✍ El plan económico del grupo rivadaviano (1811-1827). Su sentido y sus contradicciones. Sus proyecciones sociales. Sus enemigos [1966]

por Teoría de la historia

el-plan-economico-del-grupo-rivadaviano-1811-1827-su-sent-5738-MLA4991736068_092013-FEl libro del título se compone de dos partes: una colección documental y un ensayo, antecedepte producido por el profesor Sergio Bagú. El profesor Bagú inicia su ensayo presentando, por un lado, las características estructurales de nuestro país en los instantes inmediatamente posteriores a la Revolución de Mayo. Pasa revista, en consecuencia, al estado de la población, producción y comercio y a sus relaciones con los países vecinos y las metrópolis dominantes entonces. Seguidamente describe el universo de las ideas dominantes en relación al plan económico que analiza posteriormente. Reseña ligeramente las características del pensamiento de Smith, Ricardo y Mill, desbrozando lo que a su juicio influyó en el pensamiento de los gestores del mencionado plan. Luego pasa a caracterizar morfológicamente al grupo de hombres que lo llevaron adelante: “Al calificar de grupo a este conjunto de hombres lo hago a sabiendas. Se trata de individuos que tienen en un momento dado, similitud de ideas, adoptan una actitud pública común y se sienten entre ellos solidarios” (pág. 23). No obstante esto, señala seguidamente, no mantienen “una unidad permanente desde 1811 hasta 1827” (pág. 23). A esta primera observación agrega otras que, aparentemente, atentan contra la caracterización hecha en principio: las relaciones entre sus miembros son amistosas o profesionales y el número que lo constituye varía hasta ser, “en ocasiones (un grupo) relativamente numeroso” (página 23). A pesar de todo, el profesor Bagú menciona a aquellos que lo componen: Bernardino Rivadavia, eje vertebral del mismo, Julián Segundo de Agüero, Salvador María del Carril, ministro de Hacienda en la presidencia de Rivadavia, Manuel José García, el más controvertido por su no muy sostenida adhesión a las ideas de Rivadavia (su oposición se verifica indudablemente cuando, en 1834, firma la expulsión de su antiguo cofrade), Santiago Wilde, incluido por ser el autor de la “Memoria” sobre organización fiscal y porque “trabajó durante algún tiempo en colaboración con Rivadavia y es probable que algunas de las iniciativas económicas de éste hayan contado con su asesoramiento” (pág. 24), Ignacio Núñez, redactor del “Argos” de Buenos Aires y de “El Centinela” (1822-23) junto a Juan C. Varela, Valentín Alsina y otros dos profesionales, San Martín y Palacios, de “El Nacional”, Agustín Delgado y Francisco Pico que junto a Valentín Alsina y J. C. Varela escriben en el “Mensajero Argentino” (1825-1827). Todos estos periódicos apoyan las iniciativas de Rivadavia, y de allí su inclusión. ¿Qué poseen en común? “Un nivel cultural que puede considerarse elevado para la época y lugar” (pág. 24). Nada más. La acción del grupo rivadaviano está dividida por el profesor Bagú en tres etapas, coincidentes con los momentos de actuación pública de su líder, Bernardino Rivadavia. La primera, entre el 28 de setiembre de 1811 y el 8 de octubre de 1812, la segunda, correspondiendo con el ministerio de Bernardino Rivadavia, durante la gobernación de Martín Rodríguez, del 26 de setiembre de 1820 y el 2 de abril de 1824, y la tercera durante la presidencia del mismo, del 8 de febrero de 1826 a julio de 1827. Analiza el autor los elementos que estima más relevantes en cada una de ellas. Encuentra que durante la primera se destacan las medidas tendientes a mejorar la estructura comercial, propiciando incluso la creación de una compañía de seguros y una caja o banco de descuentos. Atribuye a su influencia el decreto que otorgaba el monopolio del comercio a los negociantes nacionales. No deja de apuntar, seguidamente, lo que habría de ser su consecuencia más destacada: que éste cayera en manos británicas. En los aspectos de la producción, señala la existencia de medidas destinadas a favorecer la actividad saladeril. Se detiene en las disposiciones prohibiendo la esclavitud, estimulando la inmigración, obligando a los artesanos extranjeros a admitir aprendices hijos del país. Durante el término de la segunda etapa el grupo expone algunas ideas “que son compartidas por hombres que no pertenecen a él y, a la inversa, hay iniciativas y proyectos suscritos por García en esta etapa con los que Rivadavia y otros miembros del grupo estuvieron completamente de acuerdo” (pág. 31). Estas reflexiones, expuestas por el autor del ensayo, ponen un nuevo límite a la aceptación de la vigencia de un grupo, tal como lo habían hecho las anteriores. Lo que ocurre, por lo menos, son dos cosas: que el grupo nunca haya existido o que del mismo se produjeran desprendimientos por causas que cuestionan lo sustantivo de su constitución y que el autor del ensayo no puntualiza. Según el mismo, en este segundo momento histórico la organización financiera y administrativa del estado era un prerrequisito de la marcha del plan. Un primer paso de tal ordenamiento parece haberlo constituido el encarar las deudas acumuladas por el estado. La organización fiscal hasta entonces dependía casi enteramente de la recaudación de la Aduana de Buenos Aires. A efectos de evitar esta dependencia, Santiago Wilde presentó un memorial con un objetivo: “depender cada vez menos del impuesto a la Aduana y cada vez más de los ingresos individuales de los pobladores” (pág. 32). Digamos, desde ya, que si tales fueron las pretensiones, la desilusión habrá sido mayúscula, pues el nuevo impuesto fracasó como fuente de recursos relevante. Pero queremos apuntar que en su afán de mostrar antibritánicos a Rivadavia y sus eventuales compañeros, el profesor Bagú introduce la probabilidad de que “otros conceptos (del memorial de Wilde) probablemente, no fueron en ese momento compartidos por los hombres del grupo rivadaviano” (pág. 32). Señala, seguidamente, la preocupación tecnológica del estado y la educación especializada, en su capítulo así llamado, verificado a través de algunos decretos. El problema de los medios de pago y el sistema crediticio, tal como entonces se encaró, ocupan luego al profesor Bagú. Después de reseñar las peripecias sufridas hasta su creación, apunta que con la institución creada en 1822 “había triunfado evidentemente la tesis del banco privado, con privilegios del estado, a la cual Rivadavia se había adherido tempranamente y ahora aceptaba” (pág. 37). En esta institución, aceptada por el líder del grupo, hay que advertir, tal como lo hace el mismo profesor Bagú, dos grupos socioeconómicos preponderantes: capitalistas británicos con, además, inversiones rurales, y sus pares nativos, comerciantes urbanos o propietarios rurales ligados con aquéllos. Cabe apuntar, por otra parte, que por el tipo de préstamos a que estaba facultado (con plazos no mayores a 90 días), este Banco sólo podía servir a sectores donde la recuperación de la inversión fuese rápida, en particular el comercio. Con esto sólo pretendemos recordar otro sector donde la acción, no la intención, favoreció al grupo británico. Merece detenido interés el subtítulo “La población activa”, donde el autor señala detenidamente los mecanismos puestos en práctica durante la segunda gestión de Rivadavia en procura de mano de obra suficiente y regular en todos los sectores del trabajo. El análisis que realiza alcanza a todos los aspectos de esta acción, desde el fomento de la inmigración hasta las disposiciones sobre vagos, mendigos y contraventores. Cabe apuntar, sin embargo, que las mismas, en particular las referidas al reclutamiento del peón rural, de cierta manera lo asombran por olvidarse, es posible, de que no fueron ésas las únicas medidas favorables a los hacendados. La enfiteusis, sin ir más lejos, permitía la formación de latifundios. En este sentido la afirmación de Burgin (pág. 139) sobre que el gobierno conocía tal posibilidad, parece prudente. También otras medidas cumplieron tal propósito. En este sentido acierta el profesor Bagú cuando dice: “las medidas referentes a la ganadería traslucen la finalidad de establecer un régimen ordenado de protección a la propiedad del ganado vacuno” (pág. 54). La tercera etapa se caracteriza, según el texto, por “la acelerada diferenciación en las posiciones del grupo rivadaviano y de los otros grupos de intereses que actúan en la época” (pág. 61). Aquí se estudian los problemas derivados de la “organización financiera y administrativa del estado” en relación a lo cual aparece el problema del empréstito con su no demasiado clara tramitación. Otro tanto ocurre con el Banco Nacional, donde el profesor Bagú encuentra nuevamente a los representantes del capitalismo británico. Repetidas actitudes verifica el autor respecto a la obtención de mano de obra a las halladas en las etapas anteriores, aunque con frecuencia decididamente menor. El problema de la tierra vuelve a ser planteado por el profesor Bagú, quien opina que ahora el interés fiscal ha sido desplazado por el objetivo económico y social. De la declaración oficial sobre la necesidad de defender a la clase más numerosa infiere, dicho con sus palabras: “Otra vez el enfrentamiento de las clases y los rivadavianos tomando posiciones” (pág. 89). Describe y analiza luego el papel de las compañías mineras inglesas en los proyectos de explotación mineral en Argentina, finalizando con un tratamiento similar para con la guerra contra el Brasil. Un último capítulo, “Síntesis”, contiene observaciones que motivan alguna reflexión. En primer término afirma, cosa muy posible, que el plan que ha analizado constituye un intento “para crear una economía nacional orgánica y viable de tipo capitalista” (pág. 107). El fracaso se debió, en sus dos primeras etapas, según Bagú, a que descansaba sobre un espejismo teórico, espejismo que reaparece, discontinuamente en la tercera. En segundo término extractamos una afirmación en torno de las características del grupo, que de alguna manera explicaría tal espejismo: el grupo rivadaviano no fue una clase sino, “con fuerte dosis de tipicidad, un grupo de intelectuales nacidos, cada uno en el seno de familias de una burguesía incipiente del último período colonial” (pág. 108). Lo que no explica, lamentablemente, es cómo los mismos llegaron al poder político reiteradamente y, en suma, por varios años. Por su carácter de intelectuales, carecieron de habilidad para crear nuevas bases de sustentación del poder. Esta incapacidad derivó en buena parte, según Bagú, de la ignorancia del grupo acerca de los cambios en la estructura social que implica el cambio económico. Pero, ¿si en lugar de presumir errores o incapacidades intentásemos explicar el mantenimiento del statu quo en las distintas áreas por un hipótesis que niegue al grupo toda intención de transformación’ y, en cambio, le adjudique el propósito de reorganizar los instrumentos sociales, políticos, económicos, instituciomlles. etcétera, con el fin de consolidar la estructura vigente? Al finalizar el ensayo el profesor Bagú dice que este grupo se mantuvo “empecinado hasta el momento de su bancarrota política en defender el sentido nacional en lo económico y en las relaciones con el coloso imperial”. En respuesta a esta afirmación, fuimos acumulando las distintas oportunidades en que los británicos fueron los principales beneficiarios de las medidas adoptadas. La sección documental es realmente rica y variada. En ella se insertan, por orden cronológico, documentos de diferente carácter y procedencia: decretos, actas de sesiones, cartas, planes, leyes, notas, artículos de periódicos, etcétera. Esta recopilación constituye sin duda un aporte significativo para los estudiosos de un período tan rico en acontecimientos y que ha despertado tanta controversia. Esta no se ha agotado, pero, desde ya, ha enriquecido sensiblemente a la historiografía argentina y, sin duda, seguirá haciéndolo.

[Leandro GUTIÉRREZ. “El plan económico del grupo rivadaviano (1811-1827). Su sentido y sus contradicciones. Sus proyecciones sociales. Sus enemigos. Con una sección documental, por Sergio Bagú” (reseña), in Desarrollo Económico (Buenos Aires), vol. VIII, nº 30-31, julio-diciembre de 1968, pp. 439-443]