✍ Las tormentas del mundo en el Río de la Plata. Cómo pensaron su época los intelectuales del siglo XX [2015]

por Teoría de la historia

978-987-629-567-3Los ensayos que aquí se ofrecen al público intentandar razón del testimonio brindado por un manojo de intelectuales que en el novecientos inauguraron su trayectoria como tales desde la comarca rioplatense. Fue en ella donde comenzaron sus esfuerzos por ser algo más que otras tantas sufridas víctimas de las convulsiones de ese siglo XX en que al abrirse cada década el mundo se presentaba bajo una nueva faz, siempre inesperada y siempre cerradamente enigmática. Sus muertes, escalonadas a lo largo del casi medio siglo que separa el año de 1938, cuando en una implícita confesión de fracaso la afrontó voluntariamente Leopoldo Lugones, y el de 1986, que vino a poner fin a los esfuerzos de Raúl Prebisch por redefinir su lazo con el mundo y retener la capacidad de incidir sobre él bajo cada nueva figura con que ese mismo mundo se presentaba luego de cada una de aquellas desconcertantes metamorfosis, fijan un preciso límite temporal a sus testimonios, a partir de los cuales los ensayos aquí reunidos buscaron componer una imagen retrospectiva de ese siglo vivido en perpetua tormenta. Releyéndolos en este año de 2014, en que para mi inagotable sorpresa me encuentro todavía viviendo en el mundo, advierto mejor que cuando los compuse lo que mi lectura de esos testimonios debe al modo en que esas trayectorias incidieron sobre la mía. No hubieran podido hacerlo las de sus predecesores en la anterior centuria, que dieron tema a “Letrados y pensadores. El perfilamiento del intelectual hispanoamericano en el siglo XIX”, y en cuyos dichos y hechos había encontrado los términos de referencia en que intentaría apoyarme para de sentrañar las claves del impacto alcanzado por el ingreso del mundo hispanoamericano en lo que llamábamos la modernidad. Ya quienes dan tema al primero de estos ensayos (integrantes de la promoción que desde la última década del ochocientos se preparó a acompañar el agitado curso de la primera democracia argentina) tuvieron una presencia en mi vida desde mucho antes de que se me ocurriera buscar en ellos claves que me ayudaran a entender mejor los tiempos convulsos en que me ha tocado vivir; esa presencia fue sin duda tomada en cuenta por quienes a su vez me invitaron a ocuparme de ellos. Es el carácter cuasi autobiográfico de los ensayos aquí reunidos el que harán bien en tomar en cuenta quienes lean el presente volumen. Con vistas a ello, me pareció útil agregar las precisiones que aquí siguen. Desde muy chico había oído yo a mis padres y abuelos mencionar a casi todos los que me iban a ocupar en ese primer ensayo, y no sólo y no principalmente en relación con el papel que iban a representar en su condición de intelectuales en la primera mitad del siglo XX. Así, en particular, en cuanto a Lugones, que tenía una estrecha amistad con mi tío abuelo Alberto Gerchunoff, de quien papá había estado muy cerca durante su adolescencia. La consecuencia era que papá tenía por Lugones una admiración muy intensa, que no afectaba sólo a su poesía, de la que gustaba de recitar largos trechos de memoria, sino a la tan discutida inflexión dannunziana que en 1924 lo llevó a proclamar que había llegado para Hispanoamérica la hora de la espada. Recuerdo muy bien con qué dureza lo golpeó su trágica muerte. Por mi parte, aunque aceptaba implícitamente ese juicio admirativo, eso no me impedía descubrir en Lugones otros rasgos levemente absurdos (así su pretendido saber erudito inverosímilmente vasto) que si de inmediato lo volvían querible, creo que me permiten entender mejor por qué tan inmenso talento sólo alcanzó para representar un papel decididamente marginal en una etapa argentina en que grabó profundas huellas una multitud de figuras mucho menos generosamente dotadas. Lugones se suicidó mientras yo estaba aún en mi infancia, y esto lo relegó irrevocablemente al mundo que encontré ya hecho al ingresar en él. No fue el caso con los restantes personajes de los que me ocupo en estos ensayos. A ellos los iba a encontrar una y otra vez en mi camino, facilitando u obstaculizando su curso, y a ellos me atrae una imparcial curiosidad retrospectiva que parece interesarse en todo menos en el influjo que pudieron alcanzar sobre mi paso por el mundo. La razón para esa inesperada indiferencia no tiene nada de misterioso: ella es del todo adecuada a quienes estamos viviendo los veinte años que este tercer milenio ha agregado a los setenta que según quiere el Antiguo Testamento cubren el curso normal de la existencia humana en la tierra. La trama que nos une con quienes hace ya décadas nos acompañaron en un trecho del camino ha alcanzado consecuencias tan irrevocables como las que tiene mi remoto y muy mediado lazo infantil con Lugones, y eso da a los diálogos en que rememoro experiencias compartidas con mis compañeras y compañeros de generación la cualidad ingrávida de unos diálogos en el limbo. ¿En qué momento comencé a ordenar desde esa perspectiva mis recuerdos de las nunca particularmente memorables ocasiones en que había asistido a los diálogos polémicos trabados entre monseñor Franceschi y Risieri Frondizi en torno a los dilemas que el régimen militar instaurado en 1955 afrontaba en el campo educativo? Creo que eso ocurrió hacia los años finales de la etapa de terrorismo de estado, cuando los responsables de ese siniestro experimento se habían visto reducidos a espectadores de un diálogo prematuramente póstumo que intentaba ofrecer un diagnóstico y balance de su fracaso, en que las modalidades de la radicalización atravesada por la iglesia y el laicado católico fueron un tema importante. Me pareció entonces notable todo lo que tenían en común los planteos de esa iglesia desgarrada y los que entre 1909 y su muerte en 1957 había incesantemente debatido un Franceschi dividido frente a los avances de la secularización entre un pesimismo al que sólo podía oponer el recuerdo de los votos que le prohibían entregarse a él y ramalazos de optimismo cuando creía columbrar el fin de la época tenebrosa que estaba viviendo la humanidad y la instauración, por primera vez en su entera historia, de un orden auténticamente cristiano. Detrás de esa coincidencia me pareció reconocer en Franceschi el mismo inconsciente saber acerca del futuro que había permitido al mexicano fray Servando Teresa de Mier adoptar en 1794 una estrategia de vida que sólo iba a probar su eficacia veinte años más tarde. El descubrimiento de ese rasgo común a ambos me entregó la clave que me permite incorporar su figura en los diálogos que mantengo con otros sobrevivientes de vidas demasiado largas, movidos como yo por una curiosidad del todo desinteresada. En este caso, no sólo porque nos refiere a las vicisitudes de un pasado ya irreparable, sino porque en Franceschi la ausencia de cualquier osadía de arriesgar, en los conflictos que gustaba evocar en términos apocalípticos, aquella posición expectable que había sabido ganar como vocero de la iglesia torna ocioso especular sobre qué uso se habría propuesto dar a un influjo que tan pronto como tropezaba con obstáculos, por otra parte totalmente previsibles, renunció una y otra vez a ejercer, en un reiterado gesto de dignidad herida. Del todo distinto es el ánimo con que me aproximé a las restantes figuras evocadas en estos ensayos. Los dedicados a José Luis Romero y Carlos Real de Azúa reflejan el de los sometidos al poder del estado terrorista –que gobernó la comarca rioplatense entre 1973 y mediados de la década de 1980– hacia los años finales de su gestión, cuando la hondura del fracaso que les hacía urgente abandonarlo no les permitía exigir de sus víctimas más que cierta cortesía en sus evocaciones de esa etapa de pesadilla. Pero el tono elegíaco tanto del prólogo de la antología de Real de Azúa que por iniciativa de Ángel Rama me encargó la editorial Arca de Montevideo (y que sólo iba a ver la luz en 1987) como del extenso ensayo biográfico sobre José Luis Romero que publicó en Buenos Aires la revista Desarrollo Económico, en celebración de haber sobrevivido casi un cuarto de siglo en un país implacablemente azotado por una tormenta cada vez más feroz (y del que se ofrece aquí la reformulación recopilada en 2013 por iniciativa de José Emilio Burucúa, Fernando Devoto y Adrián Gorelik en un volumen de Unsam Edita) no es el recurso que encontré para satisfacer esa modesta exigencia de quienes hasta casi la víspera habían sido señores sobre la vida y la muerte; ofrece en cambio un reflejo demasiado fiel del temple de ánimo que en 1980 y de nuevo en 2013 dominaba esos diálogos póstumos para los cuales el orden vigente en el tercer milenio nos ha concedido una desmesurada y no solicitada extensión de nuestro plazo de vida. No sé hasta qué punto el plazo así extendido nos ha dado acceso a una perspectiva más esclarecedora de lo que evocamos en nuestros recuerdos que la que habíamos utilizado en su momento como testigos menos alejados en el tiempo de lo que hoy recordamos. En particular invita a preguntarlo la reacción de los lectores de 1987 frente al tratamiento que recibió en mi ensayo el conflicto insoluble que puso tensión en la vida de Real de Azúa: recibí entonces unánimes felicitaciones por la audacia con que había decidido encarar de frente un tema tabú, pero lo curioso era que tanto quienes me felicitaban como yo nos abstuviéramos cuidadosamente de explicitar con todas sus letras cuál era ese tema. Y recuerdo también que sólo el descubrimiento de que sin aludir a este era imposible organizar una antología que hiciera justicia a todo lo que justificaba su publicación me llevó a convenir con Ángel Rama en que el mejor recurso a mi alcance era sembrarla de alusiones a la Françoise de Marcel Proust y a las fantasías ultraviriles de Julien Green hasta eliminar en el público exquisitamente letrado al que estaba destinada cualquier residuo de duda acerca de qué se trataba. Que, como advertíamos perfectamente, esa temática no hubiese dejado huella alguna en los textos recogidos por Arca hacía aún más imprescindible multiplicar las alusiones a ella, porque, aunque los mensajes así encriptados no dijeran nada acerca de los temas explorados en esos textos, decían cosas esenciales acerca de su autor en el único modo adecuado para ello –es decir, sin decirlas–, sumergiendo así a sus lectores de hoy en la atmósfera de esos tiempos remotos con la inmediata eficacia que no está al alcance de quienes cultivan las exploraciones eruditas florecientes en este tercer milenio bajo el signo de los queer studies. Quisiera aludir también a otro rasgo que en estos ensayos puede razonablemente suscitar la perplejidad de sus lectores; me refiero al papel protagónico del que progresivamente se ve investida en ellos la figura de Eduardo Mallea. Que Real de Azúa se lo hubiera asignado sin vacilar ya en 1955 hace fácil entender que al cerrarse el siglo Carlos Altamirano lo hubiera incorporado a título póstumo al elenco de figuras cuyo testimonio era indispensable tomar en cuenta para mejor entender el legado del siglo XX argentino. Pero si en 1999 Eduardo Mallea había sido sólidamente incorporado gracias a ese aval montevideano a las figuras clave de su país y de su tiempo, ello no se debía a que nadie hubiese encontrado en su torrencial producción literaria claves válidas para entender el siglo en que la Argentina vio disiparse ese gran futuro que en 1900 tenía por asegurado. La razón era casi la contraria; lo que invitaba a explorarla era que, como había señalado Real de Azúa, si en la literatura en español hay pocas carreras “más completas, más unitariamente signadas” que la de Mallea, también “hay pocas más extrañas”. En el ensayo a él dedicado me consagré con un celo que ahora me extraña un poco a recopilar en testimonios que van desde los de Francisco Ayala hasta los de Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Roger Caillois y todavía otros la confirmación de esa imagen de un hombre en cuya compañía era imposible sentirse cómodo porque él mismo nunca había hallado modo de sentirse a gusto en el mundo. ¿Qué podía sugerir acerca del siglo XX argentino que una figura irrecuperablemente disfuncional como la de Mallea ocupara un tan amplio espacio en su vida pública? A lo sumo, que esa disfuncionalidad se correspondía con la que aquejaba al país mismo. La conclusión invitaba a dejar de lado su testimonio cuando se trataba de avalorar los esfuerzos por escapar a la eterna crisis argentina que se sucedieron a lo largo del siglo: aunque por razones distintas, la figura de Mallea, del mismo modo que la de Lugones, había quedado relegada a un pasado irrevocable. No es ese el caso de las de José Luis Romero y Raúl Prebisch. Hasta qué punto la de Romero sigue presente en el nuevo milenio se descubre en el volumen de 2013 mencionado más arriba; es como si en los ensayos reunidos por José Emilio Burucúa, Fernando Devoto y Adrián Gorelik siguiera siendo Romero, a treinta y siete años de su muerte, un interlocutor más. A la vez que partícipe póstumo en esa interlocución, Raúl Prebisch, muerto nueve años más tarde que Romero, es uno de los artífices de este mundo del tercer milenio en que esos diálogos trascurren. Tal como lo explicita el ensayo a él dedicado, su invención de la Cepal introdujo un giro que ni él ni nadie podía anticipar hasta qué punto iba a ser decisivo en el tránsito del mundo bipolar legado por la segunda gran guerra del siglo XX al que a veces con excesivo optimismo llamamos hoy multipolar. Y eso confiere una convincente autoridad a intervenciones en que despliega un infalible dominio de la sintaxis de ideas hoy dominante en dichos diálogos para expresar el desconcierto que embarga a quienes nos ha tocado en suerte buscar a tientas un rumbo en un mundo que se ha hecho irreconocible. Al avanzar el ensayo en la trayectoria de la Cepal otra figura disputa con éxito el centro de la escena a la de Prebisch; es esta la de Fernando Henrique Cardoso. A partir de un diagnóstico de situación que no tenía nada de original, y que había alcanzado –como muchos en ese momento– apoyándose en una poco armoniosa constelación de ideas donde las de Max Weber convivían como podían con las de Karl Marx, Cardoso se trazó un programa de acción destinado a lograr que su tierra nativa rescatase algo de las aspiraciones que habían movido a América Latina durante la década de decisiones que había sido la de 1960, luego de que entre 1964 y 1976 la viniera a clausurar una serie de fracasos cada vez más catastróficos. Lo iba a lograr gracias a las dotes que conocíamos muy bien quienes estábamos acostumbrados a encomendarle la redacción de las conclusiones luego de una tormentosa reunión que no había podido alcanzar ninguna, seguros de que coronaría un relato totalmente veraz de ese deplorable episodio con una lúcida y persuasiva presentación de las recomendaciones que hubiéramos podido formular nosotros mismos sino nos hubiéramos dejado seducir por los encantos de esa polémica innecesaria. A partir de 1969 íbamos a ver desplegarse ese mismo refinado art de faire de nuestro colega en el escenario tanto más amplio sobre el cual aspiraba a gravitar decisivamente, en las líneas trazadas en “Dependencia y desarrollo en América Latina”, el ya aludido ensayo para el cual había contado con la colaboración del chileno Enzo Faletto. La recepción que de inmediato encontró su propuesta le dio oportunidad de probar que suya demasiado mencionado art de faire funcionaba en aquel expandido horizonte con tanta eficacia como en el mundillo académico que habíamos compartido. La aprobadora recepción, sin embargo, apenas si había percibido que el ensayo proponía un preciso programa de acción destinado a salvar lo salvable de ese naufragio de las esperanzas de una década. En cambio, había reconocido en el mensaje de Cardoso y Faletto la respuesta cepalina a las torrenciales glosas que André Gunder Frank venía tejiendo en torno a las tesis defendidas por Régis Debray como vocero oficioso de la Revolución Cubana en “¿Revolución en la Revolución?” De la opinión latinoamericana, que no necesitó esperar demasiado para constatar con qué soltura y eficacia Cardoso se desempeñaba en el nuevo papel que había asumido en su Brasil natal, pero no reconocía tras ese exitoso desempeño el influjo de las tesis que había defendido junto con su colega chileno, partieron frecuentes acusaciones que presentaban a Cardoso como un tránsfuga dispuesto a alcanzar el éxito acualquier costo. El autor no opuso entonces a esas acusaciones la invitación a leer sus tesis con más cuidado, que habría sido de rigor en el mundillo académico que acababa de dejar atrás; por lo contrario, se apresuró a confesarse culpable cuantas veces se le ofreció oportunidad para hacerlo. Esas acusaciones recurrían al lenguaje trivial de las disputas por influencias para caracterizar un rasgo presente en el modus operandi de Cardoso como antes en el de Prebisch. Uno y otro habían buscado incidir en el rumbo de procesos de cambio de los que aspiraban a ser algo más que testigos, y acerca de los cuales querían tomar en cuenta sólo lo que necesitaban saber para hacerlo con éxito. Prebisch ya había elegido ese papel apenas salido de la adolescencia, y encarando con ese espíritu las experiencias de las seis décadas siguientes logró dejar en la figura misma del mundo una huella que testimoniará para siempre su paso por él. Por su parte Cardoso, al que no parece haber impulsado esa ambición hasta que en 1969 el destino le ofreció la oportunidad para satisfacerla, la aceptó entonces ávidamente. Hoy sólo una catástrofe que pusiera fin prematuro a la aventura de la humanidad sobre la tierra podría impedir que la dejase aún más conspicua al hacer de su nativo Brasil uno de los mayores protagonistas colectivos de esa misma aventura.Y a quienes nunca aspiramos a nada parecido, esas trayectorias que nos han tocado tan de cerca nos han permitido entender por primera vez plenamente qué se debate en las exploraciones acerca del juego de virtud y fortuna que vienen ocupando a la humanidad desde el comienzo de los tiempos.

[Tulio HALPERIN DONGHI. Las tormentas del mundo en el Río de la Plata. Cómo pensaron su época los intelectuales del siglo XX. Buenos Aires: Siglo XXI Argentina, 2015, “Prólogo. En las tormentas del siglo XX”, pp. 8-16]