✍ Pueblo y política. La construcción de la república [2005]

por Teoría de la historia

pueblo-y-politica-la-construccion-de-la-republica-hsabato-13656-MLA97708563_5027-OCuando en Mayo de 1810 la dirigencia que lideraba la Revolución desconoce los pactos de sujeción con la metrópoli, da inicio a un largo camino que, entre no pocos obstáculos, deberá hacer frente a uno mayor: la construcción de la ciudadanía. En efecto, las Provincias Unidas que combaten por su independencia emprenden un experimento inédito y arriesgado, en el cual “la república precedió a la nación”. El régimen republicano representativo supone que el poder soberano del pueblo se delega en manos de sus representantes legítimamente elegidos, quienes encarnan así la soberanía nacional única e indivisible. Muy bien, tal la teoría… ¿Pero qué pasó en los hechos aquí, cuando recién con el transcurrir del largo siglo XIX, Argentina se irá constituyendo como una nación moderna? La autora, Hilda Sabato, analiza el papel que en el vínculo entre ciudadanía y gobierno jugaron tres esferas íntimamente relacionadas: el sufragio, las milicias –“la ciudadanía en armas”– y la opinión pública. Así, por ejemplo, Sabato señala un error historiográfico habitual. Se ha sostenido, descalificándolo, el carácter restrictivo del sufragio durante todo el siglo XIX; lo que suponía que hubo que esperar recién a febrero de 1912 para que el derecho a elegir se hiciera universal. Sin embargo, advierte, desde la sanción de la Constitución Nacional en 1853 las leyes electorales establecieron el voto universal (masculino). Entonces, ¿cuál es la novedad de la reforma electoral de Sáenz Peña? La obligatoriedad y el secreto del voto. Cuando el voto se hace no ya un derecho para quien quiera ejercerlo sino un deber para todos se asiste al ocaso del orden conservador y de sus recurrentes hábitos de “ganar el atrio”.

[Alberto CORTÉS. “Pueblo y política. La construcción de la República”, in Le Monde diplomatique (edición cono sur), nº 82, abril de 2006]

pueblo-y-politica-la-construccion-de-la-argentina-moderna-18981-MLA20162644894_092014-OLa calle es el escenario de la realidad. O de su desnudez. Es un lugar de acción, encuentro, traslado. Pasan cosas por donde anda la gente. Y cuando se trata de multitudes, la realidad se complica: cobra matices. Ya no es una sola. Por eso la idea de pueblo es tan potente como difusa. ¿Quién es el pueblo? ¿Se erige o se lo determina? En la conmemoración del Día Nacional de la Memoria, el pasado 24 de marzo, ¿cuál de los tres discursos lo constituía? ¿Los tres en divergencia? Y a los ausentes, ¿cómo se los agrupa? Para entender estas divergencias, el nuevo libro de Hilda Sabato, Pueblo y política. La construcción de la Argentina moderna, recién editado por Capital Intelectual, permite arribar a nuestro presente con mayor rigor interpretativo. Destacada historiadora y autora de numerosos libros que dan cuenta de una construcción casi conceptual de nuestra identidad, Sabato ya había escrito, entre otros, La política en las calles. Entre el voto y la movilización: Buenos Aires, 1862-1880, publicado por Stanford University, en el que abordaba la idea de pueblo. En esta última publicación refuerza su investigación con la pregunta: “¿Dónde está el pueblo?”, que atraviesa los tiempos y se vuelve, cada vez más, un enigma. Según la autora, se trata de representar y de inventar al ciudadano. El pueblo se hace de palabras. Sabato otorga una importancia radical a las palabras a la hora de fundar o fortalecer una política. Justamente, y revisando cuestiones con respecto al Bicentenario (quizá con tantos festejos pasemos de la pregunta por el ser nacional al empeño por nacionalizar el ser), se remite a la fundación semántica de 1810. “La crisis de 1810 desató un torrente de palabras en boca de quienes buscaban dar sentido a lo que estaba pasando.” En aquellos días de Mayo, al proclamarse “la soberanía del pueblo”, el poder se legitimaba mediante la comunidad política. Según Sabato, esta comunidad estaba integrada cada vez más por individuos que por corporaciones (¿sigue siendo así?). Y agrega algo importante, al menos desde el punto de vista de la voz y el voto: “Las voluntades de los individuos se canalizaban a través de la representación. La sociedad era plural, pero la nación era singular y el poder político que la gobernara debía a la vez remitir al pueblo y ejercer la soberanía en nombre del conjunto”. Pensar lo político en función del pueblo es casi obligatorio y al mismo tiempo puede resultar un sarcasmo (vale acompañar este libro con obras de Mouffe o Laclau, más ancladas en el presente). Pero si bien la esfera política y la sociedad civil son indisociables, en la opinión pública (a la que Sabato dedica todo un capítulo) se establece el juego. El problema es la palabra. Lo que se hace con lo que se dice o lo que se dice para dejar de hacer. Las lecturas que remiten a los políticos del siglo XIX suelen provocar una añoranza: la de la palabra que nombra sin desmerecer, la posibilidad de otorgar significado en vez de vaciar de contenido. ¿Es un problema de lectura o de realidad?

[Silvia HOPENHAYN. “Si éste no es el pueblo…”, in La Nación (Buenos Aires), 31 de marzo de 2010]

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