✍ La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880 [1998]

por Teoría de la historia

la-politica-en-las-calles-hilda-sabato-13537-MLA20078608434_042014-FEl título resume con acierto las hipótesis que, desde hace varios años, vienen orientando los estudios historiográficos de Hilda Sabato. ¿Es acaso posible imaginar una república participativa en alguna porción geográfica y en algún período de aquella Argentina de la segunda mitad del siglo XIX? Considera Hilda Sabato que este interrogante podría merecer una respuesta afirmativa si las inquietudes del historiador se proyectan sobre el pasado de la provincia “señora de los ríos”, como la llamó Sarmiento, durante los dieciocho años que transcunieron entre el ascenso de Bartolomé Mitre, tras la victoria de Pavón, y la guerra del ochenta, que dio el sustento armado para la federalización de la ciudad de Buenos Aires. El tramo elegido continúa, pues, la experiencia del Estado de Buenos Aires en la década del cincuenta y se cierra con los combates urbanos de Barracas, Puente Alsina y Los Corrales. De resultas de ello, en 1880 Buenos Aires perdió el atributo que la elite política de esa región dominante venía defendiendo con enfervorizada pasión: su tenaz autonomía frente al emergente poder centralizado del Estado nacional. La vida pública en el Buenos Aires de los años sesenta y setenta se presenta como el montaje de varios escenarios superpuestos: tres presidentes (Mitre, Sarmiento y Avellaneda) coexistieron en la misma ciudad con gobernadores que disponían, dentro de ese contorno, de medios de coacción ordinarios más poderosos que los del mismo primer magistrado; la política nacional se cruzaba de este modo con la de la provincia en un juego que, si por momentos remedaba una polis pacífica, en otros se dirimía mediante la violencia que esgrimían cuerpos annados en lucha; los procesos electorales, en fin, se recortaban sobre una vita activa mucho más abarcadora que los acontecimientos típicos de los días en que tenían lugar los comicios. Una vez instaurado el control nacional del orden conservador después del ochenta, estos rasgos de la política de Buenos Aires -como apuntó Ezequiel Gallo en una nota reciente sobre el libro que comentamos- fueron evocados con nostalgia por actores y testigos de aquel tiempo. No importaba que fueran opositores o miembros destacados de la nueva hegemonía roquista. En general, esos porteños gustaban compartir la remembranza, sin duda exagerada, de una república auténtica, vencida por la necesidad de levantar la unidad del Estado. Era una suerte de utopía vuelta sobre el pasado, abonada por autonomistas nacionales como Pellegrini y Cané, y por los futuros radicales que se encolumnaron tras el mensaje anticentralista de Leandro N. Alem. Hilda Sabato ha tenido la virtud de recuperar la atmósfera de aquel momento histórico mediante un método que se vuelca al estudio del pasado, con el auxilio de palabras y conceptos propios de una vertiente de la teoría política ilustrada con maestría por Jürgen Habermas. Las imágenes que una vieja tradición ideológica presentaba al modo de un contrapunto entre una “república antigua”, con su virtud cívica a cuestas, y una oligarquía en franco ejercicio del poder en todo el país, se transforman, merced al estilo de Hilda Sabato, en una cauta reconstrucción que no elude discutir las interpretaciones canónicas, y tampoco olvida destacar problemas no resueltos, tanto en el campo de la historia como en el de la teoría política. Con respecto al primer punto, las conclusiones preliminares de Hilda Sabato refutan la visión de un régimen republicano que se desenvuelve según una secuencia de ampliación gradual de la ciudadanía. En realidad, estaríamos frente a un itinerario más complejo, en el que los saltos hacia una participación ampliada coexistirían con frenos y retrocesos. De acuerdo con la sociología histórica de Raymond Aron, el progreso no representa aquí una trayectoria sino un movimiento dialéctico. Había, en efecto, diferentes respuestas a un problema republicano básico: la justificación del mando y la obediencia por medio de diversas variantes de lo que la Constitución de 1853-1860 llamaba “soberanía del pueblo”. La política porteña encama una de esas respuestas. En relación con el segundo punto, la escena se complica porque no se destaca solamente en ella la descripción (en muchas páginas fascinante) de esa liturgia movilizadora de criollos y extranjeros en caBes, plazas y locales cerrados. También es posible imaginar en aquel contexto, tras las reglas implícitas de un conflicto faccioso, un espacio público, concebido como ámbito de mediación entre la sociedad civil y el poder político. El giro, que a partir de un relato descriptivo pretende delinear una interpretación teórica de la fonna de gobierno republicana, es aquí evidente. Historia abundante en datos novedosos; teoría en escorzo: no siempre es posible seguir sin dificultades las marchas y contramarchas entre estos dos planos. Se me ocurre que, en su significado más profundo, el texto de Hilda Sabato conforma una reflexión crítica acerca del problema de la mediación en un régimen republicano. Para Hilda Sabato, la mediación es un concepto más amplio que el que resulta de la noción entonces en boga (antes y ahora, señalo al pasar) de libertad política. Mientras que el primero da cuenta de las comunicaciones y argumentos (verbales, escritos o gestuales) emitidos por un conjunto plural de agentes en uso de las libertades públicas, la segunda remite al derecho de los individuos que componen el pueblo soberano de intervenir en una competencia leal y abierta para elegir a sus gobernantes. Este atributo moderno de la vieja libertas, tal cual se desarrolló en los siglos XVIII y XIX, está indisolublemente unido al principio de la representación política. Dadas estas definiciones, la asincronía o falta de correspondencia entre, por un lado, participación-espacio público y, por otro, libertad política-representación política, permite detectar las raíces de una crisis recurrente o, lo que es aún más inquietante, las fuentes en que abrevaba esa propensión tan porteña de justificar, con la retórica de una virtud regeneradora, los alzamientos cívico-militares. Doble percepción, por consiguiente, de los métodos para acceder al poder: los comicios y las armas o, también, una combinación de ambos recursos (los combates electorales ofrecen, sin duda, el ejemplo más acabado). La original exploración de esas contradicciones abre ante el lector el panorama más atrayente de este libro de Hilda Sabato.

[Natalio BOTANA. “A propósito del libro de Hilda Sabato, La política en las calles. Entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880” (nota bibliográfica), in Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” Tercera serie, nº 18, segundo semestre de 1998, pp. 113-115]

4fb6b116f2035_400x583El excelente libro de Hilda Sabato, La política en las calles: entre el voto y la movilización. Buenos Aires, 1862-1880, se inscribe en la corriente de revalorización de la Historia Política latinoamericana en general, y argentina en particular, que con una enorme vitalidad ha irrumpido en los últimos años gracias, entre otras cuestiones, a la formulación de nuevas preguntas y a un mayor acercamiento de nuestra disciplina a las Ciencias Sociales. La investigación que ha dado lugar a este trabajo permite conocer mucho más cabalmente el funcionamiento del sistema político en Buenos Aires en las décadas iniciales de la segunda mitad del siglo XIX, especialmente en lo que se refiere a la actividad de las distintas facciones y clubes porteños y a su vinculación con la sociedad en su conjunto. Dicho esto, y con el ánimo de avanzar en el debate sobre el sistema político argentino, me centraré en aquellas cuestiones que considero más polémicas de un trabajo que, una vez más, no dejo de calificar de excelente. Una de las cuestiones que Sabato deja claramente establecida es la centralidad de las elecciones en el período estudiado, ya que, tal como señala la autora, todos aquellos que aspiraban al poder debían luchar por conquistar votos, dado que la salida revolucionaria, en sí misma, resultaba insuficiente. Junto a esta idea desarrolla otra que me parece igualmente importante, y es la constatación de que el control del Estado no aseguraba el triunfo electoral. Esto me parece de gran importancia, ya que no sólo permite explicar ciertas formas de alternancia del sistema, sino también reconducir futuras discusiones sobre el funcionamiento de la política argentina en el siglo XIX. Sin embargo, Sabato plantea en torno de estas cuestiones un tema controvertido, como lo es el intento de delimitar el campo de la política. Para ello, diferencia el voto de la movilización popular, presentándolos como dos aspectos diferentes, y hasta contradictorios, de la misma realidad. Incluso el lector puede tener la sensación de que uno, el voto, y la otra, la movilización, se reparten los papeles del bueno y el malo de la película. En parte, esta visión responde al papel protagónico otorgado a la sociedad civil y a la esfera pública, lo que la lleva a dar gran importancia al asociacionismo y a la prensa; una prensa que muchas veces estaba en las mismas manos de quienes se dedicaban a la política. Al mismo tiempo, la utilización de una definición restringida de sociedad civil, que deja fuera a los partidos políticos o al Parlamento, debido a su escasa autonomía del Estado (p. 71, n. 1), parece contradecir su afán de estudiar la política .. Aquí encontramos un pequeño problema, ya que se agrega que las asociaciones eran apoyadas por el gobierno, quien encontraba en ellas un legítimo interlocutor en el diálogo político (p. 52). Al margen de cuestionarnos la autonomía de dichas asociaciones con respecto al Estado, habría que preguntarse si todas cumplían esas funciones y en torno de qué temas se producía el diálogo político. Si bien las elecciones eran importantes, no todas eran iguales. Por eso Sabato distingue correctamente entre unas elecciones reñidas y otras marcadas por la apatía del público. Se trata de una aproximación al terna electoral que valdría la pena profundizar, insistiendo en aquellos elementos que permiten diferenciar unas elecciones de otras y explicando la manera en que estas circunstancias influían en la movilización del electorado. En un anterior trabajo Sabato, junto a Elías Palti, se preguntaba quién votaba en Buenos Aires; una pregunta que se repite en distintas partes de este libro. Claramente se insiste en la afirmación de que votaban los sectores populares, algo que acaba definitivamente con buena parte de los tópicos que giran en torno de varias de las definiciones circulantes sobre los sistemas oligárquicos. Pero la respuesta también señala que los ricos se abstenían a la hora de votar, lo que le permite a la autora extraer algunas conclusiones de peso sobre el funcionamiento del sistema político. En realidad, la respuesta a la pregunta de quién votaba debe ser complementada con otra referida a quiénes se inscribían en los padrones. En este punto hay que tener presente que la movilización política no comenzaba con la votación, sino con la inscripción en los registros electorales. El conocimiento del número de inscriptos y de su identidad permitía a los estados mayores de las facciones o los clubes porteños prever con bastante certeza el resultado de la elección, despejando incertidumbres y facilitando el abstencionismo de quienes no sentían un fuerte impulso por depositar su voto. Valdría la pena preguntarse, en línea con el razonamiento seguido por Hilda Sabato, si no eran quienes se inscribían (en lugar de quienes votaban) los que ejercían en potencia su derecho a la ciudadanía, ya que en sistemas con inscripciones periódicas y voluntarias, sin padrón permanente, el momento de la inscripción resultaba casi tan decisivo como el de la votación, y generalmente era en esta etapa del proceso donde el fraude y la coacción funcionaban con más intensidad. Este punto también me permite retornar al problema de las movilizaciones, pero ya no comparando el número de manifestantes con el de votantes, sino con el número de empadronados. Por otra parte, éste sería el momento de reclamar mayor atención a la tarea de las comisiones empadronadoras y a toda la actividad que ocurría en su entorno, con el fin de observar si detrás de esta actividad se movilizaba o no la ciudadanía. Probablemente se diga que, en tanto la inscripción estaba tan estancada como el número de votantes, la respuesta debe ser forzosamente negativa. Sin embargo, si comprobamos que en 1873 hubo casi 9.000 inscriptos en el censo (p. 92), un número bastante similar al de las personas que acudían regularmente a las movilizaciones más exitosas, es probable que cambiemos nuestro punto de vista, sobre todo si tenemos en cuenta que a las manifestaciones sí podían concurrir libremente los extranjeros, sin necesidad de naturalizarse, cosa que no ocurría con los comicios. Otro tema en el cual la obra de Sabato es concluyente es el del carácter ritual de las manifestaciones de violencia que solían acompañar a las elecciones. El carácter cíclico de las acciones que llevaban a la conquista de los atrios, junto al escaso número de víctimas resultado de las mismas, refuerza esta idea y pennite, en numerosas ocasiones, una comparación con los duelos. Pero para que esta comparación surta todo su efecto es necesario no perder de vista el hecho de que el duelo era un asunto de caballeros, aunque quienes se batieran fueran plebeyos. Pese a plantear el carácter ritual de la violencia electoral, Sabato va más allá al interpretar que ésta era muy distinta de las movilizaciones, algo que sin duda presenta algunos problemas. Por eso, más que verlos como dos mecanismos opuestos, sería bueno plantearlos como las dos caras de una misma realidad que se refuerzan mutuamente. Sabato también observa cómo el fraude y la coacción eran practicados de la misma fonna por todos los que participaban en los comicios, lo que llevaría a preguntarse si en realidad el fraude no era, por encima de cualquier otra consideración, un mecanismo de movilización de los votantes más que la palanca que pennitía ganar las elecciones. La presencia de oficiales de la Guardia Nacional, comisarios, jefes de policía, etc., piezas básicas de la máquina electoral, sirve no sólo para indagar en torno de los mecanismos clientelares y de la relación entre elites y sectores populares, sino también para profundizar en la pregunta de quién votaba. La idea de que la lucha por la opinión pública era distinta de la lucha por los votos (p. 280) también presenta complicaciones, ya que instantáneamente surge la pregunta de cuál era la utilidad de las plataformas políticas y de las campañas electorales, un tema algo ausente en un libro que se centra en la movilización popular. El sesgo positivo que se da a las manifestaciones populares en comparación con las elecciones lleva a primar la renovación de los líderes naturales de las primeras, “a través del aplauso y la ovación”, frente a los caudillos y caciques políticos, sin entender que estos últimos tampoco tenían un carácter inmutable. Probablemente la vinculación que hace Sabato entre sufragio limitado y república restrictiva sea uno de los puntos más débiles de su interpretación (p. 171), especialmente cuando la hace descansar en la escasa participación electoral de la población, lo que la lleva a equiparar a ésta con una ciudadanía política limitada. Es verdad que la legislación argentina anterior a 1912 no definía los alcances del sufragio, pero tampoco ponía límites. Es este razonamiento el que la conduce a definir las elecciones como un momento de la lucha entre facciones y no como un momento central de la vida política. Por último, y pese a que Sabato conoce y presenta en la introducción de su trabajo las últimas aportaciones de la Historia Política latinoamericana, hubiera sido bueno un mayor énfasis comparativo. Probablemente ése sea el camino que nos permita dejar de interpretar la historia argentina, y la de Buenos Aires en particular, como un caso especial, muy distinto de lo que ocurría en el resto de América Latina y del mundo occidental. Las explicaciones en tomo del peronismo son sólo una pequeña muestra de nuestra especificidad. De todas formas, no hay ninguna duda de que La política en las calles… se inscribe dentro de las corrientes más renovadoras de la Historia Política y de que gracias a la exhaustiva investigación de Hilda Sabato hemos avanzado mucho en el conocimiento de un período decisivo en la formación del Estado argentino y de su sistema político.

[Carlos MALAMUD. “Comentario del libro La política en las calles…” (nota bibliográfica), in Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” Tercera serie, nº 18, segundo semestre de 1998, pp. 120-123]

La política en las calles…, entiendo, viene a renovar el campo en un doble sentido: no sólo ofrece una visión novedosa de los sistemas de gobierno durante la llamada “era Mitre”, sino que plantea, además, cuestiones que exceden su período particular. En primer lugar, con lo que Sabato llama el “estallido del modelo de ampliación gradual” (la idea de que el sistema político se habría hecho progresivamente más inclusivo hasta desembocar en el sufragio universal efectivo) produce una fisura en las interpretaciones tradicionales abriendo una nueva perspectiva que permite comprender mejor los vínculos que articularon las relaciones entre gobernantes y gobernados en períodos en los que aún no sólo no se había establecido en la práctica un “sistema de partidos” sino que su mismo concepto aparecía como extraño a -e incluso incompatible con- un régimen republicano de gobierno. De este modo Sabato evita una de las falencias básicas de tales interpretaciones y que Quentin Skinner denunció como la “mitología de la prolepsis”, es decir, la proyección de categorías de análisis extrañas al período en cuestión y que tienden a dislocar su objeto. En efecto, Sabato pone entre paréntesis el marco teleológico de la república posible a la república verdadera (suerte de versión local de la vieja historia del mythos al logos) que presupone la existencia de un patrón de evolución prestablecido, y dentro del cual el modo mitrista de hacer política aparece como un mero estadio transicional, suerte de realización incompleta de un “tipo-ideal” que sólo más tarde se realizaría. Como muestra, el régimen mitrista no fue sólo una forma deficiente de práctica política (la república posible) frente a un modelo “racional” de validez universal (la república verdadera) sino uno que, más allá de su imperfecta realización empírica, contenía sus propias pautas y lógica de funcionamiento; en fin, encarnaba un cierto concepto de “república verdadera” distinto del que hoy (aunque muy vagamente definido) suele asumirse como el único compatible con el concepto liberal-republicano. El análisis de Sabato disloca el “concepto heredado” desde el momento en que, con su idea del surgimiento en el ámbito porteño de una serie de prácticas asociadas a un cierto concepto de “sociedad civil”, de hecho introduce una fisura en la ecuación triádica “república verdadera = sufragio universal efectivo = sistema de partidos” sobre la que descansa tal concepto. La “sociedad civil” presupone un modelo político fundado en un sistema de prácticas para la organización y participación colectiva y de mediación entre gobernantes y gobernados que no necesariamente transita por los canales del sufragio y de las organizaciones partidarias. Y esto no lo hacía menos compatible con un ideal “republicano-verdadero”. De hecho, la asociación entre “república verdadera” y “sistema de partidos” es de origen muy reciente (y, digamos, contingente; es decir, está histórica y no lógicamente determinada). Hacia mediados del siglo pasado toda organización más o menos estable en el tiempo (como son los partidos, según los entendemos hoy -entonces se los solía llamar facciones)- aparecía -no sólo en nuestro país- como una formación irracional, puesto que impedía el debate fundado en razones. Los partidos, según se denunciaba por entonces, tendían a quebrar la voluntad popular, desplazando las “cosas” para dar prioridad a las “personas”, es decir, contaminando los debates públicos con consideraciones ajenas a lo que es en cada caso la cuestión en disputa (como, por ejemplo, si el autor de una propuesta determinada es miembro o no de mi partido), esto es, con adhesiones más o menos rígidas que ningún argumento podía torcer. De este modo, vaciaban de sentido el sistema parlamentarista (los Congresos bien podrían entonces reemplazarse por comités paritarios integrados por los jefes de partido); en fin, violentaban el concepto de “opinión pública”. Como señala Sabato, este concepto tenía su origen en prácticas concretas relacionadas con un fenómeno que por entonces se produce. Mientras el sistema políticopartidario se mantendría en esos años dominado por las clientelas tradicionales que generaban un estado de conflictividad permanente (aunque controlado), a este “ámbito faccioso” -y éste es el hallazgo más valioso de este libro- comenzaría a oponérsele otro de “sociabilidad política” más “moderna” que, si bien no surge en esta época, se desarrolla por entones de manera fundamental detenninando conductas políticas específicas. Este ámbito, vagamente delimitado, se constituye a partir de una red de “asociaciones” de diversos tipos y de un sistema de prensa política que florece tras la caída de Rosas. Así, la “sociedad civil” se constituiría en el ámbito privilegiado para la vinculación de los distintos sectores y la definición de las identidades grupales en una sociedad que comienza ya a tomarse compleja y diversificada, delimitando al mismo tiempo, respecto del poder, un espacio de negociación e intervención estratégico. De este modo, sirve a la vez para la contención social y para la canalización institucional (aunque informal) y la movilización de sectores de lapoblación más vastos que aquellos directamente comprometidos en el ejercicio de los derechos políticos (los ciudadanos, en oposición a los meros habitantes), pero que luego de Caseros irían constituyendo en Buenos Aires un factor de poder fundamental reconocible bajo el nombre, sumamente difuso, de “opinión pública”. El primer mérito del libro de Sabato radica, pues, en el descubrimiento de este otro ámbito de politicidad, en el que los mecanismos formales de representación forman sólo la textura visible que oculta una trama que la anuda por debajo y la excede, esto es, una red de relaciones y prácticas más vastas y sutiles que las propias del sistema político-partidario (y también -aunque no extraña a las jerarquías y a las ataduras y sistemas de dependencias personales- entendida como más democrática e inclusiva en su concepto). La lectura de La política en las calles … muestra así por qué lo que podemos llamar el “sistema mitrista” de concebir y hacer política no fue un mero “anticipo incompleto” de una república verdadera que plasmaría luego con la imposición del sufragio universal obligatorio, sino uno que tenía sus claves particulares de funcionamiento que es necesario comprender. En todo caso, queda claro que al no considerar dicho ámbito de prácticas perdíamos una dimensión fundamental de la Historia Política del período. La apertura hacia dicho ámbito se liga, a su vez, a una exploración sistemática que realiza Sabato de un tipo de fuentes poco estudiado en nuestro medio (a diferencia de lo ocurrido, por ejemplo, en México) -la llamada “prensa política” que florece hacia mediados del siglo pasado y que pronto desaparece para dar lugar a la llamada “prensa de noticias”- y, sobre todo, a un modo de aproximación que privilegia no tanto los editoriales y los grandes artículos doctrinarios sino notas menores -crónicas de situaciones cotidianas, noticias sociales, etc.- rescatando su profundo significado político. El segundo -y aún más fundamental- aporte del libro de Sabato consiste en que el mismo abre todo un campo nuevo de investigación en nuestra historiografía -que supera su período particular- en la medida en que logra definir una problemática, es decir, pone en relación una serie de cuestiones que, en su conjunto, delimitan un horizonte sistemático de interrogación. Sabato logra desglosar su tema definiendo un racimo de tópicos interrelacionados relativos al funcionamiento de los sistemas políticos en general y que bien pueden rastrearse en otros contextos distintos de los que ella analiza. Por ejemplo, según muestra, tanto como los actos eleccionarios importa también conocer cómo se constituyen redes de poder que suelen atravesar y conectar la prensa, los partidos políticos, las organizaciones sociales, las corporaciones, el Congreso, el Estado, etcétera (y pueden explicar, por ejemplo, cómo se define una lista de candidatos, o cómo se designa a un ministro, qué detennina que una ley pase o no en el Congreso, etc.). Desde esta nueva perspectiva abierta por Sabato se pueden, en fin, analizar mejor aquellos elementos que determinan un curso político efectivo, los patrones de relaciones que se establecen en un período detenninado entre los diversos “sectores de opinión”, cómo éstos se modifican y, eventualmente, cómo estallan dando lugar a nuevas constelaciones de poder. Este último punto, sin embargo, aparece sólo planteado, sin ser desarrollado por Sabato, en relación con el período particular que la ocupa. En sus conclusiones, la autora sigue el concepto habennasiano de que la transición de una “sociedad civil burguesa” a una “sociedad de masas” señalaría también el paso de una forma de sociabilidad idealmente (aunque no efectivamente) inclusiva y democrática, ordenada en torno del principio de la “opinión pública”, a otra definida como un “campo de competencia de intereses, competencia que asume la forma del conflicto violento” (p. 290). Sin embargo, el libro no analiza cómo es que se produjo la quiebra del modelo mitrista. En parte, ello deriva, entiendo, del hecho de que para Sabato la ruptura del régimen mitrista se habría producido a partir de la irrupción de un elemento extraño al mismo, la Liga de los Gobernadores, y, sobre todo, por el proceso de mayor complejización de la sociedad porteña que acompañó el surgimiento de una “sociedad de masas”, lo que volvió anacrónicas sus pautas débilmente institucionalizadas de ordenamiento político y movilización social, más propias de la “gran aldea” que de una sociedad fuertemente cosmopolita. De todos modos, otras observaciones suyas señalan también hechos importantes (corno los debates suscitados en el Congreso Constituyente provincial de 1873-1874 y el levantamiento de Mitre de 1874) que estarían revelando que, hacia mediados de la década de 1870, el modelo político mitrista estaba ya corroyéndose internamente (sobre todo, es la rígida delimitación de los ámbitos respectivos de la sociedad civil y la competencia políticoelectoral propia de dicho modelo la que se habría por entonces vuelto insostenible). En todo caso, Sabato nos debe un análisis más detallado de cómo el sistema mitrista se vio alterado y el ámbito de la “opinión pública” fue, como afirma, finalmente invadido y distorsionado por las redes de relaciones clientelísticas cuyo dominio se encontraba hasta entonces limitado al plano de la política partidaria. Esto no sólo significaría un aporte fundamental para comprender el surgimiento del roquismo; el contraste entre modelos alternativos permitiría también aclarar retrospectivamente aspectos fundamentales concernientes al período que ocupa centralmente a Sabato en este libro, descubriendo en él tendencias dinámicas, fases de desarrollo, etc., que quizá revelen contradicciones o limitaciones que eran más inherentes al modelo mismo y no sólo producto de incrustaciones tradicionalistas que distorsionaron su práctica efectiva. En este sentido, es de esperar que La política en las calles… marque el inicio en la exploración de un campo que encuentra en esta obra su punto de referencia ya insoslayable.

[Elías José PALTI. “Un hito en la historiografía política argentina” (nota bibliográfica), in Boletín del Instituto de Historia Argentina y Americana “Dr. Emilio Ravignani” Tercera serie, nº 18, segundo semestre de 1998, pp. 123-126]

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