✍ La voz del pasado. Historia oral [1978]

por Teoría de la historia

la-voz-del-pasado-paul-thompson-historia-oral-20186-MLA20185930106_102014-F“La voz del pasado” hace ya diez años que se publicó en Gran Bretaña. La traducción que comentamos, corresponde a la segunda edición bastante rectificada que acaba de aparecer en aquel país. No es el primer libro que se traduce al castellano sobre metodología de historia oral. En 1968, el Fondo de Cultura Económica editó “Esas voces que nos llegan del pasado” de Philippe Joutard, pero el de Paul Thompson sigue siendo uno de los más útiles. Como señala el autor, en su recorrido por los precedentes de la historia oral, aunque el término es nuevo (años 60), sus antecedentes son antiquísimos y comenzaron con la misma historia, para apagarse en la segunda mitad del s. XIX al academizarse esta disciplina y separarse de las ciencias sociales. Hasta después de la segunda guerra mundial, la utilización de fuentes orales pareció patrimonio de etnólogos, antropólogos y sociólogos, y fue precisamente a partir de éstos cómo se desarrolló la historia oral que hoy conocemos. La Escuela de Sociología de Chicago, en los años 1928-29, empleó la entrevista directa y desarrolló un fuerte interés por el método de la historia viva. Durante 1930, el Federal Writer’s Project reunió una copiosa serie de historias vivas de antiguos esclavos negros, de obreras, trabajadores del campo, etc., gente que previsiblemente moriría sin dejar huella escrita. En las décadas de 1940 y 1950, los antropólogos siguieron la ruta de los sociólogos. Así se puede mencionar la obra de Oscar Lewis en México y en África los trabajos del belga Jan Vansina. Ambos se tradujeron en sendos libros, que tendrían un gran impacto sobre la historia oral: “Los hijos de Sánchez” (1961) y “La tradición oral” (1962). Estas influencias y los acontecimientos políticos tras la segunda guerra mundial, volvieron a potenciar la utilización de fuentes orales para la historia en muchos de aquellos países que accedieron a la independencia sin una historia autóctona, en otros que sufrieron la ocupación nazi, o en el caso más dramático de los judíos europeos, donde el testimonio oral era el único registro posible del terror y de su propia supervivencia. En otros países europeos, la utilización de fuentes orales en la historia estuvo indirectamente ligada al acceso momentáneo al poder de parte del movimiento obrero y a su consiguiente deseo de hacer cambios substanciales en sus respectivos países. Éste sería el caso concreto de Gran Bretaña, donde toda la renovación historiográfica marxista que comenzó en el grupo de historiadores del P.C., en la revista Past and Present, New Left Review y más tarde del History Workshop Journal con el movimiento de historia popular, es más que una influencia en la moderna historia oral británica, institucionalizada desde 1971 en la Oral History Society. Paul Thompson, pues, aunque no niega que la utilización de las fuentes orales puede hacerse en un sentido conservador -como una parte de la historiografía norteamericana ha demostrado- apuesta por una historia popular, por un camino socialista que trate de incorporar al discurso histórico las voces de la mayoría anónima alejada del poder. Las fuentes orales en sí mismas pueden aportar a este objetivo dos elementos esenciales: la democratización de la propia historia y el aliento vital. En los tres capítulos siguientes (2, 4, 5) -los más interesantes desde mi punto de vista a nivel teórico- trata de responder a dos preguntas y/o críticas que a menudo se hacen a la historia oral: ¿qué aporta de nuevo a la historia? ¿es fiable el documento oral? La respuesta a la primera pregunta requiere una precisión sobre lo inapropiado del término Historia Oral. Si en los años 60 y 70 el término llevara implícito un desafío radical con respecto a la historia académíca y profesional, hoy la mayoría de los historiadores no piensan que se trate de “otra historia”, sino de la historia que además de otras fuentes utiliza fuentes orales. De ahí que muchos de los seminarios, encuentros y coloquios que se han organizado en esta década se autotitulen de Fuentes orales y no de historia oral. Esta es también la postura de P. Thompson y desde esta perspectiva cree que aquellos terrenos en que la aportación de la historia oral es definitiva han sido los de la vida cotidiana o la historia de la familia, mientras que resulta más complejo para los llamados “grandes” problemas históricos, o la reconstrucción de hechos históricos, aunque en estos se ha demostrado muy útil para recuperar “la subjetividad” con que los acontecimientos fueron vividos, imprescindible cuando no hay ningún otro tipo de documento y necesaria para desvelar determinados mitos reproducidos una y otra vez de un libro a otro. En este sentido la reciente historia de España tiene ejemplos bien elocuentes. En el caso de Cataluña, M. Vilanoa y Cristina Borderías han comprobado que mientras cualquier historia repite una y otra vez que los cenetistas no votaban, sus testimonios responden con insistencia que participaban normalmente en el mecanismo electoral más allá de las consignas de la dirección sindical. Por lo que respecta a los sucesos de Casas Viejas, que fueron vistos por E. Hobsbawm y después repetido por otros historiadores como una respuesta revolucionaria al hambre “utópica, milenaria, apocalíptica”, han sido rectificados por el interesante libro de Jerome R. Mintz (The Anarchists of Casas Viejas, Chicago, 1982), que tras convivir con los habitantes de la localidad durante tres años y entrevistar a los supervivientes, ha comprobado que fue una insurrección consciente siguiendo el llamamiento de los militantes de Barcelona durante las huelgas generales de 1933 en las ciudades. El pueblo no era un bastión anarquista organizado y el levantamiento fue aplastado antes de que hubieran comenzado a distribuirse las tierras. En cuanto a “seisdedos” no era el dirigente carismático de la insurrección, sino un carbonero heroico pero apolítico. Por lo que respecta a la fiabilidad de la evidencia oral, dos críticas son las más comunes: la que se refiere a la subjetividad de los testimonios orales y la que plantea la fragilidad de la memoria. Para el autor, la primera crítica que sólo se hace con respecto a los testimonios orales, debería también extenderse a cualquier documentación escrita, en esencial a la prensa, utilizada a menudo como incuestionable para la mayoría de los historiadores. Así, sólo la filmación o grabación directa de los acontecimientos tendría la posibilidad de ser un documento objetivo. Además las fuentes orales son una documentación distinta, en la que se analiza tanto lo que se dice, cómo los silencios y el por qué de la distorsión de la realidad. Precisamente el tema del silencio es una de las preocupaciones claves de la historia oral actual, cuyas posibilidades ha demostrado Luisa Passerini en su estudio sobre el impacto del fascismo entre los trabajadores de Turín. En cuanto al tema de la fragilidad de la memoria, el autor dedica parte de los capítulos9780192893178 4 y 5 a informar sobre los estudios que los médicos han dedicado al tema. Algunos de estos casos son fundamentales para valorar el documento oral: que la primera e inmediata selección de la memoria es la más importante, después puede recordarse durante años prácticamente lo mismo; que los ancianos suelen recordar mucho mejor el pasado remoto que el inmediato y que la “terapia de rememoración” da unos resultados médicos bastante interesantes, al restaurar cierta dignidad y conciencia de sí, en personas mayores que habían perdido cualquier mínimo interés por su propia vida. Los cuatro últimos capítulos (6, 7, 8, 9) son inmediatamente útiles y bastante inusuales en el panorama historiográfico español cuando se habla de metodología y teoría de la historia. Tratan de cómo hacer de forma concreta historial oral desde los tipos de proyectos posibles hasta el punto prosaico y fundamental de cómo conseguir el dinero. Por ser tan pormenorizados podrían, y pueden, resultar aburridos para todo aquel que no esté interesado en llevar a la práctica esta metodología, pero el conocimiento práctico del autor sobre el tema los salva, al estar ilustrado por numerosos ejemplos de cómo se han realizado los proyectos concretos tanto en Inglaterra como en otros países. En este sentido resulta particularmente interesante la introducción de esta técnica en algunas escuelas de EE.UU. y depués de Inglaterra, con el resultado muy alentador en cuanto a participación e iniciativa de los estudiantes. Al igual que las iniciativas diversas que en Suecia, la misma Gran Bretaña y Polonia se han desarrollado al margen de la historia profesional, como una actividad de la comunidad, alcanzando el objetivo último de la historia oral según P. Thompson, que la gente común sea capaz de escribir su propia historia. Estas prácticas historiográficas diversas, necesitan sobre todo de una experiencia histórica de asociación comunitaria, de una sensibilidad por parte de la historiografia profesional y de la ayuda económica de ciertas instituciones, aunque como demuestra el caso de Polonia esto no es imprescindible. En cualquier caso las dos primeras premisas hacen dificil el que se puedan aplicar en España, aunque hay algunas iniciativas interesantes en este sentido, como por ejemplo, el concurso que realizó hace unos años la revista L’avène: sobre memorias del pasado inmediato catalán. Dentro del marco de la historia profesional, es decir de aquella que se desarrolla principalmente desde la institución universitaria, lo primero que queda claro es que resulta un método caro. Aunque hay algunos proyectos de envergadura que se hacen individualmente, la mayoría utilizan a entrevistadores que no son historiadores. Las entrevistas, tras una selección primera sobre los testigos que pueden ser más interesantes, requiere sólo una cosa: paciencia, mucha cinta, mucho tiempo y pocas preguntas. Después viene el pesado y decisivo proceso de transcripción. Y es otra vez lo mismo, tiempo y dinero. Una hora de cinta necesita al menos 4 horas para la transcripción, por lo que en los casos que se puede se recurre a transcriptores, que deben ser capaces de transmitir la intensidad del lenguaje hablado al papel… Para el autor esto ha sido determinante en el desarrollo de la historia oral en EE.UU. y Europa noroccidental y como señala M. Vilanova en la introducción del libro ha sido determinante para su retraso en España. Como también todos estos factores y la propia naturaleza del documento oral, ha hecho que se utilice en la llamada “microhistoria” especialmente. Acontecimientos concretos, pueblos, barrios, biografías y autobiografías pueblan las revistas de historia oral y las comunicaciones a coloquios, con el peligro de caer, como cualquier otra práctica de “microhistoria” en una atomización sin sentido. En cualquier caso, de estos 4 capítulos sobre la práctica de la historia oral, en los que el autor indica hasta el tipo de magnetofón y cinta idónea, se desvela cualquier sospecha sobre que la utilización del documento oral sea sencilla. La sofisticación como se puede comprobar está bastante desarrollada en los países donde tiene más tradición. En suma nos encontramos con un libro sumamente oportuno en el panorama historiográfico español. La historia oral es ya de sobra conocida en distintas vertientes especialmente por los interesantes libros de R. Fraser, en los cuales aplica esta metodología de forma diversa: en un estudio referido a toda España y durante el período fundamental de la guerra civil (Blood of Spain, traducido bajo el título Recuérdalo tú y recuérdalo a otros), referida a la experiencia de una familia en Escondido, a la historia más reciente de un pueblo en Mijas, y a la utilización de la subjetividad en un nuevo tipo de autobiografía, que utiliza tanto la historia oral como el psicoanálisis: En busca de un pasado. A ellos han seguido los trabajos de M. Vilanova y Cristina Borderías y dos libros relativamente recientes, el de Consuelo Naranjo sobre el emigrante español a Cuba y el de C. Vega y Ana Monjó sobre una industria catalana colectivizada durante la guerra civil. Estas primeras publicaciones son igualmente acompañadas por un intento de coordinación de todos los historiadores que trabajan actualmente con estas fuentes, y que ha tenido su reflejo en el I Encuentro sobre proyectos de fuentes orales que tuvo lugar en Madrid a finales del pasado mes de abril. Sin embargo, aún teniendo en cuenta estos avances, es mucho aún la diferencia que separa a España de EE.UU., Gran Bretaña, Italia, Francia, México, etc… Quizás por tanto la mayor virtud de esta introducción a la utilización de las fuentes orales, sea las enormes sugerencias que propone cuando se lleva a cabo proyectos concretos. Pero este pragmatismo está ligado a la principal crítica que se puede hacer al libro: su empirismo. Ya hace años Richard Johnson y Graham Dawson criticaban ese aspecto refiriéndose sobre todo al énfasis que Thompson da a la naturaleza de la documentación oral, para que por sí misma democratice y desprofesionalice la historia, cuando esto es mucho más que cuestionable si no va acompañada de una teoría y un objetivo político en este sentido. En definitiva, la naturaleza de las fuentes no haría por sí misma la historia oral más $_57 socialista. En esta línea su énfasis en los hechos por sí mismos, que además realmente la historia oral no puede reconstituir, llevaría a una historia factual, en la cual no sólo no estarían ausentes la cultura de los historiadores, sino de las propias personas que aportan su testimonio oral. La falta de un verdadero planteamiento teórico se evidencia en otros problemas particularmente· interesantes que el autor no plantea. El primero se refería a si el documento oral, como cualquier tipo de documentación, debe ser interpretado y situado en su contexto histórico por el historiador. Respecto a este problema hay dos tendencias, la que considera que sí, lo cual supone ipcluso llegar al extremo de desmembrar el testimonio en sí, o interpretarlo de forma que se diga lo que el historiador piensa que dicen los testigos más que lo que realmente dijeron. Y la segunda que señala que si realmente se pretende escribir la historia del pueblo, el sentido de un testimonio debe mantenerse íntegro y sin manipulación, que de hecho no haya más historiadores que los testigos mismos. El otro aspecto, que el autor esboza, pero no deja claro, son las limitaciones de la fuente oral. De forma tajante habría que decir que no sirve para reconstruir los acontecimientos históricos concretos, salvo que al no existir otra fuente documental ésta se convierta en óptima; pero es una documentación inestimable para reconstruir la atmósfera, el ambiente de los acontecimientos, la subjetividad y la praxis individual y colectiva. Por otro lado y como es obvio su mayor limitación es el tiempo y sólo es aplicable a la historia más inmediata.

[Aurora BOSCH. “Thompson, Paul. La voz del pasado, Edicions Alfons el Magnimim, Valencia, 1988, 338 pp.” (reseña), in Historia Social (Valencia), nº 1, primavera-verano de 1988, pp. 116-120]

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