✍ Historia, ¿para qué? Revisitas a una vieja pregunta [2010]

por Teoría de la historia

335_hum09_W_134Desde que el hombre comenzó a indagar sobre el carácter histórico de su pasado, no ha dejado de interrogarse, más o menos explícitamente —ya sea en términos religiosos, antropológicos, sociales, filosóficos, e incluso jurídicos— acerca del valor intrínseco, tanto social como individual, que el conocimiento de ese pasado le reporta para su vida, su identidad colectiva y la construcción de su subjetividad. Paralelamente y en estrecha relación con esta preocupación acerca del conocimiento del pasado, aparece asociado otro interrogante de carácter epistemológico sobre cómo conocerlo, a través de qué métodos, recursos y propósitos abordarlo. Con la profesionalización del campo historiográfico la pregunta se complejiza y adquiere nuevas aristas de abordaje vinculadas a las condiciones de producción del conocimiento histórico en tanto práctica sometida a una serie de reglas y métodos de validación propios del saber científico. La pregunta acerca del “para qué” de la historia se abre de este modo a múltiples y diversas maneras de abordarla, —lo han hecho autores tan diversos como Nietzsche, Benedetto Croce, Walter Benjamin, Marc Bloch, Eric Hobsbawm, entre otros— pero el hecho mismo de plantearla, es decir la exigencia de la explicación del “para qué” de la historia, lleva consigo su propia fundamentación, ya que, tal como afirma Graham Swift en su novela Waterland: “—¿No es esta misma búsqueda de explicaciones, inevitablemente, un proceso histórico, en la medida en que tiene que avanzar hacia atrás, empezando por lo posterior para remontarse a lo anterior?” Precisamente en esta lógica de “remontarse a lo anterior” y afirmando con este gesto el carácter histórico del interrogante, el libro “Historia, ¿para qué? Revisitas a una vieja pregunta”, nace de un ciclo de conferencias que el Área de Historia del Instituto del Desarrollo Humano de la Universidad Nacional de General Sarmiento organizó durante el año 2005, en conmemoración a la edición de aquel importante libro que con la misma pregunta como título publicara Siglo XXI en México en 1980, en el que diez intelectuales —historiadores, ensayistas y escritores— abordaban dicha pregunta. Para el caso del libro aquí reseñado, participaron como expositores en las diferentes conferencias una serie de historiadores que abordaron la pregunta desde diversos enfoques y campos temáticos, con un fuerte predominio del campo de la Historia Reciente entre ellos. De esta manera el libro configura un entramado de caminos posibles por los que transitar la obligada reflexión sobre la praxis de los historiadores, sus motivaciones, objetos de estudio, y las condiciones materiales de producción del conocimiento. El libro comienza con una interesante introducción en la que Jorge Cernadas y Daniel Lvovich —docentes–investigadores de la UNGS y editores del libro— presentan una breve revisión comparada de los modos en los que la pregunta convocante fue abordada en ambos libros. En este trayecto se perciben continuidades y transformaciones tanto en los problemas planteados historiográficamente, como en el ambiente intelectual y académico en el que la pregunta fue pensada y abordada en México en 1980, y en Argentina en 2005. Los autores observan que para el caso del libro mexicano en todos sus escritos “—aunque con diferentes énfasis— está presente el valor asignado al conocimiento histórico en sí mismo […] En tal sentido, su contribución al entendimiento del pasado se enlaza con su potencialidad para explicar rasgos del presente, en tanto disciplina académica sujeta a procedimientos de validación y capaz, por ende, de articular un discurso con pretensiones de verdad” (p. 12) Los autores observan que en este caso el conocimiento histórico está fuertemente vinculado al uso público de la historia, y por ello el rol político e ideológico que en tal relación le cabe al historiador es muy importante. Por último los autores destacan que los temas y enfoques que predominan en las respuestas de 1980, son los propios de la historia social y la historia política, “con el foco puesto en los grandes colectivos (clases, Estados nacionales, etnias) como protagonistas fundamentales del proceso histórico, y en problemáticas clásicas del pensamiento (no solo historiador) sobre lo social, como el poder, la dominación, la dependencia, las acciones resistentes o revolucionarias de las clases y grupos sociales subordinados” (p. 14). Este panorama contrasta en varios aspectos con el contexto en el que la misma pregunta fue abordada en 2005 en Argentina. Para el caso, los autores hacen una breve mención a las transformaciones que se produjeron al interior del campo de la historia durante las últimas tres décadas, en las que se verifica el cuestionamiento de los paradigmas centrados en las estructuras sociales como única explicación de los sucesos históricos, así como también el interés cada vez mayor por la historia cultural e intelectual, y por dimensiones de análisis como la literaria, artística, de la vida cotidiana, de género, etc. Este contexto general de la historiografía tiene un desarrollo particular en la Argentina ya que al momento de producirse, en los principales “países faros” (Alemania, Inglaterra, Francia, y en menor medida EE. UU.), la renovación antes mencionada en el campo de la historia, el país se encontraba aún en plena dictadura militar en un ambiente poco receptivo y hostil para la producción historiográfica. La reconstrucción del campo disciplinar y los cambios y transformaciones necesarias para actualizar la investigación y la enseñanza a los métodos y paradigmas vigentes, comenzarán recién con la recuperación de la democracia a mediados de los ochenta. En tal sentido los autores afirman que esta reconstrucción fue ardua y difícil, “no sólo debido a la fuerte penuria de los recursos destinados a las instituciones públicas de investigación y enseñanza de la disciplina por las sucesivas administraciones democráticas, o a un faccionalismo creciente que no osaba decir su nombre, pero que igualmente dificultó la consolidación de un campo teórica e ideológicamente plural y más abierto a la diversidad de perspectivas” (p. 17). Sino también porque la agenda y el debate político dominante en esos años tuvieron un correlato en la agenda historiográfica y en el ambiente académico. Así, “constructos teóricos casi íntegros (por ejemplo, buena parte de los múltiples marxismos) y porciones significativas del pasado argentino fueron marginados de toda centralidad en la producción y el debate académicos, deliberada, negligente o inconscientemente.” (p. 17) Esta situación no impidió sin embargo que el campo de la historia no creciera considerablemente y superara “las ignorancias y los anacronismos más toscos” legados por la última dictadura militar. Finalmente, y en contraste con el caso mexicano, los autores afirman que “puede apreciarse en la historiografía profesional argentina una mirada en general poco esperanzada —cuando no completamente escéptica— sobre las potencialidades de los ‘usos públicos’ de la historia, que no necesariamente caracteriza, sin embargo, a otros campos historiográficos nacionales”, como se verá más adelante. (p. 19) En definitiva, ambos libros representan momentos históricos diferentes, y son a su vez exponentes de algunos de los enfoques y marcos teóricos vigentes en cada contexto, como lo es la historia reciente que tiene una fuerte presencia en el libro argentino, ya que varios de sus artículos giran en torno a problemáticas y enfoques propios de ese campo historiográfico. En este sentido, es curioso que en el panel inaugural del ciclo de conferencias no participase ningún historiador de dicho campo historiográfico, y esto sin desmedro de quiénes participaron en él. El mismo estuvo a cargo de los historiadores Alejandro Cattaruzza y Elías J. Palti, y de la filósofa Rosa Belvedresi. Ambos historiadores comenzaron sus respectivas ponencias planteando una historización de cómo fue abordada la pregunta convocante a lo largo y ancho de la historia. En este recorrido, que los autores transitan por diferentes caminos, analizan desde qué marcos conceptuales y en qué contextos histórico–académicos la pregunta fue resignificada desde la antigüedad en adelante. Si el ideal historiográfico de fines de siglo XIX tenía una respuesta taxativa y la pregunta carecía —por su obviedad— de interés para los historiadores, los avatares de la historiografía a lo largo del siglo XX y sobre todo desde finales de éste y comienzos del XXI, parecen haber puesto en crisis el sentido de la historia, y esto ha llevado a muchos historiadores a interrogarse sobre ese sentido. Los “para qué” de la historia y los historiadores, en este contexto, se asocian a las potencialidades que sus procedimientos y métodos para el abordaje del pasado, son “útiles” entre comillas, para tener una mirada crítica de nuestra sociedad en el presente, según afirma Cattaruzza. Una mirada singular aporta Rosa Belvedresi, quien afirma que el para qué de la historia es una “instancia particular de la pregunta más amplia: conocer, ¿para qué?”, en este caso, ¿para qué conocer el pasado? En términos filosóficos, esta pregunta es matizada por el planteo de Nietzsche de que el exceso de historia ahoga al presente, pero que no por ello debemos abandonar la pretensión de conocer nuestro pasado. Para la autora, este hecho, entre otras cosas, permite confrontarnos con otras formas de expresión de la naturaleza humana, para poner en perspectiva la propia existencia. Por otra parte, afirma que la simple curiosidad es también una excusa válida para acercarse al pasado, hecho que pondría de manifiesto la desjerarquización del estudio de épocas y procesos históricos en relación al presente ya que se trataría en este caso de una elección puramente subjetiva. Sin embargo, es también probable y legítimo, sostiene, que ese acercamiento al pasado este guiado por una sensibilidad sobre los problemas del presente derivados de dicho pasado. Tal sensibilidad se percibe en los historiadores que abordan la pregunta convocante desde el campo de la historia del pasado reciente, debido a las implicancias que el mismo tiene en el presente. La primera conferencia estuvo a cargo de Enzo Traverso, quien planteó la respuesta en relación a los conceptos de memoria, olvido, y reconciliación, a través de un recorrido historiográfico en el que dichos conceptos se van transformando según las distintas coyunturas históricas tanto en lo que se refiere al Holocausto, como a también a la última dictadura militar argentina. Por su parte, Gabriela Águila analiza el rol de los historiadores en el ámbito judicial en relación a los crímenes de lesa humanidad legados por dicha dictadura, y más específicamente a su experiencia de trabajo como “perito histórico” en los juicios que se tramitan en la justicia federal de Rosario. Patricia Funes presenta su experiencia de trabajo en la reconstrucción del archivo de la DIPBA (Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires), problematizando la “relación entre el archivo y el testigo, y también la relación entre memoria e historia.” Desde otra perspectiva, Roberto Pittaluga plantea la respuesta al “para qué” construyendo una historización de la práctica de la Historia Reciente en base a algunas consideraciones —tales como la historia oral, la violencia política, etc.— en la que reflexiona sobre el “estatuto diferencial” de la misma, así como su involucramiento político y académico con el presente. Finalmente Luciano Alonso aborda la cuestión del para qué trabajar sobre la historia del movimiento por los derechos humanos surgido en el contexto de la última dictadura, fundamentando aspectos teóricos y metodológicos sobre el modo de investigar dicho tema desde una perspectiva que contemple su abordaje científico pero sin despegarse de su dimensión ético–política. Estos enfoques parten de la afirmación de que siempre el pasado es abordado e interpretado desde el presente, y por ello mismo es al presente a quien el conocimiento de ese pasado debe “rendirle cuentas”. En este sentido, el novelista Graham Swift afirma que la necesidad de explicación histórica que tienen los seres humanos se produce fundamentalmente cuando el hombre siente esa sensación de que las cosas no son como deberían ser, a partir de que identifica problemas y conflictos que para resolverlos lo obligan a revisar el pasado, ya que en buena medida están determinados por éste. Aquí hay un punto en común que comparten todos los artículos del libro: el hecho de pensar la historia a partir de identificar problemas del presente que nos vinculen con ese pasado, por más lejano que fuese. Como sostiene el historiador ítalo–franco Enzo Traverso, la importancia del ¿para qué? de la historia, del rol del historiador en la sociedad, de la responsabilidad con la que debe afrontar su trabajo se deriva del tipo de conocimiento que maneja y de los aportes que este representa para satisfacer determinadas demandas de memoria y justicia. Tal como planteara Walter Benjamin, la interpretación del pasado debe responder a las demandas de justicia social por las víctimas de ese pasado, para —en términos de Traverso— “reaccionar, para contestar a una herencia que nos liga al pasado y que nos vincula”. En el caso de la Historia Reciente, las experiencias traumáticas del pasado cercano como las dictaduras y el genocidio, colocan —en palabras de Roberto Pittaluga— a ese “pasado reciente como una cuestión relevante para la tarea historiográfica, no sólo como problema para la investigación, sino en tanto interrogante para la propia disciplina”. En este sentido, dentro de este campo de investigación, en los diferentes artículos pueden hallarse reflexiones metodológicas sobre las maneras y fuentes con las cuales se aborda el pasado reciente —tal el caso por ejemplo de los artículos de Roberto Pittaluga, Gabriela Águila, y Patricia Funes—, y sobre el aporte que los mismos tienen en procesos relacionados con la búsqueda de la verdad y las demandas de justicia, que en buena medida responden al para qué de la práctica profesional de la historia reciente. La importancia de la construcción del archivo de la DIPBA, por ejemplo, es un aporte no sólo a la tarea de la práctica del historiador, sino que está fuertemente ligada a la construcción de una memoria colectiva que nos permita captar la dimensión represiva de la época de la que datan sus documentos. Dentro de este conjunto de respuestas ligadas a la historia reciente pueden hallarse reflexiones teóricas sobre el diálogo que dicha metodología propia del saber académico sostiene con otros ámbitos en los que sus producciones son utilizadas ya sea de manera pública, política, o en instancias judiciales, entre otros. Debido a las implicancias de ese pasado reciente en los problemas políticos, culturales y económicos del presente, es muy fuerte su presencia en determinados debates públicos de la agenda política de la actualidad, lo que le confiere un peso importante en tanto disciplina académica. Estas reflexiones teóricas no están exentas de una toma de posición política, y si bien se perciben trazos de una historiografía militante, predomina el estilo académico. Una mirada de conjunto de estos artículos condensa lo que podríamos denominar “el estatuto político de la historia reciente”, en tanto fundamento de una labor historiográfica comprometida con una etapa particularmente conflictiva y traumática del pasado. Paradójicamente dicha corriente historiográfica surge en el contexto de la denominada “crisis de sentido de la historia”, imprimiéndole sin embargo a ese sentido una función política que en algún momento la historiografía pretendió desprenderse. En esta misma matriz se inscribe el artículo de Ezequiel Adamovsky, quién desde la perspectiva de la historia social resalta la función “emancipadora” de una historia que le dé algún sentido a la vida colectiva, a la vida en sociedad. Para ello propone como objeto de estudio un análisis de la Revolución Rusa en tanto ésta representa el acto emancipatorio colectivo más trascendente del siglo XX, pero que sin embargo, según este historiador, “tuvo un desenlace lamentable” en una clara alusión al estalinismo. Dicho análisis pone en juego una actualización de nuestros deseos emancipatorios actuales al conectarnos con procesos de resistencia y liberación del pasado. Pero a la vez que propone este tipo de estudio, Adamovsky discute y critica la forma estructural en la que ha sido abordada la Revolución Rusa por la historiografía de la izquierda tradicional, de una manera simplificadora y abstracta, y con una utilización puramente instrumental, en palabras del autor. Por eso su análisis hace foco —sin evitar la polémica— en procesos colectivos de resistencia —un movimiento de campesinos rebeldes en Ucrania en 1918, y la rebelión de los marineros de la isla de Kronsdat en 1921—, es decir, procesos que sucedieron alejados de las esferas centrales del poder y enfrentados al gobierno revolucionario soviético. Desde otra perspectiva, José Sazbón propone un análisis de la Revolución Francesa para indagar en su desarrollo la particularidad revolucionaria que adquiere el proceso, tanto en el plano de la toma de conciencia política, como en el terreno de la lucha por la ampliación de derechos civiles, políticos y sociales. De esta manera, el autor sostiene una determinada manera de entender a dicha Revolución que hace hincapié en las grandes rupturas y creaciones —mentales y sociales— que se expresan durante la misma y que tienen vigencia hasta el día de hoy. Aquí se pone en evidencia también la ligazón de la historia con el presente, ya que los interrogantes que suscita el proceso revolucionario francés del siglo XVIII están determinados por cómo es interpretada desde la actualidad la Revolución, así como el significado y valoración de la misma para el presente. Retrocediendo aún más en el tiempo, es interesante la relación que establece Julián Gallego entre el estudio de la historia antigua y su vinculación con el presente. Gallego cuestiona una supuesta jerarquización de períodos históricos de “importancia” para la investigación histórica, y discute la noción de “utilidad” de la historia por el riesgo de mercantilismo a la que puede ir asociada, en la misma sintonía con la que Enzo Traverso criticara la rentabilización que se hace de la memoria en torno por ejemplo a la “industria del Holocausto” en Alemania. Para Julián Gallego la importancia de la historia antigua, así como la de cualquier historia, radica en las preguntas que plantea al período de estudio, y a la implicancia que dichas preguntas tienen para analizar el presente. Lo que está en juego aquí es la intervención académica y política del historiador en la sociedad. Finalmente, Mirta Zaida Lobato cierra el ciclo de conferencias con un artículo en el que plantea la importancia que para ella tiene realizar una historia centrada en el ámbito del mundo del trabajo y desde una perspectiva de género, analizando diferentes tradiciones historiográficas. La importancia se deriva fundamentalmente de la invisibilización de la mujer y del carácter marginal que la historia de las mujeres, y más aún la historia de las trabajadoras, ha tenido en la historiografía. Hecho que sin embargo ha comenzado a revertirse en los últimos años. Frente a esta invisibilización de las mujeres en la historia, la historiadora enfatiza el carácter histórico de las diferencias de género, del ejercicio del poder y de la dominación sobre la condición femenina. En este entrecruce de cultura y poder es donde se ubican las historias de género en el mundo del trabajo, y es a partir de allí que la historiadora analiza diferentes aspectos metodológicos y teóricos que atañen a esta tarea historiográfica. Si el hombre es el animal que pide explicaciones, que pregunta por qué, la tarea del historiador tiene un rol particular en la sociedad que le toca vivir, debido a que esa “necesidad inquietante” de respuestas y explicaciones lo ha obligado, una y otra vez, a mirar hacia atrás. Quizás con ese aspecto del Angelus Novus de Klee descrito por Walter Benjamin, que parece “alejarse de algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desencajados, la boca abierta y las alas tendidas […] Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única […] El ángel quisiera detenerse, despertar a los muertos, y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende del Paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el ángel no puede plegarlas. Esa tempestad lo arrastra indefectiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas […] Tal tempestad es lo que llamamos progreso” [Benjamin, Walter, Conceptos de filosofía de la historia. La Palta: Terramar, 2007, pp. 69-70]. Frente a este panorama —que en el caso de Benjamin está atravesado por la tragedia de la Primera Guerra Mundial— la pregunta acerca del “¿para qué?” de la historia adquiere una dimensión ética e importancia fundamental cuando se la relaciona por ejemplo, con las demandas de justicia que reclaman los olvidados y los muertos legados por un pasado que, para el caso del pasado reciente argentino, también se asemeja a una catástrofe. Así, reflexionar en torno al ¿para qué? de la historia actualiza las premisas generales sobre las que se asienta el trabajo del historiador, o de quienes se acercan al pasado desde diferentes disciplinas e inquietudes, y nos permite discutir y replantear fundamentos teóricos y metodológicos de una disciplina que, como la historia, sufrió transformaciones significativas en los últimos cincuenta años. Por último, cabe mencionar que el libro representa una muestra representativa de buena parte de la producción historiográfica de una parcela del campo de la historia académica de instituciones públicas del sistema universitario y científico nacional. En síntesis, a través de las páginas del libro se encuentra una diversidad de enfoques y temas de estudio que, cada uno con sus fundamentos, permite un abordaje del pasado en diferentes claves historiográficas pero con propósitos muchas veces compartidos. La relación de la historia con el presente; la práctica de un método científico–académico aunque sin pretensiones de despolitización; el acercamiento crítico a la realidad —ya sea histórica o del presente—; y el aporte en la construcción de una cultura y una sociedad más democrática e igualitaria, parecen ser criterios compartidos en las diversas conferencias al momento de pensar respuestas al siempre vigente “para qué” de la historia.

[Federico IGLESIAS. “Cernadas Jorge, y Lvovich Daniel (eds.) (2010): Historia, ¿para qué? Revisitas a una vieja pregunta. Prometeo Libros–UNGS, Buenos Aires” (reseña), in Clío & asociados (La Plata), nº 15, 2011, pp. 281-287]