➻ Germán Colmenares [1938-1990]

por Teoría de la historia

ACrEgh005Se me ha pedido por los organizadores de este homenaje que hable sobre las contribuciones de Germán Colmenares a la historia intelectual y a la metodología de la historia, pues aunque sus campos preferidos de investigación y donde dio sus mayores frutos fueron el de la historia social y económica de Colombia, dada la amplia visión que tenía de la historia y de la formación del historiador, nunca dejó de tocar los más significativos temas de nuestra historia intelectual y los referentes al método y en general a los problemas teóricos de la formación del historiador. La moderna historia intelectual comprende lo que en términos tradicionales se llama historia del pensamiento o historia de las ideas, ya sean políticas sociales o estéticas y científicas. Más recientemente ha aparecido la historia de las mentalidades, que no se refiere a la descripción y al análisis de lo que pensaron y escribieron los grandes pensadores en el campo de la filosofía, la política o la ciencia, sino a las formas de pensar dominantes en las diversas épocas del pasado, fuera por la sociedad en general o por los diversos grupos y clases que componían su estructura. La historia intelectual o la historia de las ideas o de las mentalidades ha tomado tanta importancia, que uno de los más agudos pensadores contemporáneos y a la vez gran historiador, el inglés R.G. Collingwood, afirma que toda historia es historia de las ideas, porque detrás toda acción histórica hay necesariamente una idea. La historia es el hombre en acción y detrás de toda acción que tenga sentido histórico debe haber un pensamiento por elemental o simple que sea. Los hechos mismos, los acontecimientos en bruto, carecen de sentido y no podemos comprenderlos. Podemos comprenderlos y hacer de ellos historia porque detrás de ellos, tratase de un hecho individual o de un grupo o de una clase social, hay una idea o, desde luego, varias ideas (1). Dentro de la grande y amplia inquietud intelectual que caracterizó a Germán Colmenares, la historia intelectual y los problemas teóricos de la historia ocuparon un puesto muy significativo. Su primer trabajo histórico, su tesis de grado para recibirse de abogado en el Colegio del Rosario, fue una investigación, que luego se convertiría en un libro que lleva por título Partidos políticos y clases sociales en Colombia, publicado en 1968. Posteriormente, en el transcurso de su carrera, Colmenares haría varias incursiones en el campo de la historia intelectual y de las ideas. Voy a referirme en forma especial a un ensayo muy agudo, quizás demasiado agudo y sutil, que lleva por título Las convenciones contra la cultura (2). Luego me referiré a una serie de ensayos cortos, muy finos y sugerentes, como “El manejo ideológico de la ley penal en un período de transición”, que se refiere al período final de la época colonial y su ensayo de utilización de la novela como fuente histórica a propósito de Manuela, la novela del costumbrista colombiano de nuestro siglo XIX, Eugenio Díaz (3). El ensayo sobre los Partidos políticos y clases sociales en Colombia, como su título lo sugiere, se ocupa de las ideas que sobre la organización del Estado sostuvieron nuestros partidos políticos liberal y conservador desde sus orígenes y en gran parte del transcurso del siglo XIX y la relación entre sus tesis políticas y los intereses económicos y sociales de las clases sociales más activas y mejor configuradas de entonces, comerciantes y terratenientes, que para referirlos a los términos utilizados por Marx -de donde venia la utilización del modelo- para explicar la historia moderna, representarían la burguesía y la nobleza o aristocracia. El tema tenía su antecedente inmediato en el libro de Luís Eduardo Nieto Arteta, Economía y Cultura en la Historia de Colombia, publicado en 1940, donde Nieto hizo entre nosotros quizás el primer intento de aplicar el pensamiento marxista a la historia de Colombia. Recordemos que para Marx la historia se explica en general, y en cada época en particular, como un conflicto de clases sociales. En el caso de la historia moderna, en la época del capitalismo, como un conflicto entre la burguesía, motor y beneficiaria del sistema y la clase obrera. Así como en la época anterior a la Revolución Francesa se explicaría como un conflicto entre la nobleza y la burguesía. Ahora bien, en el curso de estos conflictos las clases en oposición toman conciencia de sus intereses y la expresan en la forma de ideas o ideologías. Así nacen en la historia moderna las ideas liberales como expresión de los intereses de la burguesía y las ideas socialistas como correspondientes a la clase obrera. En el caso de Colombia, al comenzar el siglo XIX, las clases sociales en conflicto eran, por un lado, los terratenientes o hacendados cuyas rentas provenían de la propiedad territorial y la explotación del trabajo de peones o aparceros y, por otro, los comerciantes que vivían de su actividad mercantil y que constituían la matriz de una burguesía naciente. La expresión en el plano de las ideas políticas de esa contraposición de intereses fueron las ideas conservadoras, que respondían a los intereses de los terratenientes y las liberales, que expresaban los intereses de los comerciantes. Esa seria la explicación del origen de nuestros tradicionales partidos políticos. Posteriormente, la explicación de Nieto tuvo gran fortuna en la historiografía nacional sobre todo en la supuestamente marxista. Con mayor bagaje de cultura histórica que la mayoría de sus antecesores, Colmenares da una explicación más matizada del origen de nuestros partidos, pero en general acepta el esquema terratenientes igual conservadores y comerciantes igual liberales. El tema fue retomado unos año después de la publicación del libro de Nieto y del ensayo de Colmenares sobre Partidos políticos y clases sociales por el historiador norteamericano Frank Safford, quien demostró, con argumentes bastante convincentes a nuestro juicio, que el esquema tenía muy débiles apoyos en los hechos. Examinando la ocupación y los intereses económicos a que estaban vinculados un número considerable de personalidades o líderes de nuestros partidos políticos, demostró casuísticamente que en el partido conservador militaban tantos comerciantes como en el partido liberal y que en éste había tantos terratenientes como en el conservador (4). Sin embargo, no obstante su coincidencia con la tradición Nieto Arteta, Colmenares, en el libro que examinamos, amplía considerablemente las posibilidades de explicación de los diferentes matices de nuestras mentalidades políticas, apoyándose en este caso en las diferencias de estructura social, económica y cultural de las regiones colombianas y para el caso analiza la posición adoptada por los terratenientes caucanos y por los del nororiente colombiano, -prácticamente cundinamarqueses, boyacenses y santandereanos- ante ciertos conflictos y retos de la época. A su juicio, mientras los señores caucanos que se movían en el seno de una sociedad esclavista, “donde la esclavitud era la base de la economía y de las relaciones sociales, respondían con una actitud aristocrática y conflictiva ante ciertos problemas de la época, por ejemplo, el de la necesidad de aumentar la capacidad exportadora del país como base para un mayor desarrollo económico, los del oriente colombiano, donde la esclavitud había sido muy débil o casi inexistente, respondían impulsando las exportaciones de tabaco, quina, añil, sombreros de Jipijapa y más tarde café”. Es decir, respondían con una actitud más moderna. Esa circunstancia determinó —sigo el análisis de Colmenares- que los conflictos sociales de nuestro siglo XIX, tales como los surgidos en torno a la propiedad de la tierra entre hacendados y peones o arrendatarios, o entre artesanos y comerciantes, fueran más violentos en el Cauca, a pesar de que para referirse a ellos el ministro de gobierno de la época, Murillo Toro, los calificara como simples “retozos democráticos”. En este tipo de análisis, encontramos un nuevo enfoque para estudiar el carácter de nuestras mentalidades regionales. Hay otra contribución sobresaliente de Colmenares a la historiografía de las mentalidades, al método y a las fuentes de la historia. Me refiero al intento de utilizar la literatura, y particularmente la novela, como fuente para el estudio de algunas formas de la mentalidad colombiana del siglo XIX. Para el efecto se basa en un fino análisis de la novela Manuela del escritor costumbrista bogotano Eugenio Díaz publicada hacia 1850, que trata de describir las costumbres políticas de la época y particularmente las formas de la vida rural de entonces en la región de la Sabana de Bogotá. Como recordarán los que han leído la novela, Díaz incorpora en su cuadro de personajes al hacendado propietario, a los abogados que sirven sus intereses y al mismo tiempo hacen política, a los arrendatarios, los peones, en fin, a todos los personajes que se mueven alrededor de una hacienda típica sabanera de aquella época. La novela, como lo indica Colmenares en su análisis del texto, es a la vez una idealización de la vida rural de entonces y una crítica de las costumbres sociales y políticas de la época. La novela está llena de nostalgias y evocaciones de la vida en las haciendas sabaneras, sus casas solariegas, sus sancochos, la chicha, los telares, las talanqueras y los vallados, todo lo cual es utilizado por Colmenares para presentar los rasgos de una sociedad conservadora, no tanto como forma de pensamiento político, sino como expresión de una mentalidad y una forma de comportamiento social. El tercer ensayo al que quisiera referirme en esta visión sucinta de las contribuciones de Colmenares a la historia intelectual, es un ensayo lleno de sugestiones y de planteamientos agudos sobre ciertos problemas teóricos de la historiografía. En él, Colmenares hace derroche de información y de conocimiento de la amplísima bibliografía producida en los últimos 20 ó 30 años sobre el intrincado problema del método en las ciencias sociales y de la cultura, particularmente de la historia, y sobre el aún más intrincado problema de la interdisciplinariedad de las ciencias. Lingüistas, sociólogos, críticos literarios, filósofos ingleses y franceses pasan abundantemente por las páginas de su ensayo. El mismo nombre del ensayo es un poco desconcertante. Colmenares lo titula Las convenciones contra la cultura. Considera como tales ciertos modelos exegéticos, ciertos esquemas explicativos de la historia que fueron usados por la historiografía europea de la primera mitad del siglo XIX, que fueron imitados sin mucha o sin ninguna actitud crítica por la mayoría de los historiadores latinoamericanos de la primera mitad del siglo pasado, sin mucha actitud crítica y con una buena dosis de interés en ocultar la realidad de los hechos en la sociedad latinoamericana posterior a la independencia. Explicar la historia por la intervención de una gran personalidad, del héroe nacional epónimo, como lo proponía el historiador ingles Thomas A Carlyle o el norteamericano William Prescot, era una de esas convenciones. Apoyándose en ella, los historiadores latinoamericanos interpretaron la conquista del territorio americano por los españoles como la obra de ciertas personalidades heroicas: Cortés, Pizarro, Valdivia, Jiménez de Quesada. Y en cuanto a la independencia, como la hazaña de Bolívar, San Martín, O Higgins, etc. La historia se veía como un drama representando en torno al héroe y a la acción y la personalidad de éste. Tal drama era el tema central de la obra histórica. Otra convención de la historiografía latinoamericana del siglo pasado fue el haber ignorado, no tanto por motivos lógicos como por motivos políticos e intereses de clase social, la continuidad de la historia. El hecho de que la historia colonial era parte integrante de la historia americana como un todo y que el ignorar la presencia de las instituciones, de la economía y la estructura social de la época colonial, era mutilarla. Para el conjunto de los historiadores hispanoamericanos analizados por Colmenares, la historia de los países latinoamericanos comenzaba con la independencia. Y encuentra la explicación de este hecho en la circunstancia de que muchos de ellos fueron actores directos o descendientes de los héroes epónimos. Además, los historiadores latinoamericanos del siglo XIX quisieron ignorar los problemas reales de tipo social y político que aparecerían después de la independencia, calificándolos o indicándolos a través de metáforas retóricas o abstracciones jurídicas. Fue el caso, por ejemplo, de nuestro historiador de la guerra de independencia, José Manuel Restrepo, quien solo veía en el futuro de Colombia un desfile de pasiones insanas. Cuando volvían la mirada hacia los 300 años de historia colonial, dice Colmenares, los historiadores latinoamericanos del siglo pasado solo veían desfilar “las sombras chinescas de los más perturbadores conflictos”. Interpretar la historia latinoamericana a través de la influencia de las razas que entraron en el proceso de su formación social y cultural o a través de la influencia del clima y el medio geográfico o por elementos tan curiosos como la forma de la estructura corporal, particularmente del cráneo, como lo pretendía una pseudociencia que empezaba a nacer entonces, llamada frenología, eran otras tantas convenciones contra la cultura. ¿Por qué contra la cultura? Quizás porque asumimos que son falsas o incompletas y por lo tanto producen una historiografía que falla rotundamente al explicar la historia o la desfigura. La presencia de estas convenciones en la obra de un grupo de historiadores latinoamericanos del siglo XIX, es, como lo hemos dicho, el tema central del ensayo. Los escogidos son el argentino Bartolomé Mitre, los chilenos Barros Arana, Domingo Amunátegui Soler, Victorino Lastarria, el peruano Paz Soldán y el colombiano José Manuel Restrepo. Al margen de la aguda, y en ocasiones sarcástica crítica de Colmenares, sólo quedan el boliviano Gabriel Rene Moreno y don Andrés Bello. La abundancia de temas y la complejidad de ellos y las agudas y eruditas consideraciones de Colmenares en este ensayo ameritaría dedicarle un seminario o encuentro de historiadores para analizar a fondo los múltiples problemas que en él se platean. Podría llevar por título: “De cómo se ha escrito nuestra historia”. Por el momento, con el ánimo de plantear algunas bases de análisis, me atrevería a formular algunas observaciones. Las convenciones historiográficas que Colmenares atribuye a los historiadores latinoamericanos del siglo XIX eran también las convenciones de los historiadores europeos de la misma época que les servían de modelos. La explicación por la acción de la gran personalidad, del héroe, de la raza o del medio geográfico, se presentaban al menos como hipótesis plausibles. Sólo en la segunda mitad del siglo XIX el panorama comenzó a variar con la aparición de las obras maduras de Marx, que incorporaron al análisis histórico los intereses económicos de las diversas clases sociales y con la aparición de obras como la Historia de la Civilización Inglesa, de T. Buckle, que llamó la atención sobre la importancia de los factores demográficos, la alimentación, la criminalidad y la distribución de la riqueza en el análisis histórico. Que, además, proponía el empleo de métodos estadísticos para explicar los hechos sociales. Antes que G. Lefebvre, fue Buckle quien dijo a los historiadores: Il faut conter (“Es preciso contar”). Pero las nuevas ideas solo se abrieron paso muy lentamente en la misma Europa. Todavía al finalizar el siglo XIX, la obra de Marx no tenia las repercusiones sobre las ciencias sociales que adquirió en el siglo XX. Si esto ocurría en Europa, mal podría ocurrir en otra forma en América Latina. Su comunicación con el viejo continente seguía siendo difícil y lenta. Casi toda su información científica e intelectual le llegaba de Francia y en menor medida de Inglaterra. El conocimiento de las obras de los grandes historiadores europeos que renovaron la historiografía, un Ranke, un Burkhardt, un Fustel de Coulanges, por muchas razones, no aparecían en el horizonte intelectual. Los historiadores latinoamericanos de la primera mitad del siglo XIX y todavía los de los de finales del siglo, se acogían a las convenciones dominantes en Europa a comienzos de la centuria. Esperar que se libraran de esos modelos, sería esperar mucho de ellos, sobre todo si se considera que la idea del historiador como un especialista, como un profesional de la ciencia, aun de la enseñanza, no existía en su horizonte cultural. Se trataba de abogados, políticos, gramáticos, militares que se aventuraban en el campo de la historia. A estas consideraciones habría que agregar que algunas de las convenciones que adoptó la historiografía del siglo XIX no han desaparecido totalmente, aunque en la actualidad han recibido un tratamiento más crítico y una aceptación más limitada. Tal ocurre, por ejemplo, con el problema de la acción histórica de las grandes personalidades y con el valor interpretativa de los factores geográficos en la explicación de ciertos aspectos de la historia. En efecto, aun la escuela francesa de los Annales, que tanto ha hecho por renovar los estudios históricos dando el giro hacia la historia social, de las civilizaciones y de la cultura y por renovar los métodos de la disciplina, ha conservado los vínculos con la geografía y ha reincorporado en sus orientaciones la importancia de las grandes personalidades en el proceso histórico, aunque renovando el método de su comprensión. A este propósito, baste recordar que uno de sus fundadores, Marc Bloch, incorpora en sus estudios de la historia social de Francia, especialmente de la historia rural, los factores geográficos, y que Georges Duby declara en sus memorias que se interesó por la historia social gracias a la influencia que en su formación ejerció el geógrafo André Allix. Y en cuanto al rol histórico de las grandes personalidades, otro de los líderes de la escuela, Lucien Febvre, dedicó gran parte de su vida a escribir las biografías de Lutero y Rabelais, aunque invirtiendo el método para interpretarlas, comprendiendo su personalidad como un resultado de las tendencias sociales, políticas y culturales de su época y no éstas por su influencia personal. Finalmente, quiero referirme a un corto ensayo publicado en la revista Historia Critica editada por el Departamento de Historia de la Universidad de los Andes, denominado el “El manejo ideológico de la ley penal en un período de transición (5). Se trata de un estudio sobre algunos aspectos del derecho penal al finalizar la época colonial. Las fuentes consultadas se ubican entre 1800 y 1807, es decir, en los últimos años de la dominación española. El material está tomado especialmente de la región caucana y se refiere a la importancia que tuvieron en la legislación penal española ciertos delitos y la dureza con que se castigaron. Colmenares analiza allí varios temas, pero quiero destacar los que entonces se llamaban delitos de escándalo. Hechos que provocaban escándalo publico. De esa naturaleza eran los delitos cometidos por los esclavos contra sus amos o los adulterios y los amancebamientos. Según Colmenares, estos delitos eran duramente castigados, no por su significado intrínseco, sino por los efectos que tenían sobre la estabilidad de ciertas instituciones como la familia o sobre las relaciones jerárquicas de los grupos sociales. 0 podríamos decir, sobre la solidez de las consagradas instituciones políticas y sociales. Era una interpretación novedosa del sentido que tenia la ley penal para el mantenimiento del orden social de la época. Con el examen de estos casos parciales de su fecunda obra, esperamos, haber contribuido a iniciar un análisis más amplio de ella y a rendir un merecido homenaje a las grandes virtudes humanas e intelectuales de historiador y de maestro que tuvo Germán Colmenares.

[Jaime JARAMILLO URIBE. “La contribución de Germán Colmenares a la historia intelectual y a la metodología de la historia”, in Historia crítica, nº 18, 1999]