✍ 1789. Revolución francesa [1939]

por Teoría de la historia

UnknownA diferencia de otros muchos acontecimientos análogos, la Revolución francesa tuvo, desde su inicio, perfectamente delimitados los objetivos socio-políticos que era menester conquistar. En este extremo, a nuestro parecer, radica la extraordinaria importancia del no menos singular hecho histórico. No deja de ser curioso, por otra parte, que se hayan mitificado muchísimos de esos objetivos viendo en la entraña de los mismos lo que, en rigor, no existía. Así, por ejemplo -perfectamente lo ha señalado García de Cortázar-, aunque la libertad que exalte en forma continua en la Revolución francesa, la verdad es que en realidad su influencia, fuera de sus declaraciones platónicas, es muy reducida. La misma igualdad es enormemente limitada. Basta recordar que la constitución jacobina del 93, pese a que coloca la igualdad por encima incluso de la libertad, acepta un sufragio activo restringido. Por otra parte, la igualdad proclamada por la revolución no es ni mucho menos total: es una simple igualdad de derechos. Como cualquier otra revolución, no es preciso citar ejemplos, la Revolución francesa tuvo aciertos y tuvo fracasos. Claro está, recientemente lo ha señalado un agudo pensador, que la tesis de las contradicciones internas en la Revolución francesa no sólo es aceptada por lo que pudiéramos denominar pensamiento tradicional -así De Maistre, Donoso y Balmes y, en realidad, Vegas, Gambra, Vallet, Elías de Tejada-, sino que también es admitida por la actual historiografía marxista. Soboul reconoce, desde su posición de inspiración socialista, los antagonismos internos de la Revolución francesa a causa de la lucha entre el liberalismo burgués y la democracia social igualitaria. En 1798, dice, hay una proclamación teórica de la igualdad al destruir los privilegios de las clases altas y las corporaciones. Pero aparte de no colocar a la igualdad entre los derechos imprescriptibles, sí pone a la propiedad como tal. De aquí, desde un punto de vista radicalmente igualitario, surge la primera contradicción. Otra contradicción señala el historiador francés: el principio de soberanía nacional y la organización censataria del voto. La auténtica democracia social tampoco fue viable en el año II, aunque se intenta repetidas veces, por que chocó siempre con el principio de propiedad. Los únicos que fueron lógicos al aceptar tajantemente la proclamación igualitaria de la constitución de 1793 fueron los «iguales» de Babeuf y ya conocemos su desastroso fin. Desde otra perspectiva, evidentemente, conviene no perder de vista el notable papel que los intelectuales desempeñaron en el estallido revolucionario al que nos venimos refiriendo. En efecto, se ha dicho, la figura más destacada de las tesis igualitarias es Robespierre, que se proclama enfáticamente sucesor de Rousseau e influye decisivamente en los destinos futuros. Pese a ello, Robespierre, aunque coloca a la igualdad por encima incluso de la libertad -y es así uno de los profetas del totalitarismo de nuestro tiempo-, matiza esta igualdad en el sentido de igualdad de derechos, de igualdad ante la razón y la justicia pero no igualdad de bienes que, como decía frente a los exaltados de su fracción, «es una quimera». En todo caso, volvemos a citar a García de Cortázar, a pesar de su concomitancia y responsabilidad en los excesos revolucionarios, los Girondinos proclamaron casi siempre -enfáticamente, por supuesto- los principios más o menos liberales, aunque como ya hemos dicho, nunca se puede hablar con rotundidad en la Revolución francesa de una doctrina segura, porque hay en la actuación de todos los bandos sombras y perfiles que cualifican, limitan, concretan y condicionan su conducta. Procedentes de la burguesía, altisonantes oradores, viviendo literariamente las glorias de la antigua Roma o de la Grecia clásica -no olvidemos el interesante libro Griegos y romanos en la Revolución francesa de Díaz Plaja-, y lo que es muy importante, procedentes la mayoría de las provincias, se convierten, gracias a la barbarie jacobina, casi en un partido de orden. Se llaman asimismo defensores ante todo de la libertad, y marcan una línea generalmente liberal en la evolución del caos revolucionario. Frente a las igualitarias teorías de los jacobinos, Vergniaud y sus seguidores se mostraban casi aristócratas, cultos, tolerantes, siguiendo en mucho, aunque de lejos, las ideas de Montesquieu. «La igualdad es sólo la de derechos» y a continuación se lanzaba a una apasionada defensa de la propiedad. Ponen fundamentalmente su enfático asiento en la libertad. Petion, en abril de 1793, gritará aterrado: «Nuestras propiedades están amenazadas». Y antes de caer lanzará llamamientos desesperados a los propietarios. La Revolución produjo, entre otros muchos, el nacimiento de un héroe esencialmente romántico y radicalmente utópico: Babeuf. «Para lograr esa igualdad absoluta exigida por Babeuf, éste sostenía que los hijos deben ser educados por un mismo educador, el Estado, y que se les separara de su familia para que no hubiese ninguna diferencia entre ellos por la cultura o educación familiar. Todos los hombres debían tener la misma riqueza, debían vivir en casas iguales y vestirse exactamente igual. Pero como todo esto no es bastante, el jefe de la conspiración de los iguales intentaba eliminar las diferencias de talento limitando a unos la ciencia, a otros el arte, a otros las letras y para evitar cualquier forma de libertad contraria al espíritu igualitario, se imponía, según Babeuf, la más drástica censura de prensa». El libro del profesor Georges Lefebvre está escrito con un indisimulable calor humano. Es objetivo en la generalidad de las ocasiones y, efectivamente, sabe llegar con profundidad y donosura al fondo de los acontecimientos que examina. En la obra de Lefebvre, en efecto, la inteligencia crítica y la exigencia científica no excluyen el calor y la sensibilidad, lo cual se debe a que el historiador no es disociable del hombre. Lefebvre ha afirmado y demostrado su fidelidad a la Revolución francesa, a su tradición y a sus ideas, así como su «estima» y «amistad» por Robespierre: hubiera ido al lado de los jacobinos para sentarse a su lado, como Jaurès. ¿Fidelidad a un pasado ya superado? ¿Amistad esclerotizada? Lefebvre permanece fiel, más que a la letra, a su espíritu. Lefebvre insiste, no podía ser de otra manera, en el hecho de que los enciclopedistas -los intelectuales del momento- tuvieron una extraordinaria parte de culpa en el rumbo adquirido por la Revolución. Lefebvre nos habla de la magnífica «propaganda filosófica» que se realizó: «Sus obras alimentaron la propaganda oral en los salones y cafés que se multiplicaron en el siglo XVIII, así como en las numerosas sociedades que se crearon: sociedades de agricultura, asociaciones filantrópicas, academias provinciales, grupos enseñantes, como el Museo de París, salas de lectura, sociedades mesmerianas, donde se experimentaban el magnetismo puesto de moda por Mesmer, y sobre todo logias masónicas, importadas de Inglaterra a partir de 1715. La filosofía del siglo se encontraba en toda conversación e impregnaba los debates; testimonio de esto puede ser, por ejemplo, los concursos adoptados por las academias: el de Dijon suscitó el famoso discurso de Rousseau sobre el Origen de la desigualdad enhe los hombres… Es obvio, pues, que por diversos caminos, el pensamiento de los escritores del siglo XVIII penetró en la burguesía y le dio plena conciencia de su misión histórica. Lefebvre nos viene a decir, como conclusión magna, que la Revolución francesa, en rigor, fue encendida por los propios aristócratas: «La nobleza, atacada en sus bienes, después de haberlo sido en su orgullo por la supresión de los estamentos y los privilegios, volcó en la revolución un odio inexplicable. El complot aristocrático no tardó en convertirse en una realidad con todos los rasgos que el pueblo le atribuía: la preparación de la guerra civil y el recurso al extranjero, y provocó reacciones de violencia creciente, las matanzas de septiembre y finalmente el Terror…». En definitiva, si la Revolución francesa fue la más explosiva de las revoluciones burguesas, eclipsando a las revoluciones que la habían precedido por el carácter dramático de sus luchas de clases, se debió a la terquedad de la aristocracia, anclada en sus privilegios feudales, negándose a toda concesión, y a la obstinación de las masas populares en sentido contrario. La burguesía no había deseado la ruina de la aristocracia: la repulsa del compromiso y la contrarrevolución la obligaron a continuar la destrucción del orden antiguo. Pero sólo lo consiguió aliándose a las masas rurales y urbanas, a las que tuvo que satisfacer: la revolución popular y el terror despejaron el terreno, el feudalismo fue destruido irremisiblemente, la democracia instaurada. Ahora bien: la victoria sobre la feudalidad y el Antiguo Régimen no significó, sin embargo, la aparición simultánea de nuevas relaciones sociales. La transición al capitalismo no constituye un proceso simple, mediante el cual los elementos capitalistas se71boJqrJBIL desarrollan en el seno de la antigua sociedad hasta el momento en que son lo bastante fuertes para romper sus límites. Hará falta aún mucho tiempo para que el capitalismo se afirme definitivamente en Francia: sus progresos fueron lentos durante el período revolucionario, la dimensión de las empresas siguió siendo a menudo modesta, predominando el capital comercial. La ruina de la propiedad feudal de la tierra y del sistema corporativo y reglamentado había asegurado la autonomía del modo de producción capitalista, pero no por ello había abierto el camino a las relaciones burguesas de producción y de circulación sin compromisos: transformación revolucionaria por excelencia. Evidentemente, si verificamos la excepción de la revolución marxista, es obvio que pocos acontecimientos como el francés han dejado más honda huella: la Revolución francesa se ha impuesto también en la historia contemporánea por las soluciones que sucesivamente aportó al problema de la igualdad de derechos. La transformación de la economía por el capitalismo, al concentrar las empresas, al multiplicar y concentrar a los asalariados, despertando y precisando su conciencia de clase, situó de nuevo en primer plano de las preocupaciones de los hombres el principio de la igualdad de derechos. Pero este principio esencial que la burguesía de 1789 había planteado con estruendo para justificar la abolición de los privilegios nobiliarios basados en la cuna, tuvo consecuencias que los constituyentes no había previsto a pesar de las advertencias malévolas de algunos adversarios clarividentes. A la vista, pues, de cuanto el profesor Georges Lefebvre nos indica en las páginas de su libro cabe preguntarse: ¿Resulta exagerado el afirmar que la Revolución francesa se sitúa en el centro mismo de la historia del mundo contemporáneo, en la encrucijada de las diversas corrientes sociales y políticas que han dividido a las naciones y que las dividen aún..?

[J. M . N. de C. “1789: Revolución francesa, Georges Lefebvre, Editorial Laia, Barcelona, 1973, 285 págs.”, in Revista española de la opinión pública (Madrid), nº 40/41, abril-septiembre de 1975, pp. 164-167]