✍ Historia natural de los ricos [2002]

por Teoría de la historia

9788430604890Richard Conniff es un periodista que colabora de modo habitual con National Geographic, New York Times Magazine y Architectural Digest. Ha publicado varios libros de divulgación sobre diversos tipos de seres orgánicos y su vida social. También ha escrito guiones para series televisivas en torno a la naturaleza. En Historia natural de los ricos Richard Coniff establece un paralelismo entre el comportamiento de ciertos grupos o sociedades animales y la conducta de los ricos. Con una naturalidad que produce vergüenza ajena se desliza en su texto por un darwinismo social que algunos creíamos superado y olvidado hace ya muchos años. Los seres humanos nos comportamos, en opinión de Conniff, como si fuésemos una manada de gorilas de espalda plateada en la que se obedece y se sigue al macho dominante. En dicha manada -la ilustración la toma Conniff de ciertas zonas de África central- las hembras y los machos sometidos adoptan tácticas de congraciamiento con un jefe que se ha impuesto por la fuerza y la habilidad que le ha dado la naturaleza. Frente a los ricos nos comportamos, en pleno siglo XXI, de modo muy semejante. El babuino que manda camina con la cabeza alta y el rabo levantado, algo que Conniff compara con la actitud de Silvio Berlusconi en las reuniones de Jefes de Estado, cuando al tomarse la foto de familia se alza de puntillas o exige que coloquen un cojín en la silla de la mesa de reuniones para parecer más alto y tener más dominio visual. Es cierto que los primates son jerárquicos y lo es también que forman comunidades organizadas y cerradas. El trasero colorado de los monos está destinado a llamar la atención y marcar su posición social. Los zoólogos han descrito muy bien el comportamiento del macho alfa de una manada de lobos pero las cosas se complican entre los humanos. Existen diferencias ontológicas entre el animal que marca el rango y copula con la mejor hembra y el empresario millonario que fuma un gran puro y se lo mete, junto con el humo, en plena cara a los demás -menos ricos que él- en el palco de un estadio de fútbol mientras juega su equipo. La descripción que hace Richard Conniff de los ricos es reduccionista, plana y cuajada de tópicos. Los ve como una especie aparte, endogámica, divina, aislada del resto de la población. Viven y veranean juntos en habitats escasos y de difícil acceso. Se casan entre ellos y desarrollan códigos diferenciados. El dinero es algo esencial para ellos, aunque digan lo contrario, y mandar es lo suyo. El ejercicio de la sexualidad les permite expresar su riqueza. Las mujeres cumplen aquí la función de los trofeos cinegéticos. En el paralelismo que establece el autor entre los machos dominantes y los hombres ricos como Donald Trump o Ted Turner, el comportamiento es identico: imposición de la propia voluntad. Escrito este volumen de un modo sencillo, ágil y entretenido el lector agradece la ironía y la capacidad de distanciamiento de su autor. La abundante información que proporciona sobre los ricos y las mil anécdotas que a modo de trufitas dan aroma al texto lo convierten en una lectura agradable. No obstante, este libro tiene doble fondo, como las maletas de los estraperlistas. En él se deja caer que los ricos lo son porque, en definitiva, son mejores que el resto de los hombres. Todo ello envuelto en machismo. Las mujeres no existen como sujeto activo. A este clamoroso punto ciego se añade que el universo estudiado por Conniff es casi exclusivamente norteamericano.

[Bernabé SARABIA. “Historia natural de los ricos”, El Cultural (Madrid), 19 de diciembre de 2002]

the-natural-history-of-the-rich-a-field-guide_1Pavonearse es un gesto decisivo en la evolución de las especies. Ya debe quedar poca gente insensible ante esta curiosa manera de argumentar y que es la norma en los documentales sobre la naturaleza de la TV: nada es porque sí en el reino animal, ningún gesto es gratuito. Todos tienen que obedecer la ley inexorable, atribuida a Darwin, de que sólo sobrevivirán los que tengan mejor plumaje o, en otras palabras, los mejor adaptados. Y así, muchas de las conductas visibles en los animales, incluidos los humanos, no son sino respuestas condicionadas que están preprogramadas en los genes. ¿Desde cuándo a los ricos hay que hacerles una historia natural? En la escuela lo que nos enseñaron es que la historia natural trataba de las plantas, los animales y las rocas. Pero las cosas están cambiando deprisa. Nuestras historias dejan de ser sociales y se hacen naturales cuando exploramos la situación de un objeto de estudio en su relación con el entorno natural. Semejante historiografía exige nula atención a la flecha del tiempo (a eso que Marc Bloch llamaba el hilo rojo de la historia) o a las relaciones de causalidad política o económica. Tampoco hay ningún principio que ordene los acontecimientos en una linea de progreso, ya sea moral o material el horizonte que se quiera otear. Una historia natural se escribe justamente para lo contrario y lleva a gala desdeñar esa viejas y redundantes razones, pues lo que importa es conocer cuánto hay de preprogamado en nuestras conductas sociales e individuales. Richard Conniff nos dice que el libro surgió de una necesidad biográfica. Curtido periodista en las páginas de National Geographic y New York Times Magazine, en donde escribía sobre la conducta animal, también se asoma con frecuencia a las páginas de Architectural Digest para presentarnos los nidos de postin, la cabaña de los líderes de la manada. El miembro alfa de un grupo, diría un etólogo, es el que manda y, en nuestro mundo, el que aparca un Ferrari a la puerta de una casa con firma. La historia natural de los ricos, entonces, es una moda pero también una apuesta individual que trata de acercar sus dos mundos profesionales. El libro pretende ser divertido y como abundan los nombres propios, quien lo lea tendrá jugosas anécdotas para estas cenas navideñas de todos los potentados del planeta. Sabrá de mil conductas extravagantes cuya finalidad, retomando la retórica característica de los neodarwinianos, no es otra que conseguir las mejores hembras, mostrando la exuberancia de sus plumajes. Los ricos, en definitiva, al separarse de la masa y ganar una ventaja evolutiva formarían una subespecie (el homo pecuniousus) con tantos o más méritos que la violación, los desastres o el número cero, objetos que también cuentan cón una reciente historia natural. El libro nos enseña que los niveles de testosterona no suben en el fragor de la batalla, sino mientras se paladea la victoria. Y todo parece indicar que la fuerza bruta, la musculatura y la vigorexia, son argumentos que pierde adeptos desde que R. Dawkins publicara El gen egoísta (Salvat). Ahora, el verdadero macho dominante no va enseñando los colmillos, sino un Cartier enmarcado por la mejor sonrisa. Manda el que más regala, pues quien abreva en la mano de otro estaría aceptando su condición subalterna. La cosa es menos divertida cuando hablamos de la violación. Desde el punto de vista de la historia natural, un violador es alguien que deja a la hembra sin ningún papel en la elección de pareja y, contra la tesis general, se afirma que esos machos son empujados por la fuerza del deseo, uno de los instrumentos que emplea el citado pathos reproductivo. Las depresiones, por ejemplo, serían un mecanismo evolutivo de alarma que estaría advirtiendo al paciente que trate de acoplarse a la manada, que fuera de las convenciones no hay futuro, que abandone, en fin, su pretensión de ser diferente. También es la psicología evolutiva la que nos explica que las madrastras son gente peligrosa, como nos recuerdan tantos cuentos de muchas culturas, que tienen que ignorar los hijos ajenos si quieren criar a sus propios vástagos. No es difícil continuar por esta vía, pues el secreto está en encontrar una ocurrencia, una hipótesis dicen estos investigadores, que explique por qué las cosas son como son y que, además, para cambiarlas, habría que rediseñar la especie. O sea, que la belleza, de la que también tenemos una historia natural, no depende del color del cristal con que se mira, sino de los genes del que está mirando. Los psicólogos evolutivos dicen que sus estudios son muy necesarios pues estamos buscando soluciones en la cultura (el cristal) cuando las causas de muchos problemas están en la herencia (los genes). Nadie tiene la culpa de que a las hembras le gusten los ricos o, como probó otro estudio, que sean promiscuas. Lo único que hacen es cumplir con su obligación: ofrecer a sus genes nuevas y mejores oportunidades para reproducirse, y así la que logra más ayuntamientos y con los mejores especímenes es la que tiene más oportunidades de perpetuarse. Todo esto tiene poca gracia, aun que el libro nos haga sonreir mientras se mofa de algunos venerables valores. Conniff tiene talento con las palabras y mucha variedad de anécdotas. En cada párrafo saca nuevos conejos de la chistera y casi todos son geniales. Entre líneas, sin embargo, vamos captando un mensaje inquietante, pues para entender la división entre emprendedores y marginados hay que tomar en cuenta las explicaciones inherentes al propio mecanismo evolutivo que hasta aquí nos trajo. La sociología, la historia o la economía sólo aportan interpretaciones externas y con frecuencia superficiales. La buenas razones, lo dijo Wilson y lo recuerda Conniff, son sociobiológicas. Y si alguien se enfada delante de estas razones, las del pavo real, que no lo haga en público, que intente disimular su culta e infecunda mediocridad, aunque quizás tenga razón MacLuhan cuando escribió que la indignación moral es una técnica usada para conferir dignidad al necio.

[Antonio LAFUENTE. “Las razones del pavo real”, in ABC Cultural (Madrid), 7 de diciembre de 2002, p. 7]

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