✍ Historia crítica de la literatura argentina (IX). El oficio se afirma [2004]

por Teoría de la historia

386734c0Acaba de publicarse una nueva entrega de la Historia critica de la literatura argentina que dirige Noe Jitrik para la editorial Emecé. El plan general de la obra, según se anuncia, consta de una docena de tomos que vienen dándose a conocer desde hace ya dos años sin seguir un criterio cronológico para su edición. Ahora es el turno del tomo 9, que dirigió Sylvia Saitta y lleva por título El oficio se afirma y que se centra, principalmente, sobre la actividad literaria en la Argentina de las décadas de 1940 y 1950 del siglo pasado. Lo que en primer Iugar este volumen permite confirmar es que su director ha pensado la colección como una manera de autoerigirse un ‘monumento en vida’, que sería el resultado —tal vez se pueda o deba suponer—, la culminación natural de su extensa obra como crítico e investigador de la literatura. Es sencillo argumentar a favor de la anterior aseveración, puesto que la presencia de Jitrik es constante, algo que también se evidenciaba notoriamente en los libros anteriores. Su nombre, por supuesto, aparece destacado en la tapa en su caracter de director, con ese mismo estatus se reproduce en la solapa de tapa; y el tomo se cierra con un “Epílogo” de dos páginas que no cumple otro cometido que volver a poner frente a los ojos del lector la firma de Jitrik. El texto de la contratapa reproduce con leves variaciones el contenido del mencionado epílogo y, por si fuera poco, si el lector atento se toma el trabajo de revisar el índice onomástico advertirá que la entrada “Jitrik” es una de las que mayor extensión tiene, solo le ‘ganan’ los autores más importantes del periodo (Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares o Silvina Ocampo), es decir, aquéllos sobre quienes se centran los artículos. El conjunto de la colección parece diseñado con la estrategia explícita de ubicar a su director en el podio del “Ricardo Rojas del siglo XXI”: con el objetivo deliberado de que, con el tiempo, quienes consulten la obra se refieran a ella no ya como la “Historia crítica de la literatura argentina”, formulación demasiado vaga y general, o la “Historia de la literatura argentina de Emecé”, excesivamente institucional, sino con el obligado y popular “Historia de Jitrik”, epíteto que contiene los ecos que provienen de comienzos del siglo XX y los padres culturales de la patria. Noé Jitrik suma una extensa obra sobre la literatura argentina y latinoamericana, sus artículos y libros pueden generar las opiniones mas diversas, pero sin duda y mas allá de las discusiones, varios de ellos forman parte obligada de los listados bibliográficos de consulta. Pero haberse ganado un espacio no habilita la inyección de bronce, sobre todo, si tal grosería ronda el mal gusto y estimula la vergüenza ajena. Esta Historia crítica de ia literatura argentina no parece muy lejana del modelo que el Centro Editor de América Latina le imprimió a su Capítulo. La historia de ia literatura argentina, en particular a su segunda edición reformulada y ampliada hacia fines de los años 1970 y comienzos de los 1980. En primer Iugar porque, de conjunto, el criterio de periodización es el mismo: un metro cronológico que secciona el devenir de la literatura patria en rebanadas que acompañan las etapas mayores que la comunidad de los historiadores más o menos ha consensuado de la historia argentina. Que se anuncien tomos completos dedicados a Domingo Faustino Sarmiento y Macedonio Fernandez, que Borges ocupe el Iugar que ocupa pese a no tener tomo propio, estos ‘desvíos’ ya estaban contemplados en aquella obra (Sarmiento era uno de los pocos escritores que tenia dos libros en la colección de Capítulo, Borges el único que ostentaba dos fasciculos, etc.). Esta obra, al igual que Capítulo, también se ve obligada a transgredir sus propias reglas cuando se enfrenta a autores, movimientos, obras, etc., que ocupan más de un periodo y resuelve la cuestión bien empíricamente, es decir: como se puede. A esta altura, seguramente no faltarán quienes piensen que otra resolución es imposible y quizás tengan razón, pero el hecho no ahuyenta las molestias con que a veces se sigue la lectura. En segundo Iugar, porque lo que por entonces se dividía en fascículos semanales aquí se traduce en capítulos. La división tiene sus pro y sus contra. La virtud viene del lado del principio de realidad (¿sería posible de otra manera?); el malestar mayor lo produce el hecho de que los autores encargados de los capítulos se suelen ‘pisar’ en cuanto a observaciones y referencias, lo cual suele instalar en el lector una suerte de deja vu a medida que las páginas avanzan. En relación con una perspectiva más general se puede afirmar que los presupuestos teóricos más vastos y profundos que movilizan metodologías y recortes no han variado sustancialmente desde aquel entonces. Como Capítulo, también en esta historia los puntos de vista, los estilos, los lectores hipotéticos y las pretensiones varían de autor en autor y son expresión de la más pura heterogeneidad. La distinción más evidente está dada entre los críticos experimentados y aquellos que recién comienzan; otra distinción que vale la pena señalar se da entre aquéllos que redactan teniendo en su mente un ‘horizonte académico’ y creen por lo tanto estar ‘haciendo teoría’ cuando escriben lo que escriben, y quienes se dirigen hacia un lector más humilde —no necesariamente no universitario— que, suponen, busca en una historia de la literatura información confiable y buena, más actualización bibliográfica. Unos intentan orillar cierta originalidad, los más se contentan con brindar utilidad. Como se puede esperar, de cosas malas, sorprendentes y buenas surgen heterogeneidades tan incestuosas. A diferencia de Capítulo, digamos para cerrar, de alguna manera, la Historia crítica de la literatura argentina intenta exorcizar el demonio de la mixtura, pero su solución es más retórica que real, según se comenta en el apartado que sigue. El libro esta dividido en siete partes centrales: “En torno a Jorge Luis Borges”, “En el Sur”, “Géneros”, “Los poetas”, “Entre la ficción y el ensayo”, “La narrativa se afirma” y “El realismo y sus fronteras”. Las antecede una “Introducción”, que firma la directora del volumen, demasiado breve (menos de diez páginas) y descriptiva. En dicho prólogo simplemente se reseñan las diversas secciones que vendrán y sus contenidos, y se subraya la hipótesis general que alienta al conjunto: “El título El oficio se afirma, noveno tomo de la Historia crítica de la literatura argentina, parte de una hipótesis acorde al plan general que preside la obra: que durante las décadas del cuarenta y el cincuenta, la literatura argentina pierde su caracter ‘provinciano’ para pensarse en diálogo con la literatura universal”. Como se puede ver, Sylvia Saitta se muestra demasiado obediente a una ‘hipótesis’ que no es mucho más que lo que el título del volumen afirma. Se trata de una aseveración que, por otra parte, ya tiene hace tiempo su Iugar ganado en el sentido común de los profesores y estudiantes de las letras argentinas. La “hipótesis”, por otra parte, parece demasiado inspirada por la figura, la literatura y la función de Jorge Luis Borges, y no queda del todo claro que pueda ser extendida sin más a la totaiidad de los fenómenos literarios ni del periodo ni, tampoco, posteriores. La acusación de ‘provincianismo’, por ejemplo, sigue presente todavía en la actualidad en los debates, las revistas, los suplementos culturales de los diarios, los reportajes a escritores y críticos, etcétera, razón de más para ajustar y discutir un poco más el concepto. Del mismo modo, ¿no hay evidencias de la fuerza de una literatura ‘institucionalizada’ y ‘profesionalizada’ —o sea ‘firme’— con anterioridad a la década de 1940? Todo ello determinaría enfrentar la discusión sobre la ‘hipótesis pequeña’ (del periodo) con hipótesis más generales sobre la literatura nacional. La necesidad de tener una columna vertebral fuerte para el tomo consigue debilitarlo en Iugar de darle fuerza, puesto que obtiene su evidencia del sentido común al alcance de la mano. Hubiera valido más la pena matizar, poner en entredicho y negar (algo que, a contrapelo de lo que dice la introducción, a veces los artículos hacen) esa “hipótesis” para enriquecer el conocimiento del periodo. Uno de los artículos más interesantes del libro es el que firma Beatriz Sarlo (“Una poética de la ficcion”), no tanto por lo que dice sino, resumámoslo así, por su estilo, por su modo de tratar a Borges. Casi podría asegurarse que Sarlo no quería escribir lo que escribió, que ya está cansada de escribir sobre Borges, y eso se nota. Cuando antes se dijo que lo interesante del artículo no tenía que ver con su contenido, a lo que se intentaba hacer referencia es a que Sarlo ya ha dictado clases y conferencias y escrito suficientes artículos y libros como para que quienes mínimamente sigan la producción crítica sobre la literatura argentina conozcan sus puntos de vista, observaciones y aportes. Este artículo no hace, en ese aspecto, sino resumir unos pocos de ellos. Precisamente porque pisa sobre suelo firme, Sarlo se permite ir y venir por las obras de Borges, citar personajes, referencias y motivos casi de memoria, obviando la indicación precisa. Sarlo habIa de Borges como de un viejo amigo, tiene mucho para decir pero no quiere repetirse; por momentos apura incluso el juicio directo (solo le falta decir: ‘Este es el mejor de todos’) y cierra su escrito de manera abrupta. Quien viene siguiendo su producción sabrá leer en ese gesto la inmotivada clausura, su contrario: por supuesto que hay mucho para decir y desarrollar, vayan a buscarlo… El tratamiento del artículo, entonces, hasta su brevedad, ofrece un poco de aire fresco en relación con el tratamiento más acartonadamente académico que campea en otras páginas. No obstante lo dicho, vale agregar que Sarlo se las arregia para ofrecer un buen ‘punteo’ de cuestiones básicas en relación a las ficciones borgeanas que bien puede atender a las lecturas menos expertas. En el mismo sentido se desarrolla el artículo de Isabel Stratta, “Documentos para una poética del relato”, que puede ser leida en tandem con el de Sarlo. Stratta, busca encuadrar el ‘origen’ o la inspiración de la poética borgeana en la literatura inglesa de fines del siglo XIX y comienzos del siguiente, una literatura que —al menos mayormente— prefirió extenderse sobre las tierras de la fantasía y lo fantástico a diferencia de su contramodelo francés, tan despreciado por el autor de El Aieph, que apostaba a la novela, el realismo y sus variaciones. Stratta ofrece incluso interesantes evidencias de algo que tal vez las generaciones que se ubican despues del ‘triunfo’ de la poética borgeana y el desparramo de sus ideas en obras y escritores posteriores no puedan medir en toda su dimensión: el carácter provocador y ‘desestabilizador’ de la obra de Borges. Stratta cita como ejemplo divertido y emblemático a la vez una nota bibliográfica sobre Historia universal de la infamia que el notable filólogo Amado Alonso escribió para la revista Sur en 1935; en ella Alonso, para ‘defender’ a Borges de algunos de los cuestionamientos que su literatura recibía, ‘certifica’ que; “[…] casi todas las fuentes declaradas son de libros existentes de verdad […]”. Es decir que Alonso, como experto, sale en defensa de aquello que consideraba buena literatura cayendo, sin advertirlo, en la trampa que esas ficciones tramaban. Es obligada la pregunta: entonces, ¿que leía Alonso en lo que leía de Borges?; hasta produce ternura que Alonso colocara ese “casi” al comienzo de su afirmación. Los artículos de Sarlo, Stratta y Maria Teresa Gramuglio son los mejores del libro. En “Posiciones de Sur en el espacio literario. Una política de la cultura”, Gramuglio vuelve a la revista dirigida por Victoria Ocampo —sobre todo en su momento inicial y constitutivo— siguiendo la perspectiva que investiga y piensa desde hace más de una década. Así, la autora vuelve sobre los editoriaies de la revista, las cartas de Ocampo, la confrontación de Sur con otras revistas nacionales e internacionales, la bibliografía, etcétera, intentando recrear un momento y una posición —de alguna manera, una ‘causa’— que posibiiiten explicar cómo se desarrolla una política cultural, incluso en aquello que tiene de incomprensible si se la evalúa desde el juicio rápido: la actuaiidad, como, por ejemplo, el Iugar central de Eduardo Mallea o la ceguera hacia autores y obras generada por la propias limitaciones y delimitaciones. Borges vuelve a aparecer en ese entramado y vale subrayar que tal vez merezca seguir siendo discutido el punto sobre ia asimilación o no, o en que proporción, del escritor por parte de Sur, es posible incluso ver que al respecto los artículos de Sarlo y Gramuglio no sostienen igual posición. Gramugiio realiza en el artículo una reescritura de sí misma, y el resultado es por demás atractivo, incluso para quienes ya conocen sus trabajos anteriores. En el apartado sobre poesía se compilan tres artículos. Uno, esperable dada la dimensión que, de Capítulo hasta hoy, la crítica y los investigadores le han dado y que la publicación de su obra completa consolidó, esta dedicado a Juan L. Ortiz. El segundo artículo es de Jorge Monteleone y se Ilama “Figuraciones del objeto. Aiberto Girri, Joaquín Gianuzzi, Hugo Padeletti, Hugo Gola”, y parte de un ambicioso desafío: “la posibilidad de constituir una historia materialista de la imaginación como una historia de la poesía en las cosas o las cosas en el poema, lo cual sería, además, una parte de una historia de la mirada poética”. Sin embargo, al finaiizar el artículo no queda para nada claro que las observaciones que se realizan sobre la manera en que los poetas nombrados llevaron las cosas a sus poemas no se relacionen con artificios generales a los que muchos poetas en diferentes momentos hayan echado mano. Las puntualizaciones sobre Girri, Gianuzzi, Padeletti y Gola son atractivas en relación inversamente proporcional al intento por adecuarse al monumental desafio del comienzo. El tercero, raro, lo firma Raúl Antelo sobre “Poesía hermética y surreaiismo”. El adjetivo “raro” busca indicar que el escrito en cuestión dedica toda su superficie a mostrar las características del movimiento surrealista y las vanguardias a través de fuentes europeas y latinoamericanas de difícil acceso y no muy comunes, que se mezclan con artículos de Aldo Pellegrini para la revista Qué y A Partir de Cero y otros de Enrique Pichon Rivière, etcétera. Al final se añade a su artículo una bibliografía que reúne los títulos de las obras de Aldo Pellegrini, Enrique Molina, Francisco Madariaga, Juan Antonio Vasco y Juan Jose Ceselli, pero el artículo nunca analiza ningún poema de estos autores. Parece difícil que, a esta altura, se pueda sostener como criterio que el resumen de las líneas generales de un cierto movimiento estético pueda ‘explicar’ y dar cuenta de la producción literaria concreta que tal movimiento se supone —en didáctica y retórica concesión— encierra; creer que todos los libros de Molina se pueden englobar en un par de enunciados generaies, o los poemas de escritores tan alejados entre sí, como Ceselli y Madariaga… La observación es tan obvia que por esa razón se seleccionó el adjetivo ‘raro’. En fin: el artículo de Antelo es sólo un prólogo para un inexistente artículo sobre poesía y poetas. Agreguemos como cierre y para anticipar ia curiosidad de algunos que la pampeana Olga Orozco no figura ni en las notas al pie. La última referencia no es irrelevante porque en esta región, la de los poetas, es donde más y mejor tal vez se puede observar hasta qué punto los recortes pueden seguir caprichos y modas antes que criterios mínimamente justificables.

[Jorge WARLEY. “Historia crítica de la literatura argentina. Volumen 9: El oficio se afirma” (reseña), in Anclajes (La Pampa), vol. VIII, nº 8, 2004, pp. 390-397]

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