✍ El artista y la filosofía política. El Buen Gobierno de Ambrogio Lorenzetti [2003]

por Teoría de la historia

QUENTIN-SKINNER-ARTISTA-FILOSOFIA-POLITICA-TROTTAEste libro reúne la traducción al español de dos ensayos del profesor Quentin Skinner publicados inicialmente en revistas especializadas en 1986 y en 1999, y que en 2003 fueron revisados y compilados en un libro en francés bajo el auspicio de Pierre Bourdieu (p. 10). Aunque los lectores en castellano podrían consultar la versión francesa, o leer los originales en inglés, es de agradecer que se hayan editado en castellano pues hace que su lectura sea mucho más accesible. Los ensayos escogidos son “Ambrogio Lorenzetti: the Artist as Political Philosopher” (1986), que constituye el capítulo 1 (“El ideal del gobierno republicano”; pp. 51-86) y el capítulo 2 (“Lorenzetti y las virtudes republicanas”; pp. 87-116); y “Ambrogio Lorenzetti’s Buon Governo Frescoes: two old Questions, two new Answers” (1999) que constituye el capítulo 3 (“Poder y gloria de las repúblicas”; pp. 117-146). el conjunto se completa con una extensa introducción de Eloy García (pp. 9-48) en la que desde el punto de vista de un jurista —es profesor de derecho Constitucional— se observa la oportunidad de reconsiderar el componente teórico de la política y del estado contemporáneo a partir de obras como ésta, en la que se muestra la existencia de un “discurso alternativo” (pp. 13-15). Para los estudiosos de la teoría política el atractivo de esta selección es más amplio y matizado. Los dos ensayos se dedican a estudiar los frescos que pintó Ambrogio Lorenzetti en la Sala dei Nove del Palazzo Pubblico de la ciudad de siena entre 1337 y 1340 (p. 51) y que se reproducen en doce láminas en color en las páginas centrales. La tesis que liga los escritos y da entidad a este libro es que estos frescos no muestran las ideas escolásticas de Tommaso d’Aquino (1225-1274) (pp. 52-54) sino la ideología sobre el buen gobierno de las ciudades que cultivaron ciertos autores pre-humanistas, entre los que destaca la figura de Brunetto Latini (circa 1220-1294); y en segundo término, que el pensamiento de estos autores, a diferencia de lo que se ha tendido a considerar (Hans Baron, J. G. A. Pocock, Walter Ullman, Nicolai Rubinstein), no está inspirado por el re-descubrimiento de la Política y la Ética a Nicómano de Aristóteles (384 a. C.-382 a. C.) sino por las obras de autores romanos; en concreto de Salustio (86 a. C.-34 a. C.), Séneca (4 a. C. -65), y muy especialmente Cicerón (106 a. C.-43 a. C.) (pp. 56, 115-116). Esta rectificación, que sin mencionarlo matiza y amplia lo sostenido por el propio Skinner anteriormente, tiene una justificación cronológica: “La ideología prehumanista […] encarna un ideal de ciudadanía y una visión del autogobierno republicano que al menos en una generación precedieron a las fechas en que empezaron a estar disponibles los textos aristotélicos” (p. 115). Yendo más allá, Skinner apunta que el humanismo cívico posterior mantiene esta singularidad y que por tanto el republicanismo clásico de autores como Niccolò Machiavelli (1429-1527) y Francesco Giucciardini (1483-1540) bebe más de fuentes romanas que griegas (p. 116). En la atracción del lector hacia este escrito, sin duda, tiene mucho que ver la exquisitez del tema elegido, pero también la forma en que está expuesto. En estas páginas se perciben de inmediato las cualidades de un buen historiador de la teoría política. Es un trabajo elaborado sin urgencia, preciso, delicado, minucioso. El escrito aborda un tema muy concreto y se dilucidan aspectos muy específicos. Skinner se plantea los frescos como una “obra maestra” llena de enigmas (puzzles) por descifrar que han interesado a muchos estudiosos pero aún no se han resuelto adecuadamente. Para afrontarlo, contrasta las pinturas de Lorenzetti con fuentes clásicas y medievales en diversas lenguas, que se citan a pie de página en el original, junto con gran número de estudios especializados. Es un trabajo científico, muy erudito, y sin embargo, está escrito con una amabilidad que invita también a los lectores no especializados a disfrutar de él sin sentirse extranjeros en tierra ajena. Skinner desmenuza los argumentos con suavidad y parece capaz de mostrarlo todo con una prosa tersa y cristalina, sin perder nunca el rigor. A cada paso brota la sensación de que el ingente esfuerzo recibirá el premio de una tesis demostrada. Esta elocuencia confiada y democrática —por decirlo de algún modo— es algo muy propio del estilo de su autor y es un mérito de los traductores el haber sabido preservarlo. La escritura de Skinner casa bien con los trazos de la teoría política que describe. El pensamiento pre-humanista que nos traslada se muestra libre de contradicciones, sencillo y artesanal; como un ingenio valioso y duradero para la convivencia. Un ingenio con poco artificio, libre de la pompa y la grandilocuencia de la teoría del estado que vendrá después, cuando las repúblicas italianas sucumban ante el gobierno de los príncipes. La ideología pre-humanista surge directamente de las ciudades y sus ciudadanos. Sus fuentes teóricas son las propias constituciones y documentos públicos de las ciudades junto con las obras elaboradas por maestros de retórica y consejeros dedicados al Ars Dictaminis, los llamados dictatores (pp. 54-55). Estos autores siguen los postulados de los autores romanos con los que les une cierta continuidad intelectual. Éste es un matiz importante que les separa de sus sucesores. Los autores del Quattrocento perciben un hiato histórico que les separa de las fuentes clásicas. Por ello recuperan su pensamiento haciéndolo renacer. Los autores del Duecento, sin embargo, no tienen intención de revivir el pensamiento de los clásicos, ni se preocupan por comprenderlos en su época; sencillamente incorporan sus obras en sus propios escritos. su principal preocupación es mantener el buen gobierno de las ciudades e impedir la tiranía. La obra de Lorenzetti está cargada de símbolos abstractos que se oponen por pares sugiriendo una comprensión llena de simetrías, equilibrada y sólida como los arcos de la sala que alberga los frescos. La sistemática exposición de Skinner (p. 73) acentúa ante el lector el efecto de hieratismo —y de distancia histórica— que de por sí tiene la idealización teórica en la que abundan adjetivos como “perfecto”, “puro”, o “perpetuo”. El buen gobierno mantiene la paz mientras la tiraría engendra la guerra. Para el sostén de la paz es esencial lograr la equidad y la concordia entre los ciudadanos (p. 63). La paz y el buen gobierno no son dones que vendrán por sí solos ni de una fuente externa. Exigen el esfuerzo de todos los ciudadanos por mantener alejada la gran amenaza de la guerra y la discordia (p. 60). Como apunta Skinner, la paz no es la mera ausencia de la guerra, como lo entendería Aquino, sino el triunfo sobre la guerra (p. 59). Esto nos deja intuir que el rescoldo de la tiranía está siempre candente (p. 59). El buen gobierno puede lograrse y perpetuarse pero no hay ninguna solución definitiva para ello. Sí hay una firme convicción acerca de cuáles son los medios para sostenerlo. Los valores del buen gobierno reposan in medio, “en nosotros mismos” y han de estar “en el centro de las cosas” para que todos disfruten de ellos (p. 87). El buen gobierno sólo es posible si los ciudadanos y sus gobernantes aman la justicia y la paz —paz en la ciudad y consigo mismos— (pp. 58-59, 67) y cultivan una vida virtuosa (pp. 78-86). Tal y como la traslada Skinner, la suya es una visión confiada en la capacidad del individuo para sobreponerse a las dificultades y obrar de acuerdo a los “dictados de la justicia” (p. 52). Aunque el autor no emplea estas palabras, es una moral heroica, apropiada para individuos fuertes capaces de “emprender grandes cosas” (p. 84). En este punto se despliega la grandiosidad cívica del ciudadano y el gobernante, una grandiosidad que le despega de las “preocupaciones insignificantes a las que la gente común concede gran importancia” (p. 83). Es interesante que la “misteriosa figura regia” que preside los frescos sea interpretada por Skinner como una31X8FS178WL versión secularizada del Juicio Final en la que el gobernante electo (signoria), y con él los propios sieneses a los que representa “de una manera auténtica”, toma el papel de dios (pp. 126-129). Cuando esta elevación por encima del suelo de los mortales produce el vértigo de la omnipotencia, aparece de nuevo la comprensión de las limitaciones del ser humano. En el relato de Skinner se muestra que estos autores tienen muy presente la limitación temporal del ser humano —“todo lo ‘sublunar’ está destinado a pudrirse” (p. 143)—, y también su fragilidad espiritual. El autor destaca un pasaje de los frescos en el que unos danzantes celebran la alegría que les produce la paz en la ciudad (pp. 129-146). Una alegría que es esencial cultivar para espantar el pecado de la tristitia, que siempre acecha el corazón de los hombres (pp. 134-135, 143). Además de incorporar una pintura como una aportación teórica (pp. 52, 92)7, esta obra tiene la valía de rescatar del olvido la obra de Latini, antes de que otros especialistas fijaran en ella su atención (pp. 111-112), y con ello de traer a colación toda una tradición ligada a la retórica y sensible al valor de la paz que da confianza a los individuos para disfrutar de sus vidas en común sin temor (p. 123); una tradición atenta a la importancia del tiempo y la oportunidad para la política (pp. 112, 114-115) y que no descuida la trascendencia cívica del gobierno propio. en la obra de skinner, la retórica, desde la cultura del commune medieval hasta el entorno barroco de Thomas Hobbes (1588-1679), queda reivindicada como algo esencial en la tradición intelectual europea. Por ello, sus escritos, como esta obra, pueden considerarse una aportación a la recuperación contemporánea de la retórica que se está haciendo desde la teoría política. Sin embargo, en este punto su contribución es la de un historiador. Aunque su autor no lo exprese, este trabajo tan impecable tiene cierto aire de nostalgia por un mundo “delicioso” pero perdido entre las brumas del tiempo, como las brumas ensoñadas que envuelven y difuminan los paisajes de la pintura renacentista. Parece que el bullicio de los comerciantes y el saber de sus ciudadanos hubiera quedado encapsulado como un recuerdo puro en las paredes del Palazzo sienés, desde el que Skinner ha meditado sobre este trabajo. Su presentación deja fijado el pensamiento en su contexto de tal manera que pareciera inapropiado o ingenuo aprovechar algo de él para hoy. Tal vez no se trata de capturar esa estancia del pasado y adosarla al mundo actual, como un añadido extemporáneo, ni de desandar la historia para importarlo como un modelo alternativo a “nuestra desfalleciente idea de estado” (“Introducción”, p. 48), sino de releer a sus autores con los sentimientos de hoy, aceptando que sus obras no han perdido su inventio y algo de ellas puede formar parte de nosotros.

[Laura ADRIÁN-LARA. “Quentin Skinner, El artista y la filosofía política. El Buen Gobierno de Ambrogio Lorenzetti, Traducción de Eloy García y Pedro Aguado, Introducción de Eloy García, Trotta, Madrid, 2009, 150 páginas” (reseña), in Foro Interno. Anuario de Teoría Política (Madrid), vol. X, 2010, pp. 234-238]

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