✍ Campesinos y estancieros. Una región del Río de la Plata a fines de la época colonial [1998]

por Teoría de la historia

campyestanc¿Es posible que la imagen del gaucho libre e indómito, considerado tantas veces como la esencia de lo argentino, fuera sólo humo?El historiador Jorge Gelman investigó el mundo rural de nuestras pampas desde la Colonia hasta principios del siglo XIX y, junto con otros colegas, parece haber constatado que aquel mundo era bien distinto de la película que todos nos hacemos. Con un doctorado en la prestigiosa Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de Francia, Gelman es profesor titular de Historia Argentina en la Universidad de Buenos Aires y acaba de publicar Campesinos y estancieros; una región del Río de la Plata a fines de la época colonial (Editorial Los libros del Riel).

Muchas veces nos equivocamos al imaginar el futuro de la Argentina. ¿Ahora también descubrimos que el pasado no era lo que creíamos?

-Al menos eso sucede en el terreno que yo investigué. Hay una visión de nuestra historia que está muy presente y que nos describe una evolución agraria muy lineal para la zona pampeana litoraleña. Se piensa que hubo pocas transformaciones, que experimentamos la maldición de la abundancia y que nuestra historia estuvo muy determinada por una naturaleza que nos daba todo y que nos hizo muy poco laboriosos. En esa visión, el ganado se procreaba casi sin la intervención humana. Usted sabe, predominio de la ganadería extensiva y del latifundio y, acompañando todo eso, la imagen del gaucho.

Bueno, el gaucho no surgió de la nada.

-Seguro. Y todos tenemos in mente un personaje simpático, en una época malo y más tarde bueno, a quien la naturaleza le brindaba lo esencial para sobrevivir. Bastaba con tener un buen lazo y un caballo, un cuchillo para faenar y la decisión de apropiarse del ganado. Nos lo imaginamos con una mínima vestimenta, con una precaria vivienda y sin vocación de trabajar. A lo sumo, creemos, se conchababa en una estancia, ganaba unos pesos y se pagaba los vicios, o sea el aguardiente, el vino, la yerba. Y, apenas tenía lo suficiente, abandonaba al patrón y se iba, libre, a deambular. Todo eso es un mito.

¿Usted dice que el gaucho por aquí no pasó?

-Yo digo que un grupo de historiadores -entre ellos Juan Carlos Garavaglia, Carlos Mayo y otros- nos pusimos a investigar ese pasado agrario colonial y descubrimos que la realidad era muy distinta de lo que creíamos y mucho más compleja. En primer lugar, cuando miramos lo que pasaba en el siglo XVIII no había sólo caballos y vacas dando vueltas, sino que existía una producción ganadera muy diversa, orientada a la venta de carne para los mercados internos y a la cría de mulas para los mercados andinos y, después, una producción agrícola muy importante: trigo, maíz y otros productos. No hay muchas formas de medir la producción de entonces, pero tenemos distintas fuentes documentales que nos permiten acercarnos.

¿Cuáles por ejemplo?

-Una muy importante son los diezmos, que eran los impuestos del 10 % sobre la producción agropecuaria.

¿Es un dato confiable?

-Hay que tomarlo con cautela. Pero, a fines del período colonial, esos diezmos sobre los bienes agrícolas eran muy superiores a los que se pagaban sobre los bienes ganaderos. Este cambio tiene que ver con que se había empezado a pensar en los mercados internos, no sólo en los externos. Por otro lado, estudiamos cómo se componía el gasto de los hogares de Buenos Aires y, por ejemplo, aparece el pan como un componente importante de lo destinado a alimentación. Antes se pensaba que no integraba la dieta local. Por lo tanto, tenía que haber trigo y, ya que no se importaba mucho, se lo producía acá.

¿Qué hacían los grandes estancieros?

-Esas imágenes del estanciero poderoso, por un lado, y del gaucho, por el otro, son irreales. En toda la zona pampeana predominaban las familias de pequeños y medianos productores, que producían algo de trigo, tenían unas pocas vacas y algunas ovejas, y criaban pocas mulas. El personaje de las pampas argentinas era la familia pobre o modesta, y no el gaucho y el poderoso estanciero. En lugar de grandes estancias había propiedades rurales sin grandes extensiones, sin muchos empleados y con pocos recursos pecuarios.

¿Eso significa que el estanciero poderoso que arrasa con el gaucho y lo usa en su provecho es un cuento chino?

-Planteémoslo de esta forma: a fines del siglo XVIII eso no existe. Empezaban lentamente a despuntar algunas estancias, pero el latifundio era más visible en Entre Ríos o en el Uruguay que aquí. En Buenos Aires lo que predominaba era la pequeña y mediana producción de tipo familiar, gente que trabajaba arduamente la tierra, no que se sentaba a la sombra del ombú mientras las plantitas crecían. Recién empezaban a aparecer algunos estancieros medianos o grandes.

¿Por qué eso lo lleva a pensar que el gaucho era un mito?

-Evoquemos la imagen del gaucho: un varón solo que, de vez en cuando, visitaba a su china -¿cómo harían los varones solos para reproducirse?-, un sujeto más bien nómade. Eso sólo es posible en un mundo rural idílico. No sucedió en las pampas argentinas. Esto no significa rechazar que hubiera una ínfima población con rasgos parecidos a los del supuesto personaje central del gaucho.

¿Cómo eran esos parecidos?

-Eran pocos y se trataba fundamentalmente de migrantes del interior del país. No eran pobladores locales típicos. Vinieron del norte. Desde fines del siglo XVII y todo el siglo XVIII hay en las pampas corrientes continuas de migrantes guaraníes, quechuas y aimaras hacia el Río de la Plata. Por ejemplo, cuando se cierran las misiones jesuíticas a mediados del XVIII, vienen muchos pobladores del Litoral que son, en realidad, indios guaraníes. En zonas donde predomina la gran estancia -algunas partes del Uruguay-, los migrantes quedan en los escalones más bajos de la sociedad frente a los locales, que son propietarios. Pero aquí no.

¿Esos migrantes fueron la mano de obra de las incipientes estancias?

-Sí. Esos varones solos y también la mano de obra esclava. El trabajo era inestable. De repente, la estancia los despedía porque había, por ejemplo, una guerra en el Atlántico seguida de un bloqueo, que paralizaba las exportaciones de cueros. Puede ser que algunos de esos trabajadores desocupados y sin recursos optaran por apropiarse de alguna vaca para comer.

¿Vale decir que el gaucho era, en realidad, un desocupado?

-Digamos que el campesino suelto y sin tierras, el que se robaba un animal, comía y vendía su cuero o pasaba mucho tiempo en la pulpería -sólo un pequeño sector-, era más bien un desocupado y no un espíritu libre e indómito. Tampoco su robo de vacas para comer era considerado totalmente ilegal porque había costumbres más o menos aceptadas -eran tradiciones medievales de origen español-, siempre que fuera por necesidad.

¿Por qué se piensa, entonces, que eran gauchos?

-Muchos historiadores estudiaron las fuentes judiciales de la época. Si uno se fija en ellas, están llenas de gauchos. Pero las fuentes judiciales nos muestran una parcela de la realidad. Todo mito tiene algo real, pero creo que la imagen del gaucho era funcional a algunos sectores. En nombre de la ley.

¿Por qué?

-Porque, ya en la primera mitad del siglo XIX, había una fuerte escasez de mano de obra y las estancias que comienzan a expandirse presionan al Estado para que sancione leyes que criminalicen a la población rural más pobre. Buscan proveerse de ese modo de mano de obra abundante. Entonces, aparece, por ejemplo, la obligatoriedad de la papeleta de conchabo para el campesino sin tierras. Para legitimar esas leyes, se propaga la imagen de una población rural llena de vagos y mal entretenidos. También contribuyeron a forjar la imagen del gaucho algunos viajeros europeos, que vieron en el siglo XVIII una pampa excesiva y un campesino que tiene que trabajar menos que su par europeo para vivir de la tierra. De todas maneras, la figura del gaucho quedó finalmente consagrada por Sarmiento. Y ése es un punto a examinar. Efectivamente, el Facundo es el exponente máximo de la creación de la imagen del gaucho y de la naturaleza excesiva.

¿Y para usted Sarmiento pinta en Facundo un mundo que resulta irreal?

-No. Incluso, se lo podría caracterizar como el primer trabajo de sociología que se ha hecho en la Argentina. Ahora, para Sarmiento el gaucho es tanto el trabajador pobre como el estanciero. En su descripción, Rosas es el gaucho malo. Sin duda, el libro estaba fuertemente influido por la necesidad que tenía Sarmiento y la gente de la llamada Generación del 37 de explicar su fracaso en ofrecer a la Argentina una alternativa distinta a la que impera con el triunfo de Rosas y el rosismo. Porque una cosa que constata Sarmiento es que Rosas, además de ser, a su juicio, malo, tiene apoyo popular. Entonces, lo que trata de hacer en el Facundo es explicar por qué un personaje como ése, al que considera nefasto, tiene apoyo popular. Y la explicación que encuentra es la abundancia que lleva a la gente a no tener que trabajar y que provoca la falta de sociabilidad, porque la gente anda dando vueltas por esa pampa inmensa y rica. Sarmiento veía en eso un contraste fuerte con sociedades campesinas y urbanas como las europeas, que él dice que son las que pueden ser civilizadas.

Luego llegará José Hernández para poner el moño a la imagen del gaucho.

-Sí. Pero hay una transición muy importante entre la imagen del gaucho que ofrece Sarmiento y la del Martín Fierro. Se pasa del gaucho malo al gaucho bueno. Porque Sarmiento muestra cierta admiración hacia la población rural, pero, fundamentalmente, su imagen es de condena, como de algo que nos lleva a la barbarie. Mientras que el Martín Fierro muestra una imagen reivindicatoria de la población rural. Ahora el poder los persigue, no los usa ni los apoya. Creo que no se ha destacado un rasgo del libro de Hernández. Me refiero a que Fierro no es un gaucho por voluntad propia. Es un pequeño campesino arrendatario que ha sido convertido en gaucho por la ofensiva reclutadora del Estado. Hernández conocía ese mundo rural y sabía que estaba muy poblado por campesinos, arrendatarios y pequeños criadores de ganado. Y lo que muestra no es la lucha entre el gaucho y el estanciero, que no la hay en el Martín Fierro, sino un mundo rural relativamente armónico que es perturbado cuando el Estado interviene en él. Esto se ve muy claro en un estudio de Tulio Halperín Donghi llamado José Hernández y su mundo, que analiza el libro y la obra periodística, observando esta visión idílica del mundo rural.

¿Hernández lo veía como un mundo sin conflicto?

-Halperín Donghi advierte que los textos de Hernández coinciden con los temas que va a plantear la Sociedad Rural, que se crea hacia 1860, dibujando una sociedad relativamente idílica y de armonía entre los grandes y pequeños propietarios y los peones. Hernández coincide con ellos en que el problema está en el Estado con sus impuestos, con sus jueces corruptos y con los reclutadores que se llevan a los trabajadores de las estancias.

Entonces, ¿el gaucho finalmente no existió?

-Yo no sería tan contundente -¿no me irán a echar del país por esto?-. En serio, creo que si la imagen del gaucho existía, algo había en esa realidad, que permitió que después se construyera un mito y se lo generalizara. Y, sobre todo, que se lo quisiera convertir en un elemento típico del mundo rural cuando, de verdad, era muy poco significativo. En otras palabras, si existía -y muy parcialmente, creo que sí- era un personaje muy poco presente en ese mundo.

[Jorge HALPERIN. “El gaucho argentino fue un mito” (entrevista con Jorge Gelman), in Clarín (Buenos Aires), 5 de abril de 1998]

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