✍ Historia de la cultura [1935]

por Teoría de la historia

historia-de-la-cultura-alfred-weber-3027-MLM3819543023_022013-FEl nombre de Weber va ligado a una serie de notables y decisivos logros en la Sociología contemporánea. Este nombre se halla representado por los tres hermanos: Max, Alfredo y Adolfo, sin que se deba olvidar a Mariana, esposa del primero. Nombres que constituyen la expresión de algunos de los avances más destacados de la investigación y de la formulación sociológica lograda en Alemania antes del derrumbamiento total que la cultura sufrió en aquel pais en el año 1933, punto de arranque de la catástrofe que ha arrasado allí por completo cualquier forma de vida espiritual. Max Weber, que tan fervoroso apoyo había aportado a la democracia del Reich de Weimar, no tuvo que presenciar el hundimiento de la cultura alemana, porque piadosamente la muerte se lo había llevado algunos años antes, Alfredo, el autor del libro que aqui se reseña, ha tenido que publicar esta obra en Holanda, porque trabajo de tan alto espíritu no podía tener cabida en el Tercer Reich. Este libro de Alfredo Weber, presentado en su traducción española bajo el título de “Historia de la cultura” constituye un ensayo de interpretación sociológica de la historia universal de la cultura. Podría denominársele una historia sociológica de la cultura o también una sociología histórica. El rótulo con que apareció en la edición alemana de Holanda es “Historia de la cultura como Sociología de la Cultura”, con lo cual se trata ya de sugerir un propósito de una Sociología de la cultura engranada en el proceso de la historia universal; por lo tanto, prescindiendo de los detalles, aunque sin perder el respeto a los elementos concretos. Este es uno de los mejores libros engendrados por la crisis. Constituye una de las meditaciones más preclaras sugeridas por la situación crítica de nuestro tiempo, que es la crisis más grande sufrida en la historia humana, que empezó a apuntar en los albores de la guerra mundial y que después se ha desarrollado como profunda desmembración hasta los momentos álgidos de hoy en día. “La entraña de nuestra cuestión, dice Weber, consiste en preguntarnos: ¿Dónde nos hallamos en la corriente de la historia … y qué es lo que esa corriente lleva a cabo con nosotros? Nos hallamos en un gran viraje, sin que de momento podamos calibrar exactamente la amplitud y profundidad de este viraje. Sentimos la necesidad de esclarecer la situación actual, superlativamente enmarañada y de orientarnos sobre su significación y alcance. Para ello debemos escrutar cuáles son las fuerzas impulsoras de la corriente de la historia, contemplar su curso, la formación de sus estructuras y el proceso de su dinamismo con la esperanza de que de ese modo podamos comprender algo de nuestro propio destino en el tiempo presente y en el futuro. He aquí, el propósito de este libro, es decir, confrontar la historia y el presente para que aquélla y éste se iluminen recíprocamente. En contraposición a la morfología disgregante de la concepción spengleriana, Weber sostiene la tesis de una unidad del proceso histórico universal, como un dato de la experiencia. Dentro del marco del acontecer histórico universal expone el crecimiento y la disolución de las culturas, cada una de las cuales destaca frente a las otras por su peculiar esencia y por su fisonomía característica, aunque todas se hallan solidarizadas unitariamente, porque están insertas en una corriente que cruza el devenir histórico, a manera de proceso civilizador. Este proceso, soporte de la corriente histórica, constituye la sucesiva aportación de una serie de medios para la construcción social, es decir, un conjunto de instrumentos físicos y espirituales para la total formación humana. Se trata de ordenar esa multitud de culturas en una clara visión concreta, comprender cómo se han ido elaborando sucesivamente, colocarlas en el camino general que lleva la historia, rastrear el proceso de su vida en esa ruta general, y apreciar sus respectivas aportaciones al progreso total. Y todo ello mediante un método interpretativo empírico de las formas y de las maneras de ser de las culturas, en sí mismas y en su movimiento y orientación. Este programa es realizado a lo largo de un estudio que parte desde la prehistoria y los primitivos y llega hasta la crisis actual, atravesando por las grandes culturas primarias, que son la de Egipto, la de Babilonia, la de la China y la de la India, por las grandes culturas secundarias, de primer grado, es decir, aquellas culturas que ya se edifican sobre el trasfondo de las primarias, a saber, la de los judíos, la de los persas, la griega, la romana, y la de la antigüedad cristiana; después, por las culturas secundarias de segundo grado, esto es, aquéllas que surgen sobre el cimiento de las secundarias de primer grado, y que son la bizantina, la islámica, lahistoria-de-la-cultura-alfred-weber-fondo-de-cultura-22510-MLA20232643271_012015-O rusa; y por fin, la cultura occidental, que llega a verterse en la tierra entera. Describe al hombre prehistórico cuyo primer tipo muestra ya, aunque rudimentariamente, la intención de trascendencia, pues supone que detrás y por encima del mundo circundante de cosas, de seres externos, hay algo parecido a su propio ser invisible, algo espiritual en cuya existencia ha de creer por virtud de la propia conciencia que ese hombre tiene de sí mismo. El segundo tipo de hombre prehistórico trata de adquirir dominio sobre el azar. Lo cual no significa otra cosa que lo siguiente: se inicia el intento de penetrar e intervenir en el trabajo de las fuerzas de la naturaleza y de luchar con ellas. Nos encontramos, pues, ya con el hombre que tiene un destino, una misión -tan vulgar como se quiera-, pero en suma, un destino; y que siente angustia por su destino, una angustia vital; y que tiene también un sentido de trascendencia, como correlato de su comienzo prometeico. Los pueblos primitivos son portadores de la cultura mágica. Cierto que la necesidad que ese tipo de hombre experimenta de orientarse racionalmente en el mundo, le ofrece la ocasión de formar también la representación de un mundo tempo-espacial de objetos bajo el imperio y cumplimiento de una ley de causalidad tempo-espacial, en forma análoga a como uno y otra nos son habituales a los intelectualistas. Pero, además, concibe en una segunda forma el mundo de la existencia cotidiana, el mundo de los fenómenos que le son inmediatos, a saber, lo concibe también de la siguiente manera: afecto al intento de captar y de utilizar sistemáticamente las fuerzas de la naturaleza en la forrna concreta e inmediata que le son presentes, experimentá, al mismo tiempo, en esta tentativa, una angustia vital que le embarga por completo, porque se siente a sí mismo trabado en su destino a esta acción sobre la naturaleza, a esta acción de la cual depende su pan cotidiano; y por eso, lo mismo si es plantador que cazador sistemático, emprende un segundo tipo de consideración del mundo inmediato, se enfrenta con él de una nueva manera. Este segundo modo de enfocar el mundo, esta nueva manera de enfrentarse con él, consiste en lo siguiente: agrupa el mundo inmediato de la percepción cotidiana en totalidades actuantes, en totalidades que tienen para él una función ordenadora, porque las considera como algo existente, como magnitudes existenciales. Con esas totalidades forma un segundo mundo de objetos; dinámico-trascendente, que consta de entidades mágicas, con cuyos centros de acción trata de aliarse, con la finalidad de que mediante esa alianza pueda convertirse, en cierto modo, por virtud de inmediato contagio, en señor y dueño de su destino cotidiano. Las altas culturas primarias fueron fundadas por nómadas jinetes que constituyen el tipo del hombre dominador, que deja atrás el trote del buey de sus antecesores y desaparece en el espacio, y que cabalgante subyugador del animal más noble, se siente emparentado con los dioses. Desde entonces, los portadores del destino histórico, los agentes de los acontecimientos, son pueblos indiscutiblemente dominadores, señoriales. Y por consiguiente, en puridad, la verdadera historia y sus fundaciones empieza con ellos. Con ellos empieza la gran epopeya, que acaso desde el punto de vista de sus resultados podríamos calificar como tragedia: la epopeya o tragedia de las fuerzas infinitas de poder de las estirpes y razas humanas, en cuyo acto final -o acaso en cuyas últimas escenas- de viejo estilo, nos encontramos nosotros, como es bien notorio, pero ignorantes todavía de cual vaya a ser el nuevo modo del juego que habrá de comenzar después. La característica de las culturas egipcia y babilónica, que tienen histcultuese papel precursor, situadas en el Nilo y en Mesopotamia, es la siguiente: una vez nacidas, estas culturas constituyen en cuanto a su construcción, una especie de formaciones amuralladas que al desmoronarse de vez en cuando, son reconstruídas de nuevo, con la fe en las bendiciones de la repetición, en formas pétreas iguales; son, en suma, lo que podríamos en cierto modo calificar como formaciones pétreas jeroglíficas, tomando esta denominación como la más extrema expresión de un formato invariable. Crean su primera expresión con una monumentalidad sobresaliente y a la vez con una viva intimidad. Todo el Occidente, y acaso también una parte del Oriente, construyó los comienzos de su sabiduría práctica sobre la base de las enseñanzas en materia de civilización y de organización social recibidas de estas dos culturas primarias; sobre la base del calendario, de la escritura, de la burocracia, y de las facultades artísticas técnicas. Los elementos técnicos de su organización social burocrática han llegado hasta nuestros días pasando por Persia, Alejandría, Bizancio, los árabes y Federico II. Debemos a estas culturas (egipcia y babilónica) innumerables aspectos externos, e infinitos medios de expresión artística. Sin embargo, a pesar de la grandeza de este arte, la humanidad no recibió de esas culturas ni una palabra que le ayudase para su vida espiritual. Las culturas china e india son de carácter mágico, en la totalidad de su extensión, que comprende también a la masa. Permanecen con esta dimensión mágica a consecuencia del carácter popular determinado por su propia substancia. Su modo de ser, mucho más libre en comparación con Egipto y Babilonia, aunque ciertamente sin dejar de ser mágico, constituye el resultado de la diversa índole del mando ejercida por las clases sociales superiores. Con razón se ha dicho muy a menudo que China descansa sobre su constitución familiar. La separación aristocrática, la vida de soltero en cualquiera de sus formas extrafamiliares -salvo como ermitaño taoísta o como monje budista- son cosas que resultan imposibles de pensar en China. Se está tan ligado a los antepasados -por lo menos en las antiguas formas todavía conservadas- que se les tienen que llevar constantes ofrendas para que sean fieles a su descendencia y derramen sobre ella sus benditos influjos. China se presenta como democrática. Ningún país ha estado tan libre de privilegios como lo ha estado China después de la ruina de su aristocracia patrimonial. Y así ha seguido a lo largo de milenios. Aun cuando es verdad que el estamento burócrata de mandarines que necesita “ocio y disponibilidad” para su cultivo y desarrollo magísticos y todavía más para su ulterior existencia, descansaba y descansa todavía sobre la base de un arrendamiento de tierra, empotrado en el sistema democrático agrario. Esta cultura tenía que permanecer invariable en su esencia, no podía ser destruída por ningún proceso mental que procediese de su misma interioridad; tenía que persistir a lo largo de milenios como una esfera reluciente en la que se reflejan la vida, la naturaleza, el universo, en imágenes simbólicas, siempre agudamente perfiladas, y a menudo raras y extrañas. Esta esfera en todo momento no sólo ha reflejado la vida en tales imágenes, sino que, además, la ha ordenado y regulado mediante ellas. En todo, la India ofrece enteramente lo contrario de la China, aunque constituya algo tan duradero, o mejor, dicho, más duradero. Los drávidas se desarrollaron en esa zona como un pueblo totemista, cazador y criador de ganado, con agricultura, el cual cubría principalmente territorios patriarcales de caza junto con viejos elementos matriarcales. Los brahmanes fueron los verdaderos vencedores. Ellos estructuraron entonces la India. Y tan grande era el prestigio y la fuerza de captación de su dogmática de las reencarnaciones y de las castas, que ésta logró configurar voluntariamente según sus sistemas a todo el país. La arquitectura y la escultura de la India constituyen una grandiosa encarnación del continuo proceso de embeberse en lo terrenal proliferante. Sobre el trasfondo del Oriente, ha constituído el Occidente, desde las irrupciones de los pueblos jinetes, el campo de una lucha incesante de los pueblos; lucha a menudo grandiosa; y ha constituído asimismo el campo de una afirmación de los instintos de poder; o también, en el caso de sometimiento de un pueblo señorial, ha constituído el campo de un repudio de los impulsos dominadores en actitud radical de negación e incluso de destrucción de la vida. Las culturas secundarias se posan sobre los viejos fondos en dos grandes capas. Una primera capa, que a su vez se divide en dos partes, a saber: el círculo de cultura del Asia Occidental y el círculo de cultura mediterránea. La segunda capa la constituyen las culturas bizantina, islámica, rusa, y la occidental propiamente dicha. Analiza la cultura de los judíos, los cuales se destacaron profunda y eficazmente por encima de todos los demás pueblos beduinos, en virtud de una especial cualidad espiritual y de una muy importante receptibilidad que siempre han conservado, manteniendo empero también siempre en última instancia la aptitud de no perder su íntimo y propio ser peculiar. Lo que creó la acción universal del judaísmo, que ya no había de desaparecer jamás, fué la especial matización de la conducta religiosa y moral respecto de Dios, que resulta de la mezcla de la berith o alianza con la Etica de la projimidad. Después estudia los procesos sociales y culturales de los persas, pueblo jinete, más nómada que agricultor. Una especial sensibilidad caracteriza a este pueblo como algo distinto de todo lo que se había producido en las culturas originarias y como distinto también de la maraña cultural cuajada por obra del matriarcado en los demás territorios conquistados por los persas. No sólo el judaísmo sino también el parsismo, que obró como su fructificante, ambos aportaron, como algo nuevo y peculiarFG412 en la historia del hemisferio occidental, el principio de la lucha inexorable, extendida también en el campo espiritual. Tanto el judaísmo como el parsismo dimanaban aunque en diversas formas de las cualidades luchadoras de sus respectivos pueblos. La confrontación de los indogermanos con las culturas preexistentes en el mediterráneo, formó la historia externa de la Antigüedad greco-romana. Jamás un pueblo sintió como totalidad una tal emoción aristocrática y sublime, en el sentido de una cerrada plenitud espiritual y corporal, y, al mismo tiempo, como inserción y encaje en la comunidad, en la naturaleza y, en suma, en el cosmos. Para comprender el fenómeno de la expansión de Roma no basta con que tomemos en cuenta tan sólo las famosas cualidades militares de los romanos, sus “virtudes ciudadanas” y otras dotes similares; sino que además es preciso atender a otros aspectos, a saber: debemos tener a la vista el hecho de cómo la Roma originaria se hallaba vigorosamente inserta en un complejo mágico. El concepto romano del cargo público es mágico en su origen. César murió cuando se hallaba tan sólo en el comienzo de la realización de su obra. Lo que sucedió a partir de entonces, si lo contemplamos desde la perspectiva de la Historia Universal, constituye un fracaso. El Imperio Romano se arruinó, por no haber sabido descubrir y encajar el principio, que habría sido capaz de convertir la antigua Polis (juntamente con su superior organización) con su libertad espiritual y política en una parte representativa y en un soporte de un cuerpo vital tan imponente y tan diferenciado. El derrumbamiento espiritual de la Antigüedad pagana no fué preparado por una descomposición intelectual; pues ésta había ya sido superada por los griegos desde los tiempos de Sócrates, Platón y Aristóteles y había sido substituída por una restauración -bien que no ingenua- de la concepción ideal del mundo, controlada intelectualmente. Lo que preparó el derrumbamiento espiritual de la Antigüedad pagana fué la antinomia entre la construcción política y la estructura social del Imperio Mundial, antinomia que no fué superada ni en el campo de las ideas ni en el de las contexturas reales. Y, así, en esa antinomia se preparó el término del capítulo final. de la primera forma histórica de la libertad aplicada a esta vida secular y de la vinculación libremente querida del hombre que vive con conciencia de sí mismo. De esta suerte, podemos decir que por la causa indicada, la decadencia interna de la Antigüedad occidental se inició mucho antes que la externa. Estudia la Antigüedad cristiana examinando primero la constelación sociológica que constituye su punto de partida, exponiendo después la obra de Jesús y la esencia del Cristianismo; y preceptando las primeras estructuras sociales de la Iglesia. Explica cómo la doctrina mesiánica de Jesús transformada en la Iglesia constituyó el segundo de los derrumbamientos decisivos de la organización clásica pagana. Magistral es el capítulo dedicado a ponderar el alcance y la importancia de la obra de San Agustín: el hombre que fundamentó la religión y la teología de Occidente y puso al mismo tiempo las raíces para los conflictos decisivos en la vida espiritual que se desarrolló después sobre esta base. También aquí hallamos un abismo que en lo sucesivo se irá agrandando poco a poco frente al sector cristiano de la región del Este, que permanecía en el segundo pensamiento simbólico platónico, y que entonces acusa claramente rasgos orientales. Muy atrayente y sugestivo es el estudio profundo que ofrece sobre Bizancio. Constituyó una herencia, un legado de la Antigüedad no sólo en cuanto al aspecto externo, sino también en lo cultural; pero no representaba una situación moribunda, antes bien, por el contrario, fué algo superlativamente vivo, a través de todo lo que duró su historia. Después hace desfilar ante los ojos del lector uno de los fenómenos más curiosos de la historia. El Islam realiza con vertiginosa rapidez su desarrollo hasta constituir un gran imperio y una gran cultura. Y después siguió siendo el mismo ente prístino que pudo recibir en su seno elementos extraños y desarrollar dentro de sí mundos diversos, sin duda debido al carácter de la religión mahometana que tiene formidable 41258ABelasticidad y que apenas reprime los apetitos. La religión del Islam ha conservado hasta hoy una fuerza intacta formante y configuradora de la vida en un grado casi inigualable, y, por consiguiente, ha mantenido una gran longevidad. En todo el hemisferio occidental no existe hoy un tipo humano que haya sido tan vigorosamente formado por su religión, como el musulmán. Y está indeleblemente moldeado por ella, no sólo en cuanto al aspecto externo por virtud de la multiplicidad de actos rituales ejercidos cotidianamente, sino también por lo que respecta a su actitud espiritual y psicológica. Brillante y sugestivo es el largo capítulo dedicado a Rusia, pueblo cuya historia constituye una reiterada sucesión de catástrofes, de soluciones de continuidad; un libertarse a sí mismo y una y otra vez, para caer inmediatamente como presa de una invasión o de la acción de sus propios dominadores, y la consiguiente destrucción de todos los gérmenes. Constituye un prejuicio el afirmar que los rusos no son capaces de constituir una autoformación estatal ni de gobernarse a sí mismos. Nowgorod y el florecimiento del comercio en el período de la “liberación” nacional hacia 1613 pruepan lo contrario. Ahora bien, lo que ocurre es que la dominación extranjera (extranjera desde el punto de vista étnico, o desde el punto de vista espiritual), que existió siempre en una u otra forma sobre este pueblo, las brutalidades que por ésta u otras causas constituyeron desde el primer momento el pan cotidiano, han producido huellas psicológicas. Efectivamente, todo ello produjo las consecuencias psicológicas que eran inevitables en el desarrollo de este destino del pueblo ruso. Los hechos básicos en la vida rusa son cosas por entero diferentes de las occidentales. No existe un sentido de humanidad, ese sentido que constituye la irradiación secularizada del mundo antiguo cristiano y aun también del pagano. La substancia popular rusa no ha sido nunca tocada por ese sentido de humanidad; puesto que el Cristianismo ruso no constituyó ni directa ni indirectamente, una formación general y total de la vida. La segunda parte del libro está fundamentalmente dedicada al estudio de la cultura occidental propiamente dicha, partiendo de su lenta gestación a lo largo de la Edad Media y siguiendo su proceso fundamental en las varias etapas y faces del Renacimiento y en la Reforma religiosa. El mundo occidental tenía que hallarse lleno de antinomias, de polaridades, de tensiones, o gérmenes y estímulos de tirantez. Y quizá será bueno hablar preliminarmente un poco de esto. Al propio tiempo, toda la producción cultural de Occidente se halla determinada siempre por un incremento cada vez más extenso y más profundo. Y esto lleva a que se verifique incesantemente una confrontación, una discusión y un ajuste con el patrimonio científico e ideal del mundo antiguo, que era considerado como algo superior, y que durante largo tiempo constituyó una instancia de autoridad. La afluencia hacia el campo eclesiástico de todas las agitaciones de la época, así como las formaciones y obras religiosas de suprema importancia, estaban siempre acompañadas y socavadas por un factor revolucionario inquebrantado y pujante. Y este factor revolucionario, cada vez más fuerte al correr de los siglos, tenía que quebrantar el edificio hierático en sus mismos fundamentos. Estudia a continuación la expansión producida con ocasión de los grandes descubrimientos geográficos y movida por el espíritu de la nueva ciencia y por el ímpetu creador de aventura. El mundo se abrió para Europa. El mundo tenía que convertirse en una parte de la vida occidental, de una manera muy diversa de lo que había sido antes. Empotrado en esta parte del libro figura un capítulo dedicado al Japón, cuya. cultura y proceso social histórico estudia en sus trazos fundamentales. El orbe japonés, aislado de tal manera, no ha aportado al mundo ninguna idea universal. Y no podía aportarla. Pues en ese orbe japonés todo lo último está tan naturalizado, está tan impregnado de sumos misteriosos inefables, radicantes en la naturaleza, que siempre aparece como algo obvio, sin que se sienta la necesidad de analizarlo discursivamente. El único regalo cultural verdaderamente grande, que el Japón ha hecho al mundo, es la pintura (que sobre todo capta la naturaleza) y todo lo conexo con esta pintura. Hace desfilar con vigoroso relieve la Contra-Reforma, la Constitución del Estado moderno, el desarrollo del capitalismo, las perspectivas que abre la nueva ciencia, los movimientos individualistas y democráticos, el sentido aristocrático del barroco. Y ofrece con rasgos de mano maestra las caracterizaciones de los diversos tipos nacionales; España y Francia, Inglaterra, los Países Bajos y Alemania. La ilustración del pensamiento del equilibrio político, la idea de la armonía universal, y el influjo de la obra de Rousseau, constituyen subcaptítulos en los que hallamos muy agudas y certeras visiones. Después, el estudio de la Revolución francesa con todas las transformaciones que acarreó en la vida social; y las reacciones que suscitó más tarde. Frente a esta gran revolución, tenían que resultar vanos y fracasados todos los intentos de Hegel y del romanticismo para salvar la vieja sociedad como algo absolutamente racional, o como algo superior desde el punto de vista ideal. Sigue con la consideración del período progresivo en el siglo XIX y con la iniciación de un viraje hacia 1880, cuando se comienza a caer en la cuenta de que es falsa la creencia en la ilimitación de las evoluciones progresivas. Las fuerzas de la expansión capitalista tropiezan unas con otras. Las gentes se vuelven realistas. Pero, con todo, gracias a un acrecentamiento del consumo interior se logra una nueva época de ascenso económico hasta la primera guerra mundial, la cual constituyó el síntoma de radicales transformaciones en las realidades histórico-sociológicas y en las ideas. Finalmente hace un análisis profundo y detallado de los factores que han conducido a la crisis actual: el empequeñecimiento de la tierra; las recíprocas repulsiones nacionales, el proceso de masificación (auge cobrado por las masas y extensión del sentido de la masa); desmembración de la estructura económica; estatificación; rebelión o deshumanización de la técnica; descubrimiento de las limitaciones del intelectualismo racional que sirve como instrumento, pero resulta insuficiente para entender el ser auténtico y el destino trascendente: ausencia de una Metafísica que obtenga sentimiento general y termina con un estudio sobre las posibilidades que ofrece la actual constelación histórica y haciendo conjeturas sobre las que parecen presentar una mayor probabilidad. La premisa filosófica de este libro es la siguiente: la vivencia de fuerzas inmanente-trascendentes actuantes en el hombre, actuantes por así decirlo “a sus espaldas”, que tienen su sede en aquello que se llama lo “anímico espiritual en el hombre”; fuerzas que impulsan hacia algo204200 misterioso, a saber: el sacrificio de sí mismo; la consagración al mundo, a un círculo de prójimos; la síntesis entre sí mismos y el mundo en documentos, obras artísticas, ideas o normas morales, que está por completo más allá de toda finalidad utilitaria. La corriente de la historia presenta grandes direcciones ineludibles; presenta, asimismo, una irreversibilidad y una indetenibilidad a la manera como las aguas de un río, que corre a lo largo de milenios, cuya profundidad podemos sondar, cuya fuerza y cuyo jaez podemos indagar, pero cuyo poder y cuyo curso están más allá de nuestras posibilidades. Pero por otra parte, dicha corriente del acontecer histórico se halla sometida a la voluntad y a la decisión humanas, se halla sometida a Ia voluntad de la totalidad social, de las colectividades, de los pueblos, de los grupos y también de los grandes individuos. Y, así, podemos decir que hay miles de escalones que conducen al condicionamiento, a la libertad. La libertad, es decir, la creación misma sigue constituyendo un misterio. Se reconoce, pues, el hecho de la libertad dentro del margen de las condiciones de determinación; y se reconoce al propio tiempo el hecho de la sujeción en la libertad. La época actual, que tiene una mayor experiencia de la realidad, no quiere fantasmas ni imágenes ilusorias. Nuestro tiempo ve a los hombres tal y como ellos son, tal y como ellos viven; ve que incluso los “buenos” están llenos de ambición de poder y hundidos casi por doquier en tenebrosas obscuridades y en fuerzas tectónicas, las cuales actúan en ellos; los ve inmersos en la tragedia de las contraposiciones, inmersos tn el “mal”, como los ha llamado el Cristianismo. Nuestro tiempo ya no puede concebir al hombre bajo la forma de una humanidad abstracta, sino que tiene que concebirlo en una nueva forma realista; tiene que verlo en forma de una humanidad que conoce diferencias, que valora, que, en suma, es concreta. Ahora bien, esta forma de la idea de humanidad es la única atmósfera por completo universal en la cual pueden respirar en común los hombres occidentales. Esta nueva forma de la idea de humanidad constituye una especie de bóveda que cubre el confinamiento de los hombres en el pueblo, en el Estado, en la familia e incluso en nosotros mismos. Constituye una especie de ancho arco en tensión que nos inserta y articula en una dimensión universal sobre la tierra y en el Todo. Esta nueva concepción ya no confiere al occidental una misión universal como antes lo había hecho la idea abstracta de humanidad, por virtud de la cual trató de asimilar a sí mismo al extranjero. Por el contrario, esta nueva concepción desearía conservar lo extraño, lo extranjero sobre su propia base, tal y como se ha formado a sí mismo. Esta nueva concepción percibe el fundamento especial que tiene lo extranjero; percibe en esto la manera según la cual lo universal se hace concreto en cada lugar. Y, por lo tanto, respeta la dignidad de esas particularidades. Se trata de un entender, de un comprender, de un afirmar lo humano en su diversidad de manifestaciones. Esta capacidad de inteligencia, de comprensión y de afirmación es lo que en verdad nos hace occidentales y es algo que no debemos perder. Ahora bien, esto requiere libertad, pues tan sólo el afán de libertad de la cultura occidental es lo que ha creado un mundo que tiene el sentido de la dignidad del hombre y el sentido de lo humano. Sólo se es libre cuando uno lo es también de un modo esencialmente práctico, porque de lo contrario, tendría uno que detenerse ante las consecuencias de su libertad espiritual, allí donde éstas tuvieron una importancia vital. Conservar la espontaneidad dentro del marco del condicionamiento histórico constituye cada día la victoria del hombre sobre la materia de la historia.

[Luis RECASENS SICHES. “Historia de la Cultura de Alfred Weber. Versión española de Luis Recasens Siches, Fondo de Cultura Económica”, in Revista Mexicana de Sociología, vol. III, nº 3, 1941, pp. 148-159]