criterio sirve mayormente para deslindar el campo del nacionalismo hacia afuera y el segundo para subdividirlo hacia adentro. Si la visión que los propios nacionalistas elaboraron del problema está manifiestamente vinculada con la noción de nacionalismo como ideología o, a lo sumo, como corriente doctrinaria de acción política, distinta es la imagen que brindan historiadores ajenos a dicho campo. Para la historiadora hispano-norteamericana Marysa Navarro Gerassi (5), el nacionalismo es un fenómeno demasiado complejo que no puede englobarse en su totalidad dentro de un marco homogéneo de creencias. Por ello, la autora aclara que su objeto de estudio es lo que se denomina “nacionalismo de derecha” y no analiza en su trabajo a los que designa como “nacionalistas populares”, pues considera que los mismos parten de otras premisas doctrinarias. Ni siquiera dentro del “nacionalismo de derecha”, agrega Marysa Navarro, puede hablarse de una ideología común, ya que éste es tan sólo “un collage más o menos artificial” (6). El criterio de delimitación, para esta autora, es apenas la presencia de ciertos principios políticos compartidos y, por ello, su historia del nacionalismo comienza a principios de la década de 1920. Un enfoque diferente es el que utilizan algunos historiadores norteamericanos, como Carl Solberg (7). Para este autor, en una posición que se encuentra en el extremo opuesto de las antes mencionadas, toda manifestación patriótica es considerada como nacionalismo. El fenómeno ha perdido toda entidad ideológica y es considerado como una actitud cultural en sentido amplio que no tiene conexión alguna con el pensamiento de la derecha tradicional o con cualquier otra filosofía política determinada. Nacionalismo es, pues, toda reacción patriótica, y ello permite al autor remontar su análisis hasta fines del siglo XIX e incluir en ella a cualquiera que se haya manifestado a favor de la educación nacional, el culto del gaucho o las fiestas cívicas. Entran, de este modo, en esta clasificación, siquiera como precursores, algunos insospechables liberales como Ramos Mejía o Miguel Cané. Luego, de esta fatigosa enumeración de distintos puntos de vista, que no hacen más que reflejar la complejidad del problema, corresponde explicitar la definición de nacionalismo que con carácter operativo utilizaremos en este trabajo. El término “nacionalismo” será usado aquí en el sentido de un movimiento cultural acotado, por un lado, por la presencia en el pensamiento de aquellos a quienes denominaremos nacionalistas de ciertos elementos político-ideológicos comunes y, por otro, por una conciencia de pertenencia. Todos ellos comparten una serie de actitudes y principios: cierta posición de crítica y disconformidad hacia el sistema imperante; una revisión no uniforme de los valores históricos aceptados como producto de este cuestionamiento del presente; una manifiesta hostilidad hacia el positivismo, relacionada con una crítica a diversos aspectos del liberalismo; una exaltación de la nacionalidad; y, por último, una actitud de oposición hacia las filosofías y las organizaciones internacionalistas. De todos modos, consideramos el elemento esencial de nuestra definición que aquellos a quienes calificamos como nacionalistas se reconozcan a sí mismos como tales y sean vistos del mismo modo por el resto de la comunidad. Una vez precisado de este modo el alcance que se otorgará a nuestro estudio, es conveniente hacer una clasificación con fines exclusivamente explicativos de los distintos grupos que quedan englobados en la definíción de nacionalismo adoptada. A partir de las fuentes ideológicas que conforman su pensamiento, se pueden distinguir cinco grupos principales. Tres de ellos pueden agruparse a su vez dentro de la clásica definición de nacionalismo “de elite” y son: el nacionalismo clásico o republicano -representado en esta etapa por el grupo de “La Nueva República”-, el nacionalismo tradicionalista católico -integrado en este período por el grupo de “Criterio”- y el nacionalismo filofascista -ejemplificado por los grupos de choque como la “Legión Cívica” y la “Legión de Mayo”-. Los otros dos pueden englobarse dentro de lo que se denomina nacionalismo “popular”. Escasamente representados en esta época, pueden caracterizarse uno como de matriz laico-democrática -el primer Rojas y Mosconi-; el otro, como de base católico popular, ejemplificado en Gálvez. Esta clasificación, como todas imperfecta e instrumental, integra con algunas innovaciones los distintos criterios utilizados por los historiadores que se han ocupado del tema. El más conocido de ellos es el que, con cierta simpleza divide a los nacionalistas exclusivamente en dos grandes grupos según la actitud política asumida por ellos con respecto a los grandes movimientos populares argentinos contemporáneos: nacionalismo “popular”, el que mantuvo una actitud favorable hacia dichos movimientos y nacionalismo oligárquico o “elitista” el que fue hostil a ellos (8). Un segundo criterio es el que diferencia, quizás espaciosamente, entre un nacionalismo “extranjerizante” por la procedencia de sus ideas y un nacionalismo “vernáculo” conformado virgen de influencias extranjeras (9). Otro criterio clasificatorio de alcance más limitado es el que propone Zuleta Alvarez de subdividir lo que él denomina “nacionalismo” y que corresponde poco más o menos a lo que otros autores llaman nacionalismo “de elite”, en dos grupos: un nacionalismo “doctrinario”, autoritario y hostil a la actividad política, representado por Lugones, la “Liga Republicana” o la “Legión de Mayo” y otro nacionalismo “republicano”, inclinado hacia la idea de la conformación de un partido político y ejemplificatorio en los hombres de “La Nueva República” (10). También en Navarro Gerassi, aunque no explícitamente, subyace un deslinde del llamado nacionalismo “de derecha” en tres grupos: uno afrancesado de influencias maurrasianas, otro hispanista católico y un tercero fascista (11). Por supuesto que ninguna clasificación resuelve los problemas que presenta un movimiento caótico y polifacético como el nacionalismo -¿dónde ubicar a Lugones, por ejemplo?-, sino que tan sólo ayuda a hacer más comprensible lo que a primera vista parece un mosaico demasiado complejo. Completada la caracterización y la clasificación del nacionalismo según el criterio adoptado, parece pertinente preguntarse por el origen y el significado del nacionalismo en la Argentina contemporánea. Sobre el primero de los puntos, mucho han discutido los historiadores de distinto signo. Mientras para algunos el nacionalismo es solo un reflejo de movimientos políticos y corrientes ideológicas europeas, y por lo tanto es lícito hablar de “una ideología originada en Europa y adaptada en formas diversas en Hispanoamérica” (12) o de una “línea del fascismo argentino que recibió corrientemente el nombre de “nacionalismo” (13), otros autores prefieren remarcar las condiciones internas que independientemente de Europa permitieron que surgieran aquí movimientos de características semejantes a las de los países del Viejo Continente. Movimientos que si bien tuvieron posteriormente una influencia marcada de las doctrinas europeas, fueron inicialmente respuestas a una problemática local. En esta segunda línea de interpretación, las opiniones se dividen en cuanto al tipo de causas internas que provocan la “reacción nacionalista”. Para algunos el problema principal es el conflicto social creciente y los temores que genera en un segmento de la clase dirigente, segmento del cual, según esta hipótesis, provienen los nacionalistas. Para otros, el problema no se presenta tanto como una respuesta al conflicto social sino como una respuesta a la pérdida creciente de prestigio y de poder político en el seno del grupo dirigente, de las famjlias tradicionales -de las cuales saldrían los nacionalistas- a manos de los nuevos grupos sociales en ascenso. Un tercer tipo de análisis remarca en cambio más el aspecto cultural que el social y ve al nacionalismo como una reacción natural, en especial en los ambientes provincianos, ante la creciente cosmopolitización y disgregación cultural de la Argentina como consecuencia del impacto inmigratorio (14). Probablemente las tres hipótesis de esta segunda línea de interpretación reflejan, por las razones que se dan a lo largo del trabajo, la mejor explicación comprensiva del surgimiento del nacionalismo. Si el problema de las causas que explican el surgimiento del movimiento nacionalista ha concitado el interés de los historiadores, también lo ha hecho y en mayor medida la cuestión del significado del nacionalismo en la historia argentina contemporánea. Este movimiento que, tras algunas voces precursoras de la década de 1910, surgirá en los años 1920, hasta alcanzar una gran importancia con la revolución de setiembre de 1930 y en la década posterior, sorprende al observador. Una amplísima influencia en el campo de las ideas políticas y en las instituciones culturales coincidió con una también evidente incapacidad para transformar dicha influencia en un proyecto de poder político estable y viable. Esta aparente paradoja llevó a uno de sus integrantes más destacados a formular hacia los años setenta una amarga reflexión sobre el nacionalismo visto en la perspectiva del siglo. “Como los partidos de la extrema izquierda, sufrió las tentaciones ofrecidas por las revoluciones del mundo -hacia la extrema derecha-. Su anti-electoralismo recalcitrante le hizo rechazar toda propuesta de constituir un partido nacionalista, al estilo tradicional, para ir a las urnas, con una dirección colegiada y en la que el liderazgo resultara del acierto en los consejos, cuando el movimiento reunía en las calles multitudes mayores que sus rivales. El afán de llegar a la jefatura suprema como los dictadores en boga, hizo estragos entre los jefes del grupo. La idea de copar un movimiento ajeno, determinado gobierno o el régimen mismo, les hacía descuidar el hecho de que los caudillos que admiraban en Europa habían empezado de abajo, y triunfado con el apoyo popular, más que con habilidades maquiavelicas”; con el correr de los años la situación se agravó y “el nacionalismo degeneró en una internacional, ideológica, y ya enteramente maniobrado por el régimen, colaboró con los sucesivos gobiernos y no cuajó en la práctica. No teniendo domicilio político fijo y conocido, cuando le llegó su hora, la historia no tenía señas donde encontrarlo” (15). Esta lúcida reflexión de Julio lrazusta, si describía admirablemente las políticas llevadas a cabo por los nacionalistas en los cincuenta años centrales del siglo, confiaba en demasía en que otra actitud política por parte de aquellos les hubiera permitido ejercer un papel más destacado. Ello es a nuestro juicio improbable. Si los nacionalistas se hubieran reunido en un único partido político es previsible que no hubieran alcanzado de todos modos un peso electoral considerable y que, ante ello, a la larga hubieran recaído en el golpismo militar. A impedir la constitución del nacionalismo como opción política contribuyó sin duda al menos tanto como la actitud de sus integrantes hacia la política, que lrazusta les reprocha, la existencia de grandes partidos populares que incluían en su ideario buena parte de los postulados nacionalistas, en lo que ellos tenían de moderno y atractivo; el escaso eco hallado por las propuestas del nacionalismo en una clase dirigente formada en otros moldes doctrinarios; la escasa influencia en los sectores medios, producto probablemente del bajo nivel de conflictividad social de la Argentina; lo anacrónico de muchos de sus postulados, que confiaban ingenuamente en poder revertir el paso del tiempo. Si todo lo expuesto reducía al nacionalismo a una ubicación marginal en el sistema político, otras condiciones favorecían su expansión en el terreno cultural. La posibilidad de presentarse como alternativa a la cultura oficial, los problemas generados por los temores a la desintegración cultural como consecuencia del impacto migratorio, el favor de que gozaron en este terreno durante los distintos gobiernos militares, permitieron que pese a su minúscula fuerza política alcanzaran una influencia amplia y sostenida que perdura aún hoy en la cultura argentina. No es propósito de este libro juzgar al nacionalismo o a sus integrantes, los abundantes documentos transcriptos permiten, mejor que nuestras palabras, formarse una idea de su valor. Más modestos, solo hemos querido aquí contribuir a “comprender y hacer comprender”.

NOTAS. (1) Julio Irazusta, El pensamiento político nacionalista, Buenos Aires, Obligado, 1975, 3 vol. (2) Federico Ibarguren, Orígenes del nacionalismo argentino, Buenos Aires, Celcius, 1969, passim. (3) Enrique Zuleta Álvarez, El nacionalismo argentino, Buenos Aires, La Bastilla, 1975. (4) Ibid., p. 22. (5) Marysa Navarro Gerassi, Los nacionalistas, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1968, Introducción y pp. 138-139. (6) Ibid., p. 16. (7) Carl Solberg, Inmigration and nationalism: Argentine and Chile (1890-1914), Austin-London, Univ. of Texas Press, 1970, cap. VI; un concepto bastante semejante en Samuel L. Baily, Labor, Nationalism and Politics in Argentina, New Brunswick, Rutgers University Press, 1967. (8) “Oligárquico” es un término utilizado por los escritores de la denominada izquierda nacional, cfr. Norberto Galasso, Vida de Scalabrini Ortiz, Buenos Aires, Mar Dulce, p. 106; nacionalismo “de elite” es utilizado entre otros por Fermín Chávez, Perón y el peronismo, Buenos Aires, Oriente, 1975, p. 34. (9) Arturo Jauretche, FORJA y la década infame, Buenos Aires, Peña Lillo, 1973, passim. El término utilizado por este autor es el de nacionalismo “de importación”. (10) E. Zuleta Álvarez, op. cit., pp. 263 y ss. (11) M. Navarro Gerassi, op. cit., en especial capítulos II, VI y VIl. (12) La expresión paradójicamente es de un nacionalista, E. Zuleta Álvarez, op. cit., p. 43. (13) José Luis Romero: Las ideas políticas en Argentina, Mexico, FCE, 1956, p. 228. (14) Véanse por ejemplo los trabajos de T. Halperin Donghi, E. Cárdenas y A. Rouquié analizados más adelante, como así también la obra de C. Solberg citada. (15) Julio Irazusta, Memorias (historia de un historiador a la fuerza), Buenos Aires, Ediciones Culturales Argentinas, 1975, pp. 223-224.

[María Inés BARBERO y Fernando DEVOTO. Los nacionalistas (1910-1932). Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1983, Introducción, pp. 7-14]