✍ Intelectuales y expertos. La construcción del conocimiento social en la Argentina [2004]

por Teoría de la historia

388362c0Hace ya muchos años, al presentar una recordada compilación sobre Estado y política en América Latina, Norbert Lechner decía que ese libro no venía a “llenar un hueco, sino a crearlo”; en vez de proclamar el cierre de un ciclo de trabajos o la culminación de una serie de líneas de investigación, de lo que se trataba era de abrir nuevas perspectivas, multiplicando dudas, preguntas y cuestiones a una generación de investigadores. Creo que hay que ubicar esta compilación de Federico Neiburg y Mariano Plotkin en esa saga de libros que “abren huecos”, y que con el tiempo se vuelven puntos de referencia ineludibles en la definición de una problemática. El libro reúne diez investigaciones originales, precedidas por una breve introducción de los compiladores, orientadas a mostrar cómo las figuras de intelectuales y expertos, “lejos de marcar los puntos extremos de una línea, constituyen más bien un espacio de intersección productiva, y cómo es precisamente dentro de ese espacio (definido por el Estado, el mundo de la academia, el mundo de los negocios y lo que se ha dado en llamar ‘el campo intelectual’) donde se produce el conocimiento sobre la sociedad” (p. 17). En vez de buscar dicotomías rígidas entre un “adentro” y un “afuera” del Estado o la academia, las distintas contribuciones se proponen “subrayar los pasajes y la circulación de individuos, ideas, modelos institucionales y formas de intervención”, buscando “indagar de modo sociológicamente positivo la singularidad de un conjunto de situaciones y procesos que han jalonado la producción del conocimiento sobre la sociedad en la Argentina” (p. 17). Entre los participantes del libro encontramos académicos de larga trayectoria, junto a otros investigadores más jóvenes, o de una generación intermedia, pero que poseen ya reconocidos méritos en sus campos de estudios. Un rápido censo de las temáticas abordadas nos indica que a la sociología (Carlos Altamirano y Alejandro Blanco) y a la economía (Jorge Pantaleón y los dos compiladores) le fueron dedicados dos artículos para cada una, mientras que el resto de los temas recibió una contribución: la historia (Jorge Myers), el ensayo (Silvia Saítta), la arqueología (Irina Podgorny), la antropología (Axel Lazzari), el mundo editorial (Gustavo Sorá), y la psicología (Hugo Vezzetti). En conjunto, el recorrido histórico es amplio, desde finales del siglo XIX hasta la década de los setenta, y sin atenerse a una periodización estricta, el objetivo del volumen ha sido menos el de “establecer una historia de disciplinas”, que el de analizar ciertos “momentos fuertes”, nudos de problemas que “definen y marcan mojones en el complejo proceso de constitución del conocimiento social” (pp. 21-22). De esa abigarrada serie de cuestiones quisiera destacar tres nudos problemáticos: uno se refiere a la definición, con variables grados de precisión, del perfil de los actores elegidos (intelectuales y expertos); el segundo aborda las múltiples tensiones que atraviesan dos procesos distintos, relacionados entre sí, aunque no siempre claramente delimitados: los problemas de la producción del conocimiento social y aquellos referidos a la constitución (disciplinar, institucional, profesional) de los campos de producción de conocimiento social; finalmente, agregaré algunas breves notas en torno a la caracterización que el texto hace de los economistas.

1. ¿Cuáles intelectuales? ¿Cuáles expertos?

Desde las primeras páginas, los compiladores dibujan los trazos gruesos de las dos figuras que dan título al volumen. Por un lado encontramos a los intelectuales, “aquellos individuos que reclaman como fundamento de legitimidad para sus intervenciones públicas una forma de pensamiento crítico, independiente de los poderes, y sustentada en el uso de la razón”. En su acción pública, el intelectual, “dice anteponer un conjunto de valores y un tipo de sensibilidad”. Por otro lado, los “expertos modernos suelen ser técnicos, los especialistas que trabajan en y para el Estado, y más recientemente para las ONG, y los organismos internacionales”. Estos expertos actúan “en nombre de la técnica y de la ciencia, reclamando hacer de la neutralidad axiológica la base para la búsqueda del bien común”(p. 15, las cursivas son mías). Ahora bien, al espigar el libro comienza a aparecer un amplio espectro de figuras, conocidas todas, pero cuyo status lógico, en relación con las nociones de intelectual y de experto, no siempre resulta claramente delimitado. Entre estas figuras cabe nombrar a “estudiosos”, “profesores”, “especialistas”, “pensadores”, “profesionales”, “autores”, “escritores”, “técnicos”, etc. De aquí entonces que podamos preguntarnos ¿con qué categorías se refieren los autores incluidos en el libro a los actores de esos espacios de intersección donde se produce el conocimiento social? ¿Lo hacen mediante conceptos unívocos? ¿Es posible una definición mínima que valga para diferentes espacios intelectuales y para épocas tan disímiles como el final del siglo XIX y mediados de los años sesenta? ¿Por debajo, o por sobre, las adscripciones disciplinares específicas (historiadores o psicólogos, por ejemplo), existen categorías generales, típico-ideales, capaces de englobar esas diferentes prácticas? ¿O más bien, “intelectuales” y “expertos” son posiciones de sujeto, roles definidos por una práctica que no admite tipificaciones fijas, sino “identificaciones” –tomando libremente una expresión de Stuart Hall– en el sentido de que, bajo ciertas circunstancias, simultáneas o sucesivas, un actor hace las veces de intelectual y en otras de experto? Carlos Altamirano, quien explora con su reconocida agudeza los elusivos orígenes de la Sociología entre 1890 y 1916, abre la serie de contribuciones sorteando el embrollo con elegancia. Cuando tiene que apelar a un concepto genérico para englobar, por caso, a “escritores” y “profesores” (o a “diletantes” y “especialistas”, al decir de Manual Gálvez), pasa al francés y usa clercs (pp. 35, 36 y 42) y cierra su artículo con un no menos distinguido savant (p. 60). En su contribución, llamativamente tiende a esquivar el sustantivo genérico “intelectual”, aunque admite y se inclina por adjetivar la “producción intelectual” (p. 33), las “costumbres intelectuales” (p. 45), o también la “reputación intelectual” (p. 259), pero también emplea las nociones de “estudiosos” (p. 34), “autores” (p. 37), “élites intelectuales” (pp. 36 y 47) o “intelectuales-académicos” (p. 42). Jorge Myers, al hablar de un período diferente y de una disciplina que ya poseía contornos más nítidos, el campo historiográfico entre 1930 y 1955, puede echar mano de manera más consistente al término “historiadores”, sin embargo aquí las zonas de tensión serán otras. Mientras la calificación de “historiador” no se pone en duda al hablar de Ricardo Levene o Emilio Ravignani, como representantes conspicuos de la Nueva Escuela Histórica, o de José Luis Romero, miembro destacado de una generación posterior, Myers se ve obligado a hablar de los “historiadores académicos” (p. 78) para distinguirlos cuidadosamente de dos grupos con los que éstos habían comenzado a antagonizar: de un lado, estarán los “revisionistas” o “nacionalistas” (Ibarguren, los Irazusta, Palacio), que en el mejor de los casos llegan a ser “autores” o “escritores” (p. 77), mientras que del otro lado encontraremos a “autores” (p. 79) como Rodolfo Puiggrós o Eduardo B. Astesano, que en algún momento del texto ascenderán, o descenderán según se mire, a la categoría de “historiadores del PC” (p. 81). Sylvia Saítta tiene de por sí que lidiar con un espacio mucho menos definido, de fronteras nómades, el de los ensayos publicados después de los golpes de Estado de 1930 y 1955, y apela de entrada a los calificativos de “escritores y pensadores” (p. 107), y naturalmente “ensayistas” (p. 108), o directamente “intelectuales” (pp. 138 y 139); pero no parece compartir las prevenciones de Myers: ella habla de José María Rosa como un “historiador revisionista” (p. 117), o más genéricamente de Norberto Galasso como uno de los “intelectuales que se incorporaron al peronismo” (p. 118). También hace mención al préstamo idiomático, cuando hace recircular el término intelligentzia, aunque claramente despojado del tono despectivo utilizado por Jauretche, y en la página 124 es la única entre todos los colaboradores que hace comparecer, al bordear una cita de Silvia Sigal, a “los ideólogos”, cuando nos recuerda que los “ensayistas –Jauretche, Hernández Arrregui o Sebreli– son los ideólogos de mayor influencia entre los universitarios de los años sesenta”. (Quizá valga la pena señalar que en el Indice Temático, “intelectuales” acredita nueve entradas y “expertos” tres, mientras que “ideólogos” e “ideología” no poseen ninguna cita, aunque en la contribución de Vezzetti se hace uso de esta última noción). Irina Podgorny, al estudiar la constitución del campo arqueológico entre 1919 y 1940, maneja un conjunto reconocible de términos genéricos para englobar a arqueólogos y antropólogos, a saber: “científicos” (p. 149), “estudiosos” (p. 151), “investigadores” (p. 153) y “especialistas” (p. 168). Jorge F. Pantaleón, al reconstruir la obra de Alejandro Bunge como fundador de la Revista de Economía Argentina (1918) apelará a una distinción cara a los avatares de nuestra época, en la que se enfrentan “técnicos” y (malos) “políticos”. Al analizar aquella experiencia nos recordará que “el radicalismo personalista se había convertido a los ojos de la Revista de Economía Argentina en el símbolo de la mala política, sinónimo de la negligencia e ignorancia que no daba lugar a las verdades técnicas, y generador irresponsable del aumento del gasto público. La nueva economía nacional amenazada por el avance de los políticos sobre los técnicos” (p. 195). Axel Lazzari indaga sobre la efímera pero controvertida trayectoria del Instituto Étnico Nacional (IEN) durante el decenio peronista de 1946 a 1955. Al estudiar las tensiones en el proceso de construcción de la antropología, como “saber de Estado y como disciplina científica”, contrapone la figura y las modalidades de intervención de Santiago Peralta, en calidad de un “experto” (pp. 204 y 207) o un “técnico” (pp. 207 y 218), frente a la estirpe de un “académico” como Salvador Canals Frau (pp. 214 y 218). No obstante esto, y pese a sus agudas diferencias entre sí, ambos tendrán por igual enfrentamientos con los “burócratas de carrera” (p. 218) en la dinámica cotidiana del Instituto. La contribución de los compiladores del libro está centrada en el análisis del Instituto Torcuato Di Tella (ITDT) y en el “proceso de surgimiento de una nueva élite intelectual-estatal en la Argentina a finales de la década de 1950: los economistas profesionales” (las cursivas son mías). Es interesante ver cómo, a mediados de los años sesenta, la matriz de relaciones sociales que enmarcan la labor de este grupo profesional presenta algunas características análogas a las encontradas a principios de siglo, tomando como ejemplo el grupo nucleado en torno a Alejandro Bunge, y que serán reencontradas más adelante, en la experiencia argentina de los años noventa (Camou, 1997 y 1999). Dos características son destacables. En primer término, el carácter de mediación entre diferentes esferas, en las que se anudan redes y vínculos de poder e intercambio (el mundo de los negocios, el Estado o la academia, tanto a escala nacional como internacional); en segundo término, también se destaca la siempre renovada oposición entre saber técnico y política. Como señalan los autores al hablar de las nuevas generaciones que comenzaron a incorporarse al ITDT a mediados de los años sesenta: “en la visión de esta nueva élite, la política aparece constituida como el espacio de la irracionalidad que debía ser superado por los saberes técnicos” (p. 249). Gustavo Sorá elige un tipo de actor y de espacio social que es escasamente considerado en la trama de la historia intelectual, condenado por lo común a una zona de penumbra: los editores y las editoriales de ciencias sociales entre los años treinta y la década del sesenta. Las figuras de Alejandro Orfila Reynal (por largos años director del Fondo de Cultura Económica de México, y luego director-fundador de Siglo XXI), y del no menos legendario Boris Spivacow (gerente editorial de EUDEBA y luego del Centro Editorial de América Latina), le sirven al autor del artículo como hilo conductor para desentrañar dos tipos de cuestiones. Por un lado, encontramos “las relaciones internacionales que subyacen a la diferenciación de prácticas culturales nacionales”, y por otro, se analizan las “trayectorias y prácticas que resaltan las particularidades de la actividad editorial en su contribución a la vida pública de las ciencias sociales” (p. 284). En ese espacio de intersecciones se destaca la no siempre visible figura del “editor”, que al decir de Sorá constituye “una profesión sin carrera”, que hace las veces de “experto[s] de tiempo completo en relaciones entre escritores, diagramadores, traductores, impresores, industriales del papel, [y] libreros” (p. 277). Hugo Vezzetti, en una contribución que –desde el punto de vista epocal– quizá debería cerrar el volumen, analiza la difícil “etapa de la autonomización académica y los debates iniciales de la profesionalización de la psicología, hacia la mitad de los sesenta” (p. 293). En su trabajo presenta “algunos problemas de una historia que se sitúa entre la psicología académica y el psicoanálisis, entre la universidad y el campo intelectual, entre la organización profesional y la voluntad de intervenir en la sociedad, en fin, entre el repliegue en las ciencias (y las doctrinas) y la apertura hacia una trama cultural dominada por una sensibilidad de cambio y los primeros signos del fantasma revolucionario” (p. 295, cursivas del autor). Un punto clave de su análisis se concentra en rescatar los denodados esfuerzos de un grupo de profesionales por dotar de autonomía a su quehacer científico y terapéutico frente a saberes más asentados, como el de la medicina, pero en medio de condiciones de “inestabilidad y fragilidad de un espacio universitario que en poco tiempo iba a quedar arrasado por la intervención dictatorial y la radicalización de los extremos” (p. 299). Particularmente instructivo es, en tal sentido, la reconstrucción del debate de una mesa sobre “Ideología y Psicología Concreta”, efectuada en el mismo año del Segundo Congreso Nacional de Psicología (1965), y que puso negro sobre blanco las visiones de los profesionales versus los militantes revolucionarios. En esa mesa van a enfrentarse (y el verbo no es incidental), por un lado, Enrique Pichon-Rivière y José Bleger, defensores de una integración entre psicología, psicoanálisis y marxismo, aunque “bajo una inspiración reformista” y comprometidos con la autonomización científica y del campo profesional de la psicología, frente a León Rozitchner y Antonio Caparrós, quienes “encarnaban la impugnación revolucionaria” (p. 306). Estos últimos, partían de una “construcción compacta que concebía cualquier síntoma singular como la expresión realizada de la totalidad social”, y por lo tanto, para ellos no había lugar “para recortes, abordajes parciales, intervenciones de objetivos limitados; en suma, para un camino de rectificación o reforma (individual, grupal, social) como el que Pichon-Rivière y Bleger habían expuesto una y otra vez” (p. 307). En ese debate, el voluntarismo que promovía la militancia como “la forma más alta de vivir” –recordará Vezzetti– exponía “el fundamento último de un proyecto revolucionario que obviamente tenía poco que ofrecer a una renovación de la psicología”. Puestas las cosas sobre ese límite, “la verdadera psicología revolucionaria, en tanto privilegiaba la dimensión de la ideología y un régimen de verdad sostenido en la acción militante, conducía al abandono de la disciplina (p. 309). Finalmente, Alejandro Blanco analiza el proceso de institucionalización de la Sociología en la Argentina, a partir de la creación del Departamento y la respectiva carrera (1957), bajo el liderazgo intelectual y político-institucional de Gino Germani. Un punto destacado del trabajo consiste en mostrar cómo, en buena medida, ese proceso de institucionalización de la “sociología científica” no se hizo en continuidad, sino en ruptura, con la larga tradición precedente de la “sociología de cátedra”. A esto habría que agregar, naturalmente, la no menos marcada ruptura con la tradición del ensayismo filosófico-cultural, que había tenido su período de auge en los años de entreguerras, y que podía reclamar el reconocimiento de su linaje intelectual frente a los especialistas académicos de nueva ola. En ese derrotero, enmarcado por un nuevo contexto de desarrollo disciplinar a escala internacional y atravesado por las posiciones político-intelectuales frente al fenómeno peronista, aparece en el centro de la escena la pionera y a ratos arrolladora acción desplegada por Germani en tres frentes: el de promotor editorial, el intelectual y el institucional. El trabajo de Blanco muestra claramente cómo “la sociología ya estaba institucionalizada bajo una cierta forma antes del establecimiento de la sociología científica” (p. 361), y que entonces lo que estaba en juego era la “diferencia existente entre dos modos de institucionalización” (p. 330). De este modo, un nuevo contexto nacional e internacional, la renovación de la universidad postperonista y la “promoción de las ciencias sociales con credenciales estadounidenses”, instalarán “nuevas preocupaciones”, “nuevos estilos”, y estimularán “nuevas demandas”. En suma, “tales elementos y factores se conjugaron para que la institucionalización de la disciplina adoptara […] la forma que tomó y para que la fórmula ensayada por Germani lograra alcanzar, al menos por un tiempo, un relativo éxito”(p. 362). Así presentados, estos textos nos abren interrogantes y problemas de investigación de gran riqueza, y seguramente futuras investigaciones podrán seguir alimentando una línea de trabajo orientada a precisar las relaciones, los límites y los alcances entre todas esas figuras. Para esa tarea anoto brevemente tres puntos. En primer lugar, y para decirlo a la antigua, nos enfrentamos al desafío de elucidar el orden conceptual que estructura las relaciones lógicas entre géneros y especies (aunque la metáfora sea imperfecta, no es de poca utilidad saber, por ejemplo, que los mamíferos incluyen a los felinos, y que éstos abarcan –entre otros– a los leones y a los jaguares). Una segunda cuestión, claramente señalada por los compiladores, se refiere a establecer una nítida distinción entre categorías “nativas” y de observación. En este punto uno podría preguntarse, por ejemplo, si la caracterización ya citada de los “expertos” en términos de “neutralidad axiológica” no deja de ser una categoría de autodefinición elaborada por algunos nativos, o bien una categoría de “descalificación” sustentada por otros nativos o por algunos observadores. Por último, nos encontramos con el ineludible problema de identificación de casos: si ya tenemos claras las diferencias categoriales entre los felinos, ¿este animal que estamos viendo, es un leopardo o un chita?; o sea, si nos queda claro que José Luis Romero actuaba como un leopardo, ¿con qué tipo de animales identificar a Rodolfo Puiggrós o José María Rosa por aquella época? Naturalmente, en el camino de seguir construyendo un saber sistemático y comparativo, encontraremos diferencias acerca de cómo delinear esas constelaciones conceptuales, o de cómo ubicar lógicamente nuestros casos, pero esas diferencias ofrecerán todo su potencial descriptivo y explicativo en tanto y en cuanto podamos discutir, al interior de un espacio de problemas compartidos, mediante conceptos cada vez más unívocos.

2. Producción de conocimiento social e institucionalización de las disciplinas sociales

Las distintas contribuciones tienden a combinar dos problemas, estrechamente vinculados aunque de naturaleza diferente. Por un lado, encontramos los problemas propios de todo proceso de producción de conocimiento social, por otro, nos enfrentamos a las cuestiones relativas a la constitución de un campo disciplinar/ institucional/profesional de conocimientos acerca de la sociedad. Ciertamente, toda vez que producimos científicamente conocimiento social estamos, a la vez, produciendo/ reproduciendo el propio campo científico, pero las tareas de creación e institucionalización de una disciplina requieren de la movilización de energías (políticas, sociales, institucionales) que no requiere, habitualmente, la producción de conocimiento en períodos de ciencia “normal” al decir de Thomas Kuhn. Esta distinción cobra interés cuando observamos las tensiones que recorren ambos procesos, y que los autores desarrollan en sus textos. Podríamos decir que hay tres grandes tensiones señaladas a lo largo del volumen, dos de ellas especialmente trabajadas, aunque la tercera requeriría ulteriores precisiones y delimitaciones. a) Tensiones entre contexto sociohistórico y campo disciplinar. Recorrer aquí los hilos de la discusión entre “internalistas” y “externalistas” nos llevaría muy lejos, pero los compiladores destacan –a mi juicio con razón– un punto muy relevante. Frente a lecturas que tienden “a sobreenfatizar la profundidad del impacto de los cambios políticos institucionales en la conformación de los conocimientos sociales, y en particular del desarrollo de las ciencias sociales”, ellos remarcarán que “la cronología de la constitución de saberes y campos de saber no siempre coincide con la cronología política” (pp. 24-25). b) Tensiones entre lo nacional y lo internacional. Otro punto fuerte del texto es el análisis de esta dinámica y de sus efectos, donde se destaca especialmente la condición de país periférico como constitutiva de los procesos y redes de producción de conocimiento y de institucionalización de los campos disciplinares. Como señalan certeramente los compiladores, el vínculo con lo internacional, esto es, “la capacidad de gestionar el flujo de las ‘importaciones’ suele funcionar, en el plano doméstico, como un principio de jerarquización, dando mayor legitimidad a unos individuos que otros”, pero también esa “recepción de sistemas de pensamiento o creencias nunca es pasiva: en el procesos mismo de ‘nacionalización’ y adaptación se produce conocimiento” (p. 25). c) Tensiones entre diferentes tipos y grados de intersección entre esferas sociales. Los textos reunidos muestran claramente que “más que la separación entre ámbitos de validación de ideas y prácticas, es en la confluencia entre espacios distintos donde el conocimiento sobre la sociedad es producido”. Un ejemplo, nos recuerdan los editores del volumen, es el de Alejandro Bunge: “que transita en varias esferas definidas por el Estado (como técnico y uno de los creadores de la estadística moderna en la Argentina), por la universidad (como uno de los primeros profesores de la Facultad de Ciencias Económicas de Buenos Aires, creada en 1913), por la empresa privada (a través de sus vinculaciones con los negocios de su familia y con compañías promovidas por el mismo), por la gestión cultural e intelectual (a partir, sobre todo, de la creación de la Revista de Economía Argentina, en 1918), y por la acción social en los ámbitos católicos (presidiendo por algún tiempo la Junta Central de los Círculos Católicos de Obreros). Es precisamente su tránsito simultáneo por estos espacios de acción, legitimación y validación lo que permitió a Bunge constituirse en un verdadero constructor del campo de la nueva disciplina económica en la Argentina” (p. 18). Ahora bien, partiendo de la reconocida premisa según la cual nadie produce conocimiento social en el aislamiento, un conjunto de reconocidos autores (Michael Gibbons, Peter Scott y otros), han insistido desde hace algún tiempo en la necesidad de superar el antiguo modelo que veía al conocimiento científico como fruto de comunidades cerradas de especialistas que trabajan sobre un vector lineal: ciencia básica, luego ciencia aplicada y finalmente desarrollo tecnológico. Frente a ello, se ha planteado un modelo según el cual “la producción de conocimiento es un sistema abierto en el cual ‘productores’, ‘usuarios’, ‘mediadores’ y otros se mezclan promiscuamente” (Scott, 1996). Desde esta perspectiva, entonces, el volumen compilado por Neiburg y Plotkin viene a corroborar que, efectivamente, el conocimiento social se genera en esos “espacios de intersección productiva”, pero el desafío que nos deja pendiente es el de precisar con mayor detalle los “grados” y “tipos” de esas intersecciones. De lo contrario, la lectura de los textos reseñados puede correr el albur de yuxtaponer fenómenos distintos. Por ejemplo: a) hay intersecciones propias del momento, ya sea porque surgen de una coyuntura histórica particular, ya sea porque se refieren a un período de constitución disciplinaria, en el que, por definición, los saberes surgen del cruce, la transfiguración y la redefinición de fronteras intelectuales, institucionales y profesionales preexistentes (todos los estudios sobre el surgimiento de la ciencia moderna han señalado este punto); b) hay un diferente tipo de intersección propio de ciertos actores o figuras (Bunge, Germani, “el ubicuo Dr. Levene” como señala acertadamente Jorge Myers), tal que ellas mismas son emprendedoras de variado registro, no sólo capaces de moverse en diferentes planos, sino que en buena medida su eficacia histórica se debió a que, justamente, combinaron recursos provenientes de diferentes planos; c) hay otro tipo (y grado) de intersección que constituye un rasgo estructural propio de ciertos campos disciplinares, un saber intersticial aplicado por “brokers” o intermediarios entre diferentes fuentes de poder (M. Mann, 1986 ) o de “capitales” (Bourdieu); en este último sentido, parece claro que la economía política o el derecho poseen una vinculación estructural con otras esferas sociales que no tienen la lingüística o la filosofía. En suma, ¿qué pasaría si en el párrafo citado más arriba, en vez de Alejandro Bunge, hubiéramos ubicado, en la actualidad, los nombres de Juan José Llach, Domingo Cavallo o Ricardo López Murphy, o para hablar desde otro ángulo ideológico, Aldo Ferrer o Roberto Lavagna? ¿No encontraríamos análogos cruces entre los ámbitos público, privado, partidario o académico? En este sentido, un autor insospechable del (neo)liberalismo, decía hace más de treinta años lo siguiente al presentar un libro clave para entender la economía argentina: “Este libro es el resultado de diez años de trabajo realizado a la luz de cinco enfoques simultáneos relacionados con la economía del país. El primero es el del empresario industrial que en su actividad cotidiana, vivió y experimentó en carne propia las vicisitudes de la vida económica. El segundo es el del directivo e integrante de entidades empresarias, encargado de la defensa de los intereses sectoriales de la industria, puente entre el gobierno y los industriales. El tercero es el del asesor de varios gobiernos, responsable directo de algunos aspectos de la legislación económica vigente en el país. El cuarto el del fundador y coordinador de un grupo de estudios formado por profesionales y empresarios, actualmente denominado Centro de Estudios de la Realidad Argentina que, durante años de seminarios sistemáticos, debates e intercambios de ideas con empresarios, políticos, funcionarios gubernamentales y la comunidad académica nacional y extranjera, se dedicó a la elaboración de esquemas intelectuales basados en la realidad socioeconómica argentina. Finalmente, el quinto enfoque emerge del esfuerzo personal de integración de las experiencias y las ideas en un modelo teórico coherente, correspondiente a la realidad argentina, y aplicable, con algunas modificaciones, a los demás países exportadores primarios en vías de industrialización o –tal como prefiero llamarlos– a los países de estructura productiva desequilibrada. La culminación de esta tarea […] es, precisamente, este libro”. Ese libro era Doctrinas Económicas, Desarrollo e Independencia. Economía para las estructuras productivas desequilibradas: caso argentino, el año era 1973, y el autor era el ingeniero electrónico Marcelo Diamand. ¿Cómo leer entonces estas intersecciones productivas? ¿Estamos ante casos típicos o excepcionales? ¿Se trata de una característica del campo de la economía política, de ciertas figuras o del momento histórico? Avanzar en estas precisiones es una tarea que el libro nos obliga a seguir trabajando, especialmente si queremos desarrollar un estudio sistemático que pretenda llegar hasta la actualidad, donde la complejidad de los campos de conocimiento social se ha acentuado.

3. El turno de los economistas

Finalmente, unas pocas notas acerca de los economistas. Adolfo Bioy Casares solía decir que cuando los hombres hablan genéricamente de “las mujeres” sólo hacen referencia a las mujeres lindas; algo de eso viene pasando, pero en sentido inverso, con la expresión “los economistas”, que sólo haría referencia a los economistas ortodoxos o neoliberales (es decir, los “feos”). Sin duda, cuando hablamos de los economistas como tipo profesional, cualquier rasgo que podamos atribuirles debe valer por igual para los de izquierda y los de derecha, para heterodoxos y ortodoxos, de lo contrario estaríamos generalizando características –por significativas que fueran- que sólo corresponden a una porción de esos actores. De acuerdo con Neiburg y Plotkin habría una serie de rasgos que singularizan a los “economistas profesionales” dentro del más amplio mundo de los científicos sociales. En primer lugar, “son los únicos especialistas formados específicamente para desarrollar su actividad cerca del poder, ya sea económico (trabajando en empresas, consultoras y financieras) o político (trabajando para el Estado)”; en segundo término, esta presencia cercana al poder “se fundamenta […] en la posesión de conocimientos técnicos especializados, basados en el uso exclusivo de una jerga propia, adquirida y legitimada en un mundo académico intensamente internacionalizado”; de este modo, la economía “se presenta a la vez como una ciencia sobre la sociedad y como un conjunto de herramientas operativas al servicio del poder”. En tercer lugar, “los economistas construyen un poder singular a partir de su capacidad para transitar entre medios y actividades diversas, haciendo valer, en cada una de ellas, los capitales acumulados en los otros”; finalmente, “algunos economistas” suelen ocupar una posición de “mediadores entre el campo económico nacional y los flujos de dinero en el plano internacional” (pp. 231-232, las cursivas son mías). Creo que esta caracterización capta algunos puntos claves, pero entremezclados con rasgos circunstanciales o con calificaciones que merecerían una mejor elucidación. Dejando por un momento de lado la última mención, que sólo abarcaría a “algunos economistas”, me concentraré en los otros tres. En primera instancia, me parece discutible la afirmación según la cual son los “únicos” especialistas formados específicamente para desarrollar su actividad cerca del poder, un poder que, además, tiende a ser homologado, en el contexto discursivo, con el poder dominante (o para mejor decir, los poderes dominantes). En este punto no habría que perder de vista, por ejemplo, que también los abogados podrían ser englobados en análoga caracterización (curiosamente el libro no incluye ningún trabajo sobre el Derecho, disciplina de la cual surgieron algunas de las ciencias sociales analizadas); y si nos extendemos un poco más, tal vez habría que incluir a “politólogos” o especialistas en “relaciones internacionales”, aunque estos dos últimos no hayan adquirido una posición preeminente en el mundo del poder real. En cualquier caso, la cuestión de fondo hay que buscarla en otro lado. No es que los economistas se forman para el poder, se forman académica y profesionalmente para resolver problemas bajo restricciones (un estilo de formación que también comparten los abogados, los médicos o los ingenieros, pero no los historiadores o los sociólogos). Y como una parte fundamental –aunque no la única– del ejercicio del poder (de cualquier poder: financiero o sindical, conservador o revolucionario) requiere resolver problemas bajo restricciones, los economistas brindan respuestas –por simplificadoras que puedan ser en algunos casos– allí donde el historiador, el sociólogo o el literato estamos más acostumbrados a acercar dudas, preguntas, paradojas o críticas. En segundo lugar, esa capacidad para resolver problemas se funda en el desarrollo de principios, modelos teóricos y herramientas analíticas poderosas, con capacidad descriptiva, explicativa, y bajo ciertas condiciones, predictiva, que le sirve de sustento a una intervención “ingenieril” en el mundo de las decisiones. Esta idea según la cual el desarrollo científico de una disciplina puede ser explicada –en un grado significativo– por razones “internalistas”, ha sido desacreditada por largo tiempo entre los sociólogos, pero yo estoy entre los que creen que debe ser reconsiderada, al menos en una versión moderada. Como contrapartida, no deja de ser curioso que, mientras en los últimos años el resto de las ciencias sociales tendieron a desperdigarse, y más bien a fragmentarse desde el punto de vista teórico, los economistas, en cambio, tendieron en general a reforzar y pulir sus modelos y principios analíticos básicos, haciéndolos crecientemente consensuados dentro de la profesión, e incluso evidenciando capacidad, y ambición, para extenderlos y “exportarlos” –con suerte diversa– a otros ámbitos de la vida social, política e institucional en las sociedades contemporáneas (Coats, A. W., 1981). En este sentido, ha de quedar claro que no son los conocimientos técnicos especializados de los economistas los que están “basados en el uso exclusivo de una jerga” internacionalizada: más bien es a la inversa. Todos los profesionales usamos jergas, el punto es si esas jergas están fundadas, y en qué grado, en principios epistémicos sólidos. En otras palabras, la idea clave aquí –otra idea que ha tenido mala prensa en las ciencias sociales desde finales de los sesenta– es si un lenguaje acerca de la realidad social se fundamenta, o no, en un sistema teórico, esto es, en un conjunto lógicamente articulado y empíricamente contrastable de hipótesis, y no en un mero agregado de “teorías” (uno puede tener muchas ruedas, volantes y carburadores, pero un auto es otra cosa). Y entiendo que esos principios, para el caso de la economía, conforman un sistema riguroso, aunque obviamente falible, criticable y perfectible, como en toda disciplina científica. Por aquello que decía Kurt Lewin, “no hay nada más práctico que una buena teoría”, es aquí donde hay que buscar algunas de las razones fundamentales acerca de la consolidación profesional de la economía como una “ciencia sobre la sociedad” y como un “conjunto de herramientas operativas”, que en muchos casos estará al “servicio del poder” dominante, en buena medida por la capacidad de dicho poder para comprar el saber de aquellos que solucionan problemas, y en otras ocasiones podrá estar en su contra. En tercer lugar, también habría que matizar la idea según la cual los economistas “hacen valer”, en diferentes campos, “los capitales acumulados en los otros”. En cierto sentido, podría argumentarse que otras figuras de las ciencias sociales (Gino Germani o Ricardo Levene, por ejemplo) han evidenciado idéntica capacidad, como bien lo demuestran algunas de las contribuciones del libro reseñado. Pero de todos modos, y como lo adelantamos en la sección precedente (2.c.), el punto fundamental aquí es que las intersecciones por las que transita, y los capitales que intermedia, un antropólogo o un historiador, son un tanto diferentes (en volumen y composición) a los que intermedia un economista; incluso podría decirse que mientras los primeros están más acotados a intermediar –fundamentalmente– variadas formas de capital cultural, los economistas (como los abogados) operan efectivamente en las intersecciones entre diferentes esferas sociales, actuando como intermediarios entre distintas “fuentes de poder”. Los tipos de capital puestos en juego e intermediados, desde Bunge a Cavallo, muestran claramente esta particularidad, con la salvedad de que los economistas están apoyados en una modelística analítica poderosa, de la que obviamente carecen los juristas. Por otra parte, esta intermediación está orientada a resolver lo que la literatura sobre toma de decisiones ha denominado “problemas retorcidos” (wicked), esto es, cuestiones que “no tienen un conjunto enumerable (o exhaustivamente representable) de soluciones potenciales, y tampoco […] existen criterios que permitan establecer que todas las soluciones a un problema enredado han sido identificadas y tomadas en cuenta” (Rittel y Webber, 1973). Por lo tanto, una función crucial que cumplen los economistas –y que están dejando de cumplir los abogados– es la de reducir la complejidad de las interacciones, en el marco de restricciones e incertidumbres, definiendo los medios y los fines de la acción, como lo reconoció el mismísimo Hayek alguna vez, descartando de paso cualquier ilusión ingenua de asepsia tecnocrática. Por cierto, esta intermediación entre esferas, también se traduce en la relación entre lo nacional y lo internacional, y de ahí, entonces, que “algunos economistas” ocupen una posición de “mediadores entre el campo económico nacional y los flujos de dinero en el plano internacional”. Una posición que, a su vez, hunde sus raíces en los cambios estructurales en la matriz de relaciones de poder entre Estado, mercado y sociedad civil a escala global, las cuales han ubicado las decisiones económicas como un eje estratégico en las redes de vinculación entre personas, organizaciones o regiones. En la dinámica de estos cambios, y en su compleja interacción con las características disciplinares apuntadas, hay que encontrar algunos de los factores principales que han catapultado a los economistas al centro de la escena transnacional, tal cual lo viene registrando desde hace algunos años la creciente literatura que se ocupa del “ascenso de los economistas” (Centeno y Silva, 1998). Como decíamos al principio, hay libros que en vez de cerrar huecos, vienen a abrirlos; espero haber mostrado algunos de los huecos abiertos por este excelente libro compilado por Federico Neiburg y Mariano Plotkin, que sin duda seguiremos discutiendo por largo tiempo.

Bibliografía. Camou, Antonio, (1997) “Los Consejeros del Príncipe. Saber técnico y política en los procesos de reforma económica en América Latina”, en Nueva Sociedad, nº 152. Camou, Antonio, (1999) “Los Consejeros de Menem. Saber técnico y política en los orígenes del menemismo”, en Cuadernos del CISH (UNLP), año 4, nº 5. Centeno, Miguel A. y Silva, Patricio (eds.), (1998) The Politics of Expertise in Latin America, London and New York, Macmillan Press & St. Martin’s Press. Coats, A. W., (1981) Economists in Government. An international comparative study, Duke University Press. Diamand, Marcelo, (1973) Doctrinas Económicas, Desarrollo e Independencia. Economía para las estructuras productivas desequilibradas: caso argentino, Buenos Aires, Paidós. Mann, Michael, (1991-1997) Las Fuentes del Poder Social. Una historia del poder desde los comienzos hasta 1760 d.c., Madrid, Alianza. Nudler, Oscar, (2004) “El cambio conceptual, los espacios controversiales y la refocalización” (draft), en VII Coloquio Internacional Bariloche de Filosofía. Rittel, Horst W. y Webber, Melvin M., (1973) “Dilemas de una teoría general de la planeación”, en Aguilar Villanueva, Luis F., (1993) Antología de Políticas Públicas, 4 volúmenes, México DF, Miguel Angel Porrúa. Schultz, Theodore W., (1981) Invirtiendo en la Gente, Barcelona, Ariel. Scott, Peter, (1996) “El rol cambiante de la universidad en la producción de nuevo conocimiento”, en Pensamiento Universitario, nº 8, noviembre de 1999.

[Antonio CAMOU. “Hay que estudiar a la gente” (reseña bibliográfica de Neiburg, Federico y Plotkin, Mariano (compiladores), (2004) Intelectuales y expertos. La construcción del conocimiento social en la Argentina, Buenos Aires, Paidós, 400 páginas), in Sociohistórica (La Plata), nº 15-16, I y II semestre de 2004, pp. 205-220]

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