✍ Centro Editor de América Latina. Capítulos para una historia [2006]

por Teoría de la historia

NA12FO10Todo parece indicar que en los últimos años se viene gestando un campo de estudios sobre el libro y la edición en la Argentina. Este trabajo, así como el dirigido por José Luis de Diego (Editores y políticas editoriales en Argentina, 1880-2000, Buenos Aires, FCE, 2006), podría leerse como un aporte a ese movimiento. Sin lugar a dudas, el Centro Editor de América Latina (CEAL) ocuparía un lugar central en la historia de la edición argentina. La mirada crítica y atenta a la formación de ese espacio permite localizar el aporte de este texto. El libro presenta resultados del Grupo Cultura y Política en Argentina dirigido por Bueno y Taroncher en la Universidad de Mar del Plata. El breve prefacio de los coordinadores remarca la búsqueda de un punto de vista multidisciplinar para abordar un referente complejo que es tomado como archivo para pensar una época (1960-1990) y el clima cultural vivido entre la noche de los bastones largos y la redemocratización. De los 15 capítulos que componen el libro, 11 se organizan a partir del estudio de algunas de las colecciones publicadas por el CEAL. En la medida en que el fascículo y la colección guiaron la organización de la producción, distribución y lectura de las ediciones del CEAL, tal recorte se impone. Antes de iluminar dichos artefactos, el libro se abre con dos capítulos escritos por Claudia Bazán y Oscar Fernández, profesionales de la bibliotecología que realizan aportes sobre dos temas “generales”: el primero elabora una historia y una interpretación sobre la ausencia de una bibliografía nacional en la Argentina. Es un estudio valioso sobre un tema estratégico que permite integrar las dimensiones simbólicas, jurídicas y económicas de la producción editorial a lo largo de su historia. Sin embargo, y a pesar de constituir el “primer capítulo”, la presencia del CEAL en este estudio no es explícita; sólo puede ser recuperada de modo indirecto: si la inexistencia de la bibliografía nacional (que debería encarar la Biblioteca Nacional como su emprendimiento esencial) es una evidencia irritante de la histórica desidia del Estado argentino hacia la cultura impresa y el mundo editorial, bien podrían tejerse las necesarias conexiones para interpretar hasta qué punto el CEAL es un caso entre los muchos emprendimientos privados que en la Argentina ocuparon el papel del Estado en el desarrollo de empresas no orientadas al lucro y al servicio de la formación de un público ilustrado masivo. El segundo capítulo presenta un brevísimo panorama de antecedentes históricos sobre el desarrollo del mercado editorial argentino en la posguerra, que permite enmarcar el surgimiento y la evolución de Eudeba. Como es sabido, Boris Spivacow fue el gerente general de la editorial de la universidad de Buenos Aires hasta la fundación del CEAL en 1966. Este capítulo, como la mayoría de los restantes, se apoya en las escasas fuentes bibliográficas disponibles (en este caso, sobre historia editorial, como los trabajos de Rivera y de De Sagastizábal) y agrega pocos datos novedosos. Dicha escasez tal vez salve la preocupante falta de rigor en afirmaciones como aquéllas del primer párrafo, que aluden a que Sudamericana (1938), Emecé (1938) y el Fondo de Cultura Económica (FCE) (1934) fueron fundadas en la misma década que Eudeba (1958). Como todo panorama contextual, éste pierde de vista lo pertinente. Ilustremos esta acotación con la proposición de tres cuestiones significativas: no se hace ninguna alusión, por ejemplo, al hecho de que los modelos de producción de colecciones de rotación periódica (como las revistas) creadas en Eudeba y el CEAL, fueron importadas por Spivacow desde su primera experiencia en el medio editorial: desde 1941, Boris trabajó en Abril, empresa fundada por italianos antifascistas representantes de Walt Disney (véase este antecedente en el capítulo dedicado a las editoriales de ciencias sociales, en Federico Neiburg y Mariano Plotkin, Intelectuales y expertos, Buenos Aires, Paidós, cap. 9). Otra relación central ausente en dicha historia estaría marcada por la presencia de Arnaldo Orfila Reynal, reformista argentino que desde 1948 dirigía el Fondo de Cultura Económica en México. Orfila fue contratado por Risieri Frondizi para proyectar Eudeba y seleccionó a Boris para el cargo de gerente. El vínculo genético con el FCE sería una alternativa para pensar las estrategias de búsqueda del público lector no especializado y abierto a un humanismo transformador de la realidad social (evidenciadas, por ejemplo, en el rechazo del aparato erudito, como las notas excesivas, y la opción por los textos breves y “bien escritos”, etc.), así como el horizonte nacional y/o latinoamericano de sus “políticas editoriales”. Por otro lado, sería indispensable situar las visiones de Boris, el perfil de las elecciones de Eudeba y el CEAL en relación con las editoriales, las colecciones y los proyectos que se articulan en una genealogía de “bibliotecas” formadoras de una nación de lectores: la Biblioteca La Nación, La Cultura Popular de Ingenieros, la Biblioteca Argentina de Rojas, Claridad de Zamora, el ideario iluminista del socialismo y del comunismo argentinos, etc. Lo curioso es que la proposición de esos filones de indagación genética flotan en los ricos testimonios que aportan las entrevistas realizadas a distintos actores del proyecto del CEAL (Palermo, Zanetti, Sarlo, Lafforgue, Altamirano, etc.) y editadas al final del libro. Las entrevistas, en lugar de guiar problemas de estudio a través de las evidencias e indicios que proporcionan, fueron depositadas como un anexo de fin de libro para el provecho de otros lectores. Esta observación aplicada al capítulo 2 se traduce en los restantes bajo otras formas y puede resumirse en tres dimensiones que faltan al programa multidisciplinar que podría aplicarse al desarrollo de este objeto: la historia social y cultural de la actividad editorial, la sociología de los que hicieron el CEAL y de los correspondientes estados de los campos editorial e intelectual argentino e iberoamericano, y la antropología de las prácticas culturales y de las experiencias humanas allí elaboradas. Los capítulos dedicados a las colecciones del CEAL aplican predominantemente un punto de vista literario; se desdoblan en el análisis de los discursos, ideas, estéticas y debates intelectuales plasmados en los textos difundidos a gran escala por las series de fascículos. El privilegio de lo literario salta en la centralidad que adquieren los estudios dedicados a la colección “Capítulo. Historia de la literatura argentina”. De los 11 capítulos sobre colecciones, los 6 primeros abordan “Capítulo” y otro la colección “Los Grandes Poetas”. Luego aparecen dos ensayos sobre colecciones infantiles (“Los Cuentos de Polidoro” y los “Cuentos de Chiribitil”), un estudio dedicado a “Polémica” (histórica) y otro a “Mi país tu país” (geográfica). Aunque sea difusa la explicitación de los puntos de vista a partir de los cuales cada autor piensa su objeto, casi todos los trabajos son rigurosos y algunos adquieren densidad, como el que Fabián Iriarte le dedica a “Los Grandes Poetas”, o Miguel A. Taroncher, el historiador del grupo, a “Polémica”. La mayoría de los ensayos sobre las colecciones exhiben creatividad y proponen interesantes relaciones para la reflexión. Podemos citar el estudio que Mónica Bueno realiza a partir del libro de “Capítulo” dedicado a Sin Rumbo, de Eugenio Cambaceres, cuya portada reprodujo la pintura “El despertar de la criada” de Eduardo Sívori. La historia de censuras y escándalos que envolvieron la edición y la obra de arte en sus orígenes y el acontecimiento de su reunión en un libro del CEAL, permiten pensar algunos contornos de la historia de esas prácticas de control moral y político e iluminar los riesgos estéticos, intelectuales e ideológicos que asumía el Centro Editor como una empresa constructora del pensamiento progresista. Los textos sobre “Capítulo” escogen referentes acotados: un autor (Macedonio), un género (el humor), un producto cultural (el folletín), etc. En el capítulo 3 Susana Santos genera un amplio panorama para conocer algunas de las estrategias editoriales que envolvieron al proyecto de “Capítulo” y sitúa la colección en la historiografía literaria argentina. A seguir Mónica Bueno observa la encuesta a los escritores y los críticos realizada por Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano, en 1980. La lectura de la encuesta nuevamente se restringe a las manifestaciones de figuras de autor, a problemas estrictamente literarios, aun cuando se mencione la intención de retratar “la biografía intelectual” (p. 89) de los directores y colaboradores de la colección. Los directores, redactores, colaboradores de colecciones, así como el propio Boris Spivacow, parecen agentes pasivos de estos “capítulos para una historia”. Ninguno es retratado en sus trayectorias sociales y profesionales, dimensión elemental para comprender las razones prácticas de las elecciones intelectuales condensadas en el increíble catálogo de esta empresa cultural. Al preocuparse por Macedonio Fernández, por Eduardo Gutiérrez y no por Jorge Rivera o Susana Zanetti, al pensar el humor o el folletín y no el modo de producción de la editorial, sus lógicas económicas o publicitarias, el CEAL queda reducido a un medio alternativo para dar otra luz a la piedra de toque de la crítica literaria: el canon, la hechura de la historiografía literaria, etc. En este libro, insisto, está ausente el conocimiento de quiénes hicieron al CEAL, aun al saber que, como expresa Sarlo en un trecho de su entrevista (p. 322), “cuando las empresas son tan centralizadas en la responsabilidad de una sola persona, difícilmente se sostienen más allá de ellas”. Si se solicita este dato sociológico es porque el libro prometió un enfoque multidisciplinar. Sólo Iriarte escapa de la encerrona hermenéutica al ensayar una encuesta a los traductores de los fascículos de “Los Grandes Poetas”. Los datos así generados iluminan la experiencia de los que construyeron la colección. Ese filón, expandido al catálogo general de la editorial, permitiría situar la experiencia del CEAL en una historia de la traducción en la Argentina como la propuesta por Patricia Willson en La Constelación del Sur (Siglo XXI, 2004). Rica información para ese capítulo de la historia resta en suspenso en las entrevistas. Este libro evidencia hasta qué punto la edición pasó a ser tomada como una alternativa original para una boga en la crítica literaria: los estudios sobre “políticas culturales”. Algunos de estos juicios también podrían caracterizar el perfil del libro organizado por De Diego. Dicho en otras palabras, la edición es considerada como un referente alternativo entre otros posibles para repensar problemas ya canónicos sobre el canon. Considero que el problema que observan los estudios “culturales” sobre “políticas” es la pretendida fusión de horizontes disciplinares; el imperialismo de un universal que esconden al garantizar la centralidad de los particulares problemas literarios. De allí que el punto débil de este libro sea el prefacio. Éste debió garantizar la unidad resultante del mosaico de buenos estudios que efectivamente contribuyen a conocer el CEAL como experiencia conspicua de la historia de la cultura en la Argentina; debió caracterizar el perfil de los puntos de vista (predominantemente literarios) de los ensayos y situar los avances concretos realizados frente al sistema de dimensiones que faltarían para un estudio monográfico y total del CEAL como hecho histórico, sociocultural, político, etc. Es esta carencia la que autoriza una lectura crítica que posibilita verificar todo lo que aún falta en la Argentina para la generación de un espacio de estudios sobre el libro y la edición que supere el actual estado de los trabajos testimoniales y de recorte literario.

[Gustavo SORÁ. “Mónica Bueno y Miguel Ángel Taroncher (coordinadores), Centro Editor de América Latina. Capítulos para una historia, Buenos Aires, Siglo XXI, 2006, 328 páginas” (reseña), in Prismas (Bernal), vol. XI, nº 1, junio de 2007]