✍ De guerreros a delincuentes. La desarticulación de las jefaturas indígenas y el poder judicial. Norpatagonia, 1880-1930 [2005]

por Teoría de la historia

413WRnwLE8LLa autora, María E. Argeri, logra en este magnífico texto combinar una serie de elementos complejos con una maestría poco usual. De guerreros a delincuentes es un libro que, como todos los que valen la pena, ya sean científicos o literarios, tiene muchos niveles de interpretación. De su lectura pueden beneficiarse tanto los historiadores, como los sociólogos, los antropólogos, los juristas o los estudiosos de la teoría de género, y esto es sólo para empezar la enumeración de lectores que pudieran interesarse en él. En sus páginas hay información, conceptos teóricos, descubrimientos y, por qué no decirlo, placeres para aquellas personas que busquen acceder a un relato de la sociedad de la Patagonia en el caótico periodo que va desde antes de la guerra contra los indígenas, la épica “conquista del desierto” del general Roca, hasta el primer tercio del siglo XX, tal y como lo dice el título. Así se encuentran en el texto anécdotas y citas directas de los protagonistas de esta historia que nos permiten disfrutar de formas de expresión populares casi salidas del Martín Fierro. Por ejemplo, el relato en donde para tratar el papel que las mujeres indígenas tenían en su sociedad, la autora nos cuenta cómo ellas eran mediadoras en las disputas dentro o fuera de su grupo de adscripción, y en una nota transcribe: “Al otro día a las ocho de la mañana vino la chinita Montiguana, mujer de Pichón, y se acercó a él con el pelo suelto y los ojos colorados, demostrando la noche intranquila que había pasado, y le dijo: dice tu Cumpa que vas. Baigorria le contestó: luego voy a ir. Pasándose un corto intervalo, volvió a venir y después de repetirle lo de antes, añadió: andá sin cuidado; tu cumpa ha dicho que no se anima a matarte y te espera para almorzar” (p. 227, n. 7). Este y otros muchos ejemplos llevan a la autora a determinar el funcionamiento de una sociedad indígena compleja con roles perfectamente establecidos y, sobre todo, con algo que asombró a muchos de los europeos o mestizos que entraban en contacto con ellos: la existencia de normas que no por carecer de existencia escrita eran menos respetadas que las leyes de los blancos. Por el contrario, había un estricto código de honor entre las distintas tribus del territorio patagónico que, sin embargo, no era reconocido o apreciado por la sociedad en general, a pesar de tener reglas muy importantes, como la de no mentir, que facilitaba mucho la actuación de los jueces y que aparentemente sólo era tomada en cuenta cuando reconocían haber cometido un delito, mas no cuando se hacía una acusación. Esta interpretación interesada y desigual estaba basada en el hecho de que, para los miembros de la clase alta, sólo ellos tenían la capacidad de sostener un código de conducta que permitiera la defensa de la honra: era imposible aceptar que alguien tan insignificante o salvaje como un indio nómada compartiera esta característica. Argeri no se limita a los indígenas. Nos presenta además apreciaciones sobre hombres y paisajes de las tierras del sur sacadas de los diarios de los viajeros extranjeros; estos personajes acudían a la Patagonia en busca de las aventuras y la libertad imposibles de lograr en su tierra de origen, y en sus escritos nos describen a los pobladores indios, a los criollos y a los inmigrantes. Ahí encontramos el asombro, los prejuicios y, en no pocas ocasiones, la gran admiración con que contemplan a la sociedad indígena. Sus diarios y libros son la principal fuente de información sobre el funcionamiento de sus comunidades y el enfrentamiento con los brazos del Estado argentino: el ejército y los jueces letrados que así estaban haciendo avanzar el proyecto de modernización que pretendía también construir, por fin, la unidad nacional y utilizar las riquezas de todo el territorio argentino. En esas descripciones aparece también, casi como un personaje, el paisaje argentino: la pampa, y más al sur, la Patagonia, que ni eran ni estaban precisamente desiertas, pero cuya inmensidad de alguna manera sobrecogía y llamaba a la admiración de aquellos acostumbrados a las campiñas europeas. Sobre Lady Florence Douglas Dixie, nos dice la autora: “era una defensora de los derechos de las mujeres, y buscaba la vitalidad que podían proporcionarle el mar y las tierras meridionales, agrestes y desconocidas… escapando de las obligaciones y el aburrimiento de la sociedad victoriana de la época” (14). Después, respondiendo a las preguntas de sus amigos, se cita directamente a Lady Douglas: “¿Cuál era la atracción de ir a un lugar tan apartado y a tanta distancia? La respuesta estaba implícita en sus propias palabras. Lo escogí precisamente porque era un lugar exótico y lejano” (citado en p. 15). La lectura de este libro es inusual por la detallada descripción que la autora hace de cómo fue delimitando su objeto de estudio, de cómo fue construyendo su marco teórico general y particular para sus distintos capítulos y sobre todo, cómo fue aprovechando las más numerosas de todas las fuentes disponibles: los expedientes judiciales de los llamados “jueces letrados” que llegaron tras las tropas a la región a imponer los códigos vigentes en el resto del territorio, enfrentándose en el proceso tanto a los jueces locales, llamados de “paz”, como a los gobernadores, los terratenientes o a los propios indígenas. Aunque hay muchos temas tratados por María E. Argeri, cumple ampliamente su propósito de volver a examinar los supuestos típicos de la historiografía tradicional que afirma que la zona estaba desierta, que era un caso de frontera entre “civilización y barbarie”, como lo pensaban los positivistas, que los habitantes indígenas estaban desorganizados y que fueron no sólo vencidos, sino desaparecidos con el avance del ejército y de la ley, y, finalmente, que era una tierra masculina donde las mujeres no contaban. El análisis de la autora destruye o matiza fuertemente todos estos supuestos tradicionales y nos da una versión mucho más sutil y acabada de la construcción de una nueva sociedad donde los habitantes originales de la Patagonia no desaparecen, más bien se transforman en delincuentes, al menos en la apreciación de los recién llegados a su territorio.

[Beatrix LIVAS GONZÁLEZ. “De guerreros a delincuentes. La desarticulación de las jefaturas indígenas y el poder judicial. Norpatagonia, 1880-1930, de María E. Argeri” (reseña), in Revista de Humanidades (Monterrey), nº 21, 2006, pp. 235-238]

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