➻ Ágnes Heller [1929]

por Teoría de la historia

heller1Ágnes Heller es, sin ningún género de dudas, una de las mentes más críticas y lúcidas que hoy circulan por Occidente. Autora de un buen número de trabajos, muchos de ellos traducidos al castellano, Ágnes Heller ha tratado diversos temas como la vida cotidiana (“Sociología de la vida cotidiana”, “La revolución de la vida cotidiana”, “Para cambiar la vida”, “Por una filosofia radical”, “Historia y vida cotidiana”, “Teoría de las necesidades en Marx”), la filosofía (“Hipótesis para una teoría marxista de los valores”, “Teoría de los sentimientos”, “Instinto, agresividad y carácter”, “El hombre del Renacimiento”), o la política (“Anatomía de la izquierda occidental”, “Sobre el pacifismo”). Colaboradora habitual de revistas prestigiosas —en donde últimamente escribe sobre la crisis del sistema comunista y sobre la necesidad de una Europa política— Ágnes Heller acaba de publicar en castellano su último trabajo, “Políticas de la posmodernidad (Península), firmado junto con su esposo, el sociólogo Ferenc Feher. La traducción de esta obra de Heller y Feher ofrece, sin duda, una buena oportunidad para aproximarse a la obra de este auténtico punto de referencia intelectual que es Ágnes Heller. Antes de detenerse en los rasgos más significativos de la producción teórica de esta innovadora y prolífica pensadora húngara, no estará de más que hagamos un breve resumen biográfico de Heller. Ágnes Heller nació en Budapest, en el año 1929, y fue una estudiante frustrada de ciencias. Después de asistir a una conferencia de Lukács abandonó sus estudios de física y química y, como ella suele decir, “contrajo matrimonio con la filosofía”. Fue alumna de Lukács desde 1948 convirtiéndose posteriormente en su ayudante. En 1948, y siguiendo el camino de su maestro, fue expulsada del Partido Comunista y de la Universidad por “sostener ideas falsas y revisionistas”. Posteriormente fue rehabilitada y admitida como investigadora en el Instituto de Investigaciones Sociológicas de Budapest. En 1973 fue expulsada del Instituto —previamente había firmado un manifiesto contra la intervención soviética en Checoslovaquia— por ser representante del “tradicional revisionismo de derechas y del nuevo izquierdismo de matriz occidental” que lleva a la peligrosa preconización de “nuevas vías, al abandono del movimiento obrero revolucionario” y a identificarse con la “ideología y actitud de los ‘hippies’”. En fin, toda una serie de acusaciones en la más pura línea estalinista que hace que Heller, al igual que otros miembros de la llamada Escuela de Budapest (Feher, Markus, Vadja), se encuentre en la más absoluta de las marginaciones. En 1978 Heller abandona Hungría para incorporarse al departamento de Sociología de la Universidad de La Trobe de Victoria (Australia). En la actualidad, Ágnes Heller trabaja, junto con su marido Ferenc Feher, en la “New School of Social Research” de Nueva York. La obra de Ágnes Heller tiene un doble interés. En primer lugar, por representar, en cierta manera, una continuidad de los trabajos elaborados por su maestro Gyorgy Lukács, considerado como un “clásico de tercera generación”; continuidad de una línea de pensamiento que ya en sus orígenes rompió con la interpretación dogmática del marxismo dando muestras de un vigor que sólo cesará cuando, a instancias del poder soviético, tiene lugar la famosa autocrítica lukacsiana. Y, en segundo lugar, el interés por la obra de Agnes Heller (y de Ferenc Feher) proviene de la especial lucidez y rigor de los análisis hellerianos. Del amplio abanico de temas tratados por nuestra autora destacaremos tres: la vida cotidiana, los nuevos movimientos sociales y la crisis de la izquierda. En las consideraciones sobre la vida cotidiana Heller no pretende sino desvelar el carácter alienante de la cotidianidad existente (psicología del propietario, fetichismo de las cosas, etc.) e instaurar una vida “verdaderamente humana” mediante la realización de lo que la autora denomina “necesidades radicales” (pluralidad de formas de vivir, eliminación de las relaciones jerárquicas y de dependencia, acceso a la riqueza social, etc.). Señalemos que la realización de estas “necesidades radicales” es el punto nodal de una nueva práctica emancipatoria que plantea la transformación positiva del mundo, una transformación entendida como una reestructuración total y radical de la vida cotidiana que ha de dar lugar a una “nueva manera de vivir”. Ágnes Heller, empero, va un poco más allá (o un poco más acá, según se mire) e intenta responder a la siguiente pregunta: ¿Cómo enfrentarse con dignidad a los llamados tiempos postmodernos? La respuesta es clara: se trata de construir una “minima moralia” que encuentre fundamento en una serie de virtudes cívicas como la tolerancia radical, la valentía cívica, la solidaridad, la justicia, la comunicación racional y la prudencia. Una “minima moralia” que no excluya ni la pluralidad de espacios ni la existencia de un “ethos” común indispensable para vivir con dignidad el presente. La crítica que hace Ágnes Heller de los nuevos movimientos sociales en general, y del pacifismo en particular, es el segundo tema que —quizá haciendo una excesiva concesión a la actualidad más inmediata—conviene destacar. La Heller —corriendo el riesgo de ser tildada de “biocida”, “imperialista”, “militarista” y otras lindezas por el estilo— advierte que el movimiento pacifista y antinuclear (al igual que el ecologista) tiene mucho de acrítico, ingenuo, maniqueo y folciórico. La pensadora húngara, en efecto, evidencia el carácter falaz de muchas ideas sagradas de los nuevos movimientos sociales (la creencia en la inutilidad de la disuasión, la catástrofe ecológica, etc.) y apuesta por una alternativa basada en nuevo concepto de distensión (“fusión de intereses” de los bloques) y en una economía y un crecimiento que satisfagan necesidades. Se trata, en suma, de no incurrir en catastrofismos o preindustrialismos demasiado fáciles. Y también, de alejar viejos fantasmas. Si los movimientos sociales no salen muy bien retratados —sin que ello suponga olvidar los aspectos positivos de dichos movimientos— otro tanto ocurre con la izquierda tradicional. Tras desenmascarar los mitos de la izquierda “clásica” (el supuesto carácter socialista de los países del Este, la creencia en la revolución como línea divisoria entre el bien y el mal, el dogma según el cual el Estado es la personificación del mal, etc.), Heller propone una alternativa vertebrada por una doble estrategia: política (radicalización de la democracia, negación del autoritarismo, papel moderador del Estado) y económica (restauración de los mecanismos del bienestar, redistribución, satisfacción de necesidades). Una alternativa que, como es difícil de apreciar, tiene poco que ver con los clichés de cierta izquierda verbalista y redentorista que cada día es más una pieza de museo. ¿Méritos de Agnes Heller? Varios. Citaremos algunos: el evidenciar los mitos y las miserias de determinadas realidades; el ver, con algunos años de antelación, que la reestructuración de la vida cotidiana es una de las claves de nuestro tiempo; el reivindicar, también con antelación, una serie de ideas “burguesas” y “formales” (democracia, Europa, tolerancia, etc.) que todos se atreven ya hoy a reivindicar, el percibir que una sociedad insatisfecha y escéptica como la nuestra también puede formular alternativas racionales, posibles y deseables, aunque sean modestas y no prometan ningún “happy end” histórico; y, en fin, el proyectar luz sobre cuestiones que aquí no nos es posible tratar (ética, antropología, arte). En unos tiempos inciertos como los que vivimos, en unos tiempos en que todavía perviven ideas y propuestas que la realidad está jubilando a marchas forzadas, el “programa” de Ágnes Heller —tolerancia, coraje cívico, autodeterminación individual, comunicación, “ethos” mínimo común, etc.— nos brinda una “filosofía” que es de las pocas decentes que hoy existen. Una auténtica bocanada de aire fresco.

[Miquel PORTA PERALES. “Filosofía para tiempos inciertos”, in La Vanguardia (Barcelona), martes 14 de noviembre de 1989, p. 7]