✍ Visitas culturales en la Argentina, 1898-1936 [2014]

por Teoría de la historia

9789876912938En las tardes porteñas de 1910, un trabajador con simpatías socialistas podía acercarse a escuchar con interés una conferencia de Enrico Ferri –líder socialista italiano– y pocas semanas después presenciar una intervención de Jean Jaurés –figura central del socialismo francés–. Ya en la Buenos Aires de 1924, en el transcurso de un mismo día, Victoria Ocampo se mostraba dubitativa frente a la posibilidad de ir a una charla de Waldo Frank o a una disertación de Le Corbusier. Buenos Aires tenía ritmo de capital cultural en las primeras décadas del siglo XX. Este ritmo se había acelerado con el clima de las visitas del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910, y sus ecos se extendieron a las décadas posteriores. Escritores, científicos, políticos y curiosos habían incorporado en la cartografía de sus viajes a la ciudad-puerto, que vio llegar a sus costas figuras como Georges Clemenceau, Victor Margueritte, Anatole France, Jane Catulle Mendès, Albert Einstein y Filippo Marinetti, entre tantas otras. No siempre estos visitantes recibían invitaciones oficiales de políticos o intelectuales argentinos. Se superponían varias veces convocatorias de comunidades de inmigrantes españoles o italianos –reunidos en el Círculo Español o en Unione e Benevolenza–, rectores o grupos de jóvenes universitarios y círculos de sociabilidad literaria. Esta convergencia de invitaciones que una misma persona podía recibir convertía al financiamiento múltiple en uno de los atractivos a considerar por los convidados. Algunas visitas respondían a circuitos similares a los de los de la vida teatral. Así sucedía cuando empresarios privados tentaban a figuras de la vida cultural o política de otros países para realizar disertaciones en los teatros Odeón, Doria, Opera o Victoria, por ejemplo. Eran giras que se montaban con los mismos ritmos del espectáculo: anuncios en la prensa, marquesinas, venta de abonos por anticipado. Entre estos empresarios se destacan figuras como Faustino Rosa, un hombre de teatro portugués afincado en Argentina, que fue responsable de las visitas de Georges Clemenceau y Anatole France; y el empresario carioca Niccolino Viggiani, que diagramó la gira de conferencias del poeta futurista Filippo Marinetti. De este modo, con los circuitos universitarios, étnicos o de la política formal, se dibujaban otros más ligados al mercado. Pero, a pesar de los distintos orígenes de los ciclos de conferencias, las diferencias se desdibujaban en el transcurso de las visitas. Un mismo visitante, como Pietro Gori, José Ortega y Gasset o Albert Einstein, por ejemplo, podía circular por una variedad de escenarios –un círculo reducido de universitarios, una tertulia, un teatro colmado, una asociación obrera o inmigratoria–. Esta circulación muestra la multiplicidad de la vida cultural de esas décadas y la conformación de espacios de consumo cultural colectivo. Se dibujaba en Buenos Aires la presencia de un público ávido por escuchar a referentes extranjeros, una especie de Babel cultural. Los visitantes, en su mayoría, disertaban en sus lenguas de origen. Ciertamente, figuras como Rafael Altamira y José Ortega no generaban desafíos a sus auditorios. Pero otros, como Pietro Gori, Enrico Ferri o Filippo Marinetti pronunciaban sus conferencias en italiano; Anatole France, Georges Clemenceau, Jean Jaurés, Le Corbusier y Jacques Maritain se dirigían al público en francés; Albert Einstein hablaba en un francés con giros italianizados… Con estas dinámicas, las visitas desataban la aparición de pintorescas figuras culturales ligadas al evento. Secretarios privados –algunos llegaban desde sus países de origen acompañando a los invitados, otros locales–, ayudantes, intérpretes y traductores de ocasión, oficiaron como intermediarios lingüísticos y culturales. La prensa –y la radio más tarde– convirtió en noticias a las visitas. Primero al generar expectativas: antes de la llegada de alguna figura se presentaban síntesis y traducciones de sus textos, semblanzas biográficas, caricaturas y fotografías. Luego se publicaban crónicas detalladas sobre los comités de recepción, la organización de banquetes y agasajos y el seguimiento de cada movimiento de los visitantes. Se publicaban minuciosas descripciones sobre gestualidades y capacidades oratorias, vestimentas, gustos culinarios, tonos vocales y modales de las figuras en gira. Algunas actividades de los conferencistas, ligadas al color local, alimentaban relatos pintorescos: se rumoreaba que Pietro Gori había sido tentado a vestir de gaucho para dar sus conferencias; varios regalos autóctonos se agolpaban en una vitrina de la habitación de Georges Clemenceau en el Palace Hotel –desde mates grabados con dedicatorias, hasta pájaros autóctonos, frascos de dulce de leche, dibujos, partituras con composiciones musicales de homenaje, entre otros–; los paseos por estancias y los asados daban un giro localista a los visitantes extranjeros. En el mismo sentido se inscribía una famosa fotografía de aires tangueros de Einstein caminando por el Mercado del Abasto. El color local se asociaba, en ocasiones, con imágenes preconcebidas que los visitantes tenían sobre Buenos Aires, varias de ellas provenientes de relatos de viaje escritos por exploradores, científicos y aventureros que habían visitado el país en el siglo XIX. Otras veces, en cambio, tenían la pretensión de ser observadores neutrales. Los registros de la experiencia podían ser contemporáneos o posteriores a las visitas: diarios de viaje, notas pasajeras, artículos que se escribían para enviar a medios del país de origen, los textos de las conferencias, intercambios epistolares posteriormente publicados. Estos escritos invertían y complementaban la literatura de viajeros argentinos que –con Sarmiento como precursor– visitaban otras latitudes para buscar modelos por reivindicar o criticar. Ahora se trataba de escritos de extranjeros que visitaban la Argentina y parecían dispuestos a presentar diagnósticos y balances sobre ella. En estos registros conviven, varias veces en tensión, descripciones de elementos tradicionales de la Argentina (la pampa desierta, la vida del gaucho) con características consideradas marcas de modernidad y progreso (como la trama urbana de Buenos Aires, el puerto, el mercado editorial). Pero el impacto de las visitas no fue sólo en una dirección. Aunque con diferencias, cada uno de los invitados dejó huellas que van desde experiencias estrictamente personales hasta transformaciones en algún campo del saber. En un sentido personal, por ejemplo, son conocidos los testimonios de Alberto Ghiraldo cuando señala que escuchar a fines del siglo XIX en Buenos Aires a Pietro Gori lo inspiró a adscribir al anarquismo; en la misma dirección, Victoria Ocampo ha confesado que los contactos con Rabindranath Tagore, Waldo Frank y Jacques Maritain la impulsaron a replantearse posturas estéticas y espirituales. Otros impactos afectaron a campos disciplinares y culturales. Así, Rafael Altamira, Albert Einstein y Le Corbusier dejaron su huella en las dinámicas de la Historia, la Física y la Arquitectura. Por último, otras visitas calaron hondo en el imaginario argentino, sobre todo por las postales que legaron sobre un momento. Un caso paradigmático en este sentido es el de las Notas de viaje por América del Sur , de Georges Clemenceau. Aunque el momento mismo de la visita de Clemenceau no tuvo el impacto ni la cobertura periodística que otras visitas contemporáneas a la suya adquirieron en el clima del Centenario de 1910, su libro de observación es una de las fuentes más consultadas para reconstruir y conocer los rasgos del país en ese año emblemático.

[Paula BRUNO. “El desembarco de la belle époque”, in Revista Ñ (Buenos Aires), 12 de febrero de 2015]