✍ La resistencia intelectual en Europa [1981]

por Teoría de la historia

6Después del nihilismo y la indiferencia en que se habían sumido los intelectuales europeos durante los años de entreguerras, la participación y el compromiso moral con la Resistencia que adoptaron en los años de expansión nazi aparece casi como un respiro. La Resistencia como “heredera de la Ilustración”, como representante de la esperanza, la razón y la moral se convierte así en la reivindicadora de aquella Europa de la primera mitad del siglo como cuna de una sociedad decadente, guiada por un espíritu desesperado, escéptico y relativista. La historia de la Resistencia es la historia de los hombres y las mujeres que abandonaron su letargo nihilista para unirse y enfrentarse al fascismo, es la saga de los que no cejaron en la lucha por recuperar el orgullo y la libertad pisoteada. “Es posible tener razón -descubre Camus con desilusión- y sin embargo ser vencidos, la fuerza puede superar al espíritu”. La primera reacción de los intelectuales resistentes fue de impotencia ante una sociedad pasiva y un violento control fascista de cualquier forma de disidencia, y sin embargo ese sentimiento pronto se transformó en uno de entrega y de lucha, “es entonces cuando el verdadero humanista reconoce su papel. Negándose a ceder, opone a la fuerza bruta otro poder invencible: el del espíritu”. André Gide -autor de estas palabras-, como tantos otros escritores y pensadores que habían seguido el proceso político con pasiva indiferencia o incluso con desdén, que habían rechazado el sistema parlamentario y la “cultura burguesa”, y que habían, por lo tanto, colaborado indirecta e insospechadamente con el triunfo fascista, se sometió durante los treinta a un intenso periodo de cuestionamiento y a un largo y penoso examen de conciencia, antes de comprometerse directa e irreversiblemente con la lucha política. En realidad La resistencia intelectual en Europa es un libro mucho más específico de lo que su título haría suponer. James D. Wilkinson, joven profesor de historia en Harvard, dirige su interés hacia una generación de intelectuales de determinada inclinación política en un grupo específico de países. El resultado es el análisis de una veintena de escritores y pensadores franceses, italianos y alemanes de la izquierda no comunista que contaban durante la guerra con una edad aproximada de entre veinticinco y cuarenta años. Para todos estos personajes -de entre los cuales podríamos destacar a Camus, Sartre, Beauvoir, Böll y Pavese-, la guerra sirvió como catalizador: les dio la oportunidad de transformar sus ideales éticos en realismo político y los sacó de su aislamiento para convertirlos en “intelectuales comprometidos”. Los resistentes de los tres países se involucraron de manera distinta en la lucha libertaria y en diferentes relaciones con el nazismo: en Francia, como ciudadanos del país enemigo derrotado y ocupado, pertenecer a la Resistencia era un deber patriótico y a la vez un gesto ideológico; en Italia, donde el pueblo -a pesar de ser un aliado formal del Reich- se “sentía” ocupado, la resistencia podía significar tanto una posición nacionalista como simplemente una manifestación de determinada postura política; en Alemania, en cambio, como hijos desafortunados del poder maligno, los resistentes no eran otra cosa que traidores al Vaterland, a la Patria de sus antepasados. Una meta común identificaba, sin embargo, a estos intelectuales: todos estaban enfrascados en la misma búsqueda de ideales que se opusieran al fascismo y que sirvieran al mismo tiempo de base efectiva para profundas transformaciones sociales y políticas una vez terminada la guerra. “Los hombres de la Resistencia -declaraba la revista Combat en 1943- serán los constructores de una nueva Europa mañana”. Optimista visión de un futuro que resultó no ser tan satisfactorio para las aspiraciones de los resistentes. A diferencia de los activistas de la Resistencia comunista, los intelectuales elegidos por Wilkinson evitaban por lo general la acción política directa, utilizando por armas el papel y la pluma, y adoptando una actitud de oposición y protesta contra el nazismo. Su misión fundamental fue la de informar, concientizar y politizar a sus respectivas sociedades. Sus ideales cumplieron su propósito durante la guerra, pero no estaban hechos para provocar el cambio que anhelaban una vez derrotado el fascismo. La situación cambió de curso y los intelectuales no. En parte por eso se vieron relegados rápidamente por las posiciones más activas y pragmáticas de resistentes como De Gaulle. Los intelectuales franceses fueron más activos y más numerosos que sus colegas italianos y alemanes. Esto podría explicarse nuevamente por el carácter abiertamente nacionalista de la Resistencia francesa a diferencia del carácter más puramente ideológico de las otras dos. El caso de los alemanes -el más inconsistente y escaso de los tres- presenta características muy particulares que merecen un análisis por separado. En primer lugar, dado que un buen porcentaje de los intelectuales eran de origen judío y/o de filiación socialista, y que la política era de mucho menos tolerancia que en 1933 regímenes fascistas francés e italiano, la emigración estuvo a la orden del día desde 1933. Esta sangría de escritores y pensadores alemanes -que incluyó nada menos que a toda la familia Mann: Thomas, Heinrich, Klaus, Erika y Golo-, a pesar de que se enfrentaban al nazismo desde Suiza o los Estados Unidos, dejó en una situación débil a la Resistencia en Alemania. En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, fue muy difícil para los pequeños grupos disidentes restantes enfrentarse al inmenso aparato propagandístico del Estado totalitario nazi. La filosofía de Rosenberg y los discursos de Hitler – acompañados de banderas rojinegras, cantos y una febril histeria- podían más que unos cuantos panfletos. Las metas de los intelectuales y las razones por las cuales no pudieron alcanzarlas en la posguerra, dependen de las circunstancias en las que se llevó a cabo la liberación de cada país. El común denominador que une a los resistentes bajo esta nueva situación -una vez terminada la guerra- es ahora el sentimiento de inseguridad y desasosiego producidos por el estira y afloja de la política práctica, de las elecciones y las campañas, de la democracia y el pluralismo. Aquel magnífico idealismo de la guerra, en donde la política se reducía a la decisión elemental de pro y contra -o se estaba a favor del fascismo o se le repudiaba-, había terminado. Los intelectuales se encontraban ahora con los complejos conflictos que representaba la paz y con la maraña de opciones que trajo consigo la reestructuración fría de la guerra, y se dieron cuenta de su inhabilidad para enfrentar la nueva situación, de su torpeza a la hora de poner en práctica medidas concretas. James D. Wilkinson analiza con mucho tino y precisión el peregrinaje ideológico de una generación de escritores y pensadores europeos que los llevó del aislamiento espiritual del periodo de entreguerras, a través del compromiso intelectual y emocional durante la guerra, hasta el fracaso y la desilusión en la posguerra. La tesis de Wilkinson resulta más convincente en el caso de Francia -alrededor del cual parece estar construida- que en el de Alemania o Italia. En el caso alemán, por ejemplo, parece haber más un contraste que una continuidad en la posición idealista de los resistentes durante y después de la guerra. Los intelectuales alemanes, cuyas ambiciones de influencia en la posguerra eran desde el inicio bastante más limitadas que las de los resistentes italianos y franceses, tuvieron que enfrentarse además a dos fenómenos sin analogía en los otros países europeos: el “milagro económico” -que recuperó tan rápidamente el nivel de vida de la población- y, en especial, la ocupación extranjera. Ambos factores minaron la legitimidad del papel de los resistentes en el juego político de la posguerra. Otro acontecimiento de suma importancia -al cual, extrañamente, el autor presta poca atención- es la partición de Alemania con la consecuente división de las fuerzas socialistas resistentes entre dos territorios que seguirían por muchos años caminos distintos. En Italia, en donde por razones oscuras el régimen fascista permitió mayor libertad de acción a la oposición y donde, por lo tanto, pudo surgir con más facilidad un liderazgo intelectual de la Resistencia después de la liberación, la incapacidad e inefectividad de la izquierda no comunista -que aglutinaba a los resistentes- hizo fracasar las esperanzas de lograr una influencia palpable en el desarrollo de la inmediata posguerra. Prueba de elloUnknown es el fracaso del gobierno de Parri en 1946. Las metas de los resistentes en la posguerra no eran erróneas, eran incompatibles con la nueva situación. Los hombres que lograron finalmente tomar el poder -De Gaulle, Adenauer, De Gasperi- no son intelectuales en el sentido en que Vittorini y Böll lo son, y su obra no es inmortal en el sentido en que lo es la de Sartre, pero tenían ideas concretas que supieron implantar con flexibilidad, tenían un espíritu pragmático que, a la hora de la definición, demostró su supremacía. A lo largo de su trabajo, Wilkinson plantea una pregunta fundamental: ¿cuál es la relación entre el intelectual y su sociedad y hasta que punto debe intentar éste moldearla? Esto abre una serie de preguntas más específicas: ¿son los intelectuales una clase aparte, que responde tan sólo a sus propias inquietudes estéticas? ¿Es su visión del mundo tan alejada siempre de lo cotidiano? O, en cambio, ¿se sumergen en su sociedad en una misión mesiánica, convirtiéndose en la conciencia de su pueblo? Finalmente: ¿son líderes natos, destinados no sólo a crear las ideas que transforman a la sociedad, sino a llevarlas a cabo? La resistencia intelectual en Europa parece, por momentos, la historia de cómo influyó la guerra en los intelectuales, y no la historia que estaba destinada a ser -de cómo los intelectuales influyeron en la guerra. “La guerra -escribía Pavese en 1944- intensifica la experiencia de vida porque moldea los sentimientos internos de todos”. Sin embargo, la simbiosis es magnífica, y de pronto nos percatamos de que ambas relaciones son ciertas e inseparables, la retroalimentación es fundamental: Pavese dejó tanta huella en la guerra, como la guerra en Pavese. La Resistencia obtuvo su principal inspiración de la confianza de influir en la guerra, de detener y transformar el proceso decadente que encarnaba el fascismo. Su legado más valioso es espiritual, no práctico: representa el compromiso con la libertad individual y la justicia social -basado en la esperanza, en la razón y en firmes normas éticas- en una época de desesperanza y aquiescencia. “Esta generación, dentro de ella y más allá -dijo Albert Camus en 1957-, ha tenido que recuperar tan sólo por medio de la resistencia un poco de lo que da dignidad a la vida y a la muerte”.

[Luis GATT. “Resiste, que algo queda”, in Nexos (México), julio de 1990]

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