✍ Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica [1983]

por Teoría de la historia

jose-c-chiaramonte-sociedad-y-economia-en-hispanoamerica-13131-MLA20073690229_042014-FLa historia de las ideas y la historia intelectual gozan desde hace unas décadas de un crecimiento destacado tanto en cantidad de trabajos publicados como en la calidad de los mismos, por la variedad de temas y enfoques aplicados (1). En esta área de investigación histórica, el pensamiento marxista fue y sigue siendo uno de los temas recurrentes por parte de los historiadores de las ideas y, en este sentido, las reflexiones de José Carlos Chiaramonte hace más de cuatro décadas en torno a las formas de sociedad y economía en Hispanoamérica y sus recientes indagaciones respecto al lenguaje de clases evidencian tanto la trayectoria como la continuidad de las problemáticas historiográficas, y también políticas, que la teoría y metodología marxista generan en el mundo intelectual. Precisamente por esto es que las distintas revisiones e intervenciones críticas de Chiaramonte a lo largo de su carrera respecto a falsos supuestos, anacronismos conceptuales y prácticas historiográficas, pueden ser comprendidos como problemas intelectuales que nacen de un mismo intento: reflexionar sobre el problema de las periodizaciones y los usos políticos de la historia. En todos sus textos abundan expresiones tendientes a denotar la falta de reflexión crítica por parte de los historiadores sobre los supuestos que manejan, los cuales limitan sus prácticas historiográficas sea por ingenuidad, anacronismo o abierto uso político de la historia. Aunque la denuncia no es nueva y, en realidad, afecta al conjunto de las ciencias sociales desde sus inicios mismos; es cierto que en la historia adquiere un sentido especial pues, como sabemos, se presta aún más a los usos políticos para justificar u orientar proyectos estatales o sociales – conservadores, reformadores, revolucionarios- y esto con el consentimiento o no de quienes la escriben. El presente artículo se enfoca en esta dimensión crítica del discurso de Chiaramonte: la teoría marxista (especialmente en torno al concepto de “modos de producción” y el “lenguaje de clases”) y el revisionismo histórico, como práctica historiográfica, parecen ser los flancos elegidos por el autor para esgrimir una crítica sobre las periodizaciones en historia intelectual y una denuncia de los usos políticos de la historia. El análisis se concentrará entonces en dos obras principales: Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica (1983) y Usos políticos de la historia. Lenguaje de clases y revisionismo histórico (2013) (2). La distancia temporal que separa una de otra aunque proyecta un “salto” entre momentos historiográficos distintos del autor queda justificado en tanto que entre la revisión que realiza Chiaramonte de la teoría marxista a partir de un “diagnóstico” sobre los significados y usos del concepto “modo de producción” –hilo central de Formas de sociedad y economía…- y los argumentos más recientes esgrimidos respecto al lenguaje de clases se evidencia una continuación de su crítica central acerca del problema de las periodizaciones, el uso irreflexivo de supuestos y el anacronismo conceptual. Lo anterior, que evidencia las debilidades en la teoría se manifiesta en la práctica historiográfica del revisionismo argentino: claramente, la operación del autor consiste en elegir una teoria –el marxismo- y una práctica historiográfica –el revisionismo histórico argentino-, elección que el autor justifica por el impulso que las promueve y que se expresa en el mismo título de la obra que los incluye: Los usos políticos de la historia… Durante su exilio en México (1975-1986), paralelamente a los trabajos que realizaba como integrante del equipo de investigaciones sobre demografía histórica mexicana, en el IISUNAM, Chiaramonte continuó reflexionando sobre las debilidades que de la teoría marxista parecían manifestársele, a medida que profundizaba en investigaciones concretas de la realidad histórica hispanoamericana. La expresión de estas revisiones a la teoría marxiana y de las críticas a lo que los marxistas hicieron de ella es su obra Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica, publicada en 1984 en México por la editorial Grijalbo, en la que se proponía “analizar los condicionamientos de diverso tipo – ideológicos, científicos, coyunturales…-, de esos diagnósticos” sobre la naturaleza feudal o capitalista de las sociedades hispanoamericanas, dejando de lado “la discusión de su verdad” (3). El problema aparentemente sencillo de corroborar si las sociedades hispanoamericanas tenían una naturaleza feudal o capitalista impulsó entre los historiadores americanistas, sobre todo en los años setenta, más efervescencia teórica que investigaciones históricas concretas: el diagnóstico no de la naturaleza de las sociedades hispanoamericanas sino del debate generado en torno a su clasificación llevó a Chiaramonte por los derroteros de una teoría marxista en crisis, al menos en el recorrido de su oficio de investigador, para corroborar que tanto la “tesis feudal” como la “tesis capitalista” adolecían de una misma debilidad, a saber, dar por supuesto la existencia misma de “modos de producción” asimilando el concepto como central en la teoría de Marx cuando en realidad obedecía a una difusión simplificada, por fines propagandísticos, de la obra de José Stalin (4). El texto de Chiaramonte que demuestra sus lecturas profundas y apropiación particular de la teoría de Marx proponía, en definitiva, un diagnóstico sobre el diagnóstico que denunciaba los supuestos que historiadores y economistas manejaban en sus debates en torno a los modos de producción en Hispanoamérica. Conviene primero, sin embargo, clarificar el sentido que damos al analizar la problemática intelectual que aborda José Carlos Chiaramonte en esta obra. Ciertamente, no se encuentra en la línea actual de análisis de la nueva historia intelectual, que si no es deudora de una poco identificable y nunca reconocida “historiografía posmoderna” lo es al menos de algunos cuestionamientos “posmodernos” y propuestas renovadas del denominado “giro lingüístico” en la historia, que incluye desde las primeras contribuciones de Arthur Coleman Danto, Walter Bryce Gallie, Louis O. Mink o Paul Veyne a los aportes más difundidos de Hayden White, Paul Ricoeur, Dominick La Capra, Quentin Skinner, Fredric Jameson o Frank R. Ankersmit. En un sentido distinto, estas investigaciones respondían a una problemática intelectual con fuerte sentido político y cultural. Conviene, por tanto, incluir esta línea de investigación en lo que para la época correspondía hacer, en términos generales, y según la calificación misma del autor, “historia cultural” (5). Ahora bien, para evaluar la significatividad de esta obra es necesario trazar primero el recorrido argumentativo que desarrolla Chiaramonte e identificar en su propio discurso supuestos implícitos que pudieron condicionar también su mirada. Delimitado el problema (debates en torno a la “tesis feudal” y la “tesis capitalista”), el objetivo (analizar los condicionamientos de estos diagnósticos), las dificultades (que el acceso a la realidad social está mediado por el estado de los conocimientos heredados), las deficiencias (falta de comprobación de la índole histórica de una economía) y la importancia de su investigación (contribuir a la crítica del estado actual de la cuestión), Chiaramonte intenta rastrear desde sus orígenes los criterios y fuentes de la periodización de la historia hispanoamericana y las connotaciones del concepto de feudalismo en intelectuales de la primera mitad del siglo XIX, atendiendo especialmente a los usos que de él se harán en México y en Chile luego de la independencia (pp. 17-21). Observa así que ya en la época de las independencias se encuentran interpretaciones de la historia hispanoamericana a partir de principios clasificadores y diferenciadores de etapas, pero en ellas el concepto de feudalismo es secundario o su uso pretendía denotar anomalías/anacronismos de ciertos rasgos sociales desde una “concepción eminentemente política” (p. 24) que oponía despotismo a libertad, concepción que justamente llevaba a prescindir del concepto de feudalismo (poco frecuente en las fuentes intelectuales de la época): “En definitiva, el feudalismo era, fundamentalmente, un tipo de organización política…” (p. 29) y aunque fuera usado como categoría de análisis todavía eran “las manifestaciones superestructurales de los regímenes feudales las que más concitaron la atención” (p. 32). En este período, incluso en los dos casos en los que el concepto de feudalismo adquirió cierta relevancia –México y Chile, con las particularidades que los diferenciaba- su connotación no iba más allá de señalar y denunciar “la existencia de grupos sociales privilegiados cuya base es la gran propiedad territorial” (p. 42). En síntesis: en la primera mitad del siglo XIX los intelectuales no utilizaron el concepto de feudalismo con un sentido similar al que posteriormente será expresado con el de “modo de producción” y su “diagnóstico” sobre el tipo de sociedad estaba condicionado por “los aspectos de la realidad social que más preocupación causaban, las herramientas intelectuales con que se aborda esa realidad y el concepto de aquellos aspectos” (p. 48). La adopción del diagnóstico feudal puede sí percibirse más claramente al promediar el siglo XIX, cuando en un contexto de luchas políticas, conflictos sociales y dificultades económicas el “análisis del retraso” de los paises hispanoamericanos en comparación con el progreso europeo condicionará a algunos intelectuales a usar el concepto de feudalismo para dar cuenta de esa situación, aunque la connotación del término sufrirá las ambigüedades del eclecticismo de algunos o seguirá ausente en otros. Será recién a fines del siglo XIX cuando el concepto de feudalismo será un “criterio de interpretación y periodización histórica” (p. 58) en La época de Rosas (1898) del historiador argentino Ernesto Quesada (6). Los condicionamientos de estos diagnósticos, que ya obedecen a una percepción de “ciertos rasgos característicos” de las sociedades hispanoamericanas aunque permanecen vinculados a preocupaciones políticas en torno a la debilidad o inexistencia de poderes centrales, influyen en el pensamiento hispanoamericano y “fundamentan una forma de interpretación de la realidad local que habrá de tener amplia vigencia durante el siglo XX”: la periodización de las sociedades hispanoamericanas a partir de connotaciones políticas, razón por la cual al concepto de feudalismo todavía no se le oponía el de capitalismo (pp. 60-62). En síntesis: durante todo el siglo XIX los “diagnósticos” sobre la naturaleza de las sociedades hispanoamericanas surgen de preocupaciones provenientes del ámbito político y el concepto feudalismo permanece limitado a su aspecto político. Un “nuevo ingrediente metodológico”, la influencia teórica del pensamiento de Marx, llevará a los primeros socialistas como José Ingenieros (7) y José Carlos Mariátegui (8) a “fundar el criterio del carácter feudal del país considerado, sean Argentina o Perú en los casos citados, sobre el reconocimiento de la índole feudal de la economía de ambos países.” (p. 65). La teoria del caudillismo como recurso explicativo, que Ingenieros expone en Sociología Argentina (1918), significó una toma de postura en favor de la clase obrera a partir de una interpretación histórica que, incorporando elementos marxista en el análisis -especialmente el criterio de lucha de clases-, expuso un diagnóstico feudal de la sociedad argentina dando prioridad al plano de la economía pero que, sin embargo, provenía de: “un concepto marcadamente político-institucional de esa forma histórica de sociedad, que no podía menos que reforzar la natural preeminencia de los aspectos políticos de los casos y momentos estudiados”. (p. 68) Por otra parte, J. Carlos Mariátegui en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), que abordaba el estudio de la colonización hispana del Perú aplicando la teoría marxista, desarrolló la tesis feudal atendiendo especialmente a los caracteres económicos de la sociedad peruana pero respondiendo todavía a presupuestos políticos y una caracterización feudal de la economía limitada al uso engañoso del concepto semi-feudal que en lugar de remitir a una connotación propia de lo que podría considerarse un modo de producción derivaba la interpretación histórica en “un conjunto de criterios no bien articulados y hasta contradictorios” (p. 76). Por estas razones, confirma Chiaramonte que la argumentación de la tesis feudal: “…no es un verdadero diagnóstico histórico (es decir, fruto de un real estudio en el campo de la ciencia histórica), sino una tesis política proveniente de la conjución de dos supuestos: a. una concepción evolutiva y periodizadora de la historia, en la cual no cabían otras alternativas que feudalismo o capitalismo; b. un razonamiento por analogía.” (p. 78) Analogía que obedecía, en gran medida, a la falta de evidencia empírica en el estudio histórico de las sociedades hispanoamericanas lo que llevaba a estos intelectuales a formular “una interpretación global de la historia de sus países” en base a una analogía con la experiencia europea y los estudios históricos allí realizados. La influencia del pensamiento marxiano, antes incluso de la aplicación del esquema evolucionista de los modos de produción stalinista, difundió lo que Chiaramonte denomina la “teoría de la etapa”: la necesidad política de establecer tipos históricos ideales y periodizar el desarrollo de las sociedades hispanoamericanas para determinar el curso político que se debía apoyar, a saber, una revolución democrático-burguesa (si el carácter de los países era feudal) o una revolución socialista (si el capitalismo ya estaba consolidado). Tan fuerte parece ser esta tradición del pensamiento político latinoamericano que tesis similares pueden encontrarse al promediar el siglo XX en las interpretaciones de Chávez Orozco y Rodolfo Puiggrós (9). Las obras históricas de ambos, concebidas también desde una perspectiva marxista, en el intento de fundamentar el carácter feudal de la colonización hispana y de la sociedad colonial hacen frente al problema central de la hipótesis feudal y remite al carácter de las relaciones de producción: determinar la existencia de la servidumbre. Pese al esfuerzo de los autores, para Chiaramonte, ninguno alcanzó a probar el carácter servil de las formas diversas de trabajo existentes en Hispanoamérica (obraje, minería, yanaconazgo, mitas, esclavitud) y sus categorías de análisis histórico, económico y social, “no están suficientemente apoyadas en información precisa, y revelan un uso más bien metafórico” de calificativos que no son más que “una herramienta de denuncia de la injusticia histórica de los grupos dominantes” (p. 89). Pero la crítica a esta tesis feudal, prevaleciente pese a sus limitaciones, recién tendrá lugar con la tesis de Sergio Bagú sobre el “capitalismo colonial” que predominó en la economía iberoamericana por las condiciones de vulnerabilidad en que ésta se incorporó al mercado capitalista occidental en carácter dependiente. La tesis, desarrollada en sus obras Economía de la sociedad colonial (1949) y Estructura social de la colonia (1952) y que constituye el fundamento a la teoría de la dependencia que desarrollará luego Gunder Frank, aunque sólida en el plano económico manifestaba su debilidad en la estructura social al no corroborar que a esa economía capitalista correspondía también la existencia de una clase social burguesa. Concluye Chiaramonte que: “La obra de Bagú había exhibido muchas de las debilidades de la tesis feudal, sin por ello fundamentar sólidamente la suya” (p. 91). Por su parte, Gunder Frank, quien desarrolló la teoría de la dependencia en abierta crítica a Puiggrós, fundamentó la tesis del “capitalismo iberoamericano” con claras intenciones políticas que buscaban definir el tipo de revolución necesario en los países que integraban este ámbito. Se desató entonces una fuerte polémica entre ambos autores alrededor del año 1965, en un diario mexicano, en la que finalmente “ninguno comprueba lo que pretende tener demostrado ni hace explícito lo que confusamente está atacando” (p. 94). Así, rastreando la génesis de un diagnóstico que se remonta a la época de las independencias y que alcanza su máxima resonancia en la segunda mitad del siglo XX, Chiaramonte logra corroborar dos características y debilidades importantes: primero, que los diagnósticos surgieron en todos los casos por un condicionamiento político de los intelectuales en aras de explicar la permanencia de grupos privilegiados en el poder o determinar el curso revolucionario que debían tomar los países iberoamericanos; segundo, que el concepto de feudalismo no posee una connotación que lo vincule a tipos históricos evolutivos que posteriormente serán formulados como modos de producción sino, en todo caso, a etapas de retraso que tampoco se contraponen –al menos hasta después de mediados del siglo XX- al concepto de capitalismo. Pero lo anterior no constituye sino la plataforma a partir de la cual Chiaramonte pretende sacar a luz los supuestos conceptuales implícitos en la periodización histórica de las sociedades hispanoamericanas, derivados especialmente de la aplicación del concepto de modos de producción: un concepto que además de no tener importancia central en el análisis marxiano del caso europeo fue desvirtuado en interpretaciones marxistas posteriores. Esa Segunda Parte del libro, aborda con gran profundidad el análisis de los usos y significados de conceptos como “modo de producción”, “relaciones de producción”, “formación social y económica”, “fuerzas productivas”, “manufactura” y “plusvalía” en las principales obras de Marx (10). Así, para Chiaramonte, diferenciar entre el uso marxiano y los usos marxistas del concepto “modo de producción” se constituye en una estrategia fundamental para ejercer una crítica a los “diagnósticos” sobre las sociedades hispanoamericanas corroborando que “el concepto de modo de producción no constituyó, en el uso de Marx, el concepto central para la interpretación de la historia” (p. 101) pues esta connotación se impone recién a partir del texto de Stalin Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico (1938) que asimila ese concepto al nivel económico de la sociedad reduciendo los conceptos de “fuerzas productivas” y “relaciones de producción” a elementos constitutivos de los “modos de producción”: “…formulación sintética y taxativa al problema del “factor determinante de la historia” y de la relación economía-sociedad, dentro de una forma de tratamiento del marxismo muy condicionado por el propósito de divulgación.” (p. 106). La primera observación de Chiaramonte tiene que ver con el tipo de vínculos que Marx establece, en Miseria de la Filosofía (1847), entre el “modo de producción” y las “relaciones de producción”, aclarando que el verbo alemán bedingen puede ser traducido erróneamente como “determinar” o con un significado más preciso como “condicionar”: de esta manera se infiere que “modo de producción” y “relaciones de producción” son conceptos correlacionados pero no inclusivos y entre ambos se establece un vínculo de “correspondencia” (11) “El concepto de modo de producción confiere un matiz dinámico al de fuerzas productivas: de un nivel dado de las fuerzas productivas materiales, deriva un modo de producción históricamente diferenciado, y de éste, las correspondientes relaciones de producción” (p. 111) Asimismo, en La ideología alemana (escrita por Marx y Engels en 1845 pero publicada póstumamente) debe advertirse que la intencionalidad de los autores es remarcar el carácter histórico de un modo de producción en el contexto de crítica al idealismo histórico, es decir, en la diferenciación que pretendían hacer con respecto a la filosofía del neohegelianismo alemán. En conclusión, al tipo histórico ideal del simplificado esquema evolucionista de Stalin en realidad correspondería una vision más dialéctica entre ambas categorías y no una dependecia subordinada de las relaciones de producción al modo de producción, además, porque las relaciones de producción no son sino relaciones sociales, lo cual deriva al estudio de la división del trabajo (p. 119). Esta interpretación parece quedar corroborada más claramente en el Prólogo de Marx a su Contribución a la crítica de la economía política (1859) y el Libro Primero de El Capital (1867) en donde se explican las relaciones dialécticas entre fuerzas productivas y relaciones de producción en torno al concepto de “formación social” y “formación económica de la sociedad”: nuevamente un problema de traducción lleva a Chiaramonte a resignifcar el sentido de la expresión alemana que empleó Marx en un intento por recuperar la impronta que los factores sociales adquirían por encima de los económicos sosteniendo que la versión más literal debería ser “socio-formación económica” (cfr. pp. 122-123). Además, una lectura descuidada de estas obras puede llevar a confundir entre el concepto de “producción” y el de “modo de producción” (este último usado incluso con ese doble sentido) y derivar en una errónea interpretación al asimilar el sentido de las determinaciones materiales (12) –al que se refiere el concepto de “producción”- con el de la historicidad de la producción, en donde las relaciones de producción constituyen el elemento clave en tanto que “la producción es siempre un fenómeno social” (p. 126). Concluye entonces que las tres consideraciones básicas a tener en cuenta para una correcta interpretación de los textos de Marx son: la relación dialéctica entre fuerzas productivas y relaciones de producción, la centralidad del concepto de producción –entendido como producción social- y el sentido histórico que se pretende dar al concepto de modo de producción. Sin embargo, Chiaramonte no deja de percibir también que la teoría de la plusvalía que Marx desarrolló en El Capital puede generar incongruencias al momento de interpretar la relación entre fuerzas productivas y relaciones de producción, confusión que puede provenir por los escritos anteriores de Marx en los que ésta cuestión no fue explícitamente desarrollada o por la confusión misma de conceptos como “correspondencia”, “determinación” o “condicionamiento”, dificultad que Althusser (13) intentó superar con el concepto de “escala graduada” que implicaba definir cuantitativamente el nivel de la productividad del trabajo humano: solución falsa –para Chiaramonte- por cuanto no se logra precisar cuál es el nivel cuantitativo que debe alcanzar la productividad para generar cambios en las relaciones de producción. Ante este dilema, que parece nunca encontrar solución, Chiaramonte propone una alternativa considerando conceptos como “manufactura capitalista”, “subsunción formal” y “subsunción real”: (14) “Pero nos parece que en El Capital su criterio es que los cambios operados en el nivel de las fuerzas productivas, dentro de la economía europea de los siglos XV y XVI, provocaron un cambio en las relaciones de producción que se habría manifestado en las primeras manufacturas capitalistas, con cooperación simple, correspondientes a la subsunción real del trabajo en el capital y a la producción de la plusvalía absoluta… Y que la aparición de cambios específicamente capitalistas en el carácter de las fuerzas productivas es, precisamente, efecto de la existencia previa de las relaciones de producción capitalistas.” (p. 152) La confusión bien podría generarse sino fuera por introducir esta interpretación en un contexto histórico particular que es la Europa de los siglos XV y XVI y la instancia previa que supuso la “manufactura capitalista” al “modo de producción específicamente capitalista”: por lo cual –invirtiendo el orden del argumento de Chiaramonte- podría afirmarse que en principio fue la existencia previa de las relaciones de producción capitalistas lo que generó cambios específicamente capitalistas en las fuerzas productivas y éstas, a su vez, en las relaciones de producción manifestadas en las primeras manufacturas capitalistas con subsunción real del trabajo en el capital. La interpretación de Chiaramonte deriva así del problema general de los modos de producción al problema específico del surgimiento del modo de producción capitalista: podemos inferir que el supuesto implícito en el desplazamiento analítico que realiza el autor es que si la teoría de Marx nació precisamente de un caso particular que luego se generalizó es erróneo debatir el sentido de la teoría generalizada sin atender particularmente al caso concreto desde el que fue planteada originariamente. Pero aún así, el criterio de Marx respecto de la aparición de la producción capitalista en el siglo XVI genera “un problema que puede ser motivo de confusión” (p. 155) y esto porque la posición de Marx encierra dos aspectos: la periodización abstracta de la historia de la industria “que parte de la historia real pero que sintetiza y abstrae en función de distinguir etapas y ordenarlas” (p. 158) y la distinción de un período histórico dominado por la manufactura. Todo conduce a pensar que para Chiaramonte es el análisis profundo de esta última cuestión la que permitiría comprender en toda su complejidad el verdadero sentido de la teoría marxiana y es en este punto que el autor recurre al estudio de Eric Hobsbawm, En torno a los orígenes de la revolución industrial (1971), para afirmar que en un principio (durante el período manufacturero inglés del siglo XVII) el capital no creó un modo de producción capitalista ni produjo una revolución industrial, pues se desarrolló en los poros de la sociedad precapitalista por medio del capital mercantil y financiero. Defiende Chiaramonte que lo interesante del punto de vista de Hobsbawm es que “descartaría la posibilidad de diagnosticar el carácter histórico de una producción, el modo de producción, en los límites de una empresa o una rama de la producción” (p. 162): estrategia predominante en los diagnósticos sobre el carácter de las sociedades hispanoamericanas. Volveremos en el próximo punto sobre este argumento de Chiaramonte cuando incorporemos las nociones de “capital comercial” y “trabajo a domicilio” (elementos claves para comprender el surgimiento de las primeras manufacturas capitalistas y su posterior estudio sobre las formas de sociedad y economía en la provincia de Corrientes durante la primera mitad del siglo XIX) pero conviene antes destacar que, hasta este punto, en el discurso de Chiaramonte puden identificarse al menos dos consideraciones en conflicto pues, aunque afirma que su objetivo no es discutir la verdad de las tesis “feudal” o “capitalista” concluye por refutar ambas, en tanto que su reflexión corrobora la irrelevancia del concepto de “modo de producción” (o una interpretación que remita al mismo sentido) para el estudio histórico de las sociedades hispanoamericanas y torna, como consecuencia, inútil el esfuerzo por intentar demostrar cuál de las dos tesis es verdadera ya que, en última instancia, ambas son falsas. Y en relación a esto último, al sostener que el error de ambas tesis procede del manejo por parte de los intelectuales de una teoría desvirtuada del marxismo (primero por una fuerte tradición política en el pensamiento iberoamericano, luego por la simplificación de Stalin en 1938 y finalmente por la interpretación de Althusser en 1968) supone que su interpretación de lo que Marx realmente quiso decir es la correcta. Sin embargo, la estrategia del autor parece igualmente recubrir el supuesto sosteniendo que: “Sólo que en el transcurso de tal cometido convendrá establecer lo que Marx realmente quiso decir, como aceptar las interpretaciones posteriores que se han sucedido como propuestas debatibles, nos parezcan o no acordes con los textos originales de Marx, para contribuir a complementar o modificar los aspectos que así lo merecen en un campo de pensamiento en el que la elaboración de Marx quedó sin duda incompleta.” (Chiaramonte: 1984, p. 100) [La cursiva es nuestra] Estrategia doble que consiste en aceptar las otras interpretaciones pero establecer, desde su interpretación, qué es “lo que realmente Marx quiso decir”. Y es que en ése supuesto se engendra precisamente el conflicto de interpretaciones en torno al pensamiento de Marx: que todos sus intérpretes creen estar interpretándolo correctamente. El error es, sin pretender abusar del argumento, que toda explicación sobre “lo que realmente Marx quiso decir” es siempre una interpretación. Como lo mencionamos anteriormente el concepto de “capital comercial” es fundamental no sólo en esta revisión de los diagnósticos sobre la naturaleza de las sociedades hispanoamericanas que realiza críticamente Chiaramonte sino también en su posterior investigación histórica sobre las formas de sociedad y economía de la Provincia de Corrientes en la primera mitad del siglo XIX (15). Introducir el concepto de capital comercial sirve entonces, en primera instancia, para refutar de raíz tanto la tesis feudal como la tesis capitalista en tanto que ambas parten de considerar a un sector de la economía como dominante y a partir de esta caracterización determinar el tipo de economía desarrollado: la tesis feudal atribuye el papel dominante a la hacienda y a la servidumbre como la forma de trabajo correspondiente, mientras que la tesis capitalista se centra en la minería y el trabajo libre. Pero ambas parecen descuidar, según el análisis de Chiaramonte, el papel predominante que tuvo el capital comercial al menos en la economía novohispana del siglo XVIII: aceptar esta predominancia significa derivar el análisis de la producción a la circulación. Pero el concepto de capital comercial también puede generar confusiones porque en la teoría de Marx servía tanto para designar al capital orientado al tráfico de mercancías (capital comercial propiamente dicho) como al capital destinado al tráfico de dinero (capital usurario), razón por la cual se debe considerar al menos tres criterios: uno, que la esfera de la circulación no es determinada por la producción; dos, que el capital comercial implica la subordinación de grupos productores al sector mercantil; y tres, que la aparición del capital comercial es anterior a las relaciones de producción capitalistas. Ahora bien, en la problemática transición del feudalismo al capitalismo el capital comercial cumple una función decisiva para el desarrollo del capital industrial porque “explota” el excedente que le proveen los diversos modos de producción existentes a la par que socava o disuelve sus fundamentos pero, sin embargo, no por eso determina el proceso de transcición del feudalismo al capitalismo ni la instauración de un modo de producción determinado (pp. 178-179). A esta variable de análisis se debe agregar el concepto de “trabajo a domicilio” que aunque no puede considerarse como una etapa de subsunción formal del trabajo al capital, ya que puede manifestarse en circunstancias diversas y depende de condiciones históricas particulares, sí constituye “una forma de transición hacia la producción capitalista, por cuanto tiende a subordinar a los productores directos al capital” (p. 184). Sin embargo, mientras que en la teoría marxiana el trabajo a domicilio vincula al comerciante con productores individuales o unidades económicas familiares, en la economía novohispana del siglo XVIII el comerciante se vincula con “unidades complejas de producción” como las minas o las haciendas, unidades de producción en las que no alcanzó a desarrollarse un mercado libre de trabajo ni desaparecieron las formas de producción de subsistencia (pp. 220-225). Capital comercial y trabajo a domicilio pueden constituirse en formas de transición pero sólo en sentido general, es decir, sin deteminar la transición del feudalismo al capitalismo (16). A partir de estas consideraciones teóricas, de revisión y crítica, Chiaramonte sostiene el dominio del capital comercial en la economía novohispana del siglo XVIII apoyándose en investigaciones históricas de diversos historiadores contemporáneos, mexicanos y estadounidenses (17), corroborando que tanto las minerías como las producciones rurales dependían del capital mercantil, incluso dentro del sistema monopólico español el sector mercantil de Nueva España – México- se constituyó en el principal beneficiario y, además, el capital mercantil no sólo cumplió una función comercial sino tambén usuraria. Aun así, el papel del capital comercial estuvo condicionado por el desarrollo de una estructura familiar terrateniente y comercial que limitó su autonomía y mantuvo privilegios sociales coloniales. Concluye así Chiaramonte que si bien “se comprueba a lo largo del siglo XVIII el papel decisivo del capital comercial en el funcionamiento de la economía mercantil novohispana” también “se observa en ciertos casos la integración del capital comercial en empresas familiares” (p. 205) que impidió el desarrollo de un mercado nacional; incluso hablar de un mercado interno implicaría aclarar que no se trata de manera alguna de un mercado unificado territorialmente sino sólo de un conjunto de transacciones mercantiles limitadas (p. 207). Pero lo anterior, no alcanza para llenar el vacío metodológico que genera la ausencia, por inaplicabilidad, del concepto de “modo de producción” en tanto que los argumentos de las tesis feudal y capitalista encuentran su sentido precisamente en ésta noción, sea como elementos constitutivos o correlativos: “Es fundamentalmente toda la función metodológica ya señalada del concepto de modo de producción la que, al estar ausente, genera ese vacío que no puede cubrirse con aquellos otros conceptos no congruentes con esa función.” (p. 215) Además, al no existir un tipo histórico dominante en la economía novohispana la misma no puede definirse en función de conceptos periodizadores como feudalismo o capitalismo ni en “diagnósticos” acerca de la naturaleza de las sociedades hispanoamericanas porque, por más atractiva que resulte la teoría marxista, no debe olvidarse que ésta no es más que “una orientación metodológica fundada en la observación de lo ocurrido en ciertos espacios y en ciertos períodos históricos fundamentales” y que de ninguna manera esto implica la necesidad de “reducir toda la historia a tales conceptos” (p. 216). Si de lo que se trata, entonces, es de poder determinar si “el crecimiento de la circulación mercantil promueve transformaciones técnicas correspondientes” y “nuevas relaciones de producción” (p. 217), el estudio de la economía novohispana del siglo XVII en la que el capital comercial desempeñó un papel dominante no corrobora esta tesis pues no se generaron cambios técnicos significativos ni modificaciones sustanciales en las relaciones de producción. Mas verosímil sería, para Chiaramonte, atribuir este “conservadurismo técnico y social” al “papel expoliador del capital comercial en la pequeña producción mercantil” (p. 219). Ante estas críticas y revisiones, otros estudios pretendieron demostrar el carácter feudal de la economía novohispana del siglo XVIII en las características de la producción agraria: el historiador francés Francois Chevallier, especializado en historia mexicana, introdujo el concepto de “semiservidumbre” para asemejar la naturaleza económica y social de Nueva España a la Europa medieval pero “sin adjudicarle la misma naturaleza histórica del feudalismo” (p. 229) mientras que el historiador Claude Morin, en su obra Michoacán en la Nueva España del siglo XVIII: crecimiento y desigualdad en una economía colonial (1979), consideró predominante a un modo de produción feudal que “articula subordinadamente otros modos de producción” (p. 234). Para Chiaramonte, ambas tesis deben igualmente hacer frente a un doble problema: las dificultades de definir qué es el “feudalismo” y corroborar si existe un “modo de producción feudal” o sólo se trata de “la síntesis de un caso histórico, el del feudalismo occidental” (p. 239). Pero si respecto a lo primero no hay acuerdo unánime entre los teóricos del feudalismo (Francois Hincker, Ch. Parain, Pierre Vilar, S. S. Globlot, Perry Anderson, M. Dobb, entre otros) por la falta misma de una “teoría económica del sistema feudal” (según la apreciación de Witold Kula), lo segundo conduce a un procedimiento por analogía no menos problemático, sea remarcando semejanzas entre el peonaje novohispano y la servidumbre medieval (p. 245) o señalando, por ausencia de relaciones capitalistas, la existencia de relaciones feudales (p. 247). Sí la analogía no parece ser el procedimiento adecuado, Chiaramonte tampoco está de acuerdo con la elaboración de definiciones que permitan clasificar los hechos históricos, según la propuesta de Maurica Dobb, porque esto lleva a “la redución del problema de la periodización histórica a una cuestión de taxonomía” y, de cualquier manera, ambos quedan atrapados en un supuesto naturalista de “clasificación” y “determinación” (pp. 257-258), incluso el recurso de construir “modelos” que propuso Kula aunque prescinde de un concepto de feudalismo “se apoya necesariamente en una teoría previa” (p. 263). En conclusión: definición y analogía son los procedimientos más utilizados por los historiadores hispanoamericanos sin considerar muchas veces el débil trasfondo empírico de una divulgada teoría global de la Historia o el condicionamiento político de los diagnósticos sobre la realidad social y económica hispanoamericana: “De manera que cuando surge el concepto de feudalismo como un concepto periodizador de la historia universal, su base de apoyo en algo más que un caso histórico era por demás débil… En tal caso, el apresuramiento para un diagnóstico de cierta etapa de la historia iberoamericana en términos de feudalismo constituye algo innecesario y perjudicial.” (p. 262).

NOTAS. (1) Actualmente la Historia Intelectual goza de un status historiográfico reconocido y respetable, aunque nadie dudaría en reconocer su deuda a la larga trayectoria trazada por la historia política y la historia de las ideas. Este proceso generó importantes cambios de perspectiva y, sin dudas, muchos fueron los aportes que hicieron posible esta transición. Al respecto ver los artículos de Altamirano, Carlos: “De la historia política a la historia intelectual: reactivaciones y renovaciones” (en Prismas, Revista de historia intelectual, N° 9, 2005) y Palti, Elias: “De la historia de las ideas a la historia de los lenguajes políticos; Las escuelas recientes de análisis conceptual; El panorama latinoamericano” (en Carmen McEvoy y Ana María Stuven, eds. La república peregrina: hombres de armas y letras en América del Sur, 1800-1884, Lima: IFEA-IEP, 2007). (2) Respecto al problema específico de las periodizaciones, en torno a la idea de modernidad y de ilustración, también puede verse Chiaramonte, José Carlos: Fundamentos intelectuales y políticos de las independencias. Notas para una nueva historia intelectual, Buenos Aires, Teseo, 2010. (3) Chiaramonte, José Carlos: Formas de sociedad y economía en Hispanoamérica, México, Grijalbo, 1984, p. 18. (4) Stalin, José: “Sobre el materialismo dialéctico y el materialismo histórico”, en Cuestiones del Leninismo, Moscú, Ediciones en Lenguas Extranjeras, 1946. El trabajo fue redactado en 1938. (5) Véase Schuster, F. y otros: El oficio de Investigador, Rosario, Ediciones Homo Sapiens, 1995, p. 97. (6) Ernesto Quesada (1858-1934), abogado e historiador argentino, profesor de Sociología en la UBA entre 1905 y 1921. En 1898 publicó La Época de Rosas: su verdadero carácter histórico, una obra historiográfica con perspectiva sociológica. Véase Pereyra, Diego Ezequiel: “Sociología e investigación social en la obra de Ernesto Quesada. Algunas reflexiones sobre la repercusión internacional de sus ideas y el desarrollo de las ciencias sociales en Argentina”, en Políticas de la memoria, Anuario de investigación, Centro de documentación e investigación de la cultura de izquierdas en Argentina, Buenos Aires, N° 8, 2008. (7) José Ingenieros (1877-1925), reconocido ensayista crítico italo-argentino que contribuyó con sus estudios, de tendencia positivista, a problemáticas diversas de sociología, filosofía, criminología y psiquiatría. Sus ideas establecieron las bases intelectuales de la Reforma Universitaria de 1918, motivo por el cual fue nombrado “Maestro de la Juventud de América Latina”. Sus reflexiones sociológicas atendían especialmente a cuestiones relacionadas con la moral y la ética. Políticamente, militó en el grupo progresista “Claridad” de orientación comunista y fue uno de los principales intelectuales anti-imperialistas. Además de su obra Sociología Argentina (1918) publicó Evolución de las ideas argentinas (1918) en la que desarrolla la frustración de la Argentina como nación. Véase Bagú, Sergio: Vida de José Ingenieros, Buenos Aires, Claridad, 1936. (8) José Carlos Mariátegui (1894-1930), destacado intelectual peruano y uno de los principales difusores del marxismo en Iberoamérica. Fundó el Partido Socialista Peruano en 1928, que tras su muerte fue reorientado hacia el comunismo. Sus estudios en torno a la conquista del Perú establecieron las bases de la tesis feudal de la sociedad hispanoamericana. Entre sus principales obras podemos mencionar: Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), Defensa del marxismo, Ideología y Política. Véase el prólogo de Aricó, José: Mariátegui y los orígenes del marxismo latinoamericano, México, Siglo Veintiuno Editores, 1978. (9) Luis Chávez Orozco (1901-1996), político e historiador mexicano, precursor de la historia social y económica moderna de México y difusor del pensamiento socialista. Desde una perspectiva marxista brindó una interpretación histórica subordinando los factores sociales a los económicos. Una de sus principales obras históricas es Historia económica y social de México: Ensayo de interpretación (1938). (10) Miseria de la Filosofía (1847), La ideología alemana (1845, en coautoría con Engels), Contribución a la crítica de la economía política (1859) y El Capital: crítica de la economía política (1867). (11) Más adelante refuerza la idea afirmando primero que “Por lo tanto, el concepto de modo de producción no engloba el de relaciones de producción puesto que es un concepto que no se refiere a sus elementos constitutivos –a los elementos del proceso de producción-, ni a la estructura de la relación entre esos elementos –interpretación althuseriana-, sino a la forma como se ejecuta la producción, como se desarrolla el proceso de producción.” (p. 115) y luego: “Se trata de percibir que en ellos no se establece una relación de determinación o condicionamiento, sino sólo una correspondencia…” (p. 151). (12) Advierte también Chiaramonte que el calificativo mismo de “material” debe ser entendido más con un sentido filosófico, que buscaba reforzar el materialismo histórico de Marx, que en un estricto sentido económico. (13) Louis Althusser (1918-1990), filósofo marxista, nacido en la Argelia francesa, que a partir de una relectura en clave estructuralista de los textos de Marx intentó reinterpretar su teoría señalando una ruptura epistemológica en su pensamiento a partir de La ideología alemana, obra que separa al “Marx maduro” del “joven Marx”. Sus tesis principales generaron una amplia discusión y así como fuertes adhesiones en ámbitos académicos y universitarios: una de ellas conducía a considerar que el motor de la historia son las fuerzas productivas y no los sujetos, la otra sostenía que la filosofía era posterior a la ciencia en tanto reacción teórica a éstas. Sus principales obras respecto a la teoría de Marx fueron La revolución teórica de Marx (1967) y Para leer El Capital (1969). (14) La “manufactura capitalista” es una forma de producción capitalista de plusvalía relativa, porque afecta sólo los procesos técnicos de trabajo y las relaciones sociales pero no la prolongación de la jornada laboral. La “subsunción formal” implica la coerción absoluta para la extracción de la plusvalía lo que implica una relación de hegemonía del capitalista y subordinación del trabajador mientras que la “subsunción real” sólo la intervención del capitalista en parte o en la totalidad del proceso productivo. (pp. 139-149. (15) Véase Chiaramonte, J. C. Mercaderes del Litoral; Economía y Sociedad en la Provincia de Corrientes, primera mitad del siglo XIX. Buenos Aires: FCE, 1991. (16) La postura de Chiaramonte se opone entonces al esquema histórico de Maurice Dobb y la tesis de André Gunder Frank –a quienes ya hemos hecho referencia- y entronca más con la postura crítica desarrollada por Carlos S. Assadourian, C. F. S. Cardoso y H. Ciafardini en Modos de producción en América Latina (1973) y por Ruggiero Romano en “A propósito de Capitalismo y subdesarrollo de André Gunder Frank” (1970). (17) Las investigaciones en la que se basa Chiaramonte pertenecen a Robert West (1949), Luis Chávez Orozco (1960), F. Rosenzweig Hernández (1963), Claude Morin (1964), Flores Caballero (1969), John Lynch (1970 y 1972), David Brading (1975), Philip Lance Hadley (1975), Álvaro López Miramontes (1975), Enrique Florescano e Isabel Gil Sánchez (1976), Brian Hamnett (1976), Richard Barry Lindley (1976), Marcelo Carmagnani (1976), Doris Ladd (1976), Herman Kellenbenz y Jurgen Schneider (1978), H. G. Ward (1981).

[Tomás Elias ZEITLER. “Problemáticas intelectuales en torno al pensamiento marxista. Modos de producción y lenguaje de clases en el discurso de José Carlos Chiaramonte” (fragmento), in La Razón Histórica. Revista hispanoamericana de Historia de las Ideas (Murcia), nº 28, 2014, pp. 31-52]

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