✍ Cómo fue la inmigración irlandesa en Argentina [1981]

por Teoría de la historia

6659-MLA5094868876_092013-OSon muchos los “peligros” que el análisis del fenómeno de la inmigración masiva a la Argentina lleva consigo. Efectivamente, el tratamiento de este “faux beau theme” -tal como se lo calificó acertadamente hace ya más de una década- pocas veces logró evitar disolverse tanto en los estudios referidos a la expansión económica de la pampa húmeda, entre las décadas de 1850 y 1930, como en los recortados enfoques centrados en las historias de colectividad. Impacto inmigratorio ultramarino y proceso “modernizador” integran, entre otros, el conjunto de factores que necesariamente deben tomarse en cuenta cuando se examinan las alternativas vinculadas al proceso conformador del capitalismo periférico argentino. En tal sentido, los estudios sobre inmigración resultan imprescindibles si lo que preocupa es identificar y aprehender los sujetos sociales que protagonizaron dicho proceso. Con éxito variado, la historiografía argentina -reciente y no tanto- muestra interesantes pero siempre parciales aproximaciones sobre la cuestión. En realidad, el análisis de las implicancias del fenómeno inmigratorio en la progresiva definición e interacción de las identidades de clase, tanto de los sectores dominantes como de los grupos populares, apenas pudo trasponer una peculiar barrera, de algún modo levantada en torno de enfoques cuantitativos de la estratificación y el ascenso social. La dimensión de lo cotidiano, las prácticas y comportamientos que advierten sobre lo vivido, en fin… ese abordaje que jerarquiza los avatares de una riquísima problemática vinculada, entre otras cuestiones, a la incorporación del migrante a las sociedades de recepción (o de alguna de sus contracaras, como el retomo o la marginalidad) no son más que elementos decisivos de una historia social que está por hacerse. El mayor mérito de Cómo fue la inmigración irlandesa en Argentina radica en haber superado con imaginación ese doble escollo formado por la historia anecdótica de la colectividad (cuando el enfoque no logra cruzar el dato de la nacionalidad con el de la condición social) y la historia que termina diluida en los enfoques más generales (donde el fenómeno de la inmigración masiva converge, junto a otras variables, en la explicación -a veces mera ilustración- de los abultados índices económico- sociales con que la historiografía suele referirse a los años de la así llamada “modernización”). De muy prolija factura, el libro de Juan Carlos Korol e Hilda Sábato considera a lo largo de siete secciones una muy variada gama de problemas. Se destacan entre ellos la significación de los grupos migratorios tempranos y de volumen comparativamente reducido, las oscilaciones del movimiento migratorio irlandés a la Argentina, las condiciones del lugar de origen y de recepción, la progresiva definición de diferencias sociales y pautas de comportamiento dentro de la comunidad. Este incompleto sumario de los temas tratados no ha recibido pareja atención. En forma explícita, los autores anticipan que se han propuesto estudiar ciertos aspectos de la experiencia migratoria irlandesa. Así, el examen genérico de la Irlanda expulsora de mano de obra y el análisis de la zona receptora -la provincia de Buenos Aires- se muestran hilvanados mediante la recurrente y por demás interesante perspectiva que considera las trayectorias de los inmigrantes irlandeses y de sus formas de vida y organización como comunidad, en el marco más amplio de las condiciones de un proceso de acumulación signado por las readaptaciones de la pampa húmeda a las demandas del mercado mundial. Por momentos acabadas, otras veces sólo sugeridas, las reflexiones e interpretaciones de los problemas tratados -el central y los planteados como colateralesse apoyan en fuentes de muy diversa índole. Una suerte de equilibrio y poco común armonización entre enfoques cualitativos y cuantitativos advierte, en definitiva, sobre el esfuerzo por combinar fuentes tan diversas como los testimonios orales, obras literarias, periódicos y viajeros con cédulas censales y análisis de catastros. En tanto grupo inmigratorio temprano, el irlandés comparte con el vasco y escocés una peculiar trayectoria donde se cruzan condiciones estructurales y coyunturas que posibilitarán una “exitosa” inserción productiva. Efectivamente, si hay un perfil distintivo en la inmigración irlandesa es su temprano y decisivo papel no sólo en la conformación de cierto tipo de burguesía y pequeña burguesía rural de la provincia de Buenos Aires sino también en la configuración y transformación de la estructura agraria. Cría del ovino, demanda de mano de obra especializada, abundantes tierras a precios relativamente bajos y reducida demanda de capital inicial para comenzar con explotaciones cuasi familiares, fueron algunos de los factores claves que permitieron una diversificada y en ciertos casos promisoria incorporación de los irlandeses al medio agrario. No en vano, The Southem Cross -el diario de los irlandeses en la región- sentenciaba a comienzos de 1875 “in no part of the world is the Irishman more respected and esteemed than in the province of Buenos Aires; and in no part of the world, in the same space of time, have Irish settlers made such large fortune” [“en ninguna parte del mundo es el irlandés más respetado y estimado que en la provincia de Buenos Aires; y en ninguna parte del mundo, en el mismo tiempo, han hecho los colonos irlandeses semejantes fortunas”]. Este comentario -que encabeza el trabajo de Korol y Sábato- generaliza en torno de una historia de inmigrantes forjada al compás de exitosas experiencias, una historia donde ilusiones y realidad han compaginado con discreta armonía. Sin embargo, y esto no escapa en ningún momento a los autores, la alternativa del ovino y el acceso a la propiedad de la tierra no fue posible para todos ni factible de concretar indefinidamente. Aun cuando es posible detectar otras trayectorias, el camino hacia la tierra resultó, las más de las veces, de cierta acumulación lograda en el ámbito del trabajo rural. Si a su llegada los irlandeses se insertarán como asalariados, aparceros o arrendatarios generalmente dedicados a la cría del ovino, en un período no demasiado largo -las décadas de 1840 y 1860- habrán logrado algún ahorro que les permitirá invertir en tierras y animales. Con todo, los caminos del ascenso fueron demasiado empinados en no pocos casos. Hacia 1890, el cuadro ocupacional de la comunidad irlandesa se muestra bastante diversificado. Si para esa fecha la convulsionada sociedad argentina de la era “aluvial” anunciaba los primeros resultados de su diferenciación interna, ese proceso asumirá en el caso irlandés perfiles marcadamente singulares. “Irlandeses que han llegado a ser estancieros de fortuna, con influencia social y política no sólo dentro de la comunidad sino también con proyecciones y vinculaciones en la sociedad argentina de la época: irlandeses que han logrado prosperar en la campaña, incorporándose a las filas de una pequeña burguesía rural en expansión; […] peones, aparceros, zanjeros, sirvientes, puesteros, cocineras” (pág. 162); he allí la diversidad social de la comunidad irlandesa, cuando el ciclo migratorio de este grupo está prácticamente concluido. Utilizando información censal pero también recorriendo alguna historia familiar queda dibujada la estructura social interna de la colectividad. Forjada al promediar el siglo XIX y sin registrar demasiados cambios en las décadas siguientes, tal estructura reconccerá en poco tiempo tres tipos sociales básicos: el gran estanciero, el mediano o pequeño propietario y el puestero o pastor. Es en este punto donde Cómo fue la inmigración irlandesa… muestra su más logrado resultado. Si el estanciero y el puestero o arrendatario son sujetos sociales más o menos conocidos y destacados en la historia agraria bonaerense del período de la modernización, no ocurre lo mismo con los pequeños y medianos propietarios, entre otras razones por su excepcionalidad. Los farmers irlandeses se apoyarán en el trabajo doméstico, producirán para el cambio y acumularán capital. Desde sus inicios distarán, por mucho, de conformar un grupo cerrado y estable. En el lapso que media entre 1840 y 1870, serán muchas las historias familiares o individuales; ascensos y descensos, bruscas caídas, oportunidades bien aprovechadas y reacomodamientos terminarán por defmir un espectro de alternativas que la misma condición de farmer traía consigo: muchos de ellos permanecerán en esa situación durante años -transmitiéndola incluso a sus descendientes-, algunos pocos lograrán dar un salto y transformarse en estancieros y, finalmente, no faltarán los que abandonen el campo para buscar otros destinos. Este conjunto de elementos -que articulados permiten reconocer trayectorias exitosas y calificar en parecidos términos al conjunto del movimiento migratorio irlandés- encontrará un obstáculo insalvable al despuntar el ciclo del vacuno. El mismo The Southern Cross alertaba a comienzos de la década de 1880 sobre la finalización de esta “feliz” experiencia migratoria -posible de concretar entre el ’40 y ’60- sentenciando, casi con dramatismo, que “cualquier intento de traer irlandeses al Plata podría acarrear las más desastrosas consecuencias” (pág. 48 ). Considerado a todo lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, el análisis de este peculiar grupo de farmers y el examen de la propia estructura regional revelan dos cuestiones particularmente distintivas de este proceso: la condición de farmer no siempre preludia a la de estanciero y su existencia sólo parece explicable en el marco del ciclo del ovino. Pero este enfoque de trayectorias se remata en la última sección del libro de Korol y Sábato con una aproximación al proceso de génesis y estabilización de la comunidad irlandesa en la Argentina. Es la propia comunidad la que aspira a armonizar trayectorias. “Desde la llegada del irlandés al puerto hasta su internación en la campaña, desde su casamiento hasta su muerte, desde la educación de sus hijos a la salud de toda la familia, nada escapaba a la tutela de la comunidad que se hallaba siempre presente en alguna de sus diversas formas, pero sobre todo en la persona de los capellanes” (pág. 133). Se trata entonces de una comunidad que a pesar de su dispersión geográfica ha encontrado en la figura del sacerdote un articulador social que la mantiene unida y compacta. Si desde un comienzo la misa, un casamiento o las periódicas carreras de caballos son las actividades que ayudan a dar vida a una comunidad en formación, paulatinamente van surgiendo nuevas instituciones como bibliotecas circulantes, capillas, hospitales, escuelas, clubes que hacen más rica y variada la sociabilidad comunitaria y que, a la vez, permiten fortalecer tendencias a cierto aislamiento respecto del conjunto de la sociedad. Mientras la comunidad crece en número y afianza su posición al calor del ciclo del lanar, no faltó la preocupación por mantener valores, pautas y características propias de lo “irlandés”. Lengua, formas de vida y costumbres fueron objeto de rigurosa atención por parte de los sacerdotes católicos y, en menor medida, de esos singulares personajes de la colectividad como fueron los maestros ambulantes. Este celo en evitar mezclas, en preservar perfiles culturales, no logrará impedir las mutuas influencias con una sociedad receptora en pleno proceso de definición interna. Será, sin embargo, una suerte de simbiosis cruzada por condiciones sociales que habrán galvanizado en las últimas décadas del siglo XIX. Los nombres de Casey, Duggan y otros -una suerte de patriarcas laicos que dentro de la comunidad alentaban, protegían y seguramente condenaban trayectorias de sus connacionales- ganaron destacados lugares en las listas de estancieros “notables”, donde criollos y extranjeros salvaban diferencias y terminaban hablando un “idioma” parecido. Desde una indiscutida posición de poder, que se reafirmará cuando el ciclo del vacuno deje fuera de carrera a los farmers y por supuesto a los puesteros, peones y zanjeros, el estanciero irlandés aparece en el estudio de Korol y Sábato como la franja de la comunidad más permeable a la integración, menos recelosa de su condición nacional. En el otro extremo de la escala social, los puesteros o pequeños arrendatarios parecen reproducir la profunda simbiosis protagonizada por los estancieros irlandeses con sus pares criollos. Será, empero, una resultante de su aislada condición de trabajador agrícola rural. Si la descripción de su vivienda, los rigores de su vida cotidiana y el trabajo familiar reproducen un cuadro en el que el protagonista bien podría ser un típico arrendatario italiano o criollo, ciertas características destacan particularidades nacionales. Generalmente dependientes de un patrón irlandés, estos trabajadores recibirán los “beneficios” de una peculiar relación de patronazgo -“era el patrón el que guardaba los ahorros del puestero, el que muchas veces actuaba de padrino, el que les compraba la lana” (pág. 171)-. La rutina de su trabajo rural apenas se verá perturbada por alguna fiesta y una muy esporádica visita de los incansables sacerdotes. A través de ellos llegaban otros beneficios, los de la comunidad irlandesa como tal, que apenas incidirán en la modificación de su precario entorno. Pero será el grupo de los farmers el que más necesitará de la comunidad. Entre ellos se encontrarán sus más firmes y activos sostenedores y los más seguros usufructuarios de los servicios de las instituciones de la comunidad. Además de brindarles un ámbito de pertenencia y asegurarles el mantenimiento de una serie de valores culturales y tradiciones, la comunidad les proveía de protección y tutela para la consolidación de sus posiciones. Se trataba, en definitiva, de un grupo que no podía prescindir ni distanciarse del núcleo comunitario -como de algún modo lo habían hecho los estancieros irlandeses- ni asumir el pasivo papel de los puesteros y arrendatarios pequeños que, luego de la década del ’70, parecen ser definitivamente marginales a la trama de contactos e infiuencias reclamados por quienes buscan preservar su condición de propietarios enriquecidos con la cría de ovejas. La lectura de Cómo fue la inmigración irlandesa… motiva preguntas e inquietudes no siempre completamente respondidas. ¿Cómo explicar, por ejemplo, los mecanismos que permitieron un eficiente acomodamiento temporal del fiujo inmigratorio irlandés, sólo significativo en los momentos en que la inserción productiva fue promisoria para un importante sector de la colectividad? ¿Una suerte de migración regulada desde Buenos Aires que logra evitar efectos de arrastre, resultante de la evaluación de exitosas experiencias? Este fenómeno no deja de sorprender y motivar nuevos interrogantes, inevitables al comprobar la sostenida expulsión de mano de obra irlandesa en las postrimerías del siglo XIX. Cabría preguntarse también -y así completar la última parte de este original enfoque de trayectorias- sobre las formas y características con que el grupo de los farmers enfrentó el ciclo del vacuno y cómo lograron reacomodarse los que no migraron a la ciudad en el medio rural. Sobre estas cuestiones, que hacen al complejo problema de la integración de una corriente migratoria -no sólo desde la perspectiva de su inserción en el mercado de trabajo sino también en la progresiva definición de sus comportamientos- son muchos los problemas que quedan planteados. En este campo, el trabajo de Korol y Sábato es una meritoria y sugerente aproximación; es más, anuncia un renovado enfoque donde lo antropológico y lo histórico se reclaman uno a otro, un enfoque imprescindible si se quiere estudiar el fenómeno inmigratorio desde una perspectiva omnicomprensiva.

[Diego ARMUS. “Cómo fue la inmigración irlandesa en Argentina, por Juan Carlos Korol e Hilda Sábato. Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1981” (reseña), in Desarrollo Económico (Buenos Aires), vol. XXII, nº 87, octubre-diciembre de 1982, pp. 437-440]