✍ ¿Qué fue de los intelectuales? Conversación con Régis Meyran [2013]

por Teoría de la historia

582379c0Atrás parece haber quedado el rol estelar que los intelectuales cumplieron a lo largo de la historia y, en particular, durante el siglo XX. Inmersos en sociedades sin utopías ni perspectivas de futuro, los intelectuales deben hoy repensar su rol y hacer audible su voz en un espacio público dominado por expertos y especialistas que refuerzan el orden establecido en lugar de cuestionarlo; por figuras mediáticas sin una obra que los respalde y cuya “autoridad” pública ha sido artificialmente construida en estudios de televisión, e intelectuales que dedican esfuerzos a mirar el pasado, en lugar de debatir alternativas de futuro. Así lo plantea Enzo Traverso en “¿Qué fue de los intelectuales?” (Siglo XXI), un libro que analiza el rol del intelectual a lo largo de la historia y alerta sobre una trampa peligrosa: que el intelectual abdique de la autonomía crítica y la imaginación utópica, se llame a silencio y renuncie a la toma de posición sobre los problemas y las encrucijadas que atraviesan a las sociedades contemporáneas en un mundo global. “Hay muchos motivos para levantar la voz y, frente a la globalización, el principal es el crecimiento impresionante y traumático de la desigualdad”, sostiene, enfático. “Estamos viviendo la refeudalización del planeta. Esto amenaza la libertad, la democracia y la noción misma de ciudadanía. La defensa del principio de igualdad me parece una causa central.” Y sobre aquellos intelectuales seducidos por un proyecto político, el historiador advierte sobre la tentación de convertirse en propagandista del gobierno de turno: “Se planteó en el pasado con respecto a Cuba, se plantea hoy con respecto a Venezuela y se plantea también con el peronismo en su versión kirchnerista”. Italiano de nacimiento, graduado en la Universidad de Génova, Traverso se doctoróou-sont-passes-les-intellectuels en la EHESS en París y durante 20 años ejerció la docencia en Francia. Hoy, lo hace en la Universidad Cornell (Estados Unidos) y es uno de los más importantes historiadores de las ideas del siglo XX. Bastó con convenir coordenadas en el ciberespacio para concretar un encuentro virtual con Enzo Traverso a través de Skype. Es que este italiano, que vivió y trabajó por más de un cuarto de siglo en Francia, desde hace dos años está instalado en Estados Unidos, donde se desempeña como profesor de humanidades en la Universidad Cornell. Italiano de nacimiento, francés por adopción y ciudadano del mundo, Traverso habla un castellano perfecto, idioma en el que se realizó la entrevista. Sus campos de investigación, cuenta, son la historia intelectual europea y la historia del pensamiento político, trabajadas a través del “prisma judío”: el papel de los judíos en todos los movimientos de vanguardia, de la literatura a la teoría crítica, del psicoanálisis al marxismo. De esa manera, afirma, pudo acercarse a la historia de las violencias del siglo XX: de las guerras a los genocidios. Entre sus libros se incluyen La violencia nazi. Una genealogía europea (2003); Los judíos y Alemania. Ensayo sobre la simbiosis judío-alemana (2005); El pasado. Instrucciones de uso. Historia, memoria, política (2007) y La historia como campo de batalla. Interpretar las violencias del siglo XX (2012).

En la historia hubo distintas definiciones de la figura del intelectual. ¿Cuál elegiría hoy?

-Ciertamente, hay varias definiciones de “intelectual” como figura social y muchas de ellas hoy tienen pertinencia. Si se trata de sugerir una definición general, para mí el intelectual es un hombre o una mujer que produce ideas, que trabaja con su pluma o computadora, que produce conocimientos, que puede crear también -un escritor, un artista- y que al mismo tiempo toma una posición en el espacio público con respecto a los problemas del conjunto de la sociedad, en el mundo global. Lo que hace de Einstein un intelectual no es la creación de la teoría de la relatividad, sino el hecho de que después de la Primera Guerra Mundial tomó posición sobre el fascismo, la guerra y la paz, y sobre las relaciones internacionales.

O sea, requiere autonomía crítica, perspectiva universalista y capacidad de denuncia.

-Sí, el intelectual debe tomar posición, aunque también se pueda discutir sobre las posiciones que toma. No todos los intelectuales tienen esa autonomía crítica y eso es un problema fundamental que se plantea en la historia de los intelectuales del siglo XX. Uno de los peligros que históricamente afecta la figura del intelectual es la caída, la limitación o la abdicación de su autonomía crítica.

Hoy se suele llamar “intelectuales” a profesionales de la academia, profesores universitarios e investigadores. ¿Hay un abuso del término “intelectual”?

-El problema no es tanto el abuso, sino que hay que ser consciente del papel del intelectual y del hecho de que el intelectual representa hoy una capa mucho más grande que antes. Al final del siglo XIX, los intelectuales eran una pequeña porción en la sociedad, que tenía el monopolio de la palabra y de la escritura, y el espacio público estaba estructurado en torno a esa pequeña capa de privilegiados. Hoy ser un universitario, un investigador significa hacer cualquier trabajo y no implica pertenecer a una elite. El abuso puede darse en la medida en que hoy el universo mediático produce “intelectuales” y hay mucha gente que es respetada, que tiene una palabra muy escuchada y cuya autoridad es artificialmente construida por la televisión. Y no estoy seguro de que podamos llamarlos “intelectuales”.

-¿Por ejemplo?

-Un ejemplo en Francia es Bernard Henri-Levy. Es la típica figura construida por los medios de comunicación cuya obra es un apéndice de su papel público como figura mediática. La industria cultural es la reificación del espacio público, y en ese espacio se crean nuevas figuras que son productos del mercado y del capitalismo neoliberal en el campo de la cultura. Y eso es distinto de los escritores, investigadores, artistas y científicos que produjeron una obra y que además explotaron su autoridad y su influencia para tomar una palabra en el espacio público. Es el caso del escritor Mario Vargas Llosa, a quien admiro mucho como escritor, aunque políticamente tengo discrepancias de él. Si él es escuchado cuando toma posiciones sobre un conjunto de problemas políticos y sociales es porque es una autoridad que está arraigada en su obra.

-Los medios de comunicación e Internet han modificado las formas de circulación y de debate de ideas. ¿Qué destrezas nuevas le exigen a un intelectual?

-Hay una actitud conservadora y muy estéril en quienes rechazan el uso de los medios de comunicación, como muchos intelectuales en la década del 60 o 70 con respecto a la televisión. Pero otra cosa muy distinta es plegarse y postrarse completamente a las reglas, las pautas y los mecanismos de funcionamiento de los medios. Es decir, tener dos segundos en televisión para expresar una idea. Aceptar este tipo de restricciones implica la destrucción del pensamiento. Pero si yo tengo que decir algo sobre lo que está ocurriendo en Palestina o sobre las relaciones entre la Argentina y los bancos, utilizar los medios es fundamental.

-¿Cree que en el debate público el “experto” y el especialista han ganado terreno y visibilidad, en detrimento del lugar que anteriormente ocupaba el intelectual?

-Creo que sí. Eso es una tendencia general. Los sistemas de poder son muy complejos y se necesitan competencias técnicas. La universidad se reformó y se reorganizó para formar técnicos y especialistas capaces de articular los mecanismos del poder. La especialización es inevitable en el complejo mundo de hoy. No pretendo hacer un alegato en contra de los saberes específicos y las especializaciones. Sería una batalla retrógrada y perdida desde el principio. Hay expertos que tienen competencias que la gente común no tiene y esas figuras son fundamentales. El problema es que esas figuras no tienen, en la mayoría de los casos, ninguna autonomía de pensamiento crítico. Juegan dentro del horizonte social y político de nuestro orden y eso es un problema que está vinculado a lo que yo llamo el “eclipse de las utopías”.

-¿En qué sentido?

-En un mundo sin utopías, en el cual el sistema económico-social, la democracia liberal, la sociedad de mercado y el capitalismo aparecen como algo natural, finalmente no se puede sino actuar como parte de ese mecanismo. Hoy falta una visión utópica que los intelectuales tenían a lo largo del siglo XX. Esa figura del intelectual como crítico del poder me parece que es muy débil hoy y su voz es inaudible.

-¿Qué sucede cuando un intelectual deviene funcionario público? ¿Es posible mantener la mirada crítica o necesariamente se transforma en publicista o propagandista?

-Es una tentación muy fuerte: que un intelectual que tiene una visión del mundo quiera actuar y para lograrlo establezca un vínculo orgánico con el poder, con un partido político o un movimiento. Ése es el problema de la ceguera que afectó a muchos y que se planteó en el pasado con respecto a Cuba, se plantea hoy con respecto a la Venezuela de Chávez y también con el peronismo en la forma kirchnerista. Algunos intelectuales que comparten las posiciones de los Kirchner con respecto a los derechos humanos cayeron en la trampa peligrosa de volverse intelectuales orgánicos del kirchnerismo. No quiero meterme en el debate argentino, porque miro al país desde la distancia, pero una cosa es apoyar una determinada posición del Gobierno, y otra distinta es volverse propagandista de un gobierno. Ésa es una abdicación del papel crítico del intelectual.

-¿En que medida la gravitación que antes tenían los intelectuales la tienen hoy los economistas?

-Los economistas han ganado lugar porque en el mundo de hoy la política está aplastada por la economía. En el caso de la Unión Europea, por ejemplo, quienes deciden la política económica de Francia, Italia y Alemania son el Banco Central Europeo, el FMI, el Banco Mundial. Y los economistas no pueden tener pensamiento crítico en la medida en que la mayoría de los que toman posición públicamente en los diarios financieros son quienes tienen vinculaciones orgánicas con el mundo financiero. Ésa es una realidad tanto en Alemania como en EE.UU., Brasil y la Argentina. Entonces, se transforman en intelectuales orgánicos en el sentido gramsciano. Gramsci define a los intelectuales como una capa social cuyo papel es elaborar una visión del mundo vinculada a una clase social. Esa definición en muchos aspectos todavía sigue vigente. Los economistas son los intelectuales por excelencia del capitalismo financiero en el mundo neoliberal: intervienen en los debates públicos como expertos y si vemos los sueldos que muchos de ellos obtienen de los bancos u organismos que asesoran, son mucho más altos que el que reciben como investigadores o universitarios.

-Hoy, el intelectual parece más dedicado a extraer las lecciones del pasado y a pensar el presente que a debatir alternativas de futuro. ¿Cree que hay un déficit de debates sobre el futuro?

-Cuando yo hablo del eclipse de las utopías no lo entiendo como una limitación específica de los intelectuales. Los intelectuales son los que formulan un imaginario colectivo y visiones que para existir tienen que estar arraigadas y empujadas por la sociedad. El problema es que la sociedad misma hoy no mira al futuro, no genera utopías, y los intelectuales son el espejo de esta impotencia. Entonces, no se puede pedir a los intelectuales que “sobrepasen” los límites de su época. Ésa es la contradicción fundamental del mundo de hoy: es una temporalidad de aceleración permanente con un horizonte cerrado, sin proyección al futuro y sin ninguna estructura prognóstica. Y eso explica también la obsesión por la memoria.

-¿Por qué una sociedad que no mira al futuro no tiene otra opción que mirar al pasado?

-Exacto, una sociedad que no tiene futuro está “casi obligada” a mirar al pasado y esa mirada muchas veces toma un rasgo apologético: “Hay que sacar lecciones del pasado para confirmar que el presente es un orden sin alternativas posibles porque las revoluciones fracasaron, crearon monstruos totalitarios, hubo fascismos y dictaduras y, entonces, hay que aceptar el orden de hoy como un orden sin alternativas”, sostiene esa sociedad. Esa falta de imaginación utópica es terrible. Hay ejemplos: la falta de alternativas y horizonte de futuro de las revoluciones árabes fue llenada por los fundamentalistas. O los movimientos de “los indignados”, que tienen una idea muy clara de qué es lo que no les gusta del mundo de hoy, pero que no tienen la capacidad de formular una alternativa.

-Pero caídos los socialismos reales y fracasadas las revoluciones, ¿a qué asociar hoy la utopía?

-Ésa es la gran cuestión. Las utopías de hoy son distopías: aparecen las visiones catastróficas del mundo, reforzadas también por la industria cultural.

-¿Cuáles son los motivos por los que los intelectuales hoy deberían levantar la voz?

-Hay muchos motivos y, frente a la globalización, el principal es el crecimiento impresionante y traumático de la desigualdad. Estamos viviendo la refeudalización del planeta. Esto amenaza la libertad, la democracia y la noción misma de ciudadanía. En un mundo en el cual la riqueza y la pobreza se desarrollan en formas extremas e incontrolables, no se puede hablar más de democracia, de una comunidad internacional o de un espacio público compartido. Desde un punto de vista social, el mundo esta volviendo al Antiguo Régimen, a pesar de que este proceso tome rasgos posmodernos, con una aristocracia financiera en lugar de la nobleza terrateniente. La defensa del principio de igualdad me parece una causa central, como ya fue en el siglo XVIII para los filósofos de la Ilustración.

-¿Cuál podría ser el rol de los intelectuales de cara a los actuales conflictos en el mundo?

Hoy el silencio de los intelectuales frente a estas crisis es “ensordecedor”. Es lamentable que la masacre de Gaza haya tenido lugar frente a la indiferencia general. En el pasado, los intelectuales jugaron un papel fundamental para sensibilizar y movilizar la opinión internacional en contra de guerras, conflictos y opresiones. Basta pensar en la guerra civil española, en la guerra de Vietnam o a la denuncia de las dictaduras militares en Chile y Argentina. Es verdad que en aquellas épocas las causas que defendían los intelectuales eran más claras; el mundo estaba dividido y no era difícil elegir su parte: contra el fascismo, contra el imperialismo, para la liberación de los pueblos, en defensa de la democracia. Hoy el mundo parece más complejo y confuso. No es fácil tomar posición con respecto a Siria o Libia. Y denunciar la masacre de los palestinos implica también criticar a Hamas y su modelo de sociedad. Pero eso no justifica el silencio. Para alertar a la opinión y promover una reflexión en el espacio público, los intelectuales tendrían que estar un paso adelante. Hoy parecen estar un paso atrás.

[Astrid PIKIELNY. “La sociedad hoy no genera utopías, y los intelectuales son el espejo de esa impotencia” (entrevista con Enzo Traverso), in La Nación (Buenos Aires), 7 de septiembre de 2014]