✍ Exégèse médiévale. Les quatre sens de l’Écriture [1959-1964]

por Teoría de la historia

ACH003170570.1398122018.580x580La relativa estabilidad de las adquisiciones exegéticas antiguas en la escolástica medieval podría tal vez confirmar la hipótesis según la cual el problema hermenéutico obtiene una mayor actualidad en los momentos de transición cultural, como en el paso de la antigüedad pagana al cristianismo y después del medievo a la época moderna. Esto no significa, obviamente, que la exégesis haya tenido un papel secundario en la cultura medieval, (la cual se caracteriza más bien precisamente por la observancia de los textos transmitidos). Esto lo ha puesto en evidencia Henri de Lubac en su monumental estudio sobre la exégesis medieval (1959-1964), que reconstruye la evolución en la interpretación de la Biblia a lo largo de mil años. Pero las orientaciones hermenéuticas, en el medievo, continúan en lo esencial las que están presentes en la patrística y en particular la hipótesis de la coexistencia de un sensus litteralis, histórico, con un sensus spiritualis, místico, dividido, a su vez, en alegórico, moral y anagógico. Esta tetrapartición se ilustra en el dístico reportado por Nicola di Lira, hacia 1330, en la nota de la carta a los gálatas: “Linera gesta docet, quid crcdas allegoria / Moralis quid agas, quo rendas anagogia”. La metafísica influyente que guía la teoría del cuádruple sentido de las Escrituras es la extensión teológica de la experiencia del carácter canónico de los textos en la cultura clásica. El texto tiene un valor normativo para una comunidad histórica, imprime un estilo en las formas de vida y de comportamiento, y adquiere así un papel institutivo. Semejante papel está ya, religiosamente implícito, en la cultura clásica, y el cristianismo (o el hebraísmo helenizado) se limita a explicitar allí las dimensiones teológicas. Esto no quiere decir en verdad que el comportamiento hacia la Escritura fuese, en el medievo, mezquinamente fideísta, sino más bien, que toda la cultura y la naturaleza, comprendidas las investigaciones históricas y científicas totalmente seculares, resultaban inscritas en el horizonte espiritual de la Escritura. “La ‘piedad’ de la interpretación no basta, o mejor la interpretación no es verdaderamente ‘pía’, si la relación de la tropología con la alegoría y con la historia no es sólida, si el contexto no es respetado, si han sido establecidas relaciones entre cosas demasiado discrepantes” (de Lubac 1959-1964, 69). Es así como la interpretación de la Escritura deviene el punto de apoyo de una paideia compendiada, que resume en sí todos los conocimientos del hombre medieval. Escribe nuevamente de Lubac (ibid., 115): “La subordinación de las disciplinas humanas a la sabiduría divina no es necesariamente aniquiladora de toda cultura desinteresada”. Y más arriba: “esta inteligencia de la Escritura obtenida gracias a la doble cultura, literaria y científica, no constituía propiamente un ‘objeto limitado’. Estaba indefinida, porque daba acceso a las profundidades de Dios. No se trataba sólo de la explicación de un texto, sino de una exploración de los misterios” (ibid., 113). De modo que cuando Hugo de San Víctor (1096 ca.-1141) formaliza un sistema de eruditiones (histórica, alegórica, moral, anagógica: en este orden, que constituye, por lo tanto, un curso de estudios) propedéuticas para la comprensión de los textos sagrados, concluye toda la cultura humana en la interpretación de la Escritura – pero, por otra pane, no marca un auténtico antagonismo entre cultura religiosa y cultura secular, impensable en el medievo: si todos los conocimientos, aun los profanos, son fruto de la Revelación, entonces el estudio de la Escritura tiene un valor propiamente enciclopédico.

[Maurizio FERRARIS. Historia de la hermenéutica. México: Siglo XXI, 2005, pp. 24-25]