✍ La economía de la Antigüedad [1973]

por Teoría de la historia

Unknown-1Con relativa rapidez nos llega la traducción de este libro del Profesor Moses I. Finley. El título puede llamar a engaño. Suena a tratado y en realidad es una colección de estudios que en ningún momento adquieren explícitamente categoría sistemática. Discrepamos, por tanto, de las primeras palabras del prólogo con las que el autor presenta su obra: «El título de este volumen es preciso». Se recogen aquí una serie de conferencias: no parece que el autor pensara en un curso riguroso, sino más bien en unos cuantos ensayos destinados a sugerir e inquietar antes que asentar conocimientos. Como detalle que podría ayudamos a clasificar la obra, señalemos la cronología elemental, orientativa, que sigue al prólogo. La cronología es propia de un libro de alta divulgación, pero no de un tratado ni de un trabajo de investigación. La indefinición del libro puede restarle interés. El autor puede haber pretendido demostrar que un tratado sobre el tema es, hoy por hoy, imposible. Un tratado sobre el pensamiento económico de los antiguos es imposible porque ellos no pasaron nunca de observaciones obvias que no superan el nivel de lo pre-científico. En este punto Finley se muestra implacable. No pierde ocasión de hacer notar cada vez que ha de recurrir a alguna fuente de las usadas por los historiadores de las doctrinas económicas, desde las observaciones de Aristóteles a las de Varrón. Finley defiende que esa ausencia se explica porque faltaba la realidad misma que estudia la ciencia económica: «un conglomerado enorme de mercados interdependientes». En cuanto al estudio de la realidad económica del mundo clásico, Finley insiste en la falta de datos o la poca fiabilidad de los mismos. Con ellos sólo podemos pretender reconstruir una imagen borrosa y, si somos rigurosos, aproximada de la que fue la realidad. La falta de datos se suma a la variabilidad de las estructuras económicas para hacer aún más dificil la tarea del historiador. Por ejemplo, en cuanto al Imperio Romano como estructura económica, sabemos que Roma se alimentaba de una intensa importación de granos desde los dos extremos del Mediterráneo,cartel_la_economia_de_la_antigueedad_finley_0201_0th existía, pues, una organizada red de transportes, y sin embargo, sabemos que, en esa misma época, Antioquía pasó momentos de grave hambre a pesar de encontrarse granos abundantes a sólo cien kilómetros de distancia. Ya que no es posible una historia rigurosa de la economía de la antigüedad, Finley va en búsqueda de las bases económicas de las estructuras sociales y más aún de las actitudes económicas generadas por la estructura social. Quizá sea éste el punto unificador de la obra que se nos muestra dispersa en una primera aproximación. La dispersión reside incluso en los aspectos terminológicos y cronológicos. En la terminología, veamos el capítulo sobre los órdenes y status. Finley tiene cuidado de definir el «orden» como categoría social. Pero no se preocupa de definir el status. En cuanto a la cronología se echa de menos reiteradamente un orden cronológico en el tratamiento de los temas. Lo más frecuente es comenzar con los problemas en Roma para luego hacer las correspondientes rectificaciones al referimos a otras sociedades de la antigüedad, en especial a Atenas. Incluso dentro de Roma el autor no sigue una exposición cronológica. Estimamos importantes estas indicaciones críticas para que el libro de Finley sea apreciado en su justo valor: un ensayo de explicación psicosocial de la economía de la antigüedad fundamentado en un profundo y amplio conocimiento de las fuentes y de la bibliografía. Desde esta perspectiva la obra de Finley resulta siempre sugerente y clarificadora. Por ejemplo, la explicación del paso de la esclavitud al colonato en el Bajo Imperio. La falta de aprovisionamiento de mano de obra esclava por haber cesado el proceso de expansión del Imperio no es explicación suficiente por una serie de razones que Finley analiza. Hay 231que buscar la explicación por otras vías. Parece decisivo un aumento del número  de los pobres libres. La causa de este aumento habría que buscarla en un aumento de la presión fiscal sobre las tierras. Una profundización sobre la estructura económica de la antigüedad lleva a Finley a señalar el carácter decisivo y fundante de la apropiación individual de la tierra. Esto suena a muy conocido, pero resulta muy interesante cuando se analiza desde dos perspectivas complementarias. La primera es la de las actitudes psicosociales que lleva implícita y que en el fondo resultan sorprendentemente antieconómicas por cuanto aparece como ideal del terrateniente antiguo la autarquía económica. Catón es un ejemplo ilustre. Pero hay otro elemento a analizar y es el de la manufactura y el comercio. Aquí Finley quiere acabar con clichés ampliamente aceptados pero que no resisten a la crítica. En conjunto, concluye Finley, la visión del mundo clásico como una articulación de mercados que viven de un intenso comercio es falsa. Vale para Roma, que fue una ciudad que se alimentaba de todo el Imperio, pero en una relación parasitaria. Roma no ofrecía una contrapartida a sus importaciones como no fuera el aseguramiento de la pax romana. Vale para Atenas, que tuvo un papel económico mucho menos parasitario que Roma. Vale para otras ciudades a título450 excepcional, como fue el caso de Rodas. Pero en general ni el comercio estuvo tan desarrollado como a veces superficialmente nos hemos imaginado ni, consiguientemente, existió de modo normal una industria pensada para la exportación. Hay un punto que a nuestro entender hubiera merecido más atención que la que Finley le dedica. Es el problema de fuerza de trabajo esclava. Finley da prácticamente por supuesto que la presencia de esta fuerza de trabajo es definitoria de la economía clásica. Queda justificada, por tanto, la clasificación marxista de esta economía como un modo de producción esclavista. Sin embargo, la contribución de otros especialistas -pensamos en este momento en Brockmeyer- tiende a señalar una diferencia entre la economía ateniense con la importancia de la contribución del trabajo asalariado y la romana en la que ciertamente predomina la esclavitud.

[Fernando PRIETO. “La economía de la Antigüedad, M. l. Finley, Fondo de Cultura Económica, México-Madrid, 1975, 256 págs.” (reseña), in Revista española de la opinión pública (Madrid), nº 43, enero-marzo de 1976, pp. 285-287]