✍ Manos violentas, palabras vedadas. La injuria en Castilla y León (siglos XIII-XV) [1992]

por Teoría de la historia

11869411Pocos, muy pocos son los estudios en el ámbito del medievalismo hispánico que abordan materias como la que se propone aquí, en la que confluyen la perspectiva social, la antropológica y la histórica en el estudio de documentación procedente del campo del derecho y de la literatura. La mayor parte de esos trabajos se deben a la escuela francesa que, con Jacques Le Goff y Georges Duby a la cabeza, ha abierto la historia a la investigación de las mentalidades sociales, proporcionando al estudioso de la literatura medieval nuevas perspectivas y necesarias clarificaciones en la comprensión e interpretación de los textos. El trabajo de Marta Madero, que se inscribe en dicha línea metodológica, se ocupa de un tema fascinante y de amplia repercusión en la literatura castellana, como es el de la injuria. La amplitud del tema elegido y su interés para los estudios medievales es más que patente y ya sólo por ese motivo hay que felicitarse por la publicación de este volumen, al que hay que añadir la serie de trabajos publicados en el anterior número de Atalaya. De modo especial, el asunto y la época elegidas por la autora son de particular relevancia desde la perspectiva filológica, por cuanto los textos reflejan normalmente de forma velada y alusiva lo que está codificado de manera expresa en los documentos legales, y sin tener en cuenta éstos no es posible una adecuada comprensión de aquéllos. Baste con recordar el papel desempeñado por la injuria en el Cantar de Mio Cid para darse cuenta inmediata de la importancia del libro que aquí se reseña. El acertado título, por expresivo, de Manos violentas, palabras vedadas indica con claridad cuáles son las formas más habituales de injuria en la Edad Media. La injuria supone un ataque a la honra y a ella se asocian motivos como la vergüenza y la venganza, claves en el funcionamiento de las sociedades medievales. El análisis de la injuria permite, además, desvelar el sistema de valores de una comunidad determinada y el modo en que éste se representa simbólicamente mediante gestos o palabras. A pesar de su brevedad, el libro de M. Madero consigue plantear en toda su amplitud el tema de la injuria y el sistema de representaciones a través del cual se manifiesta. Sólo la blasfemia, la expresión máxima de la injuria, por estar dirigida a Dios, queda fuera en este trabajo, como señala el propio J. Le Golf en el prólogo (p. 14). El estudio se centra en el período comprendido entre los siglos XIII y XV. Tales límites no son establecidos por capricho, sino que vienen determinados respectivamente por la aparición de los fueros largos y su decadencia tras la entrada en vigor del Ordenamiento de Alcalá de 1348 (Introducción, pp. 22-23). Como complemento y contrapunto a la información extraída de este corpus legal, se han utilizado datos tomados de fuentes literarias, que incluyen textos pertenecientes a la literatura sapiencial, la poesia satírica, la épica, las crónicas y los relatos novelescos. El cruce entre ambas perspectivas es uno de los aspectos que podrían haber resultado más enriquecedores del libro, pero que no han sido suficientemente explotados. Piénsese, por ejemplo, en la abundante e interesante bibliografía que ha generado la aplicación del conocimiento derívado de las nonnas legales al estudio de los textos literarios, desde el Cantar de Mio Cid al Libro de Buen Amor pasando por Berceo, bibliografía que es sistemáticamente ignorada, aun cuando se citen algunos de los trabajos más conocidos (1). Más adelante volveré sobre ello. El prímer capítulo («Lógicas», pp. 31-54) trata del lugar de la injuria en el sistema de valores de la comunidad castellana medieval. La injuria es siempre una fonna de violencia contra la honra de un individuo o de un linaje. Se roza aquí la peliaguda cuestión del significado de «honra». El término resulta ambivalente desde sus orígenes: de un lado, es un valor social, que viene determinado por nacimiento y por el poder que ostente; de otro, a partir del siglo XIII se afirma la concepción aristotélica que identifica nobleza y virtud, con lo que la honra es considerada un valor intrínseco a la persona, independiente del estamento al que se pertenezca (pp. 32-33). En los fueros, la severidad del castigo de una injuria depende, sin embargo, del primer tipo de honra, según la cual los miembros de la comunidad son jerarquizados. Por este motivo, señala M. Madero, cualquier injuria infligida a un hidalgo, fuera de la naturaleza que fuese, era automáticamente castigada con la multa máxima (p. 33). Insiste con razón la autora en que este hecho indica que, mientras la honra del hidalgo era indivisible, la del resto podía «fragmentarse», es decir, que la parcela de honra perdida venía determinada por el grado de la injuria y podía ser reparada mediante un castigo o multa cuya severidad era proporcional al «fragmento» de honra sustraído. Ahora bien, los fueros dejan bien claro que aquí hay otros dos criterios de cálculo de la injuria que, en principio al menos, debían carecer de significado simbólico, aunque después lo adquirieran. En primer lugar, el rigor del castigo se fijaba de acuerdo con una escala de pertenencia a la comunidad: el que un vecino recibiera mayores compensaciones por un golpe que un aldeano, un mancebo o un yuguero se explica antes que -como afirma la autora (p. 33)- por una hipotética pertenencia a un estamento superior (de mayor honra), porque el fuero ofrecía la máxima protección a quien vivia intramuros, mientras que la pena se reducía si el objeto de la injuria era un campesino o un pastor que habitaba en el entorno de la ciudad y sometido a su ámbito de protección, pero sin pertenecer de pleno derecho a ella. Por este motivo, también las violaciones, por ejemplo, merecían diferente castigo si ocurrían a este lado o a aquel de los muros. Se dibuja aqui un ámbito de inclusión/exclusión que, aunque originado en cuestiones prácticas, acabará por instituir las fronteras de la marginalidad a todos aquellos que se aparecen como advenedizos: a los leprosos, y en ocasiones a las prostitutas, se les negará el derecho a vivir dentro de la ciudad, vedándoles así la posibilidad de integrarse socialmente y de protección fisica. En segundo lugar, la gravedad de la injuria se medía, en el caso de las heridas provocadas por los golpes, en razón de un doble rasero. Como hace notar M. Madero, cuanto más visible era la marca, más pública se hacía la deshonra del injuriado, por lo que la pena que se exigía era también mayor (pp. 48-49). Sin duda interviene aquí la idea de la vergüenza y también el concepto de que un cuerpo bello era reflejo de la ausencia de profanación, es decir, símbolo de pureza, mientras que las marcas de y la fealdad se asociaban al pecado (cf. más adelante, pp. 71-73). Pero tampoco cabe duda alguna de que el castigo era proporcional al daí’l.o hecho, y ello medido según patrones objetivos de utilidad: perder un ojo o la mano derecha tenía consecuencias más graves en el terreno práctico, de desenvolmiento en la vida diaria, que un diente o la mano izquierda, afrentas que son castigadas de modo notablemente más leve. Y aquí, al menos en los fueros anteriores a las Siete Partidas, no hay valor simbólico que valga. Este es quizá uno de los aspectos más discutibles del presente trabajo, la falta de distinción entre la injuria simbólica y la afrenta fisica. Hubiera convenido diferenciarlas, a pesar de que no son categorías discretas, entre las que exista una discontinuidad clara. También se echa en falta, o por lo menos a quien resefia le hubiera resultado útil, que se planteara en profundidad la cuestión de cuándo y cómo queda codificado un gesto como injuria. Bien es cierto que se dedican unas páginas a ello (34-45), pero sin llegar a ninguna conclusión. Decir que para que hubiera injuria ésta tenia que ser percibida como tal es tanto como no decir nada. Tampoco puede hacerse extensiva a todo el período el concepto del animo injuriandi sobre el que hacen hincapié las Siete Partidas; como se sabe, éste es un concepto procedente del derecho romano que resultaba ajeno al espíritu -y la letra- de los fueros, lo que hace dificil aquilatar su penetración en la mentalidad legal e incluso religiosa de la Alta Edad Media. Aducir (p. 40) la famosa disputa entre griegos y romanos que recoge el Libro de Buen Amor no parece muy pertinente, aunque proporcione un ejemplo siempre brillante sobre la interpretación. Más factible es que a veces se hiciera caso omiso de algunas injurias por razones prácticas, como insinúa la propia investigadora (p. 39), o que todavía más frecuentemente la falta de una respuesta se debiera a la voluntad de negar al contrario el status para injuriar a alguien superior. El caso que se recoge sobre Don Juan Manuel (pp. 194-95), que se niega a seguir las reglas del riepto con alguien que le ha ofendido, al que lasen cambio ajusticia como un malhechor, entra dentro de este capítulo, el cual se prolonga hasta el siglo XVI, como lo ilustra el comportamiento de Fadrique Enríquez, almirante de Castilla, en un sonado incidente narrado magistralmente por Juan Bautista Avalle-Arce (“El cancionero de don Fadrique Enriquez”, Barcelona, 1993, capítulos II-III). Responder a la injuria en los términos que ésta exigía según las leyes era tanto como reconocer públicamente que se había sido objeto de afrenta y que el sujeto de la injuria tenía capacidad para provocarla. En este sentido, M. Madero subraya adecuadamente cómo la publicidad, por la vergüenza que conlleva, es un factor decisivo para que existiera la injuria, y de aquí que su gravedad fuera mayor en función del lugar en que ésta se producía y el papel relevante que jugaban los testigos en todo el proceso (pp. 45-54). Una vez descritos, grosso modo, los mecanismos que rigen el funcionamiento de la injuria, tanto desde el punto de vista del que la comete como del que la recibe, se trata de cuáles son las palabras y las acciones injuriosas (capítulo II «Temas y lugares», pp. 59-115 y capítulo III «Otros temas» ,pp. 117-158). Tanto unas como otras tenían como objeto principal el cuerpo del injuriado y, con el paso del tiempo, un ámbito simbólico o esfera ideal que se refiere a él. Por ello, los calificativos o alusiones a la sexualidad y a la enfermedad eran campo preferente de la injuria. Unas veces las acciones, como tocar los pechos o los órganos genitales, resultan lo suficientemente explícitas; en otras ocasiones, que por lo que se deduce de los ejemplos que se alegan afecta sobre todo al grupo de los hombres, los lugares adquieren un valor simbólico: mesar la barba o tirar de las orejas significa tanto como poner en cuestión la hombría y en algunos fueros estas injurias se catalogan como equivalentes a tocar los testículos. A partir del siglo XIII, con las Partidas, las formas de injuria más fisicas son relegadas y se presta una mayor importancia al valor simbólico de los gestos. Aunque parece plausible que en ese punto haya un proceso de abandono de ciertas expresiones y acciones injuriosas, que se consideran propias de la «sociabilidad popular», conviene tener en cuenta la dimensión utópica de la obra legal alfonsí, en la que hay un afán dignificador de los comportamientos sociales, pero cuyo documento como reflejo de la realidad es objeto de fuerte controversia (cf. las advertencias de F. López Estrada en “La utopía en el mundo hispánico”, Madrid, 1990, 205-214). M. Madero repasa brevemente todos los elementos que son utilizados de forma injuriosa: las acusaciones de homosexualidad, prostitución, adulterio o bastardía y sus connotaciones; la identificación entre enfermedad (sobre todo la lepra), la fealdad, las mutilaciones y el pecado; el uso del cuerpo de los muertos como lugar de injuria. La relación queda completada con un listado de comportamientos (avaricia, cobardía, traición, lujuria, etc.) cuya mención queda tipificada como injuriosa, así como el papel que ciertos grupos marginales, como moros y judíos, juegan en el imaginario como referente de injurias. Las páginas que resultan probablemente más interesantes son las dedicadas al análisis de la gestualidad (pp. 91-100). Siguiendo el proceso lógico de la injuria, sigue un apartado dedicado a las «Respuestas» que provoca ésta: las penas y venganzas, el riepto y desafio, las caloílas (pp. 159-191). Una corta relación, que sabe a poco, de sucesos que ilustran lo expuesto (191-200) cierra el libro. Este breve recorrido apenas da idea de la riqueza de materiales acarreados. El número de fueros que figura en el repertorio de fuentes primarias consultadas llega casi al medio centenar y entre los textos medievales figuran los más importantes del período. No obstante, ni unos ni otros han sido aprovechados en la medida que el asunto lo permitía. Es de justicia, sin embargo, reconocer que no parece haber sido el propósito de la autora profundizar en todas y cada una de las materias planteadas, sino más bien proporcionar un mapa que guíe investigaciones posteriores. Y el interesado encontrará abundantes sugerencias merecedoras de ser estudiadas. Así, una de las cuestiones más relevantes es la medida en que las Siete Partidas implican un cambio en la codificación de la injuria y hasta qué punto son efectivas desterrando ciertos usos sociales. La persistencia de gestos y menciones en la poesía satírica -y no sólo en la popular, sino también en la de cancionero hasta el siglo XVI hace sospechar que el sistema de injurias, perfectamente codificado ya en el siglo XIV, mantuvo su vitalidad hasta los Siglos de Oro; un dato que, por cierto, obligaría a revisar la afirmación, un tanto precipitada, de que los materiales no jurídicos «revelan menos las prácticas que el ideal» (p. 24). Un examen de los manuales de confesión podría arrojar más luz sobre este asunto. Otro punto merecedor de un estudio más detallado es la distribución de tipos de injurias por géneros, pues al parecer (p. 12) los fueros prestan una mayor atención a la sexualidad, las crónicas a la traición y la literatura didáctica a la desmesura. Temas que bien hubieran valido algunas páginas más son el papel como atenuante que desempeña en la injuria la teoría de los humores (pp. 38-39 y pp. 78-79). Y si ésta formaba parte efectiva del saber del común de las gentes, la relación entre el uso de figuras de animales para afrentar y el valor simbólico derivado de los bestiarios (pp. 150-155) (2). También merecería la pena analizar de modo más exhaustivo la información que dan los fueros sobre las afrentas consistentes en arrojar «cogombros» (cf. pp. 77, 86) en relación con el famoso episodio del de “Los Siete Infantes de Lara”, o la vinculación entre mostrar el trasero (cf. pp. 68, 72, 86, 124 n., 171) y ciertas subversiones del código cortés, de las que cabe encontrar manifestaciones en otros lugares (cf. “Los cuentos de Canterbury” o el material recogido por H. Bloch, “The Scandal of the fablieux”, Chicago, 1987). Me detendré, por último, en algunas objeciones que se pueden plantear referentes a la metodología, a la ordenación de los datos manejados y a la selección de las fuentes literarias. M. Madero se inscribe con toda claridad en la escuela francesa que estudia la historia social de las mentalidades. A ella debe el análisis teórico que sustenta su discurso y muchas de las observaciones que iluminan la masa de datos. Sin embargo, en ocasiones traslada de manera mecánica las conclusiones alcanzadas en esa bibliografia secundaria pasando por alto las fuentes primarias de las que dispone. Mencionaré un par de casos. En las páginas 62-65, dedicadas a la lepra se recogen algunas ideas generales extraidas de la bibliografia, que se ilustran con algunos pasajes de la “General Estoria” y de las “Cantigas de Santa María”, pero no se menciona ningún texto legal castellano, ni del derecho civil ni eclesiástico, donde se regule la presencia de estos enfermos en las ciudades. ¿Es que no los hay? Algo similar ocurre con la homosexualidad (pp. 68-70). Al comienzo del libro (p. 31), se dice al vuelo que casi un tercio de los artículos de los fueros se centran en la codificación de la injuria. A pesar de ello, no se reproduce en su totalidad ninguna disposición concreta, que hubiera convenido citar por extenso a pie de página. Al lector le hubiera sido muy útil encontrar sistematizado todo ese material procedente de los fueros castellanos en tomo a los temas propuestos, material que hubiera podido ser contrastado, en todo caso, con la situtación descrita para otros países con el objeto de comprobar cuáles eran las actitudes comunes y en qué aspectos la especial circunstancia de Castilla, zona de frontera necesitada de repobladores, condicionaba el perdón de ciertas injurias a cambio de establecerse en lugares poco atractivos. Por otro lado, no hubiera estado de más hacer una distinción clara, que apenas se insinúa, entre el carácter de los fueros municipales y las Siete Partidas. Afirma la autora que la aparición de la recopilación alfonsí constituye un hito en la evolución del concepto de injuria (p. 25). Sin embargo, no hay un criterio cronológico en la presentación de los datos, que se extraen indistintamente de documentos procedentes de los siglos XII al XV según una selección que, al menos en apariencia, semeja arbitraria. Algo similar ocurre con los textos literarios. La información que éstos proporcionan es manejada igutal que la derivada de la documentación legal, proceder que se contradice con las observaciones de la propia investigadora sobre su peculiaridad (p. 24). El resultado de no establecer consideraciones cronológicas ni de géneros (aunque se hagan algunas consideraciones preliminares en pp. 24-25) es que la pertinencia de los datos y la validez de las interpretaciones queda en entredicho. En fin, choca también al filológo el extraño criterio que ha llevado a no modernizar ni acentuar ninguno de los textos medievales ni sus títulos y, más raro aún, ni siquiera los nombres de personajes medievales mencionados a lo largo del libro (v.g. Almenon, Merlin, Castrojeriz, Garcia Peres, Roy Dias, etc.). Las erratas, más numerosas de lo que sería de desear (pp. 39, 47, 67, 77, 78, 91, 92, 102, 120, 122, etc.), podrían ser achacables al proceso de elaboración del libro, pero no así algunos flagrantes galicismos que se cuelan en la prosa («Es… desde la perspectiva de la moral sexual que la palabra», p. 65, o en las pp. 105, 113, etc., «derrapaje», p. 184) y una falta de criterio en la transcripción de nombres latinos (Bernardo de Gordon, p. 103; Juan Cassian, p. 149, etc.). No entraré en la selección de ediciones, aunque sea discutible haber prescindido en muchos casos de las versiones críticas o más fiables en favor de las más accesibles. Con todo, es preciso decir que entre la bibliografia secundaria hay ausencias dificiles de justificar. Y no sólo en lo que atañe al campo literario. No se explica, sin ir más lejos, la omisión del importantísimo estudio de Heath Dillard, “Daughters of the Reconquest Women in Castilian Town Society, 1100-1300” (Cambrige, UP, 1983), donde la investigadora hubiera encontrado no sólo una vasta información, sino quizá también una fuente de inspiración metodológica. Igualmente sorprendente es la ausencia de “I peccati della lingua. Disciplina ed etica della parola nella cultura medievale”, de C. Casagrande y S. Vecchio (Roma, 1987). En cuanto al estudio de estos temas desde las literaturas hispánicas, habría que elaborar una larga lista de omisiones fácilmente subsanable con una rápida consulta de los volúmenes de la “Historia y crítica de la literatura española” dirigida por F. Rico. Pero probablemente tampoco pretendía la profesora M. Madero hacer un estudio en detalle del tema. Lástima, sin embargo, que habiendo adoptado un enfoque interdisciplinar no contara con el consejo de algún estudioso de la literatura peninsular en la Edad Media. En definitiva, “Manos violentas, palabras vedadas” tiene, ante todo, un valor introductorio al poner sobre el tapete las múltiples facetas relacionadas con la injuria. Un útil índice temático facilita su manejo como obra de referencia. Sin duda este trabajo servirá para despertar el interés por el tema y como punto de partida a todo aquel que se interese por cualquiera de los aspectos relacionados con la injuria, quien hallará entre sus páginas un amplio abanico de sugerencias sobre dónde y cómo profundizar en tan apasionante tema.

NOTAS. (1) Señalemos, por citar algunos de los que no aparecen citados el archiconocido Russell sobre el uso de documentos legales en el Cantar (Temas de La Celestina y otros estudios, Barcelona, 1978, pp. 13-33) y toda la polémica ocasionada por H. A. Kelly con su Canon Law and Archiprest of Hita, Nueva York, 1984. Los ya clásicos estudios de E. de Hinojosa o H. Grasson, aunque sí aparecen en la bibliografia, no han sido aprovechados de modo visible. (2) Una muestra: la ambivalencia entre la significación entre el lobo carnicero y el lobo como figura del que tiene éxito con las mujeres (estr. 402 del LBA; por cierto, “manzellero” no quiere decir “hermoso” sino “que produce estragos”) se explica en virtud de una tradición del bestiario, como ha estudiado Nicasio Salvador, La tradición animalística en las Coplas de las calidades de las donas de Pere Torrellas, El Crotalón, Il (1985), pp. 215-44.

[María MORRAS. “Madero, Marta, Manos violentas, palabras vedadas. La injuria en Castilla y León (siglos XIII-XV). Prólogo de Jacques Le Goff. Madrid: Taurus, “Humanidades”, 1992, 225 pp.” (reseña), in Atalaya. Revue Française d’Études Médiévales Hispaniques, nº 6, 1995, pp. 178-184]