✍ Atlas Mnemosyne [1924-1929]

por Teoría de la historia

atlas-mnemosyneComo Rodez, Am Steinhof o Mazorra, Bellevue, en Kreuzlingen, era también un lugar de locos. El lugar donde los locos se transformaban en su propio destino. Por allí no sólo pasaron Kirchner, Nijinsky o Leonhard Frank, un escritor alemán hoy por suerte olvidado, sino, Aby Warburg (Hamburgo 1866-1929), uno de los historiadores de arte más irreverentes de todos los tiempos e impulsor de los estudios iconográficos en Occidente; uno de los primeros en leer etnografía, cultura camp y mitos en relación con las imágenes. Su locura, entre 1918 y 1924, período que estuvo ingresado en varias clínicas hasta llegar a Bellevue en 1921, no sólo retardó y aceleró los estudios que éste ya había publicado en diferentes libros o folletos; más bien, dio un nuevo impulso a su mirada. A partir de este momento concibe dos de sus obras principales, el Atlas Mnemosyne (Ediciones Akal, Madrid, 2010), el cual queda incompleto a su muerte y, El ritual de la serpiente (Sexto piso, Madrid, 2008), la conferencia que elaboró en el manicomio para, entre otras cosas, hacerle saber a sus doctores que ya había resuelto sus problemas histérico-maniaco-depresivos, sus deseos de entrarle a patadas a los enfermeros. Warburg, quien provenía de una de las grandes familias alemanas, era lo que en su momento se llamó un Hamburger Kaiserjuden, uno de los judíos que apuntalaron con su capital al Káiser; cosa que hizo que al término de la Primera Guerra Mundial, bajo una Alemania humillada por la guerra y la extinción de la monarquía, sufriese un ataque patriótico e intentara matar a su mujer e hijos con un revólver hurtado a la familia. Ataque que por suerte no trajo consecuencias graves para los pequeños pero que confinó al eminente, exquisito y siempre bien enchalecado historiador por años en centros hospitalarios hasta que, gracias al programa de autocuración9783050044941 impulsado por el doctor Biswanger en Bellevue, comenzó a encontrarse de nuevo consigo mismo y superó (aseguran los que lo conocieron) la enfermedad. Su Atlas, compuesto por 82 paneles agrupados a veces de forma unitaria y bajo diferentes temas, es una suerte de resumen de las obsesiones de Aby Warburg desde inicios de su carrera hasta su final. En él se pueden ver lo mismo ilustraciones de las esculturas de Miguel Angel que fotos de la proclamación por Mussolini del Estado Vaticano, tableros de ajedrez moriscos que regordetas nórdicas y florentinas, sellos de la casa real inglesa que figuritas de Baco o Gambrinus, campos de zepelines que calendarios falsos y difíciles de encontrar. Es decir, todo lo que a Warburg sirviera para desenrollar la Memoria, ese aparato fóbico que el historiador alemán tuvo que volver a componer (a través del juego con el arte y el intercambio cotidiano) como si de un pequeño reloj de bolsillo se tratase; ese aparato amnésico. Memoria que en su caso no sólo se alimenta de un profundo conocimiento del Renacimiento y Barroco, como demostró en muchos de sus escritos, sino de la obra de Nietzsche y por el estudio, a veces, in situ, de culturas, símbolos y etnias que estaban proscritas. El ritual de la serpiente, “conferencia sobre la danza de las serpientes de los indios sioux en relación con la utilización general de las serpientes en la mística cósmica’’, dixit Biswanger, resulta, en verdad, un poco 1536-5220-1-PBmenos y un poco más que esto. No sólo porque en ella se mezclan por primera vez los íconos y la simbología arcaica de occidente con la observación antropológica y de culto del norte de México (al parecer los oyentes que tuvo Warburg en el manicomio confundieron su charla con una suerte de ‘‘noticia de viaje’’), sino, porque en esta conferencia el paciente Warburg intenta de nuevo concentrarse en sus estudios y, después de varios años, regresar a ser el historiador de arte que siempre fue, fundador de la gran biblioteca que aún en Inglaterra lleva su nombre, e impulsor de ese espacio donde imagen, huella e imaginario colectivo devienen archivo, mnémos. Warburg, del que sin dudas provienen estudiosos tan renombrados como Gombrich o Panofsky, aparece en una de las fotos que documenta su visita a Nuevo México portando una máscara de los indios Pueblo. Si como él escribe, estas máscaras servían para “apropiarse espiritualmente del animal y anticipar miméticamente su captura”, entonces sabremos por qué Aby Warburg tuvo que luchar “a brazo partido” a partir de cierto momento contra el Mal. Nadie reta a los dioses y permanece intacto, como supo muy bien en vida y obra Novalis, ese otro producto de la sinrazón alemana. Nadie se convierte en serpiente sin transformarse a su vez en animalito de laboratorio, ratón.

[Carlos A. AGUILERA. “Aby Warburg y el Círculo de Kreuzlingen”, in El Nuevo Herald (Miami), 10 de abril de 2011]