✍ Historia de la Argentina, 1852-1890 [2012]

por Teoría de la historia

9789876292306En su libro nuevo, la historiadora Hilda Sabato alumbra el momento de la formación del Estado argentino, de la sociedad moderna y capitalista que ocurrió entre 1852 y 1890. Dice que hoy el Gobierno diseña un relato a base de una selección de mitos. Sobre el final de la charla, Hilda Sabato se apoyará en el respaldo de la silla y dejará que los sentimientos se filtren en su voz, en esa sonrisa que no intenta ocultar una nostalgia nueva. “Ayer di mi última clase –dirá–, no sé si di la mejor clase que podría haber dado, pero bueno…” La entrevista, motivada por la reciente aparición de su libro Historia de la Argentina 1852-1890 (Siglo XXI), dentro de la colección Biblioteca Básica de Historia, que dirige Luis Alberto Romero, tiene lugar la tarde del miércoles 14 de noviembre, un día después de que Sabato se parara por última vez frente a sus alumnos, a todo el equipo de Historia Argentina II de la UBA y a algunos “colados”, ex alumnos y amigos. Tras 25 años al frente de la cátedra, Sabato se despidió con una clase final, que “fue como un bis en un concierto, algo fuera de programa”, un cierre en el que habló sobre política y sociedad. No sin antes mencionar su desacuerdo con el sistema universitario verticalista en el que las cátedras, una vez concursadas, funcionan como estructuras estancas en las que el titular es casi el dueño, la historiadora concluirá: “En mi calidad de profesora peleé mucho contra ese sistema, con los mecanismos que uno tiene para pelear, perdí”. “Decidí que voy a dejar la docencia universitaria porque cumplí 65 años y es el límite establecido por el estatuto para jubilarse”, dirá Sabato. Pero eso será al final, porque el tema aquí es su Historia de la Argentina 1852-1890, un repaso exhaustivo por las luces y las sombras de un período en el que se definió la institucionalidad del país.

¿Cuáles fueron las principales decisiones que debió tomar a la hora de encarar este período?

-La definición del período fue muy importante y la pude ir teniendo a medida que hice el trabajo, no lo definí del todo de antemano. Porque una de las cosas que me interesaba era romper la idea de un camino progresivo que lleva de un lugar al otro. En este caso, lo típico de este período es entenderlo como proceso de formación del Estado, constitución de la sociedad moderna, desarrollo de la sociedad capitalista, siempre visto desde el punto de llegada, porque uno no puede ignorar que conoce ese punto. Pero lo que me interesaba era desarmar esas visiones y entender cómo los contemporáneos vivieron estos procesos, porque ellos no conocían el futuro, querían construir distintos futuros, pero no sabían como iba a resultar. Por lo tanto, la idea era recuperar parte de la incertidumbre, recuperar los procesos truncos, los proyectos derrotados. Fue un período muy conflictivo desde el punto de vista político, en el cual se pusieron en juego distintas maneras de pensar el país. No digo proyectos sólidamente formulados, pero sí distintas orientaciones, por ejemplo, cómo tenía que ser el Estado, cuánto poder tenía que tener el Estado central en relación con los Estados provinciales. Muchas veces la historiografía contó eso como el camino de formación de un Estado que era cada vez más centralizado. A mí me interesaba romper esa idea porque, efectivamente, hubo un Estado centralizado, pero fue el resultado de una cantidad de disputas, conflictos, procesos que no fueron lineales y que dieron lugar a momentos de enorme incertidumbre respecto del futuro. Por eso decidí terminarlo en 1890, en una crisis brutal, con muchas alternativas. Decidí terminarlo ahí, porque cuando termina el libro estamos en el abismo, como en 2001. Nosotros sabemos lo que vino después, pero en ese momento era el abismo. Terminarlo ahí contribuye a mostrar la no linealidad de los procesos. Lo que viene después creo que es un viraje fuerte sobre lo que venía antes, eso está en el epílogo, por lo tanto definir el período fue una cosa importante.

Aparecen en estas décadas varios nombres. Lo que está claro, tanto en el libro como en otros de sus trabajos, es la idea de alejarse de la lógica del héroe y el villano. Entonces… ¿cómo fue crear este relato en torno de los principales protagonistas?

-Yo tenía que contar la historia política y me di cuenta de algo que uno sabe pero que no necesariamente absorbe del todo. Dado, primero, el régimen presidencialista argentino y segundo que es un período donde los presidentes se suceden, salvo en el caso de Mitre que hay una derrotado militar, el resto suben por elecciones. De manera que, con un régimen presidencialista y con un Estado precario, inexistente, la personalidad de cada uno de los presidentes, la impronta que cada uno, más allá de su éxito o fracaso, quiere darle a la construcción del Estado, es un ingrediente indispensable y marca diferencias muy fuertes. La otra cuestión tiene que ver con la práctica política. Este libro tiene dos ejes, uno es el Estado y el otro son las prácticas políticas, cómo es el debate político y cómo es la lucha política. Y la lucha política estaba muy ordenada en torno a los procesos electorales por eso me pareció que recuperar esa periodización, servía porque marcaban cambios en la vida.

Hablamos siempre de hombres que fueron estrictamente contemporáneos.

-Claro, además que se peleaban mucho. Son gente que pertenecen a las clases propietarias, letradas. No vienen de abajo, pero tampoco son de arriba. Esas dirigencias políticas compartían valores, proyectos, la idea de una Argentina capitalista, inserta en el mundo. Compartían una cantidad de cosas y además ámbitos de sociabilidad, pertenecían a los mismos sectores sociales, pero podían llegar a agarrarse a tiros, como hacen en las revoluciones del 74, la del 80. ¿Cómo se explica eso? ¿Por qué no se sientan y negocian? También lo hacen. Entender eso, ese tipo de cuestiones que hacen a la vida política del período y le dan virulencia, es lo interesante. Porque implica la participación de sectores más amplios de la población: para hacer revoluciones, para ganar elecciones, no alcanza con los ricos, que se quedan al margen y prefieren hacer negocios. La vida política requería de la participación, con características peculiares, con formas de organización muchas veces verticales, desiguales, pero que incluían a muchísima gente, una vida política inclusiva, a la vez que jerárquica desigual. Inclusión e igualdad no son lo mismo.

Es un período atravesado por un debate, que llega hasta hoy, entre centro y periferia. Eso coloca al libro en una encrucijada con la actualidad…

-Creo que ahí se definen algunos rasgos que vienen para quedarse, esa definición es lo que a mí me interesa, mostrar que no fue fácil, ni lineal, ni incruenta y que tuvo ganadores y perdedores. El primer problema fue la disputa por la soberanía estatal, hay que pensar esto, que muchas veces pasa desapercibido por la naturalidad con que asumimos que hubo una Constitución en el año 1853, como si eso fuera lo más normal. Venían de 30 años de peleas.

Además fue una constitución muy ambiciosa.

-Fue un proceso muy ambicioso que rompió además con muchas cosas, pero lo principal es que rompió con la estructura institucional de la Confederación Argentina. La confederación era una asociación de repúblicas, cada provincia era una mini república, con sus órganos de gobierno, sus ejércitos y sus aduanas, cada provincia era soberana. Cuando cae Rosas es la voluntad política de Urquiza la que hace llegar a buen puerto el proyecto de dictar una constitución, porque él tenía el poder para hacerlo, a pesar de que se le rebela Buenos Aires. Esa constitución establece algo francamente nuevo y es que va a haber una federación, las provincias tienen que ceder parte de su soberanía a algo que no existe. Todas, menos Buenos Aires, están de acuerdo, pero inmediatamente que se sanciona la Constitución empiezan a defender sus propios territorios. La provincia de Buenos Aires va a ser el último baluarte federalista, autonomista, va a luchar hasta con las armas. Ese conflicto, cuánta soberanía van a tener las provincias y cuánto va a tener el Estado atraviesa todo el período y alimenta la disputa política. Ese punto se resuelve entre el 80 y el 90 con la centralización; en el 80 con la derrota de Buenos Aires se define el proyecto centralizador que triunfa en términos institucionales. Empieza a haber un Estado central, hay un espacio nacional, uno podría decir que la Capital Federal se convierte en un lugar que va a permitir crear tramas nacionales, el Congreso, el aparato del Estado, los ministerios, permite que venga gente de las provincias y arme sus relaciones nacionales acá. Pero la política práctica, la cocina, está en las provincias, y hoy sigue siendo en muchos sentidos así.

En los 80, cuando se define la centralidad, usted afirma que se vive como un fuerte punto de inflexión. ¿Tan trascendental fue, entonces, la comprensión del momento presente?

-Sí, porque fue muy virulento, una pelea muy tremenda que culminó con la revolución en Buenos Aires. Incluso después de la derrota militar de Buenos Aires hubo un período clave, donde lo que se resuelve se resuelve por vía política, por vía de las presiones y las transacciones políticas, ya no hay más armas. En las armas, Buenos Aires pierde, pero no se resuelve de un día para el otro, el período dura meses, en los que hay todo tipo de maniobras, negociaciones, intercambios, presiones. La voluntad política de Roca es decisiva porque Avellaneda no quería ir a fondo con aplastar a Buenos Aires y Roca estaba convencido de que si no se la aplastaba, nunca se iba a poder consolidar el poder estatal, que él veía como fundamental. En general se dice Buenos Aires triunfó; pero Buenos Aires fue derrotada, militar y políticamente. Y fue derrotada por una fuerza cuyo pie estaba en algunas provincias, no en todas, pero en algunas provincias. Es como a la inversa del sentido común, del relato.

Ya que menciona la creación de un relato, usted ha manifestado su desacuerdo con la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego. En relación a eso, ¿considera que siempre es válido repensar, revisar la historia o hay un momento en que un período se clausura?

-Nunca. Una cosa es el pasado y las versiones que cada uno de nosotros tenemos sobre el pasado. Más aún, la construcción de memoria, en el sentido de un relato que sea ejemplar para un determinado grupo político, social o cultural está basada en un conjunto de valores que ellos sostienen y usan de base. Por lo tanto, buscan en el pasado aquellos personajes que sean emblemáticos de esos valores, aquellos hechos que permitan mostrar cómo esos valores se llevaron adelante y que les sirvan a ellos como ejemplo. Esas son construcciones de memoria colectiva, de mitos colectivos, que son totalmente legítimos. Las naciones funcionaron así, construyeron mitos de origen para poder funcionar, para poder existir. Esta es la historia que se va a transmitir como historia colectiva. Hoy que las naciones no se consideran monolíticas u homogéneas culturalmente, uno puede decir que una nación tiene memorias, no tiene una sola memoria. Entonces, desde ese punto de vista, cuando la Presidente usa un ejemplo histórico y lo transmite como verdad, a mí no me interesa mucho si eso fue verdad o no, sino qué dice eso de sus valores. Porque a través de la selección del pasado, va a estar transmitiendo valores, cuáles privilegia frente a otros valores. Entonces, está en las memorias, está el pasado y, por otro lado, está la historia, ya no como pasado, sino como disciplina, una disciplina que tiene sus protocolos, sus formas de saber, de conocer el pasado, a través de ciertas reglas, instrumentos. Ahora, por supuesto, ¿por qué la confusión? Porque, efectivamente, el pasado forma parte de los relatos que construyen memorias. La disciplina histórica, una de las cosas que nos enseña es que nunca tenemos que pensar que estamos descubriendo la verdad.

[María Luján PICABEA. “La construcción política del pasado” (entrevista a Hilda Sabato), in Revista Ñ (Buenos Aires), 10 de diciembre de 2012]

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