✍ La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces [2003]

por Teoría de la historia

2921730.__grande__Este volumen reúne los trabajos presentados en un coloquio celebrado en la Universidad de Buenos Aires en agosto de 2001 con el fin de discutir una serie de enfoques e interpretaciones que, a juicio de los organizadores del evento y compiladores del libro, renovaron la historiografía política argentina del siglo XIX. El libro permite apreciar la certeza de ese juicio, pues pone a disposición de los lectores algunos estudios sobre el período abierto con la crisis de la monarquía española y la revolución de mayo de 1810 que, vistos en conjunto, ofrecen una visión renovada y sugerente de temas significativos como la representación política, los modelos constitucionales, el sufragio, la opinión pública, las concepciones sobre nación y ciudadanía, la participación política de los sectores populares y los sectores dominantes, el carnaval, la milicia, la sociabilidad, las redes familiares y los partidos. El libro está dividido en dos secciones: la primera agrupa ocho estudios sobre representaciones que mayormente se centran en Buenos Aires, mientras que la segunda consta de nueve artículos sobre prácticas que también examinan lo sucedido en otros espacios como Mendoza, Tucumán, Córdoba, Santa Fe y Jujuy. Como advierte Hilda Sábato en la Introducción, esta división tiene un fin práctico pues gran parte de los textos cruzan ambas dimensiones de análisis. Dada la complejidad y heterogeneidad de estos estudios que además abarcan más de un siglo, resulta de gran importancia dicha Introducción pues hace una breve presentación de los mismos pero también del estado actual de las investigaciones y de las obras que los inspiraron. Sábato destaca en ese sentido la profunda renovación que sufrió la historiografía política argentina en las últimas dos décadas en su intento por superar las visiones que concebían el siglo XIX como un período en el que se produjo la transición entre el orden colonial y el Estado nacional. Esta perspectiva teleológica fomentaba una caracterización anacrónica de los fenómenos políticos pues éstos eran considerados peldaños necesarios de ese proceso, o rémoras destinadas a ser superadas. Por el contrario, los estudios actuales proponen indagar la especificidad de la vida política decimonónica sin concebirla en el marco de procesos lineales y predeterminados, cobrando así visibilidad temas como las soberanías provinciales, la opinión pública o el sufragio que en otros marcos interpretativos carecían de interés o sentido. Otro aspecto significativo de esta renovación, que también es perceptible en gran parte de los trabajos, es el intento de superar el marco nacional al considerar la dimensión iberoamericana de los procesos históricos locales. Ahora bien, no sólo la historia política asistió en los últimos años a una importante renovación de sus temas, enfoques y problemas, sino también la social, económica y cultural con las que mantiene diálogos fructíferos tal como se puede apreciar en Armas, votos y voces. Buena parte de los artículos que integran la primera sección examinan la vida política a la luz de una renovada historia cultural e intelectual que presta atención a la dimensión simbólica, las ideologías, los lenguajes, discursos e imaginarios. Sin duda esta enumeración merece mayores precisiones pues aunque apuntan a indagar el sentido o los significados atribuidos a hechos, instituciones o prácticas, constituyen objetos o enfoques de diversa índole. En este caso, los compiladores los agruparon como representaciones, caracterización que no logra expresar del todo sus contenidos. De todos modos esta decisión pues considerarse acertada desde una perspectiva conceptual, ya que la noción de representación permite articular nuestro horizonte de comprensión y el de los actores históricos. En efecto, mientras que en los últimos años representaciones se constituyó en una categoría de análisis recurrente en los estudios históricos, su acepción más restringida como representación política constituye un concepto central del período examinado en el libro. Esta centralidad se debió a su extendido uso, producto de la temprana acogida de la república y el régimen representativo, pero sobre todo a su capacidad para condensar las tensiones provocadas por esa adopción en la sociedad posrevolucionaria. Es que dicha noción presuponía la existencia de sujetos ya definidos previamente —vecinos, ciudadanos, pueblos, la nación— que buscaban ser representados políticamente, pero en muchas ocasiones más que expresarlos en verdad debían crearlos u otorgarles nuevos sentidos a los ya existentes. El análisis de esta tensión, presente no sólo en el problema de la representación política sino en la vida pública posrevolucionaria en general, permite por tanto indagar cómo se articulaban determinado estados de cosas con renovados horizontes de expectativas que buscaban transformarlos, tal como podrá apreciarse en las siguientes líneas que recorren algunas cuestiones tratadas en los primeros artículos del libro. En el primer artículo, «La cuestión de la representación en el origen de la política moderna. Una perspectiva comparada (1770-1830)», Darío Roldán propone un sucinto pero sugerente recorrido por las reflexiones hechas por autores canónicos como Hobbes, Rousseau, Montesquieu, Burke, «Publius», Sieyès, Royer-Collard, Constant y Guizot. Dichas reflexiones las entrelaza en un examen comparativo sobre cómo se concibió la representación en el marco de los procesos abiertos por las revoluciones francesa y norteamericana y la crisis monárquica española. Considera que éste es un problema privilegiado para indagar el proceso político, pues fue a través de la representación que se procuró reparar la distancia entre sociedad y poder que implicaba la soberanía de la nación o del pueblo. Esto llevó a plantear la necesidad de conciliar en la representación el consentimiento y autoridad, lo cual demandaba a su vez la creación de mecanismos de selección que debían tener algún presupuesto sobre cómo estaba o debía estar constituida la sociedad. De ahí que las reflexiones en torno a la representación estuvieran afectadas por las diversas transformaciones sociales ocurridas en cada una de estas experiencias. En ese sentido concluye planteando algunas hipótesis referidas a la especificidad rioplatense que vincula la representación a la necesidad de reconstruir el poder estatal más que a limitarlo como podía ocurrir por ejemplo en Francia. Roldán destaca además que en el Río de la Plata —y, de admitirse su hipótesis, cabría agregar en toda Hispanoamérica— también se produjo una diferencia de origen ya que la retroversión de la soberanía a los pueblos era una respuesta que de algún modo preexistía a la propia crisis. Ahora bien, más allá de que esta preexistencia requiera de mayores precisiones que las que un artículo breve puede brindar, debe tenerse presente que hacia 1810 ya existían también esas otras respuestas ensayadas en Francia, Norteamérica e incluso Inglaterra, que se constituyeron en modelos prácticos como muestra Noemí Goldman en Formas de gobierno y opinión pública o la disputa por la acepción de las palabras, 1810-1827. La autora nos recuerda que los resonantes fracasos constitucionales son en general interpretados a la luz de las luchas facciosas entre unitarios y federales o alegando su falta de originalidad e inadecuación a la realidad. A fin de superar esas visiones propone una muy sugestiva indagación sobre los sustratos culturales y sus condiciones de traducción que apunta a comprender las concepciones vigentes sobre qué implicaba esa posible adopción encontrando tres posibles posiciones: imitación, adaptación o combinación. Esta última es la que de algún modo se impone en la Constitución de 1819 y con mayor nitidez en la de 1826, siendo rechazadas en ambas ocasiones por su carácter centralista. Esta oposición se dio en el marco del establecimiento de soberanías provinciales en la década de 1820, constituyéndose Buenos Aires en un nuevo modelo o, mejor aun, como sostiene Goldman, en un mediador de modelos, uno de cuyos rasgos distintivos fue la ampliación del sufragio por la ley electoral de 1821. Esta cuestión es analizada por Marcela Ternavasio en La visibilidad del consenso. Representaciones en torno al sufragio en la primera mitad del siglo XIX. La importancia del sufragio ya ha sido demostrada por la autora en trabajos anteriores, por lo que sólo cabe recordar que es el mecanismo que regula la representación y que hace visible el consenso o, en términos de Roldán, el consentimiento a las autoridades. En este trabajo indaga dos momentos en los que se procuró que el sufragio adquiriera visibilidad para afianzar la legitimidad del gobierno. El primero, asociado a la deliberación pública, se produjo en el marco de la denominada Feliz Experiencia de cuño liberal y republicano que tuvo como figura central a Bernardino Rivadavia, Ministro de Gobierno de la Provincia de Buenos Aires entre 1821 y 1824 y efímero presidente de la República dos años más tarde. El segundo, de carácter plebiscitario, fue desarrollado en el marco de los gobiernos de Juan Manuel de Rosas en la Provincia (1829-1832 y 1835-1851). Ambas concepciones, la de carácter deliberativo y la plebiscitaria, estaban asociadas también con diversas nociones sobre cómo estaba constituida la sociedad o, más precisamente, sobre cómo debía estar constituida. En el caso de los rivadavianos, la autora muestra que si bien procuraron erigir un sistema institucional basado en la deliberación a fin de fundar su legitimidad, se encontraron con el hecho de que ésta debía ser construida previamente. Más aún, debía ser importada: de ahí que en términos de Goldman su adopción pudiera considerarse como una imitación, hecho apreciable en que el Reglamento de la Sala de Representantes reprodujera casi textualmente las Tácticas de las asambleas legislativas de Bentham. Estas cuestiones son tratadas desde otro ángulo por Jorge Myers en Las paradojas de la opinión. El discurso político rivadaviano y sus dos polos: el «gobierno de las luces» y «la opinión pública, reina del mundo». En efecto, Myers muestra que la deliberación no era la única práctica que buscaba ser creada por quienes se agruparon en torno a la figura de Rivadavia, cuyo diagnóstico al asumir el gobierno era que debía subsanarse deficiencias de todo tipo procurando por tanto alentar la creación de un cuerpo de ciudadanos, así como también instituciones, formas de sociabilidad y prácticas económicas modernas. En ese sentido su acción puede resumirse en la búsqueda de un orden legítimo y en la producción de una serie de reformas ilustradas destinadas a transformar la sociedad. Ahora bien, esto implicaba una fuerte tensión pues se suponía que el gobierno debía representar aquello que aún no existía y que, por tanto, debía ser creado. De ahí el interés que tiene el análisis conceptual de las potenciales contradicciones entre dos nociones que buscaron ser fusionadas en el discurso de los rivadavianos: la del gobierno de las luces y la de opinión pública, reina del mundo. Las contradicciones estallaron en 1823 al debatirse una reforma eclesiástica que provocó un fuerte rechazo en vastos sectores de la sociedad. Es que los opositores también se expresaron a través de esos mecanismos de la opinión pública como la prensa, acción que llevó a su exclusión y censura por considerarse que sus posiciones carecían de toda legitimidad y, por tanto, no podían formar parte de la opinión pública. Lo señalado en los párrafos anteriores es tan sólo una pequeña muestra de las cuestiones tratadas en este volumen colectivo que sin duda puede ser también leído a partir de otros recorridos. En ese sentido, la presente reseña debe ser considerada como una incitación a su lectura, pero sobre todo a tomar contacto y a entablar un diálogo crítico con la historiografía argentina de la cual este trabajo constituye una excelente muestra.

[Fabio WASSERMAN. “Hilda Sábato y Alberto Lettieri (ed.). La vida política en la Argentina del siglo XIX. Armas, votos y voces” (reseña), in Revista de Estudios Políticos. Nueva época (Madrid), nº 134, diciembre de 2006, pp. 277-281]

Hilda Sabato y Alberto Lettieri compilan en “La vida política en la Argentina del siglo XIX” un conjunto de trabajos que, desde perspectivas históricas, intereses y propuestas diversas, procuran un abordaje amplio y exhaustivo de algunos aspectos de la política argentina, de sus discursos y de sus prácticas, en el período comprendido entre la Revolución de Mayo y el ocaso del régimen conservador. En la introducción de la obra, Hilda Sabato describe la tenaz continuidad de los problemas de la representación política que desvelan a intelectuales, políticos e historiadores, desde la crisis revolucionaria que puso fin a la colonia española y abrió paso al nuevo Estado independiente, fundado en la expresión de una voluntad popular no siempre fácil de expresar, organizar y llevar al poder. Según Sabato, símbolos, discursos y prácticas son fundamentales para comprender ese tránsito hacia la modernización política y su consolidación. La autora exalta el acierto de los nuevos enfoques que abren camino al estudio y la comprensión de problemas de los que, hasta hace poco, la historia política tradicional se desentendía por completo. Entre la ruptura revolucionaria y la conformación de un nuevo orden político, el proceso político argentino durante el siglo XIX fue, en verdad, muy complejo y agitado. Los autores abordan épocas y problemas no siempre fáciles de advertir como continuidad de un mismo proceso, aunque de hecho lo constituyan, como sucede con la Revolución de Mayo, la crisis de 1820, el unitarismo rivadaviano, las formas de movilización política bajo el rosismo, los conflictos facciosos en el Estado de Buenos Aires, los carnavales porteños del siglo XIX, los debates sobre ciudadanía y participación posteriores a 1880, las estrategias políticas del régimen oligárquico y el papel de los empresarios rurales. Darío Roldán, Noemí Goldman, Marcela Ternavasio, Jorge Myers, Alberto Lettieri, Oscar Chamosa, Flavia Macías, Lilia Ana Bertoni, Gabriel Di Meglio, Pilar González Bernaldo, Beatriz Bragoni, Gustavo Paz, María Cecilia Bravo, Marta Bonaudo, Paula Alonso, Roy Hora y Liliana Chaves trazan un exhaustivo mapa de las tendencias historiográficas y metodológicas de la última década. Indudable aporte a la comprensión de problemas capitales de la historia nacional esta obra presenta, más que una acabada respuesta sobre la conformación de la identidad política argentina, un amplio abanico de dudas y preguntas estimulantes.

[Rogelio PAREDES. “Nuevos enfoques de estudio”, in La Nación (Buenos Aires), 26 de octubre de 2003]

Sin necesidad de apelar al cliché trivial de una “nueva historia”, es indudable que los estudios sobre la historia política se han renovado en los últimos veinte años, en parte por algunas influencias intelectuales fuertes, pero sobre todo por la incorporación de un nutrido conjunto de investigadores a un campo que, hasta hace un tiempo, parecía circunscripto a las concepciones más tradicionales del oficio. Las novedades son más llamativas, por ahora, en los estudios referidos al siglo XIX. El pasaje del orden colonial al republicano; la trabajosa constitución del Estado nacional, de la ley y el orden; la vinculación entre balbucientes regímenes políticos y una sociedad civil que estaba en pleno proceso de constitución; la entidad de las prácticas políticas y su diversidad -los votos, las armas y las voces-: tales son los ejes problemáticos que ordenan un campo de estudios particularmente estimulante. Hilda Sabato es una de las historiadoras que más han contribuido a esta renovación, con trabajos pioneros como ‘La política de las calles’. Hace dos años convocó a una veintena de académicos -algunos jóvenes y otros ya formados- para discutir trabajos específicos y maneras de aproximarse a lo político. Este volumen reúne esos trabajos, a los que Sabato ha logrado darles unidad y sentido. Los textos recorren la historia argentina entre la crisis colonial y la reforma de 1912. Sabato los ha ordenado de acuerdo con el ángulo o enfoque predominante, un criterio que subraya el interés en la renovación de las perspectivas de análisis. La primera sección se refiere a la dimensión simbólica: ideas, discursos, símbolos, ritos. Todo un conjunto de prácticas relacionadas con la construcción del sentido y en particular con el de la autoridad legítima. Viejos y nuevos universos discursivos confrontan en los primeros años republicanos: quienes hablan de una “nación” unánime y quienes de “pueblos soberanos”. Las elecciones pueden convertirse en la expresión de la unanimidad. La opinión pública, surgida de una sociedad compleja y diversificada, puede aportar la unidad de sentido que cimiente el consenso. La Nación, finalmente, llegará a ser concebida como homogénea, unánime y preexistente al pacto político. El patriotismo es parte de esa búsqueda de la unidad imaginaria. Flavia Macías, una joven historiadora tucumana, estudia el caso de la Guardia Nacional y la conformación de la imagen del ciudadano armado, sujeto inescindible de derechos y deberes, fundamento de una identidad nacional. María Celia Bravo estudia otra dimensión de la política tucumana entre 1850 y 1862: la coexistencia de la práctica electoral y la lucha armada, entre facciones provinciales e interprovinciales, con provincias invadidas e invasoras mezclándose en la lucha política. Su trabajo corresponde a la segunda perspectiva encarada en este volumen: las prácticas políticas. Con ellas aparece la inclusión de nuevos actores políticos: los “gobernados”, que irrumpen bajo la forma de clientelas electorales, de fuerzas armadas, de opinantes. La hipótesis común es que la vida política ha transcurrido en escenarios más amplios, variados y complejos que los tradicionalmente supuestos, y que las formas de control debieron atender esa diversidad y frecuente contestación. Los sectores plebeyos irrumpieron en la política porteña en 1806. Una sociedad politizada se despliega en los “espacios de sociabilidad” de Buenos Aires en tiempos de Rivadavia, y una compleja vida asociativa, que acompaña el espectacular crecimiento de Buenos Aires, sustenta la vigorosa opinión pública que a los ojos de muchos es el referente de las prácticas políticas. Algo parecido, aunque en otra escala, se observa en la vida política de las provincias. Allí las familias tradicionales, vinculadas por sólidos lazos de parentesco, comparten el escenario con sectores subalternos de diversa índole, que aparecen en las elecciones y en las revoluciones. El propio Julio A. Roca tuvo que lidiar con una variedad de grupos y de facciones, organizados a veces en ligas interprovinciales, para mantener en pie el Partido Autonomista Nacional. Finalmente la oligarquía terrateniente porteña, elite entre las elites, es presentada en situación distanciada -una suerte de magnífico aislamiento- respecto de quienes conducen el gobierno del Estado a fines del siglo pasado. En suma, un panorama variado y sugerente, tanto por los temas cuanto por la novedosa manera de incursionar en el clásico territorio de la historia política.

[Luis Alberto ROMERO. “Agudas miradas sobre la política en el siglo XIX. Compilación de trabajos de una veintena de académicos de diversa edad”, in La Gaceta (Tucumán), 28 de septiembre de 2003]