✍ Sociabilidad en Buenos Aires. Hombres, honor y cafés, 1862-1910 [2000]

por Teoría de la historia

2488Por aquellas épocas la gente no se iba del país, llegaba. Puerta de entrada para miles de inmigrantes, Buenos Aires, hacia la segunda mitad del siglo XIX, estaba dejando de ser, para siempre, una pequeña aldea en que todos se conocían. Extranjeros y desconocidos, en su gran mayoría varones, deambulaban por sus calles (en 1887, uno de cada dos habitantes de la ciudad había llegado de afuera: 31% eran italianos, 10% españoles y 4,6% franceses), cada uno con su idioma y sus costumbres. Los espacios públicos de la ciudad (calles y plazas), y aquellos semipúblicos como los patios de los conventillos, fueron los naturales lugares para que tanta gente nueva se encontrara con sus paisanos, pero también con los nativos y otros foráneos. Hubo un lugar privilegiado para la socialización de inmigrantes: los cafés. Más de doscientos, la mayoría con billar, y más de doscientos treinta “despachos de bebidas” fueron censados en 1887, pero no cesarían de multiplicarse en los años siguientes. Allí los asistentes habituales y esporádicos jugaban al truco y al mus (además del billar), bebían e invitaban a una vuelta a los demás, tocaban la guitarra, apostaban, planificaban huelgas, realizaban contactos para conseguir trabajo, y hasta debían salvar su honor en alguno que otro “duelo criollo”. Quizás estos locales sirvieran para más actividades. Pero no todas han sido consignadas en los documentos con que es posible rehacer la historia de la vida cotidiana de nuestros antepasados. Sandra Gayol (historiadora e investigadora del Conicet), autora de “Sociabilidad en Buenos Aires: Hombres, honor y cafés, 1862-1910”, se propuso estudiar la trama de relaciones sociales que surgían y se establecían en los cafés de aquella ciudad en expansión: cómo se construían los lazos entre los dueños, los dependientes y los clientes, qué tipos de actividades se desarrollaban, qué reglamentaciones los ordenaban, qué valores se ponían en juego entre sus paredes, etc. Pululaban por toda la ciudad, pero se concentraban en la zona céntrica, alrededor de la “plaza principal”. Algunos eran fondines, boliches y bodegones malolientes. Otros combinaban dos identidades, y eran almacén y despacho de bebidas a la vez (y en este caso la clientela se diferenciaba: los niños y mujeres compraban en el almacén, mientras los hombres tendían lazos sociales en torno a la mesa del bar). Estaban los herederos de las pulperías, los que ya empezaban a diferenciarse de sus pares para ser “cafés principales” y los que modernizaban la construcción con “gusto y elegancia”, como el “Tortoni” y la confitería “Del Águila” (y pasaron a ser lugar para chicos “bien”). Bares, cafés, cantinas, bodegones, despachos de bebidas, boliches fueron algunos de los apelativos de estos espacios donde pocas mujeres se aventuraban a entrar (con el riesgo de ser tildadas de prostitutas). Una actividad se destacaba sobre las demás entre los asistentes: beber (vino, ginebra, cerveza, en ese orden). Y aunque estos despachos eran más que “antros de ebrios”, lugares para el encuentro, debieron hacer frente a la opinión negativa de las autoridades, que los culpaban de fomentar el desorden, la vagancia y el despilfarro. Los cafés atraían a todos los sectores sociales, pero fueron ámbitos privilegiados (aquellos no frecuentados por las élites) de encuentro de trabajadores: desde los eventuales hasta los artesanos bien pagos; desde los desocupados hasta los “jornaleros” (abarcadora categoría laboral de la época). Según las fuentes consultadas por Gayol, los habitués eran varones jóvenes (entre 20 y 40 años), la mayoría extranjeros y solteros. Las mujeres sólo aparecían esporádicamente como dueñas del local o realizando la prostitución encubierta. El horario “pico” era la noche: culminada la jornada laboral, todos los caminos conducían al café (el conventillo, con sus reducidos ambientes privados y su patio comunitario, era espacio de charlas de mujeres). El bar era el lugar para que los hombres pudieran “hablar de negocios” y hasta “solucionar problemas familiares”; les ofrecía comida y a veces alojamiento, pero también distracción, diversión (jugar al truco, al mus, al monte, cantar, asistir a una payada) y hasta información política (algunos eran alquilados por militantes socialistas y anarquistas para realizar asambleas). El consumo natural y primero (incitado por el agua contaminada de los pozos) para el parroquiano era tomar unas copas. El alcohol acelera el acercamiento entre individuos desconocidos. Toda una serie de ritos se conformaron en torno al beber: la obligación de invitar con una vuelta, de devolverla, pagar “la penúltima”, no desdeñar una invitación. La ebriedad no es lo que se buscaba (por el contrario, el control era apreciado), ni siquiera en el caso de “duelos” de copas, competencias en las que ganaba el que bebía más sin perder la compostura. También, es cierto, el café era lugar donde se zanjaban pleitos personales (o comenzaban a zanjarse, para terminar en la calle). Las peleas y duelos tenían un móvil mayoritario: salvar la honor mancillado. Y ya se sabe: el honor de un hombre (por lo menos hace más de 100 años) puede mancillarse por innumerables motivos, como decirle a un cocinero que su torta pascualina estaba mal hecha, o ser tratado de débil, ladrón, cobarde o cornudo. La respuesta (esperada, necesaria, normal, irremediable, hasta comprendida por la misma ley) era la pelea, generalmente a cuchillo. El final, heridas graves o la muerte de uno de los contendientes. El honor fue mucho más que una excusa por aquel entonces: era una fuerte institución que permitió que tantos varones pudieran hacer pie en tierra desconocida, ganar reconocimiento, ofrecer garantías para una relación y vencer al anonimato de la ya gran ciudad.

[Pilar PIÑEYRÚA. “Cafés de Buenos Aires, honor de inmigrantes y criollos”, in Los Andes (Mendoza), 3 de diciembre de 2000]