➻ Roland Barthes [1915-1980]

por Teoría de la historia

roland-barthes-0001Acerca de 1915, su año natal, Roland Barthes alguna vez escribió que fue “un año anodino”. Un “año perdido en medio de la guerra” y sin ningún hecho memorable, le gustaba exagerar. “No hay nadie famoso que haya nacido o muerto ese año; y, ya sea por penuria demográfica o mala suerte, nunca conozco a ningún contemporáneo que haya nacido el mismo año que yo, como si, colmo de la paranoia, fuera yo el único de mi edad.” A meses de que se cumpla un siglo de su nacimiento y mientras se preparan múltiples conmemoraciones (desde encuentros y exposiciones hasta una película documental dirigida por Thierry y Chantal Thomas), la escritora y ensayista Tiphaine Samoyault publicó en enero una exhaustiva y clarificadora biografía, Roland Barthes (editorial Seuil, colección Fiction & Cie). El libro, que excede las 700 páginas, ha recogido mayormente elogios y ha sido el auspicioso primer acto de otros acontecimientos editoriales como el Álbum Roland Barthes a cargo de Éric Marty, que acaba de aparecer, con diversos inéditos, o como también L’amitié de Roland Barthes (La amistad de Roland Barthes), evocación de Philippe Sollers que saldrá a la venta en el otoño europeo. El 5 de mayo abrió sus puertas en la sede parisina de la Biblioteca nacional la exposición Les écritures de Roland Barthes, que podrá visitarse hasta el 26 de julio. La de Samoyault es la tercera biografía que se publica en Francia consagrada a Roland Barthes. La primera, en 1990, estuvo a cargo de Louis-Jean Calvet y se basó en una serie de testimonios de primera mano, tanto del ámbito familiar como del ámbito intelectual. A la segunda biografía, escrita por Marie Gil y editada en 2012, deben sumarse los libros de recuerdos personales, como el Roland Barthes de Patrick Mauriès (1992), la mezcla de rememoración y ensayo que plasmó Éric Marty en Roland Barthes, el oficio de escribir (2006), los innumerables estudios críticos (a cargo de Philippe Roger, Susan Sontag o Bernard Comment, entre muchos otros), la autoficción que el propio Barthes ofreció en 1975 (Roland Barthes por Roland Barthes, donde se encadenan decenas de recuerdos fragmentarios, ordenados alfabéticamente por temas), y hasta los libros donde Barthes aparece convertido en personaje literario, no únicamente los ya clásicos Mujeres de Philippe Sollers (donde Barthes se llama Werth) y Los samuráis de Julia Kristeva (donde se llama Bréhal), sino además ejemplos más recientes: desde El hombre que mató a Roland Barthes, de Thomas Clerc, hasta El fin de la locura, de Jorge Volpi, sin hablar de la categórica presencia de varios libros de Barthes (sobre todo de sus Fragmentos de un discurso amoroso) en La trama nupcial, de Jeffrey Eugenides. Uno de los aportes decisivos de la biografía de Samoyault consiste en mostrar a Barthes bajo distintos ángulos y echar luz a aspectos o episodios algo menos conocidos: desde su pasión por la tragedia griega en sus tiempos de juventud y su participación activa como actor en un grupo teatral, hasta su obsesión por las dietas alimenticias; desde su breve pero intenso paso por Rumania, como docente y bibliotecario del Instituto Francés de Bucarest, hasta el año que pasó en Egipto, en Alejandría (1949-50), donde conoció al lingüista ruso-lituano Algirdas Greimas, quien le hizo leer la obra de Saussure, Hjemslev y Merleau-Ponty; desde su afición a la pintura en los años setenta hasta su experiencia como actor en la película Las hermanas Brontë (1979) de André Téchiné. Para esto, Samoyault tuvo acceso a numeroso material inédito: casi toda la correspondencia, la totalidad de los manuscritos y, sobre todo, el “fichero” personal de Barthes, un archivo que éste inauguró en sus años de estudiante “como una reserva bibliográfica y después lexicográfica -escribe la autora-, y que progresivamente se volvió depositario de buena parte de su existencia”. Michel Salzedo, hermano de Barthes (medio hermano, en realidad: doce años menor que Roland, hijo de un hombre casado que por un tiempo fue amante de la viuda Henriette Barthes), le abrió a Samoyault las puertas del estudio de la calle Servandoni, en el mismo edificio donde la familia Barthes se instaló por primera vez en el lejano 1939, y le permitió hojear y analizar las agendas donde, sin interrupciones, desde 1960 hasta su muerte, Barthes fue apuntando las cosas que le sucedían a diario, en lugar de los compromisos que esperaban. Además de contar como nunca antes la vida de Barthes, el libro ofrece numerosas perlas, entre ellas algunos pasajes más largos, luego abreviados, previstos para la introducción original de El grado cero de la escritura. “La escritura clásica estalló y la Literatura en su totalidad, desde Flaubert hasta nuestros días, se ha transformado en una problemática del lenguaje”, reza una frase que, en su versión previa, rescatada por Samoyault, proseguía: “problemática irresuelta, desde luego, ya que la Historia siempre se halla alienada y las conciencias, desgarradas: el aniquilamiento de las escrituras es todavía imposible”. Aunque se presenta ante todo en forma cronológica, el libro de Samoyault empieza por la muerte de su biografiado, el 26 de marzo de 1980: una muerte que se desencadena un mes antes, el 25 de febrero, cuando Barthes sale de un almuerzo con François Mitterrand, organizado por el futuro ministro de cultura Jack Lang con propósitos electorales, Miterrand es, por entonces, apenas un candidato; faltan quince meses para que asuma. A Barthes no lo convencen estos almuerzos, pero asiste; y , al salir, luego de caminar por la calle des Écoles, cerca de la esquina con la calle Monge, a pasos del Collège de France donde ha prometido dar un seminario consagrado a Proust y la fotografía, unos coches en doble fila lo distraen o lo engañan y una camioneta lo atropella. El accidente dista de ser fatal. Alguien reconoce a Barthes, tumbado en el suelo. Ha sufrido numerosas fracturas, pero sigue lúcido. Cuando despierta, se encuentra en el hospital Pitié-Salpêtrière. Su hermano y varios amigos lo acompañan. La agencia AFP emite un comunicado: “El universitario, ensayista y crítico Roland Barthes, de sesenta y cuatro años, sufrió un accidente de tránsito?”. ¿Se minimiza un poco lo ocurrido para evitar que se establezca un lazo entre el percance y el candidato Mitterrand? ¿La camioneta es una especie de estocada final para alguien que, vistoroland-barthes retrospectivamente, se estaba “dejando morir” desde la muerte de su madre, a fines de 1977? La salud, en cualquier caso, se complica en el hospital. “Los médicos -dice Samoyault- no hacen del accidente de tránsito la causa inmediata del fallecimiento, directamente provocado por complicaciones pulmonares.” Cuando ocurre todo esto, la futura biógrafa es una niña que va la escuela. Faltan casi veinte años para que en 1999, a dos décadas de la muerte de Barthes, Samoyault publique sus primeros libros: la ficción La Cour des adieux y el ensayo Excès du roman, ambos con el apoyo de Maurice Nadeau, quien también fue en su momento una especie de “padrino” para B arthes. Desde entonces, Samoyault se ha desempeñado como docente universitaria, como traductora (de Joyce, entre otros), como novelista (Météorologie du rêve, Les Indulgences, La Main negative, Bête de cirque) y como autora de algunos ensayos, entre ellos La Montre cassée (El reloj roto, 2004) donde analiza la representación del tiempo en la literatura, el cine y las artes plásticas. “No soy contemporánea de Roland Barthes -precisa Samoyault en las primeras páginas de su biografía-. Tenía once años cuando murió y oí su nombre por primera vez tan solo seis años más tarde, cuando en un curso de filosofía me animaron a leer El placer del texto. Por lo tanto, no asistí a sus cursos y la mayoría de sus experiencias me resultan desconocidas. Sin embargo, Roland Barthes es mi contemporáneo porque sé que le debo una manera de leer la literatura, los vínculos que suelo establecer entre crítica y verdad, y la convicción de que el pensamiento procede de una escritura.” Al principio, está el mar. El mar donde sus padres, Louis y Henriette Barthes, se conocen viajando en un mismo barco. El mar de Cherburgo, la ciudad portuaria donde Roland nace el 15 de noviembre de 1915. El mar del norte donde el padre, Louis, muere en octubre de 1916, en plena guerra, a bordo de un viejo barco pesquero reconvertido en “patrullero”. El mar de su abuelo materno, Louis-Gustave Binger, oficial de infantería de marina, héroe de los tiempos de conquista colonial, autor de libros que narran sus expediciones pioneras. Y el mar de Bayona y Biarritz, ciudades del sudoeste francés donde transcurre su infancia en semiorfandad (a su padre le darán, póstumamente, una Legión de Honor), un microcosmos fundamentalmente femenino, bastante digno de Proust, que incluye el descubrimiento de las ideas y las costumbres de la burguesía provincial. El final de la niñez va de la mano de la mudanza a París, con nueve años de edad. “El desplazamiento geográfico es también un desplazamiento sociológico -analiza Samoyault-. Un corte con el medio social burgués y un ingreso más explícito en la pobreza.” Son los tiempos en barthes_roland-19860508044R.2_png_300x444_q85que Roland sufre problemas de adaptación. Son también los tiempos de sus primeras lecturas decisivas: Balzac, Proust, Mallarmé. La poesía, ante todo, de Paul Valéry, un buen amigo de su abuela materna. La música de Beethoven y, muy pronto, de su predilecto Schumann; la pasión por la música, una constante en su vida, al extremo de que el último texto que completa antes de morir se titula “Piano-souvenir”. Los primeros proyectos de escritura, muy pronto dejados a un lado; entre ellos, los bocetos para una novela social y una novela realista, una y otra inacabadas. A los 19 años, una grave enfermedad pulmonar marca una suerte de crisis. Los primeros amores oscilan entre la fascinación por un chico llamado Jacques y por una chica llamada Mima. “Casi todas mis amistades con hombres empezaron con un amorío […]. Inversamente, las raras veces en que amé a una mujer (por qué no confesar que, en el fondo, eso ocurrió una sola vez), empezó por medio de lo que el mundo llama amistad”, le escribe en 1942 a su gran amigo Philippe Rebeyrol. No tardará en llegar el descubrimiento de André Gide (“más del orden de la adherencia que de la adhesión”, plantea Samoyault), escritor “no-estilista”, así lo define Barthes. Años después, dirá que Gide le inspiró el deseo de escribir y que fue su “lengua original”; pero ya entonces, en julio de 1942, le consagra el segundo de los artículos que publica: “Montesquieu decía que no se escribe bien sin saltear las ideas intermedias, Gide añade que no hay obra de arte sin atajos”, reza aquel texto donde Barthes funda un método que le será característico, el del pensamiento expresado por medio del fragmento. “Aunque finalmente usa la totalidad de sus notas -según devela Samoyault-, corrige muy poco las que publicará y se limita a reordenar los fragmentos.” La grave enfermedad pulmonar hace que a Barthes, al estallar la Segunda Guerra Mundial, lo declaren inepto para combatir. Una recaída, la tuberculosis y, enseguida, una seguidilla de largas internaciones entre 1942 y 1946. Es “la otra guerra” de Barthes, de acuerdo con Samoyault. “La única guerra que realmente vivió”. Un encierro reforzado por el hecho de que coincide con la ocupación alemana. En uno de los sanatorios conoce a Robert David, de quien se enamora sin ser correspondido y con quien mantendrá una ardiente correspondencia, más sensual y menos intelectual que sus cruces epistolares con Rebeyrol. Son meses de lectura obsesiva y firmes descubrimientos: El idiota, de Dostoievski; Los cardos del Baragan, de Istrati; El extranjero, de Camus. Entre la guerra y la salida de su primer libro en marzo de 1953, Barthes se gana la vida dando clases, mientras escribe reseñas o pequeños ensayos para diversas publicaciones. En 1947 se topa con Maurice Nadeau, quien lo introduce en el mundillo intelectual, y unos tres años después conoce al editor y escritor Jean Cayrol. Samoyault tilda a este encuentro de “decisivo” por varias razones; entre ellas, porque proporciona a Barthes nuevos lazos con la literatura que entonces se estaba escribiendo en Francia y, ante todo, porque Cayrol lo llevará al sello Seuil, donde editará no únicamente El grado258px-Barthes_1953 cero… (libro que Raymond Queneau había rechazado en Gallimard), sino también todos sus libros futuros. Al primer libro le sigue, pocos meses después, un encargo en el que, así y todo, Barthes logra dejar su marca de autor: un ensayo en torno a la obra del historiador Jules Michelet (1798-1874) para la colección “Écrivains de toujours”. Al publicar El grado cero… y Michelet con tan pocos meses de diferencia, apunta Samouyault, Barthes “presenta un perfil de no-especialista”, lo que puede verse como una especie de desventaja, pero al mismo tiempo está perfeccionando su método: el collage de fragmentos (lo que suscita las reservas de quienes buscan tesis tradicionales), el uso de “mayúsculas conceptuales” o de comillas para ciertos vocablos que quiere destacar o relativizar y, principalmente, una crítica “temática” que equivale a un abordaje sesgado y visual de la literatura. Su Michelet suscita de todo menos indiferencia. Algunas voces se alzan hostiles o hasta burlonas, pero también recibe apoyos públicos y privados. En su libro, Samoyault reproduce una carta de Jean Starobinski (“no renuncie a la investigación temática”, lo anima) y otra de Gaston Bachelard, no exenta de mayúsculas: “En su caso, el Detalle se vuelve Profundidad […]. Los temas están tan bien elegidos que el relieve revela el pensamiento íntimo. Usted hará con tranquilidad una gran obra. Se lo digo yo, también con tranquilidad.” Entre 1954 y 1963, Barthes llega a publicar 80 artículos en 22 revistas distintas. Para ello influye mucho la publicación en la revista Esprit, en octubre de 1952, de un texto consagrado al “catch”. Será la primera de sus muchas “mitologías” que analizan elementos u objetos sociales de gran densidad simbólica mediante un método de lectura donde lo ideológico no excluye lo poético y que se basa en un principio desmitificador. Un método que, dicho de otra manera, denuncia esos momentos cuando -sintetiza Samoyault- “el mito opera una conversión de lo cultural en lo natural”. Publicado en 1957, Mitologías se convertirá en el libro más popular de Barthes, máxime tras su edición de bolsillo de 1970, que supera los 300 mil ejemplares. Le valdrá la admiración de intelectuales como Umberto Eco y le abrirá muchas puertas: las primeras invitaciones a dar charlas en el extranjero y, más aún, su entrada en 1960 a la Escuela Práctica de Altos Estudios (EPHE, por su nombre en francés), que más tarde será la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales (EHESS) donde él propiciará, en 1967, el ingreso de Gérard Genette. Tendrá, entre sus muchos alumnos, a Georges Perec, a Ítalo Calvino o a Julia Kristeva, quien lo acercará a la obra de Mijaíl Bajtin.  Uno de los máximos aciertos del libro de Samoyault son los capítulos o las largas secciones que analizan los vínculos entre Barthes y otros actores centrales de la intelectualidad francesa de su época: desde Camus hasta Foucault, pasando por Sartre, Lucien Goldmann, Edgar Morin, Jacques Derrida o Claude Lévi-Strauss, entre muchos más. Todo esto sin olvidar sus lazos por lo menos cambiantes con el llamado nouveau roman (movimiento del que suele rescatar ante todo a Claude Simon) y su resistencia a ese eslogan, el de nueva novela, que a su juicio “reúne todos los ingredientes de una maniobra estratégica”, como puede leerse en la biografía. En 1960, cuenta Samoyault, Barthes le pide una cita a Lévi-Strauss. Desea que dirija su tesis sobre la moda. El encuentro es, al mismo tiempo, “decepcionante y estimulante”. Decepcionante porque Lévi-Strauss no acepta: la etnografía de lo contemporáneo le resulta, acaso, un poco trivial. Estimulante porque Lévi-Strauss le recomienda la lectura de Morfología del cuento, de Vladimir Propp, y porque “Barthes llega con la idea de trabajar en torno a las vestimentas y Lévi-Strauss le propone que se limite al discurso sobre la moda, lo que transforma la dirección de su trabajo y representa una etapa importante en la delimitación de su método estructuralista”. En cuanto a Jean-Paul Sartre, aparece en la biografía como “modelo y contramodelo”, alguien que entabla con Barthes caminos paralelos y cruzados. El vínculo es sutil: aunque Sartre no es citado textualmente ni una vez en El grado cero…, su nombre es mencionado en tres ocasiones, dice Samoyault, y más de una idea del libro responde a viejos textos suyos. Por ejemplo, tras la pregunta sartreana “¿qué es la literatura?”, Barthes plantea “¿qué es la escritura?”. “En los años 1974-1975, cuando Sartre ya ha sufrido dos ataques y el segundo de ellos lo ha dejado 6-Roland-Barthescasi ciego, Barthes reconoce la influencia que éste tuvo en él”, apunta Samoyault, que también advierte entre ellos un dato biográfico en común: sus dos padres, militares en la marina, murieron cuando el hijo tenía un año de edad. Al principio, como había hecho con la figura de Gide, Barthes tiende a ocultar o difuminar la influencia sartreana. Pero su interés por lo efímero o por la inestabilidad es un innegable punto en común. “Cuando, apenas finalizada la guerra, Sartre aparece como la referencia de lo moderno, Barthes no pretende definirse de este modo; cuando, más tarde, Barthes se vuelve el campeón de la vanguardia y de la nueva crítica, Sartre postula un retorno al humanismo”, escribe Samoyault. Al compromiso activo de Sartre se opone, en el caso de Barthes, un vínculo más complejo con la política y una actitud más pasiva: a las ambiciones totalizantes del primero, se opone en el segundo una preferencia por las formas breves y la fragmentación. Pero uno y otro han inventado una nueva forma de ensayo, “a medio camino entre la novela y el tratado”, por medio de una escritura que “en vez de fijar el razonamiento, lo abre a un mundo tan vasto y tan utópico como el de las novelas”. Las páginas dedicadas a Sobre Racine (1963) y a las consecuencias que trajo la publicación de este libro son algunas de las más reveladores de la biografía. Casi dos años después de que Barthes da a conocer su ensayo sobre Racine, se ve envuelto en un debate público con el escritor y docente universitario Raymond Picard. “Mientras Barthes intervenía en el campo de la literatura contemporánea, sus experimentaciones no podían hacer mal a nadie, puesto que en la Sorbona no se enseñaba la obra de ningún autor vivo”, observa Samoyault. Pero otra cosa es cuando se mete con autores clásicos, como también lo hace en los Ensayos críticos de 1964, su primer libro dentro de la nueva colección Tel Quel. En su análisis del episodio en torno a Sobre Racine, Samoyault evalúa con objetividad los argumentos de Picard y Barthes, reconoce que este último se ha dejado llevar por cierta tendencia a las fórmulas o por “el gusto de las generalizaciones”, revela que Barthes se sentía “incómodo con los conflictos”, y cuenta que lo que más afecta a su biografiado es el hecho de que muchos medios que él suponía aliados (entre ellos, Le Nouvel Observateur) avalaran a Picard. Son las insinuaciones de “impostura” lo que más lo lastiman, “ya que el miedo a ser un impostor fue una constante en su vida”. Poco a poco, algunas reacciones lo reconfortan. Como cuando, en noviembre de 1965, Gérard Genette le envía un texto que ha escrito en respuesta a Picard. El texto de Genette no se publicará, pero dispara en Barthes la idea de plasmar un libro que, más que una larga réplica a Picard, sea una argumentación de su forma de entender la crítica. El proyecto se convertirá en Crítica y verdad, que sale a la venta con la faja: “¿Hay que quemar a Barthes?”. El libro proclama “una soberanía de la crítica” que es otra forma de entender el alcance de los estudios literarios. “Cuando se responde a unos ataques, es muy difícil no descender al nivel del adversario”, le dice Michel Butor en una carta personal, tras la salida de Crítica y verdad. “Pero usted ha logrado hacer de Picard un simple pretexto […]. Muchos van a lamentar, ahora, no haber salido entonces en su defensa”. A esta carta se suman otras, de similar tenor, de Lacan, Deleuze o J. M. G. Le Clézio. Fortalecido, Barthes no deja de interesarse en toda clase de discursos: publicidad, revistas de moda, cine, fotografía (sobre esta última escribirá un libro entero: La cámara lúcida). Su creencia es que muchas formas contemporáneas, como la canción popular o la fotonovela, obligan a revisar las nociones críticas convencionales. Pero no abandona nunca la literatura, “como corpus, como producción y como proyecto”, sostiene Samoyault. Tanto es así que en los años sesenta informa, siempre que puede, de la salida de algún libro que estima valioso y en los años setenta “sienta las bases de sus grandes textos acerca de la lectura como modelo de libertad y de creatividad”: S/Z, donde analiza extensamente Sarrasine, de Balzac, y plantea la tantas veces citada “muerte del autor” (premisa que en la biografía aparece vinculada con Mayo del 68) y El placer del texto, donde el eje del análisis, advierte Samoyault, se desplaza de la escritura a la lectura.  Los últimos años son los de la consagración, pero a la vez los del duelo (tras la muerte de su madre) y los de la dura aceptación de los primeros síntomas de vejez. La consagración puede rastrearse en hechos como su ingreso en el Collège (ingreso por el que lucha exitosamente Michel Foucault), la invitación a ser parte del jurado delroland-barthes-1 premio Médicis (a partir de 1973) o la generalización de palabras inventadas o rescatadas por él: por ejemplo “biografema”, que acabará en los diccionarios. A su obra, que cada vez se ocupa más del cuerpo y de lo individual, se suman los esclarecedores Fragmentos de un discurso amoroso (1977, otro de sus libros más masivos: casi 100 mil ejemplares vendidos tras la salida) y las crónicas de viaje, que no excluyen la reflexión: tanto el diario de su visita a China en 1974 (publicado póstumamente, en 2009) como las observaciones sobre Japón recogidas en El imperio de los signos. Lo que atrae a Barthes de los viajes no es tanto la experiencia turística tradicional, sino los detalles: “La manera en que vive la gente, los objetos cotidianos, la forma en que los cuerpos se desplazan en el espacio, los barrios populares y periféricos”, enumera Samoyault. La pasión por Japón es amplia: estudia la caligrafía, se sumerge en los haikus, y hasta toma los textos taoístas como modelo para su vínculo, como docente, con los alumnos. En esos mismos años efectúa también una larga estadía en Marruecos: buena parte de la experiencia aparece fragmentada en sus Incidentes, que Samoyault compara con instantáneas fotográficas y también describe como “un momento en que lo real se desrealiza generalizándose”. La muerte de Henriette Barthes, a los 84 años, marca el principio del fin y depara el que acaso sea su libro más visceral, Diario de duelo, aunque el adjetivo parece algo impropio para el autoanálisis hipersensible y casi clínico que destila. “Mi madre me hacía adulto, no niño. Desaparecida ella, vuelvo a ser niño”, reza un apunte al margen del Diario de duelo, que Samoyault recupera y suma a esa especie de pesquisa o búsqueda de “algo incompleto e inhallable”. “Los demás casi no perciben mi duelo”, apunta Barthes en mayo de 1978. Pero se equivoca llamativamente, como si fuera (al menos, por una vez) mal lector. “La muerte de su madre -dice Samoyault- fue un hecho catastrófico”. Tanto es así que saldrá transformado: con ganas de escribir un novela, como revela la biografía; con el deseo de escribir un texto acerca de la homosexualidad; con la tendencia a reflexionar más que nunca sobre el paso del tiempo. Un pasaje de la sensible y lúcida evocación que publicó Patrick Mauriès hace ya dos décadas enumera las “cosas perdidas” tras la muerte de Barthes: “un timbre de voz; un cuerpo envarado; unos dedos cortos dando golpecitos a un cigarrillo…”. El inventario no excluye su “reticencia a imponer las ideas” en el intercambio diario, sus proyectos inconclusos y la pena de no haber escrito nunca acerca de uno de los autores que más contaban para él: Jean Genet. Pero están también las cosas que quedan tras la muerte de Roland Barthes. Y este otro inventario es parte de lo que Samoyault ha logrado con su libro.

[Eduardo BERTI. “Una revolución llamada Roland Barthes”, in La Nación (Buenos Aires), 15 de mayo de 2015]