✍ Historia de las clases populares en Argentina. Desde 1880 hasta 2003 [2012]

por Teoría de la historia

9789500738347El último libro de Ezequiel Adamovsky forma parte de una colección de Editorial Sudamericana que apunta a presentar un examen global, con un recorte cronológico amplio, de algunos grandes temas de la historia argentina. Se trata de un libro estrechamente vinculado a otros dos trabajos: por un lado al volumen que, con el mismo título, elaboró Gabriel Di Meglio para la misma colección, analizando el período anterior a 1880; por el otro a Historia de la clase media argentina, publicado en 2009 por el propio Adamovsky. Como buena parte de los trabajos editados en la colección, el libro está pensado como una obra de divulgación. En esa clave, tiene un estilo sencillo y de ágil lectura: no incluye citas textuales, notas al pie ni referencias bibliográficas, salvo un pequeño apartado en las últimas páginas donde se menciona alguna bibliografía recomendada. La Historia de las clases populares en la Argentina está estructurado de manera cronológica y se divide en tres partes: la primera abarca desde 1880 hasta el advenimiento del peronismo, la segunda desde 1945 hasta 1973, y la tercera desde la última dictadura hasta 2003 (el período de los gobiernos kirchneristas queda fuera de su examen). La primera parte se divide en cinco capítulos. Los dos primeros, que retoman un conjunto de elementos desarrollados en Historia de la clase media, analizan las transformaciones sociales, económicas y demográficas que tuvieron lugar a fines del siglo XIX y modificaron las características estructurales de la sociedad argentina, trastocando las “formas de la desigualdad” heredadas de la época colonial y dando lugar a otras nuevas. Adamovsky recupera aquí los aportes realizados por diferentes historiadores, sobre todo en la década de los ochenta, y describe los rasgos fundamentales del mercado laboral y las condiciones de vivienda y trabajo de la población urbana y rural. El autor dedica especial atención a cuestionar tanto “el mito del crisol de razas”, que contribuyó a “invisibilizar” a los pueblos originarios, los afroargentinos y la población no blanca en general, como el llamado “mito de la modernización”, basado en las tesis clásicas de Gino Germani, según las cuales los cambios que tuvieron lugar a partir de 1880 trajeron como consecuencia un mayor bienestar para la población y una sociedad más “integrada”. Según Adamovsky, el fortalecimiento del Estado nacional, la privatización de la tierra y el avance de la urbanización desarticularon las viejas formas de protesta y resistencia de las clases populares y dieron lugar a un escenario de fragmentación que “dejó al mundo plebeyo indefenso ante el avance irrefrenable del capitalismo” (p. 80). En este marco, se iniciará un proceso de “recomposición” y unificación de los sectores populares en torno a los trabajadores urbanos con oficios calificados: sobre la base de esta caracterización, el capítulo 3 desarrolla una revisión de los principales hitos de la historia de los orígenes del movimiento obrero en el país hasta la Semana Trágica, tomando en consideración tanto los episodios de conflictividad huelguística en la ciudad y en el campo como el avance de las organizaciones gremiales y de las diferentes corrientes políticas, y recuperando buena parte de las tesis de trabajos clásicos en la materia. El capítulo 4 analiza las respuestas estatales a este ascenso del movimiento obrero, dominado por tendencias políticas radicalizadas, clasistas y anticapitalistas, poniendo en relación no sólo las diferentes disposiciones represivas e “integradoras” del régimen en el plano de las relaciones laborales sino también los diferentes mecanismos de intervención ideológica de la burguesía, e incluso la propia sanción de la Ley Sáenz Peña, caracterizada como una herramienta para legitimar al sistema político. Recuperando aportes de investigaciones recientes, Adamovsky describe además el modo en que el propio mercado “contribuyó a transmitir mensajes y valores contrarios a los que impulsaba el movimiento obrero” (p. 125), analizando el modo en que el desarrollo del consumo, los medios de comunicación masivos y una “industria del entretenimiento” fueron un factor de debilitamiento de esa identidad clasista fuerte entre los trabajadores. El autor subraya, de todos modos, que la aparición de esta nueva “cultura de masas” no implicó que los sectores populares perdieran toda capacidad de mantener su autonomía, o incluso cierta influencia en aquélla. El capítulo 5 constituye en cierta medida una contribución a cuestionar la idea, extendida en la historiografía de los años ochenta y noventa, según la cual el período de entreguerras habría estado caracterizado por un debilitamiento de las identidades clasistas que habían dominado la etapa inmediatamente anterior. De todas maneras, la conclusión que extrae el autor es que hacia la década del cuarenta, si bien persistían fuertes “elementos clasistas” en el mundo obrero, los realineamientos de fuerzas internos habían dado lugar a un predominio de las líneas que planteaban “la necesidad de incidir de manera más directa en lo que pasaba dentro del Estado” (p. 163), una orientación que encontraría una inédita “oportunidad para abrirse camino” con la llegada del peronismo al poder. La segunda parte del libro, que cubre el período 1945-1973, se concentra en la profunda huella que dejó sobre las clases populares el movimiento peronista. Adamovsky dedica el capítulo 5, el más largo e importante de este tramo, a analizar su “irrupción” en la escena del país; se destacan en este punto la utilización del concepto de “multitud” al que apela en forma repetida para caracterizar la movilización del 17 de octubre de 1945 y una interpretación que busca sintetizar las diferentes lecturas que se han hecho sobre el tema planteando que para comprender el surgimiento del peronismo hay que tener en cuenta tres variables que actuaron en conjunto: el liderazgo de Perón, la presencia y acción del movimiento obrero organizado y “la acción de la base que con frecuencia desbordó a uno y a otro” (p. 177). Como otros autores, Adamovsky subraya que el peronismo permitió proyectar al movimiento obrero al terreno de la “gran política”, pero al costo de perder su autonomía e integrarse en un “movimiento social y político más vasto, en el que tenía una incidencia parcial” (p. 458). Las consecuencias de este cambio serían profundas: en una lectura que trae a la memoria las hipótesis de Daniel James, Adamovsky sostiene que el peronismo habría logrado una unificación del “heterogéneo conglomerado que eran las clases populares”. Señala explícitamente en este sentido que “la figura de Perón les permitió a las clases populares argentinas superar la fragmentación que las caracterizaba”, para convertirse en “un sujeto político unificado” (p. 178). Si Adamovsky reconoce que esta unificación no se procesó a través de un lenguaje o identidad clasista sino en términos de “pueblo”, destaca que la “ambivalencia” del movimiento peronista mantuvo siempre una tensión en torno a esa formulación, que borraba los contornos de una más estricta delimitación clasista pero nunca estaría desprovista de una connotación social que creaba preocupación en las clases dominantes, en paralelo al avance de lo que caracteriza como una “revancha de la cultura plebeya” y una “indocilidad generalizada”. Adamovsky explica la caída del peronismo a partir de la contradicción entre la capacidad del líder para quitarle al movimiento obrero su autonomía política y sus dificultades para poner un límite a sus demandas económicas y reivindicativas en el nuevo contexto de crisis. El capítulo 7 examina la dinámica del período posterior al golpe de 1955, en una exposición que combina una síntesis de los principales acontecimientos políticos del país en el período, los cambios económicos y algunas consideraciones sobre la situación del movimiento obrero, particularmente en relación al vínculo entre las bases y la burocracia de los sindicatos. En el capítulo siguiente el autor examina el decisivo período de fines de los sesenta y comienzos de los setenta, marcado según su interpretación por un “giro a la izquierda” de amplios sectores populares. Además de repasar brevemente el surgimiento y desarrollo de las principales corrientes guerrilleras, así como el ascenso obrero y popular que tuvo expresión en distintas “puebladas” en diferentes puntos del interior del país, el autor desenvuelve un análisis de los rasgos que tomó este proceso de radicalización política en “otros sectores de las clases populares”, como el movimiento villero, las Ligas Agrarias o los pueblos originarios, así como los cambios en la cultura popular que tuvieron un fuerte impacto entre los jóvenes. El corte cronológico que da inicio a la tercera y última parte del libro no está establecido con el inicio del golpe militar, como suele ser habitual, sino en 1973. Eso permite al autor trazar en los años del gobierno peronista un conjunto de elementos que marcan una continuidad en cuanto a las prácticas represivas. En el capítulo 9 Adamovsky caracteriza que el regreso de Perón a la presidencia tuvo como uno de sus objetivos “desactivar el giro a la izquierda” que se había producido en los años previos, en el marco de luchas que impulsaban una tendencia “a trascender el horizonte político del peronismo”. Como los anteriores, el capítulo repasa los episodios más destacados de la dinámica y política de ese período, destacando que la muerte de Perón “dejó al país sin el único dirigente con suficiente autoridad como para contener las explosivas tensiones sociales” (p. 314). Tras una breve descripción sobre la implementación de los planes represivos de la dictadura pero también de sus planes de profunda reestructuración económica, Adamovsky se concentra en un examen de la situación de las “clases populares” bajo el Proceso: luego de caracterizar que ya hacia 1978 la guerrilla se encontraba totalmente desconectada del conjunto de la población, el capítulo examina diversas formas de resistencia a la dictadura, desde las luchas fabriles hasta la música y diferentes protestas vecinales. El autor compara lo ocurrido a partir de 1976 con lo sucedido un siglo antes, con la consolidación del Estado y el “modelo agroexportador”, en tanto en ambos casos se habría producido una “desarticulación” y “fragmentación” de las “clases populares”, que perdieron márgenes de autonomía y de capacidad de “incidir en la definición de las normas básicas de la vida social” (p. 463). Los últimos tres capítulos del libro examinan los veinte años que van desde la caída de la dictadura hasta 2003. El capítulo 10 se desmarca de interpretaciones más tradicionales, que valoraron positivamente al alfonsinismo, para caracterizar al período abierto en 1983 como la “democracia de la derrota”. El argumento central de esta última parte del libro es que los cambios ocurridos en toda esta etapa, dominada por el “neoliberalismo”, trajeron como consecuencia un conjunto de profundas transformaciones “en la sociabilidad de las clases populares”: la identidad obrera perdió peso, golpeada por el proceso de desindustrialización y la pauperización social, y surgió lo que el autor caracteriza como un “notorio proceso de descolectivización”, marcado entre otras cosas por el aumento de actividades delictivas, el consumo de drogas y un aumento de la “exclusión”. El argumento que desenvuelve Adamovsky es que la crisis llevó a amplios sectores a buscar nuevos sentidos de pertenencia menos ligados al ámbito del trabajo, la política o “la pertenencia colectiva a una clase” y más vinculados a otros espacios, como el barrio, la música, el fútbol o nuevas formas de religiosidad popular. El último capítulo del libro examina las “formas de resistencia” que, a pesar de este proceso de fragmentación, emergieron en las clases populares en el período: en consonancia con sus planteos sobre el debilitamiento de “viejas identidades”, los procesos de luchas y resistencia más vinculados al movimiento obrero y a la izquierda ocupan en el último tramo del libro un lugar relativamente menor. El autor señala que, como consecuencia de la crisis, “las diversas resistencias se fueron articulando en una trama cada vez más densa”, dando lugar a una “rebelión popular notoriamente plural y múltiple en su composición social”, que estalló en diciembre de 2001 y abrió un período marcado por “formas inéditas de autoorganización, lucha y solidaridad” (pp. 440-444). El lector interesado en un trabajo de divulgación que reconstruya el trazo grueso de la historia de las “clases populares” en nuestro país, desde fines del siglo XIX hasta la actualidad, sin duda encontrará en el libro de Adamovsky una obra dinámica, actualizada, y que recupera buena parte de la historiografía reciente sobre los diversos puntos abordados. De todas formas, es posible también una lectura que advierta en el trabajo el intento de Adamovsky de desenvolver una serie de formulaciones de alcances más profundos en términos teóricos e historiográficos, que al mismo tiempo resultan más problemáticos y abren el terreno para el debate. En este sentido, el libro representa, junto con Historia de la clase media argentina, la aplicación en un examen histórico concreto de un conjunto de sugerencias e hipótesis que el mismo autor había desarrollado en trabajos previos, particularmente en un artículo publicado en el año 2007 en la revista Nuevo Topo. Allí Adamovsky hacía un repaso sobre las diferentes conceptualizaciones elaboradas en la historiografía argentina a propósito del modo de definir y clasificar a los distintos sectores sociales, y planteaba la necesidad de superar lo que consideraba una visión economicista estrecha, que perdería de vista lo que ocurre “fuera del ámbito de la producción” y se vincula con aspectos culturales y políticos de la dominación. Para Adamovsky, “las transiciones y superposiciones entre las varias y fluidas formas de apropiación del trabajo bajo el capitalismo son tales, que un concepto ‘estrecho’ de clase obrera resulta inapropiado”: reivindicaba en este punto el aporte de Marcel Van der Linden, quien propuso reemplazarlo por el de “trabajadores subalternos”, pero agregando que sería incluso superador hablar de “clases” o “sectores subalternos”, para evitar lo que podría ser considerado un nuevo “reduccionismo económico”. Buena parte de estas propuestas teóricas son recuperadas en la introducción del libro que estamos examinando, donde Adamovsky defiende la decisión, que sabe problemática, de referirse al objeto de su estudio como las “clases populares”. En efecto, si por un lado el autor destaca que prefiere referirse a “clases”, en plural, para dar cuenta del carácter siempre heterogéneo de los sectores subalternos, por el otro señala que el límite en torno del cual recortar lo “popular” no puede determinarse de antemano y depende de un conjunto de factores. Adamovsky argumenta en este punto que “la posición que ocupe cada grupo” en el “escalonamiento social” depende de variables como la riqueza, el tipo de trabajo, el nivel educativo, el color o la capacidad de influir en las decisiones del Estado. “El modo en que se recortan las clases sociales”, resume Adamovsky, “el lugar preciso por el que pasa la línea bajo la cual comienzan las clases populares, dependerá de la forma en que, en un momento histórico determinado, se combine el peso relativo de estos diversos factores” (p. 15). Si esta propuesta metodológica le permite a Adamovsky ofrecer un análisis sobre diferentes aspectos del “mundo popular” en la Argentina contemporánea que no se limita a examinar la historia del movimiento sindical o de los trabajadores urbanos, trae como consecuencia asimismo un trabajo que resulta fundamentalmente descriptivo, en el cual resulta difícil observar líneas y tendencias de desarrollo de largo plazo. Adamovsky cuestiona las intervenciones que criticaron el concepto de “sectores populares” y defendieron la utilización de las categorías marxistas, señalando que carecían de una sólida fundamentación teórica, pero lo cierto es que su trabajo descarta la utilización de esas categorías a partir de una aún más liviana crítica, que lo lleva a una virtual caricaturización del concepto marxista de clase, no muy distinto al presentado por autores como Luis Alberto Romero en la década de 1980. En efecto, el concepto de clase obrera desarrollado por Marx no es de ningún modo “estrecho”, y engloba a todos aquellos expropiados de sus condiciones materiales de existencia que se ven impelidos por el capitalismo a vender su fuerza de trabajo. Consideramos en este sentido que no es necesario abandonar el arsenal teórico marxista para incluir y abordar los múltiples “grupos sociales” que otros autores han pretendido incluir en una más amplia, y al mismo tiempo ecléctica, noción de “sectores (o clases) populares”. Como puso de manifiesto en numerosos pasajes el propio Marx, por otra parte, su interpretación de la formación de la clase obrera no se limita a una lectura simplemente “económica”. Si una consecuencia evidente de estas consideraciones metodológicas, explícitamente admitida por el autor, es que en el libro la clase obrera queda licuada en un más amplio espacio de “clases populares”, otra no menor son las implicancias de esa licuación en el plano de lo político. La conclusión principal del libro de Adamovsky, en efecto, es que las clases populares tuvieron un enorme protagonismo en la historia nacional e “influyeron profundamente en la manera en que vivimos y en las formas en que la clase dominante fue organizando su dominación” (p. 469). Pero esa “influencia” que el autor destaca en la actividad de las clases oprimidas aparece únicamente como un recurso defensivo, de resistencia, capaz de “dejar huellas” pero no de imponer una salida propia; subordinada, en última instancia, a los explotadores. La licuación de la clase obrera en un magma impreciso de “clases populares”, por otra parte, va de la mano con una crítica a los partidos y a la izquierda, que es posible rastrear en numerosos tramos del libro, y una difusa reivindicación de las “bases” contra las “vanguardias”, de impronta autonomista. La consecuencia es una incertidumbre respecto al sujeto emancipatorio que pueda ser capaz no solo de dejar una “huella” en la historia del país a través de sus resistencias y luchas sino de superar su condición de explotación y abrir el camino para una sociedad no capitalista.

[Lucas POY. “Adamovsky, Ezequiel: Historia de las clases populares en Argentina. Desde 1880 hasta 2003, Buenos Aires, Sudamericana, 2012” (comentario bibliográfico), in Rey Desnudo. Revista de libros (Buenos Aires), Año I, nº 1, primavera de 2012, pp. 133-140]

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