✍ Historia vagabunda. Etnología y política en la Francia contemporánea [1988]

por Teoría de la historia

agulhon-historia-vagabunda-historia-de-la-socialidad-cultura-16461-MLM20119968623_062014-F¿Por qué publicar una colección de artículos? La cosa puede ser discutible, tanto por la concepción cuanto por su utilidad. Primero, por su concepción: así como en literatura, el futuro novelista, aún desconocido pero quizá genial, no logra colocar su primer manuscrito, mientras que cualquier insignificancia salida de la pluma de un escritor ilustre, teniendo clientela asegurada de antemano, consigue fácilmente editor, tal ocurre en historia. Más de un historiador joven, principiante, desconocido, que penosamente logra publicar su tesis, se duele de que los veteranos, consagrados y bien situados en las jerarquías de la erudición, hagan reeditar sus obras. He aquí una de tantas pequeñas injusticias de un mundo atestado de ellas. Así veía yo las cosas -he de confesar- cuando era más joven. Hoy creo simplemente que no existe un remedio fácil; desde luego, no lo hay por sustitución. Por desgracia, no tengo la certeza de que si renunciase a esta obra, se me ofreciera a cambio un contrato de publicación para uno de mis discípulos más sobresalientes De modo que tendré que continuar moviéndome, simultáneamente, en los dos mercados del libro erudito: aquel en que los principiantes a quienes queremos ayudar procuran dar los primeros pasos, y aquel en que los veteranos, a cuyo grupo pertenezco, procuramos mantenemos. Y, de hecho, la brega en uno y otro es muy diferente. Juguemos, entonces, este juego que, aunque imperfecto, no podemos cambiar. Ahora bien, ¿es útil reproducir artículos que, habiendo sido ya impresos, habrán sido también leidos? Una vez más, he de analizar mi experiencia con un toque de escepticismo. Son raros los lectores de historia que aplacan seriamente el precepto que se nos enseñó, y que también nosotros hemos enseñado, según el cual, en nuestro ámbito de estudio, debemos “seguir” todas las publicaciones y desmenuzar todas las revistas y periódicos. La multiplicación de revistas, libros, coloquios, actas de coloquios, de grandes colecciones y síntesis colectivas, de artículos de divulgación, ha adquirido un carácter explosivo. Para estar seguros de que nada se nos escape, tendríamos que dedicarle todo el tiempo disponible. Por dondequiera se publica historia ¡y hasta erudición! Por eso el estudioso lo bastante conocido como para ser solicitado y lo bastante complaciente como para de vez en cuando aceptar, se encuentra forzosamente con que su prosa anda dispersa por lugares muy dispersos; tanto que ni sus más fieles lectores y amigos conocen todo lo suyo, más cuando los límites de la disciplina y de la curiosidad del autor son elásticos, problema que veremos más adelante. Así, para quien ha permitido que se le sitúe entre los que tienen “algo que decir”, resulta en cierto modo lógico recopilar los fragmentos dispersos de su pensamiento, para así facilitar el acceso a los lectores. Sin embargo, se me ha hecho una última objeción, con la que concluiré estas observactones generales. Un artículo de revista o una comunicación a un congreso suelen ser un fragmento de historia provisional y parcial. Parcial cuando en él se explica un acontecimiento que pertenece a una serie que pensamos abarcar en otra ocasión; parcial cuando revela y presenta una fuente destinada a ser explotada o cuando sugiere un enfoque nuevo ante un problema. En todos estos casos, el artículo anuncia un libro, como un esbozo anuncia un cuadro, como la muestra anticipa el sabor del resultado final. En el momento en que se anuncia la aparición del libro, el artículo se vuelve caduco y deja de tener interés si no es para la bibliografía del autor. Por esta razón (y no sólo para ahorrar páginas) no he querido reproducir aquí los artículos sobre la historia de las luchas políticas en Var entre 1800 y 1851, publicados generalmente en “Provence historique” o en las “Actes des congrès nationaux des Sociétés savantes”, cuya esencia se trasladó a mis tesis de doctorado publicadas en 1968, 1970, 1971, y tampoco el artículo “Pour une archéologie de la République”, publicado en Annales ESC, en 1973, que será reemplazado por una serie de trabajos. Sin embargo, contrariamente a la norma general que enunciaba unos párrafos atrás, he escrito también un cierto número de artículos que no han tenido continuación, enfoques de detalle, canteras que abrí para abandonarlas después. Sé perfectamente que no tendré tiempo para escribir una historia completa, ni siquiera en los límites de la Francia del siglo XIX, ni siquiera sobre el culto a los grandes hombres, ni sobre la sociabilidad y la vida asociativa, ni sobre el lugar que ocupa el animal en la sociedad y la cultura, entre otros muchos. El hecho de que me haya acercado, como se verá, a curiosidades heterogéneas y de haber circulado entre diversos “campos” justifica que con mi editor hayamos calificado de “historia vagabunda” esta selección. Pido disculpas, de lejos, a quienes, a la vista del título habrán creído que aportaba mi piedra complaciente al monumento de lo marginal y a quienes -más engolosinados aún- habrán llegado a imaginar que antes de escribir también recorrí todos los caminos y conocí los más humildes oficios. Desengáñense: funcionario, sedentario, maestro e investigador del más tradicional estilo, sólo he peregrinado por los problemas, y mis manos no han hurgado sino en archivos. Tal vez no sea ocioso detenerse un instante a pensar por qué. La primera razón, totalmente subjetiva, es que así soy: me siento más atraído por la exploración que por la a menudo ingrata tarea de continuar un filón hasta el final. Esto no es sino una constatación y, como ven, no lo presento como mérito; hasta aquí mi autoanálisis, pues ya en otra ocasión tuve que hacerlo. La otra razón es más importante porque rebasa las personas y está vinculada a la condición de la historia del siglo XIX francés. Muchas cosas sucedieron en el penúltimo siglo de nuestra historia: de 1800 a 1900, Francia cambió seis veces de régimen, agotó tres familias reinantes y practicó ocho constituciones. Fue testigo del establecimiento de la democracia liberal, del Estado laico y del capitalismo industrial moderno. Llevó sus ejércitos aquí y allá, sufrió tres invasiones de su territorio, perdió y conquistó provincias y construyó un imperio colonial. Todas estas aventuras y metamorfosis corresponden a otros tantos filones de investigación histórica que se abrieron muy pronto (muy cerca de los acontecimientos) que hoy están casi secos. Así se explica, creo, el destino actual de los historiadores universitarios franceses formados cuando hacían sus tesis de doctorado en el estudio del siglo XIX. Algunos que conservan el gusto por la historia “preciosa e inquisidora” se trasladan al siglo XX, que tiene unas cuantas cosas por contar, tantos archivos por descubrir, enredos por esclarecer, leyendas por explicar: la historia del periodo entre guerras, Vichy, la Resistencia, las repúblicas recientes; grandes biografías, la descolonización, la diplomacia, Europa. Otros, anclados a su siglo XIX, intentan continuar su estudio, aceptando la historia vaga pero renovada de las problemáticas socioculturales. Es natural. Salvando las distancias cronológicas, somos varios quienes pretendemos tratar nuestro siglo XIX como Duby y Le Goff han tratado la Edad Media. A esta simple constatación de lógica historiográfica debo añadir una observación más personal. ¿No habrá llegado el momento de concebir nuestro “siglo XIX”, que sin duda habría que prolongar hasta mediados del XX, como un periodo completo que ya sería hora de contemplar bajo una óptica global? Aquí se requiere una justificación: durante mucho tiempo, nuestros predecesores han podido pensar que la revolución francesa y la “revolución industrial”, conjugadas de manera aproximada, habían abierto líneas de evolución y de modernización que conducían hasta el presente, dentro de unos marcos bastante estables y en una dirección casi constante: advenimiento y auge de nuestra nación, de nuestra economía industrial, de nuestro régimen liberal y humanista, de nuestra civilización cada vez más técnica y cada vez más confortable, etc. Ahora bien, ante estas temáticas, somos menos sensibles a las continuidades que a los vuelcos de sentido. En materia económica, la noción de era “postindustrial” impuesta es muy significativa; en Francia, el dominio de grupos financieros lejanos, la destrucción de la economía rural tradicional, la desindustrialización de regiones enteras, la dilatación del sector terciario, comportan, en relación con las principales líneas de evolución del siglo pasado, cuando menos tantas negaciones como prolongaciones. En materia política sucede lo mismo: durante largo tiempo se ha podido decir que tras los muchos sobresaltos entre 1789 y 1870, cuya lógica era la lucha por la democracia liberal, este ideal había llegado a su apogeo bajo la III y IV Repúblicas. Ahora bien, la V República no tiene relación con éstas. La llegada del “gaullismo” en 1958 no puede, efectivamente, interpretarse como una recaída temporal (ni siquiera atenuada) hacia la “reacción”, como se había podido decir de los giros a contracorriente adoptados por Carlos X, Napoleón III o Vichy. Se trata ahí, de un sistema nuevo, sin duda, pero por otro lado (¿definitivamente?) original: penonalización del poder, declinación del Parlamemo, etcétera. Además, en materia nacional, hechos importantes como la descolonización, la integración europea o el resurgimiento de los regionalismos son o pueden ser otros tantos vuelcos; dicho en otras palabras, negación de evoluciones que durante más de un siglo en un cierto sentido se habían desarrollado. Sin profundizar en este sumario recordatorio de hechos ya bien conocidos, debemos reunirlos en un mismo haz para sugerir la siguiente conclusión: este Hoy distinto nos lleva lógicamente a mirar el Ayer con nuevos ojos. En ese largo siglo XIX, que va de 1789-1799 hasta los años 1940 o 1950 debemos ver la originalidad de un ciclo histórico singular y no la simplicidad de una transición perpetua hacia lo actual. Una cierta Francia se creó -tan sólo ayer- en marcos de vida casi estabilizados, lo que no significa que no hubiera ni cultura homogénea ni vivencia idílica. Este estado global de cosas, material, institucional, mental, esta civilización, podría decirse, era a la vez distinta de la del Antiguo Régimen y extraña en relación con nuestro presente; se había constituido en la historia caótica de los primeros tres cuartos del siglo XIX, vivió un cierto apogeo en la primera mitad (o quizá en el primer tercio) del siglo XX, y luego comenzó a dislocarse (o cuando menos a transformarse profundamente) hasta desembocar en la mutación a que me refería, hacia nuestros días. Como ejemplo concreto, veremos la relación campo-ciudad. El Antiguo Régimen distinguía, con sus privilegios, a la ciudad del pueblo llano. Con esta distinción administrativa se conjugaban las diferencias visibles de función geográfica y económica, diferencias de infraestructuras de todo tipo, diferencias siempre ventajosas para la ciudad; sólo la religión los unificaba (no había ningún lugar habitado que no tuviera parroquia, es decir iglesia y párroco). De hecho, toda “nuestra” historia ha consistido realmente en colmar esta brecha. 1789 creó un régimen municipal uniforme, un derecho común para todos los conglomerados. Luego, todo un siglo para entender las consecuencias de ello y dar contenido al programa: en un principio habrá alcaldes en todas partes, pero más tarde, tendrá que haber ayuntamientos en todas partes (¿en qué época se habrán construido?, he aquí un buen tema de investigación, que no se ha hecho); luego, escuelas en todas partes, y después, oficinas de correos (misma observación). El comercio privado sigue lentamente este mismo proceso de difusión de los servicios hasta acercarse a una clientela cada vez más acomodada y menos desdeñada, que reclama y que recibe simultáneamente. El objetivo es llegar a un ramificación idealmente completa de las infraestructuras, que haga que a cada conglomerado, a cada parroquia dotada de iglesia, le corresponda una comuna con su ayuntamiento, su escuela, su oficina de correos y, también, su tienda de comestibles y su café (sin olvidar su monumento a los muertos de “14-18”). ¿A qué distancia de esta ramificación ideal se detuvo la ramificación real? ¿Cuándo se logró el punto máximo u óptimo de esta densidad? ¿A través de qué etapas cronológicas y según qué desigualdades regionales se llegó ahí? He aquí un buen tema de investigación, al que las obras célebres de Roger Thabault o Eugen Weber han aportado enfoques insuficientes. El interés de esta historia real de Francia en su corpus material se debe a que es una historia concluida; se debe a la regresión que se está llevando a cabo a ojos vista: el cierre de los comercios (con la llegada del vendedor en camioneta), de las pequeñas escuelas locales (en provecho del sistema de autobuses escolares), de las oficinas de correos (con la nueva jerarquía del código postal), de las iglesias, etc., son consecuencias evidentes de la despoblación, que hace poco rentables los servicios en los puntos más alejados de los “ramales”, y de los nuevos medios de comunicación (teléfono y automóvil) que permiten reemplazar algunos de esos servicios por otros medios. El resultado de ello es el retorno, bajo una nueva forma, de la distinción geográfica entre lugares equipados-privilegiados (la ciudad o el burgo) y un espacio rural aplastado, desestructurado, subordinado, incluso cuando noUnknown copia está totalmente vacío. Tenemos ahí un buen ejemplo de la teoría del rebote y del ciclo concluido. Como pueden ver, esta historia de civilización, “no fáctica”, no nos aleja realmeme de la política. La política está siempre en nuestras investigaciones, tal vez porque estaba excepcionalmente presente en el medio social, cultural y familiar que nos alimentó y seguramente porque también lo estuvo en el periodo histórico estudiado. Lógicamente, una evolución que desemboca en la construcción de un ayumam1cnto y de una escuela en cada pueblo transforma la antropología rural. Pero desde el momento en que el titular del ayuntamiento es elegido por los habitantes, y en que la escuela (laica) estorba las convicciones seculares, esta evolución introduce simultáneamente nuevos conflictos en el pueblo (aunque no hagan sino aportar una forma nueva que canalizará a antiguos “partidos”); en una palabra, introduce la política. Este ejemplo es demasiado fácil -dirán algunos- y sé que los hay más complejos, pero basta para justificar la idea de que merece estudiarse el lugar de la política en la vida y en la cultura, sobre todo durante la III República, cuando la política conoció una especie de apogeo. Porque, ¿qué es, de hecho, la democracia sino la participación de todos e, idealmente, la competencia de todos, en la marcha de los asuntos políticos? Que haya habido, en la realidad concreta y vivida de estas cosas, mucha ilusión y mixtificación, muchas disfunciones, lo sé de sobra y por partida doble: como estudioso y como ciudadano común; pero el estudio serio de estas realidades supone que se cruce la barrera que separaba, muy a menudo, la historia de lo cotidiano de la historia política, como para separar lo natural de lo artificial, lo auténtico de lo impuesto, o lo puro de lo impuro. En otros términos, no existe, a mi juicio, una cultura popular “real”, por una parte, y, por la otra, una vida política oficial, que flote a una altura superior; o más bien, puede que en algunas regiones haya sido así, pero en otras lo institucional político y parapolítico puede haber logrado su “entrada en las costumbres”, haberse incorporado a la cultura y haber rejuvenecido o renovado el folclor. Tal vez inconscientemente, los estudios o esbozos de estudios reunidos en el primer tomo de esta selección (etnología y política) convergen en torno a este tema.

[Maurice AGULHON. Historia vagabunda. Etnología y política en la Francia contemporánea. México: Instituto Mora, 1994, “Presentación”, pp. 7-13]

NOTA BENE. Recordemos que bajo el título de “Historia vagabunda”, Maurice Agulhon publicó tres obras cuyo primer volumen (“Etnología y política en la Francia contemporánea”) fue el único en traducirse al castellano. El segundo volumen (publicado también en 1988) se subtitula “Idéologies et politique dans la France du XIXe siècle” y el tercero “La politique en France, d’hier à aujourd’hui”. Este último se publicó en 1996. Los tres volúmenes aparecieron en la ya clásica colección “Bibliothèque des Histoires” de la editorial Gallimard.

Andrés G. Freijomil