✍ Historia crítica de la literatura argentina (VII). Rupturas [2009]

por Teoría de la historia

jitrik-dir-historia-critica-de-la-literatura-argentina-7-19182-MLA20167510401_092014-OLas ideas, cuando migran de su terruño original hacia otras latitudes, suelen experimentar una serie de transformaciones que, aun cuando limen sus propuestas más radicales, las enriquecen, en tanto las fuerzan a operar frente a otras realidades socioculturales. Latinoamérica en general, y la Argentina en particular, conocen de cerca la cuestión por todas las ideas que han sabido importar de, por ejemplo, Europa. La Ilustración, un movimiento con base en la razón para oponerse a la ignorancia que (denunciaba) estimulaba la Iglesia, aquí se transformó en una “Ilustración católica”, lo que parece entonces un verdadero contrasentido. Con el romanticismo sucedió algo similar: si en Europa apostaba a hundir los brazos en el barro de la Historia para rescatar el espíritu de los pueblos, aquí, ante la inexistencia de ese fértil pasado, para consolarse, se dedicó a inventar algunas tradiciones. Un nuevo volumen de la Historia crítica de la literatura argentina, cuyo director general es Noé Jitrik, permite sumar un nuevo ejemplo a esa lista. En Rupturas, que oficia como el tomo 7 de la colección, el lector encontrará 30 artículos compilados por Celina Manzoni alrededor de lo que esa palabra designa de manera más evidente en el campo del arte, es decir el período de las vanguardias y sus paradojas, aun cuando se avale en un ciento por ciento la advertencia que ella misma realiza en la introducción: “si bien es cierto que vanguardia fue equivalente de ruptura, no todas las formas de la ruptura terminaron en la vanguardia”. La pregunta múltiple que se impone es si las vanguardias fueron revolucionarias o reformistas; si en algún momento modificaron el gran objetivo bajo determinadas circunstancias; y cómo se debe entender que más de un ideólogo vanguardista terminara abrazando, en el cruce entre vanguardia estética y vanguardia política, causas totalitarias. Según cómo se responda a estos interrogantes, el par de conceptos que está en el centro de la cuestión –ruptura y tradición– cobrará diferentes significados. En este sentido, el valor de Rupturas radica en que disemina las respuestas a lo largo de los artículos que componen el libro, al mismo tiempo que coloca a la literatura como una excusa para escudriñar una época de la cultura argentina –más o menos, desde 1920 hasta 1950–, pero no la única, de modo que abundan las referencias (y en algunos casos, hay trabajos específicos) a la pintura, la música, el cine, el teatro, la arquitectura, las nuevas tecnologías y el impacto del revisionismo histórico sobre el modo de entender el devenir nacional. Y un elemento central para entender la interacción entre las vanguardias y, si no todos, gran parte de los cambios de esa época, es el periodismo. La confluencia de varios factores, entre los que se destacan los avances tecnológicos, la creciente urbanización de la sociedad argentina y la ampliación del público lector por efecto de las campañas alfabetizadoras, produjo un nuevo periodismo, popular y comercial. Su diversificación otorgó muchos puestos de trabajo a escritores devenidos periodistas o traductores, y el resultado –positivo, sin duda– repercutió en el campo editorial; de hecho, en aquellos años se fundaron importantes sellos que se lanzaron, junto a diarios y revistas, a la búsqueda de distintos tipos de lectores, tanto dentro de la elite como en los sectores más populares, a través de colecciones fácilmente identificables por cada grupo, tanto por su contenido como por la calidad de la edición. Lo más singular de todo ese proceso es que varios de los escritores que integraron las vanguardias trabajaron para los diarios y las editoriales más populares -relación que acaso fue más permanente que los fugaces proyectos vanguardistas en los que se embarcaron. De modo que si, como lo entiende Renato Poggioli, originalmente la postura vanguardista es una respuesta a la vulgarización de la cultura, entre nosotros, la posibilidad que brindaba la prensa popular de llegar a un público masivo fue harto valorada y produjo, tiempo mediante, hasta una particular “división del trabajo”: en esos medios, algunos vanguardistas se hicieron cargo de alimentar y guiar el análisis artístico y literario, mientras otros se responsabilizaron del análisis político. Unos y otros, salvo contadas y notorias excepciones (que también son estudiadas en el volumen), hoy forman parte del canon literario argentino.

[Rogelio DEMARCHI. “Divinos y populares”, in La Voz (Córdoba), 7 de diciembre de 2009]