✍ Historia, progreso y ciencia. Textos e imágenes en Inglaterra, 1580-1640 [2009]

por Teoría de la historia

inglaterra+baseLa investigación de problemas de historia moderna europea no es un área en la cual la historiografía argentina se haya destacado. Existen por supuesto algunas notables excepciones, pero en general la producción local no ha sido ni muy abundante ni muy original. La publicación de un texto de la calidad de Historia, progreso y ciencia merece entonces ser celebrada. El libro gira alrededor de tres importantes figuras del medio político e intelectual inglés entre fines del siglo XVI y las primeras décadas del XVII, sir Walter Ralegh, sir Francis Bacon y George Hakewill, y en torno de cada una de ellas propone un análisis de las transformaciones de tres cuestiones que serían fundamentales, en Inglaterra y también en el continente, para el desarrollo de la modernidad temprana: el imaginario histórico, la concepción de la ciencia y el debate sobre la decadencia del mundo. Lejos de limitarse a ofrecer un examen acotado sobre cada uno de estos problemas, el recorrido propuesto por el libro logra conducirse a través de ellos para ofrecer una interpretación amplia sobre las transformaciones intelectuales y culturales del período. Éste es sin dudas uno de sus mayores méritos. El capítulo sobre Ralegh y la concepción de la historia ofrece una excelente biografía del autor de The History of the World, probablemente la más completa a la que podemos acceder en lengua española. Explora largamente los vínculos de Ralegh con diversas figuras del Renacimiento inglés tardío y reconstruye con minuciosidad la notable influencia que Ralegh y su History tuvieron en las décadas siguientes a su muerte, en 1618. Kwiatkowski señala que el pensamiento histórico de Ralegh, como es característico en la época, es contradictorio y ambiguo, y que en él pueden distinguirse con facilidad huellas claras de las tradiciones clásica y cristiano-medieval tanto como algunos de los desarrollos propios de la historiografía moderna en formación. Pero después de conceder que Ralegh nunca rompió de modo concluyente con una concepción de la historia que encontraba su sentido último en la voluntad divina, el autor resalta el énfasis que en ocasiones puede observarse en la History sobre las causas segundas, y destaca los buenos argumentos que Ralegh ofreció para abonar la idea de que los hombres hacen su propia historia. “Para Ralegh eran mecanismos humanos y no divinos los que daban cuenta del desarrollo histórico a través de relaciones de causa efecto” (p. 159), dice Kwiatkowski, y sugiere que la notable influencia y difusión que encontraron la History y otros textos de Ralegh corresponde a esta premisa. Hay muy buenas razones para defender esta posición, que Kwiatkowski ofrece de modo convincente, pero si en efecto la difusión y la influencia de Ralegh se deben a una concepción sobre el pasado que volcaba sobre los hombres la responsabilidad de hacer su propia historia, ello no puede atribuirse de modo inequívoco a la History, empapada de providencialismo en una medida mayor a la que en el libro se reconoce. Kwiatkowski destaca que pese a que Ralegh reconocía el inexorable destino de la historia circular, cuya inevitable recurrencia trascendía en última instancia lo que los hombres pudieran hacer para forjar su historia, también aceptaba que los hechos de la historia no se repiten y que cada uno debe ser comprendido en su especificidad. Pero igual que Maquiavelo, gran influencia para Ralegh, él pensaba que al desarrollarse necesariamente bajo los auspicios del plan divino, inmutable por definición, a lo largo del tiempo se repetían las premisas del único orden que el mundo conocía y podía conocer, y así la historia no mostraba más que “viejos actores, con nuevas vestimentas”, desarrollando los mismos papeles de siempre, “ni con mayor gracia ni juicio que en las escenas pasadas” (1). Ralegh aceptaba plenamente la idea de que “los acontecimientos son obra de los hombres, los cuales tienen y han tenido siempre las mismas pasiones, por lo tanto sus efectos deben ser necesariamente los mismos” (2) y en consecuencia en la History la gran conflagración de eventos, pese a una apariencia exterior disímil, remite siempre a un significado conocido. Ello permitía a Ralegh intercambiar eventos y protagonistas con regular comodidad, y así reconocía a Joás en Carlos VIII y a los mercenarios cartaginenses en los modernos holandeses (3) como ha señalado Smith Fussner, aquí todavía “la diferencia entre pasado y presente era como mucho una ilusión, una cuestión de maquillaje” (4). Si en las décadas posteriores a la muerte de Ralegh, y especialmente después de 1640, la History, obra preferida de Oliver Cromwell, fue leída bajo el prisma de la posibilidad que por medio de su acción los hombres tenían para hacer su propia historia, esa lectura no era ni la primera ni la única que podía hacerse del texto. El libro examina el debate sobre la decadencia del mundo a través del análisis de la obra de sus dos participantes más importantes en el período, el obispo Godfrey Goodman, autor de The Fall of Man, texto en el que la extraordinariamente difundida idea de la decadencia encuentra su mejor elaboración, publicado en 1616, y George Hakewill, quien en 1627 publicó la respuesta más valiosa que tendría la idea en la primera mitad del siglo XVII. Kwiatkowski ofrece un examen notablemente bien documentado de un debate que es clave en los inicios de la modernidad, y que hasta aquí resultaba para los lectores de español muy difícil de conocer en detalle. Porque de la crítica de la universalmente aceptada presunción de que conforme se aproximaba el fin de los tiempos el mundo no podía mostrar más que decadencia y deterioro, argumenta Kwiatkowski finamente, surgen en la primera época moderna los cimientos de la que se convertiría en una de las premisas fundamentales de la modernidad: la apertura del horizonte a un futuro temporalmente indeterminado, premisa de la que a su vez surgen las expectativas sobre la autoafirmación del hombre en este mundo mediante su propia práctica, lo que, finalmente, conduce a la elaboración de la teoría del progreso, ícono de la modernidad. Si bien los argumentos que Kwiatkowski elabora para afirmar que la crítica de la idea de la decadencia es absolutamente fundamental para la génesis de la teoría del progreso son muy sólidos y convincentes, al igual que en el análisis de Ralegh, el libro resta importancia al peso que en Hakewill tiene la concepción circular de la historia, y así se descuida el hecho de que, para negar la decadencia, esa gran obra que es la Apologie niega también el cambio. Y si para su desarrollo la teoría del progreso necesitaba negar que el mundo decayera de modo inexorable, necesitaba también incorporar el cambio como un elemento constitutivo –y deseable– de la vida social. En efecto, para probar que el mundo no se encontraba en un proceso de decadencia agudo e irreversible, Hakewill, moderno en muchos sentidos, negaba que pudiera existir cualquier tipo de cambio en los cielos, en tanto la incorruptibilidad celeste era siempre la evidencia primera de la inmutabilidad del orden natural, y de este modo Hakewill podía negar que tal orden se encontrara en decadencia. Ni los cometas ni la supernova aparecida en 1572, que Hakewill ubicaba por igual como manifestaciones directas de Dios, debían observarse, decía, a modo de evidencia de que los cielos se habían corrompido o de que existiera en ellos cualquier clase de variación. Y aunque en su intercambio con Goodman en diversas oportunidades Hakewill atacó con firmeza la presunción de que nada podía mejorar en este mundo, mientras se moviera en el campo delimitado por el orden cósmico, lo que no podía hacer era adivinar en los descubrimientos de la nueva astronomía pruebas de que el cambio, incluso en los cielos, en realidad no indicaba el fin del mundo. Y así en el libro I de la Apologie, para negar que la mutabilidad fuera necesariamente decadencia, Hakewill insistía también en que lo que cambia en un aspecto, tiene su contraparte en otro, por lo que el mundo permanece siempre como es. Todo lo que existe en el mundo es lo que existía en el momento de la Creación, de modo que si el mundo decayera, la decadencia debería haber estado presente desde un comienzo, antes de la Caída, y ello no podía suponer más que un contrasentido, porque Dios creó el mundo de manera perfecta (5). Ésta es una de las grandes paradojas que pueden observarse entre forma y contenido en los inicios del saber moderno. Porque si la decadencia del mundo puede ubicarse con justicia como una idea propia del horizonte conceptual premoderno, para refutarla su gran crítico en Inglaterra echaría mano de uno de los argumentos clásicos de ese horizonte, al tiempo que no podría bajo ningún concepto abrazar los desarrollos de la nueva  astronomía, los que algunos de los defensores de la vieja idea de la decadencia seguirían en cambio con entusiasmo, como enseñaba un autor contemporáneo cuando ofrecía como prueba irrefutable de la corrupción del mundo el hecho de que “por medio de la paralaje, los matemáticos han encontrado que el último cometa debe ubicarse en los cielos” (6). El capítulo sobre Bacon justifica sobradamente la intención del libro de destacar los desarrollos incipientes del saber moderno por medio del difícil análisis de textos en los que conviven nociones que retrospectivamente sabemos que serían antagónicas. Después de ofrecer un muy buen panorama general sobre la concepción de la ciencia y de la sociedad en Bacon, Kwiatkowski apuesta por relacionar a ambas con su perspectiva de la historia, y para ello emprende un examen de uno de los textos menos famosos de Bacon, su historia de Enrique VII. De particular interés aquí resulta el hecho de que Bacon se apartaba, al escribir historia, de los principios generales, con su insistencia en la objetividad y la imparcialidad, que para la tarea él mismo había enunciado en otro lado, y a partir de esta contradicción Kwiatkowski señala con razón que la proyección en el pasado de una concepción del tiempo abierta hacia el futuro, clave en la génesis de la historiografía moderna y presente en la pieza histórica de Bacon, no iba necesariamente acompañada de la implementación de los procedimientos que esa historiografía formularía poco a poco. El camino hacia el reconocimiento de la diferencia entre el pasado y el presente, hacia la noción de especificidad histórica, que Bacon tenía muy claro cuando pensaba la ciencia, enseña Kwiatkowski en el caso de la historia de Enrique VII, bien podía estar informado, antes que por una serie de cuestiones de método, por la intención de reformar el presente para construir un porvenir que, antepuesto a lo conocido, proyectaba en el pasado la diferencia que en esa construcción se adivinaba con respecto al presente. El libro ofrece también un pormenorizado estudio, en referencia a los problemas analizados, de las relaciones intelectuales entre ingleses e italianos a lo largo del período, aunque no está claro por qué se dedica tanta atención a estos vínculos y muy poca a los desarrollados con el medio francés o en el de habla alemana. Finalmente, no debemos dejar de señalar el muy rico y poco común análisis sobre las relaciones entre los problemas tratados en el libro y algunas de las portadas de los textos analizados. Los vínculos entre textos e imágenes son complejos, y la imagen, como con razón recuerda Kwiatkowski, es irreductible a la palabra; pero, como muestra Historia, progreso y ciencia, es mucho lo que la iconografía puede decirnos para comprender mejor un problema histórico a través del estudio de los textos.

NOTAS. (1) Sir W. Ralegh, History of the World, en The Works of Sir Walter Ralegh, Oxford, Oxford UP, 1829 (1614), IV, p. 497. (2) N. Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Madrid, Alianza, 2000, III, 43, p. 435. (3) Sir W. Ralegh, History of the World…, op. cit., II, p. 646; V, pp. 136-137. (4) F. Smith Fussner, The Historical Revolution, 1580-1640, Londres, Routledge and Kegan Paul, 1962, p. 207. (5) G. Hakewill, An Apologie or Declaration of the Power and Providence of God in the Government of the World, Londres, 1635 (1627), pp. 48 y ss. (6) N. Carpenter, Geography, Londres, 1625, I, pp. 99-100.

[Julián VERARDI. “Nicolás Kwiatkowski, Historia, progreso y ciencia. Textos e imágenes en Inglaterra, 1580-1640, Buenos Aires, Miño y Dávila, 2009, 368 páginas” (reseña), in Prismas, nº 14, 2010, pp. 209-211]

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