✍ Historia cultural de la enfermedad [1980]

por Teoría de la historia

31S9eqUoeQLMarcel Sendrail, doctor catedrático de Endocrinología, miembro de la Academia de Medicina de París, escribió este libro, denso de admirable información erudita, con el propósito de demostrar que “cada sociedad al sumir ias consecuencias derivadas de su estilo de vida decide como consecuencia su peculiar destino patológico”. “Cada siglo -nos dice- tiene un estilo patológico propio, como tiene un estilo literario, decorativo o monumental propio.” La idea es en sí atractiva, y es una pena que su autor haya muerto antes de completar su empresa, razón por la cual la segunda parte de este libro no es obra suya, sino de continuadores del mismo modo bien informados pero no siempre atentos al propósito inicial. En su primer capítulo, titulado “El nacimiento del mal”, se adentra en la prehistoria, para rastrear los síntomas de las enfermedades descubiertas en los fósiles, reveladores, por ejemplo, de la osteoartrosís crónica que afectaba al hombre de Neanderthal. Sigue con los albores de la historia, desde los pueblos mesopotámicos hasta llegar a la Edad Medía en el capítulo dedicado a “La época de las pestes”, que es el último salido de sus manos. Sus continuadores prosiguen con el estudio de las enfermedades hasta nuestros días. De esta minuciosa y sagaz observación a través de las creencias y observaciones de tan diversas culturas la lectura parece llevarnos a dos conclusiones, en principio opuestas entre sí. La primera de ellas convalida la tesis de Marcel Sendrail sobre la peculiaridad bien diferenciable acerca de los conceptos patológicos y la técnica médica para hacerles frente, propios de los estratos más elevados de cada cultura, en los que es dable observar una paulatina evolución en sus interpretaciones, mientras que en la otra, correspondiente a la medicina popular, se obstinan en perdurar tanto los conceptos como las más curiosas prácticas curativas, apenas modificadas desde sus arcaicos orígenes. Conviene no olvidar que, como aún puede observarse en los pueblos pnmitivos, el médico, el chamán, el sacerdote y el brujo son difícilmente diferenciables entre si y en sus relaciones con los poderes espirituales. Una de las ideas más persistentes es la que relaciona a la enfermedad con el pecado. Tienen que correr muchos siglos antes que se invierta la convicción que ve en cada enfermo a un pecador para pasar a considerar al pecador como a un enfermo. Como se descuenta que los designios de la Divinidad son inescrutables, y debe añadirse a ello la posibilidad del quebrantamiento de un desconocido tabú, o la malevolencia de los enjambres de pequeños, o grandes, demonios que revolotean en torno de la mente primitiva, mucho más activa en el hombre contemporáneo de lo que suele suponerse, ello explica que perduren tanto las creencias en el “mal de ojo” o el “daño”, con sus folklóricos remedios, hasta nuestros días, en lo que se refiere a la magia negra, como el culto a determinadas imágenes religiosas, o la creencia en la virtud salutífera de las reliquias de ios santos. Más que oponerse a la tesis de Sendrail, esta evidente contradicción se limita a testimoniar la complejidad de elementos contrapuestos que conviven dentro de una supuesta y única cultura. Frente a esa inmóvil persistencia va mostrándonos el autor la evolutiva conciencia que a partir de los presocráticos va adquiriendo la medicina de sí misma, desde el culto a Asclepios hasta Hipócrates, para irse acrecentando, mediante la sagacidad de la observación de los grandes clínicos y sus racionales conclusiones, en la mente de Galeno que luego se prolongarán en las de869831280 los grandes médicos musulmanes Avicena o Averroes, entre otros, hasta llegar al extraordinario siglo XIX donde un Claude Bernard o un Pasteur alteran, ellos sí, las nociones acerca de la enfermedad y sus orígenes. Pero que el estilo patológico de nuestro siglo con sus inconfundibles consecuencias sobre la salud en general, resulte innegable frente al de los que le precedieron no obsta para perturbar la persistencia con que desde los tiempos de Ur o de Nívine, siguen actuando amuletos y conjuros. En cuanto a la relación entre la enfermedad y el sentido religioso, del rico venero de citas de todas las épocas que se encuentran en este libro se destacan, entre las más elevadas, estas palabras de Simone Weil: “La grandeza extrema del cristianismo viene no de buscar un remedio sobrenatural al sufrimiento sino del uso sobrenatural del sufrimiento”. Resulta lamentable en libro de tal contenido la abundancia de erratas que afean sus páginas, tan en desacuerdo con la tradición de su prestigioso sello editorial.

[Eduardo GONZÁLEZ LANUZA. “Sociedad y patología” (reseña bibliográfica), in La Nación (Buenos Aires), 18 de septiembre de 1983]

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