✍ Michelet [1954]

por Teoría de la historia

“Tema. (gr. thema) m. Proposición que se toma por materia de un discurso. // Gram. Parte esencial, fija o invariable de una palabra, a distinción de la desinencia y de todo afijo. // Mús. Trozo pequeño de una composición, conforme al cual se desarrolla el resto. // f. Porfía, obstinación. // Idea fija que tienen por lo general los dementes” (1)

historia-jules-michelet-por-roland-barthes-breviario-escaso-21556-MLU20211905890_122014-OOrigen de un tema. En el último capítulo de su libro Michelet (2), de 1954, Barthes señalaba la preeminencia de ciertos temas como realidades críticas independientes de las ideas y las imágenes rectoras en la obra del historiador. Encontraba allí la raíz obsesiva de una escritura que comenzaba por entonces a fascinarlo y que ya no lo abandonaría a lo largo de los años. En esos temas se inscribía la clave de la fuerza persuasiva del relato histórico micheletiano, y en ellos sobrevivían, impasibles al paso del tiempo y a los vaivenes políticos e ideológicos, los mitos esenciales de su obra. Diez años después de aquel libro enteramente dedicado a Michelet, Barthes escribió “La sorcière”, ensayo sobre el libro homónimo del autor; en 1972 “Michelet, hoy en día” y en 1974, “Modernidad de Michelet” (3). Estos textos componen un entramado de lecturas íntimamente relacionadas con el devenir del pensamiento de Barthes y, a la vez, sostienen como invariable una inquietud por lo absolutamente singular de la escritura micheletiana, que quizás deba entenderse en los términos de una identificación. Barthes insiste a lo largo de todas sus lecturas en la valoración de una búsqueda que excede la de una verdad histórica y que está asociada a las posibilidades metafóricas del lenguaje, a su capacidad de figurar el mundo sin acudir a las convenciones de la verosimilitud del discurso histórico. En esa apuesta encuentra Barthes su ligazón a Michelet, a quien no cesa de definir como escritor antes que como historiador, en virtud del tratamiento que le dio a la documentación con que contaba, configurando una visión del pasado en la cual él mismo se asigna el lugar de creador. “Al contrario del relato, que reduce al cuerpo del historiador a la categoría de objeto, el cuadro (sobrevuelo) coloca a Michelet en la posición de Dios, cuyo poder principal precisamente consiste en mantener unidos en una percepción simultánea momentos, acaecimientos, hombres y causas que están humanamente dispersos a través de los tiempos, de los espacios o de los órdenes diferentes” (Barthes 1988: 29). La metáfora pictórica en oposición al relato, contra lo que podría suponerse, no promueve la idea de una descripción más “realista” de los hechos históricos, en el sentido de concebirla desligada de las deformaciones causadas por la ineludible linealidad del relato; por el contrario, la idea de “cuadro” en Michelet implica la independencia absoluta de la visión con respecto al verosímil del género historiográfico, y una fuerte presencia de lo que Barthes llama la “raíz existencial”, refiriéndose a la impronta que el cuerpo de Michelet –en tanto experimentador de sensaciones frente a su objeto– despliega sobre la escritura. Esa raíz es la que nutre el desarrollo de los temas, verdaderos ordenadores lógicos de la historia, fundamentos últimos del devenir temporal. “Todo está vinculado, no en virtud de un plan retórico, sino mediante esa especie de tempo existencial que hace a Michelet viajero, espectador, devorador y luego rumiante de la Historia” (Barthes 1988: 30). El retorno insistente a la figura de Michelet en los textos de Barthes, la intención repetida de concebirlo como moderno, de rescatarlo del olvido y ubicarlo en un lugar central dentro de las letras francesas, dice algo sobre el propio Barthes: algo de sus manías, de sus obsesiones, de su constante afección literaria, aquella que no responde a la cura de la lingüística ni de la semiología. Ese mal que sobrevive a las ciencias signa indudablemente la presencia de la figura de Michelet como síntoma privilegiado. Del mismo modo que el Jesuita, la Máquina, la Novela o el Bárbaro se constituyen para Barthes en temas que articulan la obra entera de Michelet, es posible entender –en los mismos términos de su mentor– la figura de Michelet como gran tema de la obra del propio Barthes.

1443300Crítica e historiografía. Los textos que Barthes le dedicó a Michelet tienen la particularidad de registrar el derrotero del pensamiento del crítico acerca del saber literario, pero también de dar cuenta de una invariante: si bien la obra de Michelet interesa por la singularidad del abordaje histórico, por su estilo, por su afán de totalidad, cautiva fundamentalmente porque en ella la Historia se escribe a contrapelo de todas las normas y convenciones de la escritura historiográfica. Y lo que deslumbra a Barthes, lo que no deja de interrogar su pensamiento crítico, es la vitalidad de esa historia en contraste con la letra muerta de la Historia francesa ponderada por la academia. Todos los ensayos, desde diferentes enfoques, vuelven sobre esta evidencia que es nombrada como “modernidad”: Michelet retorna porque su escritura, como por arte de magia, no envejece.

419JasUZsULMichelet. El libro Michelet quizás sea el que mejor intuye la naturaleza de este fenómeno. Barthes lee allí cada fragmento como parte de una escritura total cuya coherencia no está atada a la retórica clásica, sino a la capacidad de componer un universo ordenado en donde no prima el acercamiento a una verdad histórica sino a una verdad “posible”, ligada estrechamente a la existencia de cada uno de sus protagonistas. Los hombres de Michelet no se adecuan a los datos documentados, sino que rigen, con sus actos, sus sufrimientos o sacrificios, el devenir de los hechos. Esos hombres, que son muertos, son los verdaderos protagonistas de la Historia. Apunta Michelet en su Historia del siglo XIX, de 1872: “Sí, cada muerto deja como pequeño patrimonio su recuerdo y exige que se cuide de él. Para quien no tiene amigos, es necesario que lo supla el magistrado. Pues la ley y la justicia son más seguras que todas nuestras ternuras olvidadizas y nuestras lágrimas secas tan pronto. Esa magistratura es la historia. Y los muertos esas miserabilis personae, para hablar como en derecho romano, de las que debe ocuparse el magistrado” (Barthes 1988: 112). Este desplazamiento que supone el centramiento del interés en la memoria de los hombres en detrimento de la reconstrucción de los hechos, objeto indiscutible de la Historia oficial, le valió a Michelet el mote de “poeta”, que no es más que el descrédito de la veracidad de su historia. El movimiento crítico que lleva a cabo Barthes es el de reemplazar el valor de “verosímil histórico” -que carece por definición de la exigencia del principio del placer- por el de “verosímil literario”, ponderando la idea de una historia que no sólo deba aspirar a ser leída sino también re-vivida al momento de la lectura. Cuenta Barthes de Michelet que “No soportaba oír que lo llamaran poeta más que historiador”, y agrega, denunciando la esterilidad de una historiografía cientificista: “…¿dónde está lo que verdaderamente se juega en el trabajo histórico? ¿Consiste éste en encontrar un orden puntillista de los detalles, como quieren Taine y la escuela científica? ¿O bien, por el contrario, en la plenitud y la inmensa untuosidad del pasado? La masa histórica no es para Michelet un puzzle por reconstituir, es un cuerpo por estrechar. El historiador no existe sino para re-conocer un calor” (Barthes 1988: 91) (4). Lo temático, ese conjunto de significantes que recubren la figura de cada personaje o hecho histórico, contribuye decisivamente en la materialización de ese “cuerpo por estrechar” a través de la utilización de procedimientos poéticos: la metáfora y la metonimia son ligamentos esenciales a la configuración de los temas e infunden, con su interminable cadena de referencias mutuas, un aire de totalidad al relato.

12539058495La sorcière. “¿Se trata acaso de un libro de historia? Sí, puesto que su movimiento es diacrónico, sigue el hilo del tiempo (…). No, puesto que este hilo es novelesco, ligado a una figura, en modo alguno a una institución. Pero precisamente esta duplicidad es la que es fecunda; a un tiempo Historia y Novela…” (Barthes 2003: 149). Esto mismo, que Barthes afirma acerca del libro La sorcière de Michelet podría afirmarse con respecto al libro Michelet de Barthes, en tanto aquello que se nos presenta como relato biográfico, históricamente situado, deviene de inmediato en un análisis sujeto al cuerpo y los humores del historiador, absoluta y paradójicamente distante de las circunstancias históricas en que su vida aconteció. Los subtítulos (“Ascendencia”, “Estudios”, “Carrera”, “Amores”), que parecen señalar puntos de anclaje en una realidad situada y fechada, están en el relato de Barthes sujetos a la fuerza a-histórica e indeterminada del personaje. Eso que Barthes lee en el trabajo de Michelet sobre las brujas es el fundamento de su propia lectura de la “vida” de Michelet. La relación doble que tanto el libro de Michelet como el de Barthes establecen con un referente histórico y con la literatura como lenguaje deja al descubierto un problema irresoluble vinculado a la heterogeneidad de ambas dimensiones y, sobre todo, a una toma de posición en torno a la idea de verdad. Para ambos ésta no está asociada a una máxima adecuación del lenguaje al mundo referencial o positivo, sino a las posibilidades del lenguaje de darle a la realidad un orden (simbólico, estético, ideológico) del que carece por naturaleza (5). Desde este punto de vista, la Novela, como relato ordenador, renuncia necesariamente al horizonte de la realidad histórica, y debe hacerlo no sólo en favor de la lectura sino, y esencialmente, de la escritura. Para ser escrita, la historia debe desaparecer; para que haya personajes, los hombres deben ser ignorados. (“… la Bruja reúne en ella lo general y lo particular, el modelo y la criatura: ella es a la vez una Bruja y la Bruja”). El personaje de novela, único e irremplazable es, a los fines del relato histórico, el vínculo necesario para dar cuenta de una realidad total. A la pregunta ¿cómo eran las brujas en el siglo XIV? Michelet responde: así, como esta bruja que aquí describo. El procedimiento literario aparece como operación capaz de materializar una realidad ajena a las posibilidades del lenguaje: la realidad indescriptible de la historia como conjunto infinito de episodios, rasgos, lenguas, hablas, simultaneidades. La literatura es, diría Barthes haciendo hablar a Michelet, la única herramienta con que cuenta el historiador para lidiar con lo inconmensurable. La posición literaria que, según Barthes, Michelet asume frente a la escritura, tiene su correlato en el plano de la lectura. Cuando se refiere a la brujería, Michelet se comporta verdaderamente como un lector de literatura, situado exactamente en la frontera entre el escepticismo y la credulidad del pacto ficcional. Esta licencia, inadmisible para un historiador positivista, lo acerca, sin embargo, mucho más estrechamente (más cálidamente, podría decir Barthes) al significado medieval de la brujería, justamente porque las condiciones de posibilidad de esa práctica estaban fundadas en una creencia, sin la cual su existencia devendría incomprensible. Al no negar los efectos mágicos de la hechicería Michelet recupera lo vital de la historia, y al mismo tiempo ilumina y permite comprender mejor su estructura objetiva. Esa preeminencia de una posición literaria frente al material primario de la historia sostiene una premisa que, de no ser comprobable, podría parecer absurda: la Historia, cuanto más literaria, más verdadera.

9782021242355Los años setenta. En los ensayos “Michelet hoy en día” y “Modernidad de Michelet” Barthes relee la obra del historiador a la luz de un nuevo enfoque teórico: “Hace veinte años, mientras leía a Michelet ya me llamó la atención la insistencia temática de su obra (…) Hoy en día, sin duda porque mi lectura está impregnada de ideas que modificaron mi concepción del texto de hace veinte años (…) lo que me llama la atención es otra cosa…” (Barthes 1994: 241). Lo nuevo, iluminado por el desarrollo de la ciencia literaria, es en este caso el descubrimiento de un “trastorno en la discursividad” reconocible en las numerosas elipsis, la narración errática y la incorporación de juicios como fundamentos a priori de la descripción de cada personaje histórico. Michelet vuelve como tema pero recubierto de una terminología propia de la ciencia literaria (discurso, enunciado, enunciación, exceso del significante, margen de la representación, etc.). Bajo la lupa del análisis semiológico y estructuralista, ausente como autor, cuestionado ideológicamente y asediado por las categorías del marxismo y el psicoanálisis, Michelet sigue escandalizando por la fuerza vital de su escritura, en la cual Barthes reconoce la fundación de una Etnología de Francia. “…una manera de insertar a los hombres del pasado… en una red de comportamientos carnales, en un sistema de alimentos, de vestidos, de prácticas cotidianas, de representaciones míticas, de actos amorosos”. (Barthes 1994: 256). En la década del 50 Barthes defendía la obra de Michelet valorizando el uso del artificio literario como vía de acercamiento al pasado; en los años 70, por el contrario, Michelet le interesa en tanto precursor de una ciencia moderna en la que la subjetividad, fundamento de las primeras lecturas de su obra, es superada por la noción de enunciación, es decir, por la idea de texto como resultado de distancia que media entre la documentación como fuente de un investigación y la producción de un texto histórico. La “ciencia”, claro adversario de la escritura de Michelet veinte años antes, aparece luego como valor que sostiene su modernidad. El movimiento de Barthes es siempre de apropiación y esconde, en cada caso, las razones de su propia escritura, es decir, de sus sucesivas concepciones de la literatura.

16216148856¿Por qué Michelet? Teniendo en cuenta esta fuerte y duradera relación en la que Barthes a veces explícita y otras secretamente legitima ciertos valores de su escritura a través de la palabra del otro, cabría preguntarse ¿por qué Michelet y no un escritor “con papeles”, es decir, un escritor de literatura? Para empezar, deberíamos precisar la existencia de algunas afinidades. El historiador, como el crítico, es un escritor-lector que debe trabajar con la enorme carga de que su objeto permanezca aún después de ser re-escrito. El escritor de literatura, por el contrario, carece de una realidad contrastable: en cuanto la escribe, ésta desaparece; no tiene que ser juzgado por la relación que su meta-texto establece con un texto anterior y originario. Exceptuando el caso del escritor realista (creador de una sugestión de transparencia que, por otra parte, Barthes había ya desmistificado en El grado cero de la escritura), el referente de la literatura es por completo invisible a los ojos de los lectores. Barthes vuelve cada vez sobre un problema que podríamos pensar como metodológico: de qué modo logra Michelet fundir su escritura (su léxico, su estilo, sus temas) con las fuentes históricas, textos que por su estatuto de originales resisten la explicación, la interpretación, la paráfrasis. Las fuentes históricas son “la verdad” del pasado y tienen un sentido sacro, del mismo modo que el texto literario es “la verdad” de la Literatura. La crítica y la historiografía deben, en términos de Barthes, escribir la lectura discutiendo una moral que supone la autoridad del texto sobre el meta-texto; fundando cada vez, en cada lectura-escritura, una ética en donde la verdad sea producto de la práctica escrituraria y no un antecedente. ¿Cómo responde Barthes a la pregunta acerca de la metodología de Michelet? Siempre del mismo modo, aunque con argumentos diferentes. El hecho es que, desde la fuerte impronta subjetivista de los primeros ensayos hasta la perspectiva textual de los posteriores, el encuentro entre una escritura y su referente está ubicado en el hallazgo de un lenguaje –más poético en la mirada de los 50, más científico en los 70– en el cual conviven, en absoluta armonía, la palabra sacra de la fuente y la palabra profana del lector, tensadas con el hilo más delgado y fuerte que pueda imaginarse.

NOTAS. (1) Diccionario Magíster, Tomo II, Bs. As., Ed. Sopena, 1966. (2) BARTHES, Roland, Michelet, México, Ed. Fondo de Cultura Económica, 1988. (3) Barthes, Roland, “La sorcière”, en Ensayos críticos, Bs. As., Seix Barral, 2003; y “Michelet, hoy en día” y “Modernidad de Michelet” en El susurro del lenguaje, Barcelona, Paidos, 1994. (4) El subrayado es nuestro. (5) En el prefacio a Michelet, Barthes afirma: “Ésta ha sido mi intención: encontrar la estructura de una existencia (y no digo de una vida), una temática si se quiere o, aún más: una red organizada de obsesiones”. (p. 9)

[Julieta YELIN. “Crítica e historiografía. Sobre la persistencia de Jules Michelet en la obra de Roland Barthes”, in La siega. Literatura, arte, cultura (Barcelona), nº 12, febrero de 2007]