✍ Orbe indiano. De la monarquía católica a la república criolla, 1492-1867 [1991]

por Teoría de la historia

orbe-indianoEl Orbe Indiano de David A. Brading continúa una manera de analizar la interpretación de los acontecimientos históricos que tiene tradición y prestigio en México. El mismo Brading señala que su interés por las peculiares formas de expresión del patriotismo criollo fue despertado por la obra clásica de Francisco de la Maza acerca del guadalupanismo, y por los análisis de Edmundo O’Gorman, Luis Villoro y John Leddy Phelan, que iluminaron la manera como los hechos históricos se reflejaron en el pensamiento y la obra de los cronistas americanos. En el Orbe Indiano esta tradición alcanza la altura y la solidez de una obra monumental. El Orbe Indiano no es un estudio sobre los acontecimientos históricos ocurridos entre 1492 y 1867. Es un libro que persigue, en la obra de cronistas, historiadores e intérpretes de esos acontecimientos, el significado que sus autores le atribuyeron a los hechos históricos. Es un estudio de los significados que los contemporáneos descubrieron en los acontecimientos al contemplarlos a través de sus propias concepciones del desarrollo histórico. A este género de análisis se le llamó antes historia de las ideas, y hoy corre con mayor éxito de crítica y de público con el más amplio rubro de historial de las mentalidades. David A. Brading tiene detrás una tradición historiográfica propia, y prefirió situar su ambicioso estudio en la perspectiva que guió a su compatriota G. M. Young para examinar la Inglaterra de la época victoriana (1). Young arguyó que “el tema verdaderamente central de la historia no es lo que ocurrió, sino lo que la gente sintió acerca de ello cuando estaba ocurriendo”. Con este enfoque Brading se lanzó a estudiar no una época, sino grandes ciclos historiográficos que a su vez rinden testimonio de épocas significativas, tales como la era de descubrimientos y conquistas en las Antillas y la tierra firme americana; el periodo dominado por las obras dedicadas a celebrar la misión providencial que España obraba en el mundo a través de la prodigiosa expansión de sus fronteras y el liderazgo de sus reyes; la historiografía patriótica que crearon los criollos fundada en la identidad con la propia tierra; el tránsito entre la concepción cristiana tradicional y la historiografía ilustrada; el ciclo de obras que interpretaron las revoluciones de independencia con las ideas de la Ilustración y del liberalismo español; las contradicciones entre el pensamiento secular liberal y el pensamiento patriótico asentado en valores religiosos e históricos; y finalmente la recuperación hecha por los historiadores liberales y republicanos, bajo nuevos proyectos históricos, de los símbolos creados por el patriotismo criollo. Es posible citar ensayos hispanoamericanos que se propusieron registrar los cambios ocurridos en el pensamiento histórico a lo largo de varias épocas, o estudios comparativos dedicados a encaminar las diversas interpretaciones de la historia surgidas en diferentes épocas y países. Pero éste no es el propósito de la obra de Brading, aun cuando al concluir la lectura de este libro dilatado el lector pueda decir, maravillado y extenuado, que ha hecho un recorrido fascinante a través de casi cinco siglos de interpretación de la historia americana. El objetivo de Brading no es dibujar un panorama o presentar los episodios dominantes de un gran mural histórico, sino el de penetrar en las ideas y valores que modelaron un pensamiento y se expresaron en una obra específica. La originalidad de su estudio radica en la lectura comprensiva e inteligente del conjunto de la obra de un autor, de tal manera que la interpretación que extrae de esa lectura quiere ser una interpretación fidedigna de ese pensamiento: una exposición coherente de sus fundamentos, filiaciones, tesis, cambios y obsesiones. Con esa mira Brading se aplicó al análisis de una colección impresionante de obras que cubren casi todos los géneros literarios en que se ha expresado la reflexión y la imaginación histórica, y así todos los formatos adoptados por la obra impresa, desde el folleto hasta los más abstrusos y voluminosos tratados. Esta atrevida inmersión en las obras originales que en su tiempo y su lugar interpretaron los acontecimientos que transformaban la realidad americana, es el núcleo que le da consistencia, profundidad y representatividad al análisis del pensamiento histórico expresado en ellas. La segunda virtud que percibo en el método de Brading es su capacidad para adentrarse en obras de manufactura y composición diferente, contradictorias en sus fundamentos intelectuales, animadas por propósitos diversos y de estilos contrastados. Animo de comprender, curiosidad ante la variedad de concepciones occidentales que modelaron el pensamiento hispanoamericano, y compulsión por la explicación razonada, son las virtudes intelectuales que explican el tránsito de Brading por las avenidas y bifurcaciones del pensamiento occidental cristiano, la teología medieval, el humanismo renacentista, la ilustración española, el liberalismo, y asimismo son los requisitos sobre los que se asienta su brillante exposición de las formas que asumió el transplante y adaptación de esas ideas en el mundo hispanoamericano. Estos presupuestos intelectuales explican la nueva interpretación que nos ofrece Brading de obras clásicas del pensamiento histórico hispanoamericano, y el rescate y revalorización de obras de otro rango pero igualmente importantes para comprender los cauces por los que corrió la interpretación histórica del Orbe Indiano. La lectura de este libro denso ofrece nuevas interpretaciones, o una suma cruzada de antiguas y nuevas reflexiones sobre obras tan trabajadas anteriormente como las de Cristóbal Colón, Pedro Mártir de Anglería, Américo Vespucio o Antonio de Nebrija. En esta revisión de las primeras interpretaciones del significado del descubrimiento y colonización de las tierras nuevas, uno de los ensayos más penetrantes es el dedicado a la obra y la proyección de las ideas de Bartolomé de Las Casas, que es un capítulo admirable por la riqueza del análisis y el retrato intelectual y moral del personaje. Siguiendo las rutas abiertas por Edmundo O’Gorman, Robert Ricard y John L. Phelan, Brading dedica un capítulo a examinar la interpretación milenarista que los franciscanos elaboraron del descubrimiento de las tierras y los hombres americanos, y subraya la calidad singular de la empresa que los religiosos se impusieron realizar en el Nuevo Mundo, inspirada en las ideas de Joaquín de Fiore, San Francisco de Asís y la rama espiritual de los franciscanos españoles. Al recorrer la obra de los historiadores franciscanos, Brading ofrece una genealogía del pensamiento evangelizador, y al mismo tiempo descubre los matices y singularidades que lo caracterizaron, así como las diferencias que se manifestaron entre los franciscanos de Nueva España y los que predicaron en el sur del continente. Entre las imágenes contrastadas que hace surgir el análisis de Brading, una de las más llamativas es la que brota de la comparación entre las obras históricas de los franciscanos y las de los jesuitas. Las dos órdenes coincidieron en los propósitos últimos; pero el fino análisis de Brading nos muestra las diferencias de tono, espíritu y estrategia que individualizaron a ambas empresas. A partir del análisis de la obra del Inca Garcilaso de la Vega, cuya elegante recuperación idealizada del imperio inca se convirtió en motor de rebeliones indígenas, y para los mestizos y criollos en imagen primordial del Perú, Brading entra en su tema predilecto: la formación de la conciencia criolla. En estos capítulos amplía los temas y los autores que había estudiado hace veinte años (2), y ofrece una extraordinaria reconstrucción de la compleja formación del patriotismo criollo en Hispanoamérica, esa compulsión que combinó la recuperación del denigrado pasado indígena con la creación de mitos religiosos que dotaron a la desamparada tierra criolla de identidad común, fervor patriótico y un futuro mesiánico, protegido por la madre de Dios. La parte tercera de este libro que parece no tener fin tanto por la riqueza de los datos, temas, personajes e interpretaciones que lo recorren, como por su tamaño dilatado, se concentra en las obras que dieron cuenta del tránsito entre la monarquía de los Habsburgo y el nuevo proyecto político de los Borbones, entre la antigua iglesia misionera y la nueva iglesia secular, entre el pensamiento escolástico y el pensamiento ilustrado, pasajes que culminaron en la explosión beligerante del patriotismo criollo y en las guerras de Independencia. Estos capítulos, así como los finales consagrados a la insurgencia y las crisis políticas e ideológicas que estremecieron a las nuevas repúblicas, son una muestra ejemplar de análisis del pensamiento político magistralmente combinado con el estudio de los proyectos, las reivindicaciones, los ideales utópicos y las contradicciones bajo las que se incubó la construcción de las nuevas repúblicas americanas. Al trazar este índice esquemático de la gran obra de David Brading, estoy convencido de que no he logrado transmitir al lector una imagen persuasiva de la riqueza, fuerza intelectual, imaginación y comprensión histórica que contiene. Es casi imposible, en los limites de una reseña, dar cuenta de sus múltiples cualidades, pero quiero destacar una que me parece sobresaliente, y que explica la construcción de este magnífico libro. Detrás de esta obra hay una cultura cristiana y humanista sólidas, y junto a esa asentada acumulación de conocimientos, un ímpetu intelectual notable por su ambición y su rigor. Este libro no se resume en la extraordinaria historia que traza el origen, el desarrollo y la culminación del patriotismo y la formación de la conciencia criolla. Es, sobre todo, una historia iluminadora de las múltiples formas de dominación sutiles, transparentes, subterráneas o abiertas que una civilización, en este caso la occidental, despliega para borrar, subyugar, sustituir y dominar a otras, en este caso las aborígenes americanas. La cultura cristiana y humanista de David Brading es el hilo que guía su descubrimiento de las diversas formas de expansión de Europa en América, y el conocimiento íntimo de los fundamentos de esa civilización es la clave que devela los procesos teológicos, políticos, doctrinales, jurídicos, ideológicos y culturales desplegados en la conquista y penetración de las tierras americanas. El admirable análisis que Brading hace de cada autor para desentrañar los significados de su obra, casi siempre logra descubrir sus filiaciones clásicas, cristianas, medievales, humanistas, ilustradas, jansenistas o republicanas, y siguiendo la urdimbre y la prolongación de esas raíces occidentales, logra develar su transformación en sistemas políticos, jurídicos doctrinales o ideológicos, y su posterior penetración en la realidad americana en la forma de leyes, instituciones, lenguajes, doctrinas, libros, pinturas, arquitecturas, costumbres, imágenes, mitos, liturgias y prácticas cotidianas. De este modo, a través de la hermenéutica, la exégesis, la comprensión y la explicación razonada, Brading nos presenta una extraordinaria radiografía de las múltiples formas que asumió la occidentalización e hibridación de la primitiva realidad americana. A propósito de las prolongaciones europeas en América, Brading cita a George Kubler, el gran estudioso de la arquitectura y el arte de Hispanoamérica, quien al reflexionar sobre la secuencia de las formas de arte que dominaron la pintura, la escultura y la arquitectura hispanoamericanas, definió a las posesiones españolas de América como una colonia cultural, o lo que equivale a decir, “una sociedad en la que no ocurren grandes descubrimientos ni inventos, en la que las iniciativas principales proceden del exterior y no de dentro de la sociedad” (3). Apoyado en los resultados de su propia investigación, Brading se atreve a corregir esta tesis, y señala que “por mucho que la América española dependiera de Europa en materia de formas de arte, literatura y cultura general, sus cronistas y patriotas lograron crear una tradición intelectual que, por razón de su compromiso con la experiencia histórica y la realidad contemporánea de América, fue original, idiosincrática, compleja y totalmente distinta de todo modelo europeo” (4). En otras palabras, lo que David Brading nos dice a lo largo de su obra es que lo específico del mundo hispanoamericano desde 1492 hasta la Independencia y más allá, fue la de ser un mundo colonial progresivamente transformado por una cultura y un actor externos, y que precisamente el rechazo y la obstinada lucha contra esa condición humillante fue el motor que impulsó la aparición de una identidad propia y de un proyecto histórico original. En la presentación de la edición española de este libro Serge Gruzinski hizo notar la diferencia entre el título original, The first America, y el dado a la traducción española: Orbe Indiano. Decía Gruzinski que mientras el primero es coherente con el contenido de la obra, que traza la formación de esa primera América profundamente marcada por el transplante de la cultura europea y la imposición de los valores cristianos, el título de la edición española no da cuenta de esa vasta y profunda transformación. En esos primeros tres siglos, cuando la América anglosajona apenas nacía, en Hispanoamérica ya habían echado raíces y dado frutos las más antiguas tradiciones del pensamiento occidental, y el original entorno físico, humano y cultural se había transformado en un medio híbrido extraordinariamente rico y creativo, donde la coexistencia de las poblaciones indígenas con las llegadas de fuera fraguó una cultura y más tarde un proyecto histórico propios. El gran mérito del libro de Brading es mostrarnos, a través de un trazo que recorre la mayor parte del hemisferio hispanoamericano, las peculiaridades del pensamiento y la fuerza de las ideas que trabajaron ese proceso dramático de conquista, colonización y creación de una identidad propia.

NOTAS. (1). G. M. Young: Victorian England. Portrait of an age. Oxford, 1964. (2). David Brading: Los orígenes del nacionalismo mexicano. Era, México, 1980. (3). George Kubler: The Shape of time. Remarks on the history of things. New Haven, 1970. (4). David A. Brading: Orbe Indiano. pp. 16-17.

[Enrique FLORESCANO. “La primera América”, in Nexos (México), 1º de junio de 1992]

9780521447966_lLa historia, antes que explicitar lo que realmente ocurrió, da testimonio de lo que los hombres creen o quieren creer acerca de lo que ocurrió, pues en verdad en la tarea de los historiadores hay mucho de invención. Escribir sobre el pasado de una comunidad supone una tarea de recreación, solo en parte regida por el rigor, cuyo propósito es construir algún tipo de identidad legitimada en ese pasado. Una mirada sobre lo que se escribió sobre América a lo largo de más de tres siglos permite avizorar el resultado: una o varias imágenes socialmente aceptadas, complejamente construidas con infinitos textos, entre los que se perciben conflictos, transacciones, obstrucciones, silenciamientos y continuidades. Esa tarea, ciertamente ciclópea, ha realizado el historiador británico David Brading, autor de algunos libros fundamentales sobre el México colonial e independiente. Ha revisado casi dos centenares de textos referidos a América, su naturaleza, sus civilizaciones aborígenes, la conquista, las características de los criollos, y en general la peculiaridad americana, escritos por exploradores y conquistadores, historiadores y teólogos, viajeros y funcionarios. Todos ellos -aun sin proponérselo- contribuyeron a la construcción de esa identidad que -según postula Brading- empieza siendo americana y criolla para entrar luego, trabajosamente, en el molde de las nuevas entidades políticas posrevolucionarias. Brading desarrolla un tema central: la construcción de una visión americana, contrapuesta con la imperial española, que fundamenta el patriotismo criollo. A la primera imagen de América construida por los descubridores y viajeros y alimentada en el humanismo renacentista se contrapuso otra, más atenida a la realidad americana, surgida en el ámbito de los conquistadores. La condición de los aborígenes, y el derecho a hacerlos trabajar en beneficio de los conquistadores, dio lugar a largas discusiones que culminaron en el “gran debate” entre Ginés de Sepúlveda y el padre Las Casas donde, a partir de diferentes concepciones teológicas y políticas, surgieron imágenes antitéticas del valor de lo americano. Una y otra contribuyeron, en la segunda mitad del siglo XVI, a la afirmación de una concepción imperial en la que la monarquía aparecía como el instrumento para la realización del plan divino en América. En ese marco, a lo largo del siglo XVII empieza a emerger una visión criolla y “patriótica”. Se alimenta en el resentimiento creciente de los criollos frente a la autoridad metropolitana y a sus delegados locales, y se continúa en una afirmación simultánea. del valor de las culturas aborígenes americanas, de la conquista, militar o espiritual y de las realizaciones de los criollos. Tal como aparece paradigmáticamente en el Inca Garcilaso, la conversión espiritual rescata lo mejor de la civilización incaica, y a la vez los méritos de aquella fundamentan la nueva patria criolla. Si esto resultó dificultoso en el Perú, tuvo pleno éxito en México, cuando un culto local, el de la Virgen de Guadalupe, sirvió para fundir la devoción “de criollos y de indios, de nobles y de comunes”, posibilitando que el incipiente sentimiento patriótico criollo se asentara no solo en la historia sino en mitos y símbolos religiosos. De ahí en más, la larga polémica sobre América y sus valores -que cobró alto vuelo en el siglo XVIII- puede ser interpretada en términos de nueva afirmación de la autoridad imperial, en tiempos de los Borbones, o de defensa de la peculiaridad criolla. Los primeros concitaron el apoyo de los ilustrados -de De Pauw a Raynal-, que contribuyeron a la descalificación americana. Los segundos, en cambio, tuvieron la ayuda de intelectuales jesuitas expulsos por orden de Carlos III. En esos términos, la polémica que reflejaba las tensiones crecientes del imperio reformado del XVIII confluye en el vasto proceso de la ruptura colonial, en los conocidos términos de la oposición entre criollos y españoles. Pero la identidad patriótica criolla solo se adecuó parcial y conflictivamente a los marcos político-institucionales creados por la emancipación, y constituyó apenas uno de los ingredientes con los que, a lo largo del siglo XIX, los estados pudieron construir las nuevas identidades nacionales. Esta idea de “patriotismo”, ciertamente atractiva, no es del todo convincente. Carente de verdaderos ideólogos, excesivamente imprecisa y fluida, esta ideología patriótica parece más bien un sentimiento emergente que una verdadera ideología, y como tal poco adecuado para sustentar una construcción tan vasta. Pero este cuadro general -que el autor presenta con enorme discreción, acumulando referencias secundarias, pinceladas y matices- no es lo que más espacio ocupa en el extenso texto; posiblemente, no sea al fin lo más relevante de esta obra que principalmente es un análisis de textos. Es verdaderamente notable la agudeza con que Brading Ios lee, los confronta con las circunstancias personales del autor y con las cuestiones en discusión en su momento, y cómo descubre la peculiar proyección de sus perspectivas, problemas e intenciones. Muchas de las lecturas son por cierto discutibles -no creo que a los lectores argentinos satisfaga la algo esquemática que hace de Sarmiento- pero en conjunto hay un esfuerzo formidable y un conjunto de hallazgos verdaderamente atractivo.

[Luis Alberto ROMERO. “Un gran mural indiano”, in Clarín, Cultura y Nación (Buenos Aires), 7 de enero de 1993, p. 9]

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