✍ Historia de la cultura [1955]

por Teoría de la historia

13572-MLU3104089907_092012-OEmpezamos á leer esta “Historia de la cultura”, que el profesor Francisco Esteve Barba ha publicado recientemente, y nos parece echar de menos un prefacio, o una determinada página en la “introducción”, que defina directa y expresamente ese trascendental, complicado y buido concepto de la cultura que sirve de razón de ser y da contenido a obra tan vasta; pero no tardamos en advertir, según la lectura nos va descubriendo un cada vez más abierto horizonte, que el autor prefiere la sucesiva definición de la cultura por el desarrollo de la materia misma; esto es, por la aplicación del principio que formula, después de diferenciar “cultura” y “civilización”, cuando declara: “Nosotros vamos a evocar con preferencia cuanto el hombre ha realizado en su afán de saber, de crear o de aproximarse a Dios.” Pero en esa salvedad “con preferencia” estriba tal vez el “quid” de la cuestión: ¿Cuáles son los hechos, y cuál su razón específica, que el historiador ha de preferir para incorporarlos, en ordenación conveniente, a la historia de la cultura…? Claro es que si el profesor Esteve Barba no avanzara en su ingente trabajo sin dejar resuelto problema semejante, contaríamos con un tratado o un ensayo más acerca de la filosofía de la historia y del concepto de la cultura, con todas las adherencias de morfología, método y fuentes, pero nos quedaríamos sin la realización de esta historia que se justifica por su propio acierto: espléndida realización histórica que responde a preocupaciones intelectuales y técnicas muy de nuestro tiempo. A Spengler le corresponde el honor de haber replanteado con acento personal, ya que no lo suscitara por vez primera, el problema de cuál es el verdadero “objeto” histórico. A su juicio no es otro que éste: la cultura. O si se prefiere decir, en función del tiempo o del espacio, cultural—nueve nos parece recordar que Spengler examina , sin que este punto de vista sea rectificado por el proceso de integración y unidad estudiado por Toynbee treinta años después. La Historia de la Cultura ha venido modernamente a superar “la Historia de los historiadores”, como dice Ortega, no sin cierto desdén, de acuerdo con la subestimación que le merecen los especialistas a la luz de su sistema. Pero no por ello cabe desdeñar en modo alguno la historia política, externa, particular…, en cualquiera de sus modalidades, formas o sentidos, ya que este modo tradicional de entender la Historia proporciona el conocimiento de una serie de circunstancias—Gobiernos, leyes, revoluciones, guerras, coincidencias cronológicas, etc.—que no pueden por menos de contribuir á explicar la marcha ascendente o descendente de las distintas culturas. El punto esencial de referencia lo marca, en todo caso, el hombre, y este humanismo de nueva planta, que va más allá de la antropología y tiende, por supuesto, a una interpretación sobrenatural y providencialista del conocer histórico, es el que informa la “Historia de la Cultura” de Esteve Barba, una vez erigida por el autor en el pórtico de su armónica construcción, la estatua, digámoslo así, del “homo perennis”. Ei autor afirma, harto categóricamente quizá, que tanto la cultura como la civilización son impotentes para transformar esencialmente al hombre, presente en el fondo de ellas, con sus cualidades y sus defectos: “Tienda a la pureza y quisiera vencer al mal, en el que cae constantemente. Sigue a través de las edades cultivando sus temas perennes: quisiera hacerse dueño del futuro, predecir el porvenir y superar a la muerte…” De ahí su constante afán de saber, de crear, de aproximarse a Dios. Concebida así la Historia de la Cultura, vemos al hombre, su protagonista, reflejado en inmensa galería de espejos, en bien trabado conjunto de capítulos, por lo que hace a la obra que glosamos. Seis son las partes en que distribuye su rico contenido la “Historia de la Cultura” de Esteve Barba: dedicada, la primera, al mundo oriental en la antigüedad; la segunda, a Europa en su prehistoria y en la clasicidad grecolatina; la tercera, a los orígenes del Cristianismo y a la Edad Media; la cuarta, al Renacimiento—englobando, naturalmente, el descubrimiento y colonización de América, sin olvidar la Era precolombina y el siglo del Barroco (expresión esta última, umversalmente usada, que, a nuestro juicio, habrá algún día que revisar); la quinta, al “nuevo espíritu europeo”, culminante en la época de la Ilustración, y la sexta, al Romanticismo y sucesivas fases de la cultura hasta nuestros días. El autor nos conduce, a través de las Edades, por itinerarios muy diferenciados, con seguridad en el dato y aplomo en el juicio, manejando enorme cantidad de conocimientos, y aunque no le abandona un instante la serenidad que a todo historiador cabe exigir, se le advierte emocionado, en la raíz de su ser, tan pronto llega a pisar el resbaladizo terreno de la presente angustia universal: “Mientras unos hombres sa dedicaron a destronar a Dios y otros renunciaron a penetrar en la zona metafísica de la Filosofía, los otros, los que construían el andamiaje de la ciencia y de la técnica y se sentían animados por la idea optimista del progreso, no logran tampoco satisfacer nuestros más íntimos anhelos con las comodidades que nos brindan, y mucho menos cosí los espantosos medios de destrucción con que nos amenazan…”. Estas evasiones, en lírico y dramático tono, no ceden en detrimento de la erudición acumulada y expuesta con acierto por el autor. Responden al factor humano, del que no es fácil prescindir, por exigente que sea la técnica, cuando se opera sobre palpitantes realidades de la sociedad que nos es coetánea.

[M. FERNANDEZ ALMAGRO. “Historia de la cultura”, in ABC (Madrid), 9 de diciembre de 1956, p. 81]

Anuncios