✍ Memorias póstumas [1855]

por Teoría de la historia

jose-m-paz-memorias-postumas-2-tomos-memoria-argentina-18894-MLA20161745106_092014-O 2La memoria es un tema recurrente en la actualidad. Pero cometeríamos un error los historiadores si no situáramos la memoria según la larga perspectiva que nos ofrece el desenvolvimiento del pasado. No hay historia posible sin la fuente de la memoria, aunque tampoco habría en rigor historia si ésta tan sólo se redujera a transmitir los avatares de la memoria con sus hallazgos parciales y, también, con sus ocultamientos. [1] La memoria, en efecto, está plagada de ardides en quienes la evocan y después la exponen. Ardid en el sentido de una maestría narrativa que se liga con la sagacidad para desplegar ante el lector el argumento de una vida. Para ilustrar este problema me ocuparé a continuación de las Memorias que nos legó José María Paz. La vida pública de José María Paz abarca el período de disolución del orden colonial que comienza con la Independencia y se prolonga luego, durante largos años, en una intermitente guerra civil. Su adolescencia y juventud transcurrieron sin mayores sobresaltos en el Colegio de Nuestra Señora de Loreto y en la Universidad de Córdoba, donde adquirió la educación científica y humanista que promovieron las reformas inspiradas por el deán Funes. Paz tuvo así la oportunidad de unir algunas líneas del conocimiento científico de finales del siglo XVIII y principios del XIX con una visión jurídica y una crítica moral de prosapia antigua. Para quienes recibían estas lecciones, la crítica moral no era ajena al cuadro que presentaban los escritos de Salustio y de Tácito, testigos directos o próximos de las circunstancias en que la república romana crujía bajo el impacto de conspiraciones y disensiones civiles. Este aparente sosiego se esfumó hacia los años 1806-1807. Los hechos se precipitaron sobre un vasto territorio y en 1811 Paz se incorporó como oficial al ejército patrio. Después de esa fecha, hasta sus días finales, la biografía de este hombre se desenvolvió al ritmo de la guerra, la revolución y los exilios.[2] José María Paz combatió junto a Belgrano en el Ejército del Norte, en las batallas de Tucumán, Salta, Vilcapugio y Ayohuma; en 1815 quedó manco del brazo derecho; se vio envuelto en los comienzos de la guerra civil a partir de 1819; tuvo actuación destacada en la guerra con el Brasil entre 1825 y 1829; marchó al regreso sobre Córdoba y en menos de un año, de 1829 a 1830, derrotó a los ejércitos de Bustos y Quiroga en San Roque, La Tablada y Oncativo; forjó la Liga del Interior con epicentro en Córdoba, hasta que, boleado su caballo en el momento más inesperado, fue capturado por una partida que respondía al mando del gobernador de Santa Fe, Estanislao López; permaneció en prisión durante ocho años, en Santa Fe, Santos Lugares y Luján; liberado por Rosas en 1839, logró evadirse en 1840 a Montevideo para participar en la frustrada campaña unitaria al mando de Lavalle, levantar después un ejército y alcanzar la victoria en Caaguazú en 1841; defendió Montevideo contra las fuerzas de Oribe de 1842 a 1844; dirigió al año siguiente otra campaña en Corrientes para iniciar de inmediato un exilio que lo llevó en 1846 al Paraguay y luego, hasta 1851, a Río de Janeiro; en 1852 se instaló en Buenos Aires y asumió la defensa de la ciudad frente al sitio impuesto por Urquiza; por fin, ejerció durante unos meses el cargo de ministro de Guerra y Marina de Buenos Aires en 1853, su último desempeño público antes de su muerte en 1854. A Paz, obviamente, lo recuerdan acontecimientos y batallas. Pero, más allá de este papel protagónico, su legado más importante reside en la labor que emprendió como memorialista. Comenzó Paz a escribir sus Memorias[3] en la década del treinta, luego de que cayera preso de Estanislao López en 1831, y estiró posteriormente esa tarea hasta cubrir su última campaña contra Rosas entre 1840 y 1846. Fue escritor por necesidad: para exorcizar el ambiente de la prisión, esculpir la silueta invencible de un genio de la guerra y redescubrir, entre los recuerdos de la violencia propia y ajena, lo que para él era una imagen apetecible de la razón pública. En esa difícil amalgama, José María Paz afincaba su vocación. ¿Qué destino tenía esa razón pública, literalmente encarnada en su persona, que debía traducirse en leyes e instituciones, cuando la guerra desataba toda clase de pasiones? ¿Cómo salvar el imperativo ético mientras la revolución impulsaba un movimiento social sin aparente cauce ni control? Para responder a estas preguntas Paz nos ofrece, ante todo, un ejercicio de estilo. La narración excluye la retórica y los hechos expuestos según rigurosa cronología apenas permiten introducir alguna frase que abra paso a una interpretación general. “Iría muy lejos —escribe al cierre del capítulo acerca de los comienzos de la guerra civil— si me dejase llevar de cuanto me sugieren mi imaginación y mi memoria; acaso tampoco podría conservar la calma, que no quiero perder. Basta” (I, 297). Esa calma es también hija de un constante apartamiento, impuesto y voluntario, que rezuma una mezcla de dolor contenido e indiferencia. Paz escribió en soledad este relato de la memoria que explica lo que aconteció y, al mismo tiempo, justifica o encubre sus acciones y discrimina entre diversos actores. No destella en esa narración el fulgor de una llamarada épica ni tampoco el entusiasmo a que eran tan propensos quienes entonces se entregaban con ardor a la faena periodística. Las batallas, las prisiones y los proyectos incumplidos son el material donde seleccionará aquello que más le interesa. Paz casó en la cárcel con una sobrina que lo acompañó luego hacia el exilio y, cuando concluyó la parte de sus Memorias dedicada a esos años, pensó que no merecerían siquiera que se las considerase “como un mediano trabajo”. Eso sí, muerta su mujer en 1848, admitió que “he debido dar un tinte lúgubre a mis ideas, a mis palabras y a mis reflexiones” (II, 310). La excusa para transmitir esa tristeza no era la cárcel ni la derrota sino la desaparición de un ser querido, el único, además de su madre y quizá Manuel Belgrano, que despertó en Paz el sentimiento deljose-m-paz-memorias-postumas-2-tomos-memoria-argentina-18814-MLA20161745126_092014-O afecto. Lejos pues del calor romántico, la prosa de las Memorias transmuta los hechos cotidianos de su propia biografía en un objeto distante, tan particular en relación con los procesos que describe como discretamente ilustrado por lecciones y personajes de la historia universal. Jamás, para ubicar los hechos en un contexto más amplio, recurre Paz a un ejercicio de escritor erudito, munido de citas de autores extranjeros aplicadas a las circunstancias del Río de la Plata. Las ideas son parte de la trama y no pretenden representar el papel de un agente externo que alumbra el discurso narrativo: asoman, en efecto, con mesura, envueltas en general por la figura elegida. Así, por ejemplo, Paz alude en un pasaje a Napoleón, a quien admira como lo hacía Lavalle, sin convertirse por ello en un bonapartista, ya que “la libertad no podía adelantar bajo su potente mano” (II, 413), y en otro momento rememora algún autor imprescindible para su formación jurídica cuando Pueyrredón, siendo gobernador de Córdoba en 1811, “le hizo cambiar la Instituta de Justiniano por la espada” (I, 252). Fascinantes pistas ocultas para el historiador de las ideas con la excepción, tal vez, del epígrafe de Madame de Staël que abre el capítulo sobre el año 1840 en Buenos Aires. Allí Paz se vale de aquella memorialista de la Revolución Francesa para introducir al lector en los meandros del despotismo que lo circunda y lo incita a recuperar su libertad. Afinidad en el fracaso: a José María Paz se le podría aplicar la paradójica conclusión con que Madame de Staël explicaba el desarrollo del sistema bonapartista, cuyo talante autocrático e inclusivo era para ella inédito en los anales del antiguo régimen. Si la libertad tenía raíces antiguas, comprobaba la hija de Necker, el despotismo era en cambio radicalmente moderno: una desalentadora inversión de aquel derrotero en línea recta en pos del progreso que, pocos años antes, de la mano de Condorcet, había trazado en Francia una de las tantas avenidas por donde circulaba el pensamiento ilustrado. En rigor, la vieja libertad que Paz había conocido apenas asomaba en los intersticios del orden aristocrático y jerárquico de las ciudades, con sus autoridades dotadas del poder suficiente para contener a los sectores subalternos y al mundo rural. La quietud de ese mundo poco conocido, distribuido en el extenso teatro del Virreinato, no amenazaba a ese régimen hasta que la revolución desató el nudo, montó al paisano en los ejércitos de la Independencia y lo convirtió luego en parte de una fuerza armada capitaneada por caudillos. No era pues la libertad lo que movía la evocación de Paz sino el viejo orden y el espíritu conservador que lo animaba. La idea de aristocracia debe precisarse. El boato (observación semejante a la de Mitre)[4] no existía en el antiguo régimen de Paz. Los nuestros, decía, eran “unos pueblos religiosos, republicanos, pequeños y pobres” (II, 135). Córdoba no era por cierto Potosí, en donde Paz había condenado el método de explotación de la mita, ni tampoco los pueblos del Plata vivían rodeados por grandes concentraciones de indígenas extrañas a la revolución (en “la llanura de Vilcapugio —comprobaba Paz— aquellos pobres indios gozaron como Scipion del grandioso espectáculo de una batalla, sin correr riesgos” I, 119). Sin embargo, en esa sociedad había rangos estrictos y unas clases sociales escindidas a las cuales la revolución infundió un inesperado ánimo belicoso. En gran medida, Paz compartía con Sarmiento la sensación de un orden conformado por burócratas, letrados, comerciantes y propietarios urbanos, que se percibe sitiado e invadido por esos nuevos protagonistas. Sobre todo, ese sentimiento significaba que la continuidad se quebraba y que las cosas no podrían circular más por el carril de una pausada evolución. Frente a este vacío, Paz se impuso la obligación de dar forma a un concepto de libertad política restringido y, por ende, ajustado al designio de una razón atenta al valor de los rangos en el campo social y al valor de los cuerpos jerárquicos en el orden político. Era la voluntad de “dar a nuestro país una racional libertad” (I, 296) y “organizar un gobierno regular bajo formas racionalmente liberales” (II, 96), apoyándose en “la gran fracción de la República que constituía el partido unitario” (II, 165). Ese designio muy pronto chocó con obstáculos que daban materia a otro tipo de libertad donde corría franca la violencia con sus reivindicaciones más igualitarias y el miedo impregnaba los vínculos sociales establecidos. Paz había comenzado a combatir en los ejércitos regulares de la Independencia y concluyó envuelto en una guerra social que todo corroía: las ordenanzas militares, la estructura de clases, las relaciones de mando y obediencia, los usos y costumbres, los gestos, las actitudes y hasta el modo de vestir. “No sería inoficioso advertir —escribe memorias-postumas-del-general-jose-maria-paz-2-tomos-6651-MLA5094195648_092013-FPaz comentando la sublevación de Arequito de 1820 que lo contó entre quienes la impulsaron— que esa gran fracción de la República que formaba el Partido Federal, no combatía solamente por la mera forma de gobierno, pues otros intereses y otros sentimientos se refundían en uno solo para hacerlo triunfar: primero era la lucha de la parte más ilustrada contra la porción más ignorante; en segundo lugar, la gente del campo se oponía a la de las ciudades; en tercer lugar, la plebe se quería sobreponer a la gente principal; en cuarto, las provincias celosas de la preponderancia de la capital querían nivelarla; en quinto lugar, las tendencias democráticas se oponían a las miras aristocráticas y aun monárquicas que se dejaron traslucir cuando la desgraciada negociación del príncipe de Luca. Todas estas pasiones, todos estos elementos de disolución y anarquía se agitaban con una terrible violencia, y preparaban el incendio que no tardó en llegar” (I, 299s.). ¿Era acaso sincera esta imagen de la revolución? Paz no se anda con vueltas acerca del papel que le ha tocado en suerte y que él mismo se ha asignado. Tal cual fue presentada por sus contemporáneos, la revolución argentina era un hecho histórico sujeto a interpretación: un proceso que el historiador de aquel entonces organiza, explica y, al cabo, soluciona. Si para Mitre y Sarmiento la revolución se resolvía en un orden constitucional que conciliaba los principios en pugna y, según Alberdi, en un régimen eficaz apto para dar albergue a una sociedad creada por los inmigrantes europeos, en el caso de José María Paz esa radical alteración era todavía un proceso abierto. Las Memorias, en efecto, cuentan el principio e ignoran el desenlace de la revolución. Quizás el drama que articuló Paz en torno a su persona descanse en esta conciencia acerca de su propia circunstancia. Por otra parte, una realidad inclemente le había enseñado con qué rapidez la revolución devora las victorias más espectaculares. El acierto de su virtù, expuesta con detalle en los momentos culminantes de La Tablada (22 de junio de 1829), Oncativo (25 de febrero de 1830) y Caaguazú (28 de noviembre de 1841), se combina con los fracasos impuestos por una fortuna tan esquiva como la velocidad increíble de sus enemigos, los paisanos de antaño convertidos por un golpe de la historia en altivos jinetes. “La montonera —nos advierte Paz a propósito de los sucesos posteriores a 1820—, aunque compuesta de tropas irregulares, estaba poseída de un entusiasmo extraordinario, el que unido al brío y valor de nuestros campesinos, les daba una ventaja en los combates individuales (digámoslo así) a la arma blanca, que es la que regularmente se emplea en los ataques de caballería. Por otra parte, esos grandes cuerpos de esta arma, improvisados para oponerles, ya se compusieran de milicianos, ya de tropas de línea recientemente creadas, no podían tener ni la posesión ni la instrucción conveniente para las maniobras; de modo que las batallas se reducían a choques bruscos y desordenados, en que se combatía casi individualmente. De aquí resultó que los montoneros daban tanta importancia a lo que llamaban entrevero; expresión que estuvo en uso, y que era repetida con énfasis por personas de más altura” (I, 287s.). El entrevero era signo de desorden militar y señal de un problema social mucho más hondo. En este sentido José María Paz es un actor principal desdoblado en testigo de un segmento de la sociedad aristocrática que se derrumba. Si bien la guerra civil encarna los conflictos entre ciudad y campaña o Buenos Aires y el interior, ella encuentra su significado último en el antagonismo que opone dos tipos sociales diferentes. Aquí se resumen las intenciones más íntimas de Paz, porque para este militar sin ilusiones, que desconfiaba de la democracia en tanto impulso igualitario y sin embargo formulaba un voto consciente a favor de una república restrictiva, la guerra civil representaba una guerra de clases y una subversión del viejo régimen. Las Memorias revelan de este modo el núcleo del hecho revolucionario, la disolución de la obediencia y las tribulaciones de un estamento superior que resulta ser, a ojos del autor, irremediablemente decrépito. Esta manera de ver las cosas se identifica con la figura de Manuel Belgrano enjose-maria-paz-memorias-de-la-prision-7084-MLA5149857495_102013-F quien Paz advierte la calidad cívica “de aquellos senadores romanos que parecían impávidos sentados en sus sillas curules” (I, 40). Ese “virtuoso y digno general Belgrano” (I, 29), de trato austero y parco, respetuoso de los rangos inferiores sin llegar a confundirse con ellos, infundirá en su discípulo una fuerte impresión. Así, desde el comienzo mismo de la narración, el memorialista fue construyendo una silueta inalterable: Paz viste siempre igual, con uniforme europeo; monta a caballo en silla inglesa y no puede enarbolar, pues ha quedado manco, la lanza de la caballería. El movimiento de la montonera que nos describe tiene la atracción peligrosa de un caos que se agiganta; el movimiento de las tropas que él comanda, en cambio, despliega siempre en disposición geométrica a sus oficiales y soldados, prontos a ejecutar una estrategia definida de antemano. No importa que el terreno varíe. No importa que los fogones de La Tablada, durante la noche gélida del 22 de junio, dieran “un resplandor imponente a aquel campo de carnicería y muerte” (II, 69); no importa que la escena de la batalla sea la “hermosa planicie de Oncativo con su isleta circular de bosque en el medio” (II, 150), o la tierra cruzada por ríos y esteros de Caaguazú que tembló con el “bufido y respiraciones de dos o tres mil caballos que nadaban a la vez” (III, 68s.). En rigor, no importan tanto los accidentes del clima y de la geografía: José María Paz no modificará jamás este modo de ser ni se identificará con los otros, a quienes combate con fría determinación. Este ejemplo, esta dureza inalterable basta para que Sarmiento, en el capítulo final de Facundo, lo convierta en héroe de la razón ilustrada frente a lo que él juzgaba era el instinto de la barbarie.[5] De allí la explicación que José María Paz nos propone del caudillo. Antes que novedosa expresión de un modo de ser nacido al calor de la revolución que, según argumentaban Mitre y Sarmiento, debía fusionarse con el orden liberal republicano en ciernes, el caudillo era para Paz un traidor a su clase, subyugado por una supuesta identificación con gauchos y paisanos. Proveniente pues de una ruptura en la solidaridad básica que hubiera debido mantener cohesionados los rangos superiores, el caudillo asumía como Güemes la representación de “la ínfima clase” (I, 166) con “la elocuencia de los fogones o vivaques”, indisponiendo a “la plebe con la clase más elevada de la sociedad” (I, 66). Este cuadro tiene variantes, pero siempre enlaza en un mismo propósito a federales y unitarios. La galería es nutrida. Quiroga, su enemigo en La Tablada y Oncativo, es una figura más familiar y cotidiana que la que emerge de las páginas de Sarmiento. Si para el autor de Civilización y barbarie, Facundo es una condensación de pasiones y sentimientos colectivos, para el estratego victorioso de las batallas cordobesas, Quiroga emerge como un conductor cuya autoridad se funde con la que invocan sus seguidores. Era, recuerda Paz, “el alma y el nervio de su ejército, y era allí donde él estaba, el punto esencial y decisivo del combate” (II, 63). El ascendiente sobre sus soldados “para traerlos a buscar nuevos peligros y un sacrificio completo” (II, 71) lo transformaba en un señor completo, “invencible en la guerra, en el juego y en el amor”, como en voz baja le dijo a Paz uno de los seguidores de Quiroga (II, 135). A la postre, estos personajes están siempre instigados por dos genios opuestos. Estanislao López manda en Santa Fe desde una posición encumbrada, pero destierra de la ciudad el “raciocinio y el entretenimiento intelectual” (II, 239). En Benítez, el secretario del Gobernador y la persona más cercana a Paz en sus días de prisión santafecina, se unían “las incivilidades de su carácter con las cualidades de su corazón… le pedí algo de leer y me dio las Décadas de Julio César en latín” (II, 219). Echagüe, “exquisito de maneras”, relataba sin rubor un asesinato que había consumado para dar satisfacción a Estanislao López (II, 250). El coronel Ramírez, su carcelero cuando es trasladado a Luján, tenía gestos deferentes hacia su prisionero mientras azotaba en público a su antiguo esclavo (II, 305). El caudillismo es pues un fenómeno generalizado que atraviesa el alma de los hombres en jose-maria-paz-memorias-postumas-cuatro-tomos-estrada-1957-4749-MLA3830325024_022013-Oarmas. Para Paz, los protagonistas de la guerra civil son caudillos en potencia porque siempre acecha la tentación en quienes mandan de fusionarse con los que obedecen. No hay rangos en el caudillismo ni diferencias, observa con disgusto. Lo que adviene es un estilo homogéneo que unifica el modo de ser ilustrado con las apetencias de la plebe. ¿De dónde proviene el terror sistemático que Paz advierte en el Estado rosista? ¿Acaso de una dominación antaño desconocida en forma de azotes, calas y jeringas, con los cuales se torturaba en Santos Lugares y que Paz describe con minucia en una nota sobrecogedora?[6] ¿O bien esa transformación se produce en un hombre escindido que en un momento es bárbaro y en otro civilizado? No hay, al respecto, respuestas comprensivas, ni menos teorías generales. Paz expone esas situaciones lacerantes de un modo que acentúa su distancia frente a quienes lo sojuzgaron o acompañaron y observa entre estos últimos, en los guerreros unitarios Aráoz de Lamadrid y Lavalle, una abdicación de las prerrogativas del mando para arrancar de las masas una inasible legitimidad popular. A su modo, los aliados de Paz también son bárbaros. A Lamadrid “el populacho lo quiere como un niño gastador y desbarajustado” (II, 9). Aquel tucumano de simpatía irresistible, que solía gastar su dinero en dulces, panales y caramelos para solaz fraternal de sus soldados, creía “candorosamente que con unas cuantas vidalitas, algunas proclamas y de cuando en cuando un viva aterrador, ha conmovido a los pueblos, arrastrado las masas y hecho invencibles los ejércitos” (II, 176). Propósitos ilusorios: según aduce Paz, la obediencia debe encontrar su objeto en un mando que, sin tiranizar a la tropa, jamás se confunda con ella. En este desdichado afán echará raíces la tragedia que marcó la biografía de Juan Lavalle. En el relato de Paz, Lavalle enhebra con Manuel Dorrego una secreta complicidad. Los dos porteños, verdugo y víctima, son semejantes: el coraje en la batalla corre paralelo con una arrogancia para Paz insoportable. El memorialista admira en Dorrego su talento en combate, recuerda que su presencia en Vilcapugio y Ayohuma quizá podría haber salvado las armas de la patria (I, 98), pero no olvida destacar el espíritu de facción que lo animaba, siempre dispuesto a clasificar “el mérito de oficiales y jefes” haciendo caso omiso del reglamento (I, 55). Dorrego era un agitador genial y Lavalle no le iba en zaga. El ingenuo y desmedido “valor caballeresco” de éste último personaje le hacía creer que con quinientos coraceros podía derrotar a todos los caudillos de la república (II, 143). Este evidente descontrol de la imaginación guerrera anunciaba, según Paz, la decadencia que sepultó a Lavalle en su última campaña de 1840. El oficial que había comenzado su carrera a la sombra de San Martín abjura de su pasado y se identifica con la montonera. Cambia de traje, con chaqueta suelta en invierno y en mangas de camisa si aprieta el calor. “Se hizo enemigo de la táctica y fiaba todo el suceso de los combates al entusiasmo y valor personal del soldado” (II, 450). Lavalle se entrega a un “personalismo extremo” que alentaba la indisciplina, dilapidaba recursos abundantes que proveían las potencias europeas intervinientes en el Plata, no sabía como distribuirlos con la debida organización, y hasta celebraba el fraude que hacían los soldados para obtener más uniformes y calzado (II, 454). Se trataba de una regresión incomprensible, como si, al antiguo granadero que gustaba hacer alarde “de su traje rigurosamente militar, atravesándose el sombrero a lo Napoleón” (II, 451), lo hubiese atrapado un ambiente donde se había esfumado la autoridad: “Quería el general Lavalle vencer a sus contrarios por los mismos medios con que había sido por ellos vencido, sin advertir que ni su educación, ni su genio, ni sus habitudes, podían dejarlo descender a ponerse a nivel de ellos” (II, 451). Paz no omitió detalle para completar ese inmisericorde cuadro. En ese desgraciado estado encontró Lavalle la derrota y la muerte.[7] Anarquía y búsqueda de un nuevo equilibrio: Paz ha puesto los cimientos de una de las partes en pugna en la contienda entre unitarios y federales y no entiende por qué esas viciosas inclinaciones deberían convertirse en sujeto legítimo de un pacto histórico. De haber llevado sus juicios hasta las últimas consecuencias, tal vez el viejo vencedor de tantas batallas habría llegado a la conclusión de que dicho pacto era imposible porque todos, cualquiera fuera su divisa, celeste o punzó, estaban definitivamente impregnados de aquella cultura caudillesca. Le bastó pues con plantar bandera sin poder participar en el período constituyente que culminó en 1862. Tuvo al respecto una intuición que guió sus pasos. Unitario del interior, defendió la “nacionalidad y el orden” para centralizar la revolución con el mismo rigor de que hacían gala los movimientos de sus ejércitos en operaciones (III, 184).[8] Ese orden descansaba en la idea de plasmar las antiguas virtudes del honor y la diferencia en una constitución. Abstractos e incomprendidos, como aquel viejo unitario que Sarmiento retrató en Facundo, los hombres de la tradición de Paz vivieron entreverados en las batallas con la nostalgia de quien no pudo realizar la obra del legislador. “Se ha dicho que yo quería militarizarlo todo… Mal se avenía esta tendencia con el empeño que he manifestado porque el país, nuestro país, tuviese una constitución. Rosas y sus federales, en la necesidad de decirme algo, sólo me imputaron que quería constituir el país a balazos, pero no me dijeron que quería mantenerlo inconstituido” (II, 413). La constitución era, por consiguiente, la culminación del orden. Pero, ¿qué podía hacer el soldado en esta instancia sin el concurso preclaro del legislador? En el campo unitario, junto con los guerreros, proliferaban los legistas. La mayoría de estos émulos criollos del ideal rousseauniano del gran legislador[9] eran clérigos ilustrados que, en un contorno lejano, seguían la traza de sus congéneres en la Francia revolucionaria. En estos clérigos, especie de adelantados de la nacionalidad argentina, el brillo de la palabra contrastaba con la inutilidad política de sus proyectos constitucionales de 1819 y 1826. La Constitución de 1819 había sido derrotada, según Paz, por “el espíritu de democracia que se agitaba en todas partes”, por esa “convicción errónea… pero profunda y arraigada”, y por “la constancia y bravura” con que las montoneras “durante muchos años sostuvieron la guerra hasta triunfar en ella” (I, 303), Esta interpretación del fracaso de la constitución centralista y aristocrática de 1819[10] es semejante a la que propuso Mitre en su Historia de Belgrano…: las fuerzas sociales, el “estado de la sociedad” (I, 303), habían arrasado con ese proyecto escrito a contrapelo de las circunstancias. ¿Qué decir, en cambio, del Congreso que dio a luz la Constitución de 1826? ¿Tiene el legislador en esta intriga malograda una responsabilidad semejante a la que Paz atribuye a los hechos sociales? Paz no fue miembro del Congreso Constituyente de 1825-1826, pero da a entender que había escuchado durante las primeras sesiones en Buenos Aires a Julián Segundo de Agüero, un prototipo de “Sieyès sudamericano” (II, 434), invencible en los torneos retóricos pues “no había orador que le sobrepasase en elocuencia; su tono, su metal de voz, su método, su lógica, todo arrastraba a la persuasión de lo que se proponía inculcar” (I, 433) No parece que Paz hubiese tenido oportunidad entonces de estrechar relaciones con Agüero, pero catorce años más tarde, cuando le tocó convivir con el antiguo legislador de sesenta años, robusto y de buena salud, en el curso de la travesía fluvial previa a las operaciones de la campaña de 1840, Paz no pudo ocultar su desdeñoso juicio aplicado al modo de ser reservado, “insulso yl3590-jose-maria-paz-memorias-seleccion-16281-MLA20116425960_062014-F hasta insoportable” (II, 433) de Agüero. Es que ese clérigo convertido en un demagogo mundano, que creía manejar a los jóvenes embarcados en la flotilla “hablándoles frivolidades, sin excluir asuntos de amoríos y libertinaje” (II, 433), era, por otro lado, “un oráculo viviente” a quien no se le podía sacar “nada del pasado, nada del porvenir, nada de los hombres, nada de las cosas” (II, 432). Paz tuvo que aceptar que esos insoportables silencios hacia su persona se debían a que Agüero había resuelto excluirlo de las responsabilidades del mando, tratándolo como un subordinado más.[11] Aun así, cuando Paz pudo entablar algún diálogo con Agüero, la sentencia que deriva de ese breve encuentro es lapidaria: “En cierta ocasión dije que aquellos hermosos ríos y sus costas, abundantes de combustibles, convidaban para la navegación de vapor, y por entonces estuvo algo más comunicativo, para probarme que durante un siglo no podría tener lugar mi pensamiento por falta de población y consiguiente inconcurrencia de pasajeros. Es una de las muy raras veces que hizo mención de la Europa para referir que había navegado en sus ríos, donde la multitud de transeúntes costea los gastos que hacen los empresarios. No sé si decía lo que sentía, pero a pesar de todo, yo creí entrever un mal disfrazado espíritu de localidad y mezquindad de ideas” (II, 432). La incompetencia de este legislador unitario poco tiene que envidiarle a la patética declinación de los guerreros. Los dos tipos humanos no ofrecen nada de positivo en las Memorias de Paz; sin cesar reproducen un argumento que una y otra vez se topa con la derrota. Sólo él, José María Paz, pudo conjurar en algunas batallas emblemáticas ese azote de la fortuna. ¿Qué quedaba pues en pie de aquella “desgraciada época en que nos tocó vivir” (II, 414), donde Paz era siempre llamado a la acción “en circunstancias difíciles, en momentos apurados, y en lances críticos” y jamás en los cortos períodos “de abundancia y prosperidad” (III, 247s.)? Muy poco, excepto la nostalgia de un orden centralizado (algo así como el Imperio del Brasil sin monarquía),[12] la conciencia de una fractura imposible de soldar o la historia de una decadencia que reúne, en una misma escena, el clamor de la tragedia con las manifestaciones más prosaicas de la farsa. “En todas las épocas —arguye Paz— y muy principalmente en las que determinan las faces de una revolución, se entronizan ciertas ideas dominantes que tiranizan, por lo común, la opinión y no dejan lugar al raciocinio. En la que me ocupa dominaba de un modo más despótico, un espíritu de intolerable jactancia y fanfarronería…” (II, 438). Este parece ser, al cabo, el destino de la revolución: el contrapunto entre la pequeñez de los héroes y la altura de los desafíos. En el centro de estos círculos descendentes emerge una concepción estoica de la política. De acuerdo con el autorretrato de Paz, los sacrificios, la dureza frente a las calamidades, conforman el retrato de una virtud congruente con la que postulaba el antiguo humanismo cívico: una virtud, en suma, que parecía condenada a vagar en el estado de naturaleza de la guerra civil. El estado de naturaleza no es aquí una metáfora acerca del origen contractual del orden político; es, al contrario, una consecuencia fáctica, visible y palpable, proveniente de la disolución del antiguo régimen. De cara a esa decadencia que no encuentra salida, la virtud se confina en esa vida rigurosa, indemne al influjo del ambiente revolucionario, como si con esa caducidad histórica de las antiguas leyes sólo quedase a descubierto la despojada mediación de la memoria vertida a través de la palabra escrita. En verdad, en ese mundo de pequeños héroes, violentos y fanfarrones, lo único que sobresale es el perfil de José María Paz. El discurso, a primera vista objetivo y distante, encierra esta intención manifiesta y acaso también otra, de carácter latente, que habría de orientar a quienes pretendieron seguir la estela de esa prosa: es el propósito de levantar, a partir de una memoria individual, una memoria colectiva[13] capaz de vencer en el futuro los desaires del fracaso. En este pasaje entre lo individual y lo colectivo se cifra el destino de las memorias que buscan entablar un combate para predominar y excluir. La memoria se convierte así en el campo donde germina una subjetividad inmune a la interacción con otros sujetos. Fuente ineludible para el historiador que reconstruye el pasado, esa memoria, despojada del auxilio de aquel oficio forjado en el yunque de la crítica de fuentes, deviene un instrumento propio de la lucha por el poder. Debemos agradecer, pues, que nazca y renazca entre nosotros el estilo incómodo —porque resiste sumarse a las querellas de las memorias contrapuestas— de quienes no quieren apropiarse del pasado sino descubrirlo y criticarlo en su fascinante diversidad.

NOTAS. [1] Me he ocupado de este aspecto en Natalio R. Botana, El siglo de la libertad y el miedo (Buenos Aires: Sudamericana, 2001), 45-52. [2] Véase la biografía de Juan B. Terán, José María Paz: 1791-1854 (Buenos Aires: 1936). [3] Las Memorias póstumas de José María Paz fueron publicadas fragmentariamente en 1855, un año después de su muerte. Reeditadas por I. Rebollo en 1892 en tres volúmenes, he utilizado la edición de 1917 de “La cultura argentina” que modifica ligeramente la reedición anterior (Tomo I, Campañas de la independencia; Tomo II, Guerras civiles; Tomo III, Campañas contra Rosas). En las citas se señala en romanos el tomo correspondiente y la página en arábigo. Faltan en las sucesivas ediciones las partes consagradas a la guerra con el Brasil y al sitio de Montevideo. La reciente reedición de las Memorias póstumas de editorial Emecé, Buenos Aires, 2000, reproduce en dos volúmenes las anteriores. [4] Véase, al respecto, el capítulo introductorio a Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, “La sociabilidad argentina: 1770-1794”, cuya versión definitiva, después reproducida en sucesivas reimpresiones, corresponde a la edición de 1877. [5] “¡Proteja Dios tus armas, honrado general Paz!” Es la ferviente y belicosa invocación con que Sarmiento cierra el último capítulo de Facundo…, titulado “Presente y porvenir”. [6] Vale la pena reproducir esta nota porque es un registro, por las precisiones que contiene, del uso sistemático de la tortura: “He hablado en este capítulo, de azotes, calas y jeringas, y no quiero dejar pasar la ocasión de recordar lo que todos saben. En las calles, en los cafés, en sus casas, eran en Buenos Aires agarrados los hombres y llevados a Santos Lugares, donde los desnudaban y los azotaban, caleaban o jeringaban y hacían otras abominaciones. El azote se aplicaba hasta dejar los hombros inutilizados por muchos días; las calas, consistían en unas velas de sebo de muy buen tamaño, que les introducían por el ano; las jeringas, era la aplicación de unas lavativas de ají, pimientas y otras materias irritantes; ignoro si se hizo uso del fuelle, mas no sería extraño. Estos caleados y jeringados, son, en parte, los mismos que han ido a someterse a su caleador y jeringador” (II, 423n). [7] Este punto sigue lo expuesto en Natalio R. Botana, “José María Paz o la memoria de la revolución”, La Nación, Suplemento Cultura, 24/5/1992, p. 2. [8] Sobre las constituciones unitarias me remito a Natalio R. Botana, “El primer republicanismo en el Río de la Plata, 1810.1826”, en Izaskun Álvarez Cuatrero y Julio Sánchez Gómez, eds., Visiones y revisiones de la Independencia americana. La Independencia de América: la Constitución de Cádiz y las constituciones iberoamericanas (Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2007); [ Links ] y a Marcela Ternavasio, Gobernar la Revolución: poderes en disputa en el Río de la Plata, 1810-1816 (Buenos Aires: Siglo XXI, 2007), (en especial el “Epílogo”). [9] Véase Jean-Jacques Rousseau, El contrato social, libro II, cap. 7 (diversas ediciones). [10] Véase, Natalio R. Botana, La libertad política y sus historia (Buenos Aires: Sudamericana, 1991), cap. VII, [ Links ] donde se expone el debate entre Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López acerca de la constitución de 1819. [11] Véase Jorge Myers, “Julián Segundo de Agüero” en Nancy Calvo, Roberto Di Stefano y Klaus Gallo, (eds.), Los curas de la Revolución. Vida de eclesiásticos en los orígenes de la Nación (Buenos Aires: Emecé, 2002), en especial pp. 244-246. [12] En una carta escrita a Domingo de Oro desde Río de Janeiro el 23 de septiembre de 1851, Paz desnuda sus preferencias: “Si el estudio y examen de las diversas instituciones de los Estados de América puede convenir para determinar las que son adaptables a la república Argentina, pienso que no sería inútil el de la que se sigue en el Imperio del Brasil; no en cuanto a la forma monárquica, que estoy más que nunca convencido, que no puede aplicarse a nuestros países, sino en cuanto a su organización, particularmente en cuanto a la percepción de la renta, las relaciones de la capital con las provincias, y el régimen interior de ellas. Si usted me dijese que quieren por ahí disponer de algo que se parezca a esto, me ocuparía también con muchísimo gusto, de reunir datos, que le remitiré con su aviso.” (III, 316). [13] Sobre este punto véase Dominique Schnapper, “Mémoire et identité au temps de la construction européenne” en Identité et mémoire (París : Culture France, 2007), 8s.

[Natalio BOTANA. “Los ardides de la memoria: José María Paz entre la guerra y la revolución”, in Revista Escuela de Historia (Salta), nº 6, enero-diciembre de 2007, pp. 3-16]