✍ La tierra y el campesino. Agricultura y vida rural en los siglos XVII y XVIII [1999]

por Teoría de la historia

41U9ZsRnmULRecientemente se incorporó al acervo de la Biblioteca de la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa esta obra que complementa el estudio pionero de temáticas como las que se analizaron en este número de Signos Históricos. En efecto, la Historia rural (1) de Marc Bloch, publicada por primera vez en 1931, no ha perdido en absoluto vigencia, por el contrario, generaciones posteriores de especialistas disponen de las nuevas ediciones —en francés (1952, 1956, 1976) y castellano—, que ahora se enriquecen con la obra que comento, aparecida en francés en 1999. Con ello, la Historia rural continúa siendo, en palabras de Lucien Febvre, un libro que marcó y sigue marcando caminos, ya que presenta: “Una historia rural que, mediando entre la historia de la técnica agrícola, la del régimen dominical y la de la evolución comparada de los pueblos europeos, va a ser durante mucho tiempo uno de los campos de estudio más fecundos del ámbito histórico” (2). Este aserto de Febvre, se ha cumplido plenamente, así lo confirman los estudios precedentes y la amplia bibliografía de soporte. Amén de lo anterior, el libro clásico de Bloch, su Historia rural, es ejemplar para todo historiador en ciernes o un profesional de esta disciplina. De esta forma, si la lectura de Los reyes taumaturgos (3) es indispensable para los interesados en la historia de las mentalidades, en la “Introducción. Algunas observaciones de método” de su Historia rural, Bloch hace un recuento de los fundamentos de la técnica de investigación elemental en historia y de sus propuestas de disquisición, mismos que Robert Dauvergne enriquece con los diversos “Suplementos” que acompañan la edición de 1976. En efecto, Bloch insiste en la necesidad de análisis y síntesis en los estudios históricos, en el acercamiento multidisciplinario al tema de investigación, en la propuesta del método de la “historia-problema”, es decir, pasado, presente y futuro en permanente diálogo enriquecedor para el historiador por medio del “método regresivo”, que le permite “comprender y hacer comprender” los procesos históricos. Considero que, este es uno de los aportes fundamentales de la escuela historiográfica francesa: el poder partir de un problema actual, de “la fuerza […] de sugestión que ejerce sobre el espíritu de los historiadores […] el conocimiento […] de los hechos contemporáneos”, para cuestionar por medio de ellos la experiencia histórica. Así, “conocer el presente por el pasado y el pasado por el presente” se convierte en un recurso perfectamente válido de conocimiento y el investigador no debe dudar si el pasado le sirve para comprender el presente o a la inversa, lo que importa es que tal confrontación le permita producir “un cierto saber”. Esto no quiere decir, como ejemplifica André Burguière, que la penuria monetaria de la alta Edad Media o la inflación del siglo XVI sean precedentes o prefiguraciones de la depresión iniciada en 1929. Sin embargo: “[…] el hecho de estudiar estos fenómenos a partir de un entramado de análisis extraído de la experiencia contemporánea permite comprender mejor los mecanismos del cambio, y sobre todo admitir la variabilidad de las formas de articulación del universo económico y del universo social” (4). Además, Bloch resalta la necesidad de realizar un trabajo cuidadoso con la nomenclatura de las diferentes épocas de investigación y la riqueza del método comparativo en historia —veces tan poco utilizado en nuestro medio—, por no hablar de su gran preocupación por lograr una fecunda interrelación entre la microhistoria, la historia regional, la historia nacional y la historia global, que el autor discute y con lo que aclara problemas analizados una y otra vez en el campo de la historiografía contemporánea. Por todo lo anterior, la lectura de este libro parece ser una parada obligada para todos los interesados en la historia, sean o no especialistas en este tópico. El propio historiador francés lo señaló con claridad en su Historia rural: “La historia es, ante todo, la ciencia de un cambio. En el examen de los diversos problemas yo he hecho todo lo que he podido por no perder nunca de vista esa verdad […] En ese continuo que es la evolución de las sociedades humanas, las vibraciones, de molécula a molécula, se propagan a tan larga distancia que nunca la inteligencia de un instante, sea el que sea, tomado en el curso del desarrollo, puede alcanzarse sólo por el examen del que inmediatamente le precede” (5). En cuanto a la obra en sí, ¿qué más podría decirse acerca de ella? El grueso del estudio fundacional de Bloch se refiere a la historia de la tierra y de los hombres que dependieron, de un modo u otro, de ella durante el periodo medieval en la antigua Galia, en el territorio que ocuparon los frekkr, los antiguos francos, los súbditos de Chlod-weg, de Carlos Martell, de Pipino el Breve y de Karolus Magnus, aquellos que se asentaron en las villas y en los señoríos, en el domaine que, mediante el proceso trascendental de las roturaciones (capítulo 1), ganaron nuevas tierras al saltus en favor del ager, que vivieron en los mansus campesinos y señoriales, aquellos que, según la capitular de Mersen (847) debían ponerse: “[…] bajo la protección del señor que cada cual quiera elegir entre nosotros y nuestros fieles. Y ordenamos que ningún hombre abandone sin motivo a su señor, ni que nadie lo reciba bajo su protección si no es con las condiciones que impuso la costumbre de nuestros antepasados”. Costumbre y protección derivado del derecho de ban o bannum, el derecho de ordenar y de hacerse obedecer incluso utilizando la violencia, prerrogativa de los antiguos Heerkönig germanos y que ahora, ante la ausencia de un poder central fuerte, quedaba bajo el arbitrio, bajo el mundo burdum, el mainbor, de cualquiera que pudiese imponerse por la fuerza de su brazo y de sus thanes, de sus antrustiones, de aquellos que tenían truste con su senior. Entre los francos, los antiguos nutriti, “alimentados” en la mesa de su señor y por lo mismo, sus fieles guerreros que le juraban fidelidad y le servían proporcionándole auxilium et consilium a la usanza antigua, según “la costumbre de nuestros antepasados”. Sociedad de guerreros que, sin embargo, no hubiese sobrevivido sin el trabajo, paciente y callado, de los hombres explotados dentro de las formas del señorío solariego y del señorío banal, los campesinos libres o sujetos a la servidumbre, homines proprii, homines de corpore, commanentes, villani y servi. Fueron estos hombres los que permitieron el surgimiento del sistema feudal, los que sentaron las bases para una primera revolución agrícola —anterior a la que Bloch estudia en el capítulo 6 de su obra— y que se resume en pocas palabras: productividad, excedente agrícola, del que derivan no sólo el renacimiento comercial y urbano medieval y la paulatina recuperación del poder del rey frente a los señores, sino el mismo sistema feudal-señorial, diseñado para lograr el reparto de los excedentes de producción creados por los laboratore de Adalberón de Laón (circa 998) en favor de los otros dos órdenes de la sociedad en la Christianitas occidental, oratore y bellatore, integrantes inseparables del tejido social establecido por Dios pero que no hubiesen creado la rica cultura medieval que conocemos sin el trabajo de los primeros. No en balde, Bloch concluye su obra en 1789, cuando la Revolución francesa debía suprimir los últimos resabios de Feudalismo. ¿Ello fue así? Al menos, en el ámbito de la explicación histórica, dice el autor: “rige el pasado sobre el presente. Porque no hay rasgo casi de la fisonomía rural de la Francia de hoy cuya explicación no tenga que buscarse en una evolución cuyas raíces se pierden en la noche de los tiempos” (6), precisamente en el periodo medieval de la historia de Francia. Otro ejemplo que justifica la famosa frase final de una de las obras de otro historiador francés medievalista, heredero al igual que los demás, de una o de otra forma, de la tradición historiográfica de Marc Bloch: “Al menos le queda al historiador de la Edad Media, para consolarse de semejante tristeza [“el oscurantismo de los tiempos modernos”] el espectáculo no desde luego de nuestras catedrales o del esqueleto de nuestros castillos, sino el de nuestros pueblos, de nuestros caminos, de las parcelas de nuestros campos, de los nombres de nuestros mojones, de las yuntas que nos rodean, y de una cultura popular que no han conseguido arrancar aún los ‘progresos’ del siglo XX. No, la Edad Media, y desde muchos puntos de vista, no ha sido traicionada, ni olvidada, ni perdida: aún estamos en ella” (7). En cuanto al nuevo libro, La tierra y el campesino, constituye un conjunto de artículos aparecidos en diversas fuentes —Annales d’historie économique et sociale, Mélanges historiques, Annales d’histoire sociale, Revue de synthèse historique, entre otros— ligadas con la temática de la historia rural de la cristiandad occidental y, a424794230 partir del siglo XV, de la Europa moderna. Étienne Bloch los agrupa en siete grandes temas: los instrumentos de investigación, los regímenes agrarios, los pueblos, la revolución agrícola, los estudios regionales y los problemas globales. De entre los diversos trabajos reunidos en esta obra destacan, sin duda, los que se refieren a los instrumentos de investigación de la historia rural (pp. 31-111), planos parcelarios, registros y planos catastrales, pero también las herramientas campesinas en sí, conocidas materialmente o por medio de representaciones plásticas y las compilaciones de “usos locales”, forma escrita de lo que fue tradición oral secular, cuyas raíces son, evidentemente, medievales y constituyen elementos de investigación que “tienen materia para excitar el afán de los coleccionistas y la curiosidad de los historiadores” (p. 104), haciendo que estos se abran, de forma necesaria, al uso de otras fuentes, no sólo archivísticas, en ambos casos. Por lo demás, el otro estudio fundamental de esta antología es el famoso “Curso de Fontenay” o “Como escribir la historia de un pueblo” (pp. 176-231), en el que Bloch muestra el método, y lo ejemplifica, para acceder al análisis de una comunidad rural, otra vez desde la metodología “de acercamiento”, desde aquella que se realiza en el propio campo al interpretar el paisaje o recurrir a los testimonios arqueológicos, hasta el estudio de los documentos de archivo, del pueblo y de los señores, dicotomía fundamental que muestra el trasfondo medieval del estudio, lo que permite acceder a los grandes temas de la vida rural: la forma del terreno agrícola, el patrón de asentamiento de la población, su estructura familiar y social, su vida religiosa y su mentalidad, sus “relaciones con el mundo exterior” mediante los mercados o el servicio militar o los movimientos de población y las cuestiones tanto urbanas como regionales que le atañen. Bloch insiste, en la riqueza de la microhistoria ligada con la historia regional, nacional y hasta mundial que debe conformar el marco y la proyección de los estudios rurales. Como uno de los estudiosos de la obra de Bloch, Pierre Toubert, ha resaltado recientemente: para Bloch el “espacio rural francés es el resultado secular de tres grandes complejos de sistemas, que él llama ‘civilizaciones agrarias’: el openfield nórdico, el bocage del oeste y el ecosistema mediterráneo”. Para definir estas civilizaciones agrarias y para acceder a este conocimiento el autor de la Historia rural recurrió a las fuentes escritas y figurativas, a la toponimia y al folclor, al estudio de las técnicas agrarias y los catastros, a la fotointerpretación aérea, a la geografía de los paisajes rurales, a la ecomuseografía (p. 23), en otras palabras, a las diversas fuentes de investigación que Luciene Febvre y el propio Bloch propugnaron estudiar y utilizaron en sus obras. Por otro lado, y a pesar de que los temas de este libro se orienten, según su título, a los siglos XVII y XVIII lo antes mencionado se cumple: las raíces medievales de la historia rural de Francia hacen que Bloch regrese al trasfondo de su tema continuamente. Desde este punto de vista, el nuevo estudio es un complemento de la Historia rural que, de cualquier forma, sigue nutriéndose de la historia de la cristiandad occidental premoderna. En suma, esta compilación es una antología que no se sustenta si no se hace referencia —y se conoce— a la Historia rural, de ahí la estructura de la presente reseña. Si se acepta o no que Marc Bloch fue el historiador más notable del siglo XX (p. 7), al menos debe considerarse que sus Caractères originaux de l’histoire rurale française y Les rois thaumaturges, por no mencionar sus otras obras, son el punto de partida obligado para cualquier interesado en los campos de la disciplina histórica que contribuyeron a fundar.

NOTAS. (1) Marc Bloch, La historia rural francesa. Caracteres originales, Barcelona, España, Crítica, 1978, Colección Crítica. Historia. (2) Ibid., p. 14. (3) Marc Bloch, Los reyes taumaturgos, México, México, Fondo de Cultura Económica, 1988, Colección Sección de obras de Historia. (4) André Burguière, “Histoire d’une histoire: la naissance des Annales”, Annales. Économies-sociétés-civilisations, año 34, núm. 6, noviembre-diciembre, 1979, pp. 1355-1356. En torno a la comprensión “reversible” de la historia humana, cfr. la reflexión clásica de Marc Bloch, Introducción a la historia, México, México, Fondo de Cultura Económica, 1978, Colección Breviarios 64, pp. 34-41. Cfr. la nueva edición de este ensayo, verdadero legado en la obra de Bloch, Apología por la historia o el oficio de historiador, México, México, Fondo de Cultura Económica/Instituto Nacional de Antropología e Historia, 1996, Colección Sección de obras de Historia. (5) Marc Bloch, op. cit., 1978, pp. 30 y 518. (6) Marc Bloch, op. cit., 1978, p. 517. (7) Robert Fossier, et al., La Edad Media, 3 vols., Barcelona, España, Crítica, l988, pp. 453-454, Colección Serie Mayor.

[José Carlos CASTAÑEDA REYES. “Marc Bloch, La tierra y el campesino. Agricultura y vida rural en los siglos XVII y XVIII, textos reunidos y presentados por Étienne Bloch, prólogo de Emmanuel Le Roy Ladurie, traducción de J. Vivanco, Barcelona, España, Crítica, 2002, Colección Crítica. Historia del mundo moderno” (reseña), in Signos Históricos (México), nº 17, enero-junio de 2007, pp. 226-231]