➻ Diego Carbonell Espinal [1889-1945]

por Teoría de la historia

carbonellLa Universidad de Los Andes cuenta en su haber con un significativo grupo de personalidades que le ha dado brillo y prestancia a su abrupto devenir. Si consideramos tan sólo una alicota de su historia, por ejemplo la segunda década del siglo XX, hallamos tal cantidad de luminarias, que no podemos sino asombrarnos frente a una institución nacida en la pequeña y bucólica ciudad de Mérida, pero que lentamente se fue posicionando de un prestigio y de una pertinencia innegable en el contexto nacional. Y también más allá de nuestras fronteras. El 14 de julio de 1917 toma posesión del rectorado de la Universidad de Los Andes el joven científico e intelectual Diego Carbonell (contaba con 32 años). Llega a una ciudad relativamente aislada del resto del país, en la que aún imperaban costumbres y tradiciones que hacían de la urbe lugar de encuentros y desencuentros. Traía Carbonell una sólida formación profesional como médico egresado de la Universidad Central de Venezuela (1910) y con estudios de especialización y prácticas en los hospitales St. Antoine y el Hotel-Dieu de París (desde 1911 hasta finalizada la Primera Guerra Mundial). Como datos curiosos resaltan ser discípulo de José Gregorio Hernández y haber publicado, siendo todavía estudiante de medicina, algunos artículos a medio camino entre las ciencias y las humanidades, entre los que podemos citar: Las vías nerviosas del amor y La vida animal y la vida vegetal. Uno de sus biógrafos señala que corresponde a esta época estudiantil su libro Química ancestral y humana, mientras que opiniones divergentes señalan que su primer libro es Crónicas y siluetas, publicado en su época parisina de 1912. Como puede deducirse de los títulos citados, su carácter era complejo, ambivalente, signado por la dicotomía ciencia-espíritu, lo que lo empuja a situaciones que de alguna manera marcarán su vida, como lo fue -por citar un caso- la publicación de su libro Psicopatología de Bolívar (1916), que traerá consigo dolor y amargura, en virtud del consabido alboroto causado en los predios académicos, científicos, culturales y políticos de la Venezuela de entonces, por la “profanación” hecha al sacrosanto nombre de Bolívar. Con todo este escándalo a cuestas y con una reputación de hombre docto e incisivo, ganada desde su desempeño como médico e intelectual, llega Diego Carbonell a la ciudad de Mérida, y a su incipiente Universidad. El choque con la provincia no se hace esperar, de allí que algunos cronistas relaten desavenencias entre el joven rector y la vieja godarria merideña. Mejor aún: entre las nuevas ideas del talentoso científico formado en Caracas y en París, y las viejas corrientes del pensamiento, que contrastaban con la irrupción de una modernidad que de alguna manera comenzaba a producir una sutil remezón en los añejos cimientos de la universidad venezolana. En contraposición a esto, las fuentes consultadas no describen severos enfrentamientos entre el novel rector y la clase profesoral y la sociedad merideña. Eso sí, caben esperarse las naturales reticencias que produce la entrada en el escenario local de una figura polémica y controvertida como la de Diego Carbonell. Suponemos, por la lógica de los hechos, que llega el nuevo rector a Mérida con la “mácula” (digámoslo de alguna manera) de su Psicopatología de Bolívar en la frente, y esto signa su debut y su ulterior desempeño. Paradójicamente, halla Diego Carbonell en Mérida el ambiente propicio para su despliegue intelectual y científico. La ciudad y su institución universitaria le proporcionan el espacio adecuado para que pueda llevar adelante y con éxito su tarea como rector, así como la consecución de una amplia producción intelectual (entre lo que destaca: A propósito de la moral práctica, 1918; Bolívar y Olmedo, 1918; Rubén Darío y otros escritores, 1918; Ernesto Renán, 1919; La epilepsia del Libertador, 1920; El paludismo contra la lepra, 1920; y General don José de San Martín, 1920). En lo personal conoce en Mérida a la que se convirtiera en su esposa, María Cristina Parra Salas (prima sexta de Tulio Febres Cordero), y en Mérida establece una sólida familia que lo seguirá en sus futuros y múltiples caminos académicos y diplomáticos. La bibliografía no nos aclara si a su llegada a Mérida ya conocía Diego Carbonell a los más conspicuos personajes de la ciudad, pero lo que sí podemos afirmar -como queda dicho- es que fue 1917 un punto de inflexión para Mérida y la ULA, porque convergen una pléyade de ilustres hombres, que hoy son emblemáticos de la ciudad y del país en los distintos campos del saber y de las artes. Baste mencionar a Tulio Febres Cordero, quien para entonces contaba con 57 años y tenía un amplio prestigio académico e intelectual. Para el año de la llegada de Diego Carbonell a Mérida, ya había publicado don Tulio lo más representativo de su obra (entre otros textos: Estudios sobre etnografía americana, 1892; Las cinco águilas blancas, Mitología americana sobre el origen de la Sierra Nevada de Mérida, 1895; Don Quijote en América o sea la cuarta salida del ingenioso Hidalgo de La Mancha, 1905; La hija del cacique o la conquista de Valencia, 1911, así como buena parte de sus cuentos, aparecidos bajo distintas denominaciones desde 1902 hasta la colección titulada En broma y en serio, publicada en 1917). Podríamos mencionar al prolífico narrador, poeta, crítico literario, polemista y diplomático, Gonzalo Picón Febres, quien para entonces ya estaba cercano a su muerte (acaecida en Curazao en 1918). No podemos dejar de lado a Mariano Picón Salas, el cual entra por la puerta grande de la intelectualidad a sus 16 años con la ponencia Las nuevas corrientes del arte, leída el 28 de octubre de 1917 desde la tribuna de las denominadas Conferencias Universitarias, aupadas con fuerza y brillo por el rector Carbonell, y que se realizarán periódicamente en el Paraninfo de la ULA para el análisis y la discusión de temas científicos y culturales. Huella profunda deja el Diego Carbonell en la ciudad Mérida y en la Universidad de Los Andes, aunque algunos estudiosos se empeñen en desdibujar su figura y su nombre. Mejoró la situación de los laboratorios, dotó las bibliotecas, abrió espacios para la discusión científica, incentivó la cultura, estableció vínculos entre la universidad y la ciudad, creó la escuela de Farmacia (cuya facultad fue cerrada trece años antes por el gobierno de Cipriano Castro), creó la escuela de ciencias físicas, matemáticas y naturales, luchó contra las enfermedades infectocontagiosas y el analfabetismo, y dejó a su sucesor, Gonzalo Bernal Osorio, una universidad más plural y más crítica: abierta sin complejos ni reticencias a los grandes cambios epocales. A comienzos de 1921 se marcha el Diego Carbonell de la universidad y de la ciudad, y es hoy (casi un siglo después) cuando empezamos a sopesar en su justa dimensión su impronta científica y civilizatoria en estos predios andinos.

[Ricardo GIL OTAIZA. “Diego Carbonell y su impronta civilizatoria”, in El Universal (Caracas), 23 de julio de 2012]

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