➻ Ernest Lavisse [1842-1922]

por Teoría de la historia

Ernest_Lavisse_1913Hijo de un ex oficial de notaría convertido en «vendedor de novedades». En sus Souvenirs (1912) relató su infancia y su adolescencia: escolar en Nouvion, alumno en el colegio de Laon, retórico en el liceo Carlomagno. Su carrera de profesor de liceo, iniciada en Nancy, fue interrumpida en 1868 por Victor Duruy, ministro de Instrucción pública, que le llamó a su secretaría y le recomendó a Napoleón III, convirtiéndose en uno de los preceptores del Príncipe imperial. La derrota de 1870, al privarle de su alumno, le incita a conocer mejor al vencedor. De una temporada pasada en Prusia y en Brandeburgo, trae sus tesis que presenta en 1875 siendo profesor en el liceo Enrique IV. El doctorado le abre el camino de las dignidades universitarias y académicas: desde 1880 enseña en la Sorbona, y llega, en 1888, a profesor titular en la cátedra de historia moderna; en 1892, es miembro de la Academie Française, y de 1904 a 1918, director de la École Normale Supérieure. Durante más de medio siglo, su actividad se ejerció incansablemente en tres direcciones: la historia, la enseñanza y la acción cívica. Como historiador se dedicó al estudio de los dos estados-naciones a los que une, desde 1870, un destino antagonista: Prusia, captada en su desarrollo, y Francia, en la gloria del Gran Siglo. A Prusia dedica sus dos tesis y dos obras sobre Federico II. Como educador, milita, durante toda su vida, para reformar la enseñanza en los dos extremos de la cadena: en la cima la Universidad, y en la base, la escuela primaria. Secretario de la sociedad de la enseñanza superior, actúa a través de artículos y discursos, recogidos en Questions d’enseignement national (1885), Études et étudiants (1890) y À propos de nos écoles (1895). Como miembro del Conseil de l’lnstruction Publique, inspira las leyes y los reglamentos que transforman la administración y los programas escolares. Además, ejerce una poderosa influencia sobre sus amigos Albert Durnont y Louis Liard, ambos directores de la enseñanza superior. Pensando en los estudiantes y en el público ilustrado, lanza y dirige la publicación de grandes tratados que son, a la vez, manuales para la enseñanza superior: Histoire générale du IVe siècle a nosjours (12 tomos, 1892-1901), cuya dirección comparte con Alfred Rambaud; Histoire de France depuis les origines jusqu’a la Révolution (9 tomos, en 18 volúmenes, de 1903 a 1911); Histoire de France contemporaine depuis la Révolution jusqu’à la paix de 1919 (10 tomos, 1921-1922). La redacción era confiada a equipos de especialistas, reclutados entre los antiguos alumnos del «Maestro», cuya «gloria no es solamente lo que ha escrito, sino también la escuela que ha formado» (Chr. Pfister). Si se benefició de la ayuda oculta de Lucien Herr, bibliotecario de la École Normale Supérieure, para la redacción de La France contemporaine, Lavisse siguió personalmente, y de muy cerca, la elaboración del conjunto. Del mismo modo, se preocupó de la enseñanza primaria, convencido de que el profesor de Universidad debe «llevar de la mano a los maestros» de escuela. Para ellos, publica unas instrucciones detalladas sobre «la enseñanza de la historia en la escuela primaria». Sobre todo, redacta personalmente, con un cuidado minucioso y con el deseo de que el pensamiento sea inmediatamente comprendido por niños de siete a catorce años, una serie de manuales cuyos prototipos aparecen en 1876. Para responder a las exigencias de los sucesivos programas, los manuales se ampliarán al número de cinco en 1882, y luego sufrirán modificaciones, en 1894 y en 1912. El conjunto -el «pequeño Lavisse» de la memoria colectiva- es una sorprendente obra maestra de pedagogía cuyo éxito prodigioso no queda desmentido en la enseñanza pública durante toda la duración de la III República. Ese inmenso trabajo pedagógico está sostenido por unas profundas convicciones morales. Lavisse rechaza el aislamiento del intelectual en su torre de marfil. Cualquiera que cuente con una «fuerza moral» tiene el deber de transmitirla, y la responsabilidad del historiador ante la nación es, en este aspecto, de una particular gravedad: «A la enseñanza histórica incumbe el deber de hacer amar y de hacer comprender la patria … El verdadero patriotismo es a la vez un sentimiento y la noción de un deber. Pues bien, todos los sentimientos son susceptibles de ser cultivados, y toda noción, de una enseñanza. La historia debe cultivar el sentimiento y precisar la noción» (Questions d’enseignement national, pág. 208). El que Daniel Halevy llamó, sin indulgencia, «el papa y el mariscal de la Universidad», merecería -sin irrisión- el título de primer maestro de escuela de la III República. Ningún hombre encarnó mejor que él las virtudes del ciudadano de entre las dos guerras (1870-1914).

[Jean GLÉNISSON. “Ernest Lavisse (1842-1922)”, in André BURGUIÈRE (director). Diccionario de Ciencias Históricas. Madrid: Akal, 1991, pp. 432-434]