✍ El enigma Belgrano. Un héroe para nuestro tiempo [2014]

por Teoría de la historia

imagen.aspxEntre los personajes venerados como “padres de la patria”, Manuel Belgrano es el único que nunca ha sido cuestionado. Como creador de la bandera, como símbolo de virtudes cívicas y de renuncia a los honores, ocupa un verdadero lugar de excepción. ¿Cómo explicar esa admiración unánime, cuando al mismo tiempo se admiten y se disculpan sus imperfecciones y sus calamitosas derrotas? ¿Qué hay detrás de ese consenso que desde hace un siglo y medio celebra a un héroe atravesado por innegables luces y sombras? Tulio Halperin Donghi encuentra en estos interrogantes un enigma, y para rastrear las claves que permitan descifrarlo ha escrito un ensayo fascinante. Leyendo a contrapelo del mito los textos del propio Belgrano, los relatos fundacionales de Bartolomé Mitre y José María Paz, y sobre todo el riquísimo intercambio epistolar entre los miembros de la familia Belgrano, se detiene en los momentos más significativos de la vida del prócer. En el funcionario de la monarquía católica que propone construir chimeneas hogareñas con materiales inaccesibles para la época, o que intenta regular la plaza comercial porteña sin atender a las consecuencias prácticas de sus ideas; en el militar revolucionario que ordena a los soldados del regimiento de Patricios cortarse las trenzas y provoca un motín con desenlace sangriento; en el principista que diseña para las escuelas primarias un estatuto con un detalle excesivo y poco coherente de castigos y penas, descubre a un Belgrano que tiene enormes dificultades para conciliar sus aspiraciones con los datos de una realidad más compleja que la imaginada, un Belgrano que comete errores y los atribuye una y otra vez a la injusticia o la estupidez del mundo. Tulio Halperin Donghi muestra a un personaje desconocido hasta ahora, dramáticamente tensionado entre las esperanzas depositadas en él, sus propias intenciones y su capacidad para satisfacerlas. Sobre estas oscilaciones construye un relato agudo y atrapante, que expone los resortes más íntimos de la personalidad de Belgrano al tiempo que lo aparta del lugar de héroe indiscutido. Ni bien inicia su libro, Halperin Donghi escribe: “Nada me había incitado a anticiparlo, ya que, en la memoria argentina, Belgrano es el único entre los personajes venerados como Padres de la Patria cuyo derecho a ser tenido por tal no ha sido impugnado por una comunidad historiadora que, lejos de pasar por alto los reveses, que en su breve carrera abundaron más que los éxitos, ha venido explicándolos a partir de limitaciones de las que ha levantado un cada vez más minucioso inventario. Porque ocurre que esa litigiosa comunidad –que, tras disputar por un siglo y medio acerca de los méritos de quienes cruzaron la escena pública rioplatense y luego argentina desde el arribo de los primeros conquistadores europeos, ha logrado finalmente no dejar títere con cabeza– a lo largo de ese mismo siglo y medio se ha mantenido unánime en la afectuosa comprensión por quien había logrado desplegar durante su breve carrera casi todas las fallas que sus integrantes denunciaban agriamente en las figuras aborrecidas por las corrientes políticas que habían ganado su favor. En busca de entender cómo logró Manuel Belgrano ocupar ese lugar de excepción en los anales históricos de las comarcas del Plata, intentaremos aquí rastrear la clave del enigma en las peculiaridades de la coyuntura de esos años centrales del siglo XIX en que ese lugar le fue asignado”. En el prólogo del libro, por su parte, Marcela Ternavasio, doctora en Historia por la Universidad de Buenos Aires, investigadora Conicet/CIUNR, profesora titular de Historia Argentina I en la Facultad de Humanidades y Artes de la Universidad Nacional de Rosario, escribe: “Si bien nuestra historia patria está jalonada por “enigmas clásicos”, como el que representa Juan Manuel de Rosas en el Facundo de Sarmiento o el que encarna San Martín en la célebre entrevista que mantuvo con Bolívar en Guayaquil, el que se plantea en esta oportunidad es novedoso por varios motivos. En primer lugar, por el íntimo vínculo trazado entre la historia del personaje, el destino que le asignó la memoria colectiva argentina y las inquietudes que impulsaron al autor a encarar –luego de más de tres décadas de habérselo propuesto– la trayectoria de quien fue inmortalizado como el creador de la bandera nacional. En segundo lugar, por las dimensiones que Halperin escoge para explorarlo: la dinámica interna de su familia, el papel y las expectativas que sus padres depositaron en él y el modo en que ese hijo internalizó, actuó y mantuvo vivo el mandato parental ocupa un sitio central en esta obra. En tercer lugar, por la forma en que organiza la trama para descifrar finalmente el enigma Belgrano. Puesto que no se trata de una biografía, el autor selecciona sólo algunos momentos de la vida de Manuel Belgrano y los entrelaza gracias a un meticuloso análisis de fuentes y testimonios en que dialogan diversas memorias y voces. Así, no deberá sorprender al lector que la voz del protagonista aparezca tardíamente en el texto, anticipada por fragmentos de la imagen que de él nos transmitió el general José María Paz en sus Memorias y de la que luego consagró Bartolomé Mitre en Historia de Belgrano y de la independencia argentina. Tampoco debe sorprender que en este universo familiar esa voz se haga esperar para sumarse a una fascinante red epistolar en que sólo después de que tomase la palabra su hermano mayor, con misivas que lo ponen en diálogo con sus padres y otros interlocutores, aparece en 1790 la de Manuel, ya trasladado a España para seguir sus estudios en Leyes. Y si no debe causar sorpresa que Halperin saque a luz los lazos entre memorias construidas ex post y testimonios contemporáneos a los episodios narrados, ni que realice un largo rodeo por el entorno familiar del personaje, es porque allí comienza a desplegarse la clave del enigma que, como afirma el autor, “debemos buscarla en el mismo Belgrano”. Es un Belgrano que a lo largo de su vertiginosa carrera, iniciada al servicio de la Corona y proseguida al servicio de la revolución, se dejó muy fácilmente llevar por ilusiones que a muy corto andar se revelaron imposibles. Aquí, los dos valores del término “ilusión” –como afán de convertir un deseo en realidad y como tendencia a proyectar cursos de acción reñidos con la realidad misma– reflejan muy bien los avatares de la trayectoria vital que presenta el texto. El catálogo de decepciones que supo exponer Belgrano en su Autobiografía –escrita en 1814, cuando su carrera no pasaba por el mejor momento– es retomado por Halperin para destacar que allí se exhibe un doble –y penoso– descubrimiento, “que el mundo es muy distinto e infinitamente peor de lo que él había imaginado” y, sobre todo, “que él mismo, Manuel Belgrano, carece de la competencia necesaria para desempeñar con éxito el papel que había escogido para sí en la epopeya revolucionaria”. En ese inventario de frustraciones en que es pródiga la memoria autobiográfica de Manuel Belgrano, desfilan las experiencias vividas mientras ocupaba distintas y muy estimables posiciones: como secretario del flamante Consulado de Comercio de Buenos Aires instalado en 1794; como aspirante a letrado empapado de las ideas reformistas e ilustradas, autor de las Memorias anuales presentadas en el cuerpo consular, colaborador en el Telégrafo Mercantil y el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, y redactor del Correo de Comercio; como capitán de las milicias urbanas de Buenos Aires durante las invasiones inglesas; como líder del grupo criollo que en 1808, al producirse la vacancia real con la invasión napoleónica, apoyó calurosamente la alternativa de coronar como regente de América a la hermana del rey cautivo, Carlota Joaquina de Borbón; como miembro de la Primera Junta Provisional de Gobierno formada el 25 de mayo de 1810; como general en jefe de los ejércitos revolucionarios en los distintos destinos de la geografía virreinal a los que fue asignado (Paraguay, Banda Oriental y Ejército del Norte). Y, por supuesto, ese relato que, como toda autobiografía, padece de los espejismos de quien evoca en primera persona un pasado reciente a la luz de un presente –en este caso, sombrío– que motiva su escritura, no podría incluir el itinerario posterior de su autor. La totalidad de ese itinerario –que más tarde vio a Belgrano como agente diplomático en Europa entre 1814 y 1815, defensor de una monarquía incaica mientras sesionaba en Tucumán el Congreso que declaró la independencia en 1816, encargado nuevamente del Ejército del Norte y, en tal condición, convocado para intervenir en las disputas que enfrentaron al Directorio con las fuerzas federales del litoral– revela las vicisitudes de quien cruzó los estertores del régimen colonial para lanzarse al “torbellino revolucionario”. En ese cruce entre dos épocas de tantos contrastes y variaciones en la vida del prócer es posible, sin embargo, encontrar un patrón común sobre el que Halperin llama la atención al advertir que en la citada autobiografía se acumulan y alternan momentos de euforia y de frustraciones durante los veinticinco años reseñados. ¿Qué razones explican esa tendencia a pasar tan rápidamente de la ilusión a la decepción? ¿Cuál es la clave que puede volver inteligible esa carrera signada por luces y sombras? La que busca explorar Halperin en este ensayo es, como anuncié al comienzo, la familia”.

[Fuente: Diario Río Negro, 4 de octubre de 2014]

TapaNoticias1971Leyendo el último ejemplar de Noticias en torno de la opinión de Tulio Halperin Donghi sobre Manuel Belgrano, se impone en primer un lugar una reflexión sobre el sistema periodístico al que esta revista acude. Hay un brusco choque entre ese sistema de estridencias y sinopsis inmoderadas, y lo que conocemos del pensamiento de Halperin. El conjunto impresiona como una tosca banalización de la figura de Belgrano, no porque como toda figura del pasado está ofrecida inevitablemente al reexamen del presente, sino porque el artefacto periodístico que lo aprisiona resalta fracciones del texto del historiador con fatal disonancia y ni se preocupa por soterrar su pequeño propósito de vilipendio sobre las atmósferas vivas del presente. Un simulacro intelectual se sucede entonces, pues el lenguaje de la revista, preso a las ideologías más gritonas del diseño y el procedimiento industrial sobre los ensayos más libres de la expresión, se sobrepone sobre lo que todo lector de historia conoce sobre las maneras de Halperin. Esto es, escritura que se piensa a sí misma, ironía que se devora con delicado canibalismo moral, gusto decadentista por la crítica al decadentismo, individuos presos a fuerzas que desconocen, temporalidad inasible como no sea por la cauta desesperación de la misma escritura. Estas dos maneras de comportarse del idioma –la de la revista y la de Halperin–, chocan violentamente por el efecto que acostumbra a producir Noticias sobre todos los temas presuntamente “encumbrados” que trata. Se aparenta lo nobiliario del pensar aunque esconde cierto saqueo de la genuina materia cultural. Pero ese es el gran giro del periodismo contemporáneo, que la revista Noticias representa como pocas –con su mezcla de firmas intelectuales y coreografías arrolladas por el pillaje sensacionalista–, y que ahora se ha valido de lo que de más complejo posee la historiografía argentina, que es la figura de Halperin Donghi. No hemos leído su libro sobre Belgrano, pero la glosa que hace Noticias y la breve entrevista a Halperin sugieren, en efecto, una polémica sobre esta figura tan curiosa y relevante del siglo XIX argentino, pero de ninguna manera permiten sacar las conclusiones que se anuncian en tapa: Belgrano como “egocéntrico, incompetente, etc.”. Si tuviéramos que calificar el periodismo contemporáneo y su proceder bribón, diríamos que hay que medir, no sabemos con qué índice matemático, la distancia de significados entre lo que dicen los títulos que impone un editor, y la humilde materia del texto que le sigue. Hay una ideología periodística del design que devasta la materia histórica con la incongruencia entre industria del texto y sentido de la escritura autónoma. Halperin siempre se basó en una idea de Marx –lógicamente traducida a su propio idioma, heredado de Braudel, y como en un eco distante, pero menos conmovedor, del avinagramiento doliente de Martínez Estrada–, que es la idea de que los hombres hacen la historia, pero no en condiciones conocidas por ellos. Idea grandiosa que posibilita y a la vez obstaculiza escribir la historia. ¿Cómo no debería ser tan difícil juzgar a Belgrano, como a José Hernández o el sacerdote mexicano Fray Servando de Paula Mier, otros que fueron escudriñados por la lupa halperiniana? La idea de “estilización” es un concepto fundamental de Halperin con el cual se refiere al conjunto de conocimientos que los propios protagonistas de un hecho o de una obra emplean luego para presentarla públicamente, a fin de modificarla para un uso histórico derivado y ventajoso. Se trata de una interpretación benevolente hacia los hechos crudos, y no aquello verdaderamente informulado que siempre preanuncia la historia sin conseguir nunca estabilizarla. Quizá Halperin hubiera querido siempre señalar ambas cosas. Su propia escritura contiene y a un tiempo desea escapar del drama de la estilización. Obliga a volver los ojos hacia el comienzo del parágrafo o la oración, a fin de recuperar sujetos o predicados, aspectos sintácticos y demás órdenes expositivos que se quiebran un tanto demoníacamente ante el lector, evaporando el sostén comprensivo. Y no de una manera que carezca de interés, pues esa sería la misma materia evasiva de la historia, que la que estamos hechos, y está hecho Belgrano, Halperin mismo y la propia revista Noticias (aunque no lo sepa). Lo que lleva a comprender que todo en Halperin es una reflexión sobre si hay una vida moral efectiva, una realidad textual capaz de dar juicios veraces sobre la historia, frente a los hechos efectivamente ocurridos en un enredado ser fáctico. Desde su primer libro sobre Echeverría, en 1951, Halperin trata sólo de este problema: cómo comprender problemas desde el punto de vista de las percepciones de los “letrados e intelectuales” que señalan tensiones que las van a escribir del modo en que no podrán resolverlas. ¿Es diferente de lo que dice ahora de Belgrano? El ensayismo moral de Halperin se recubre de protecciones documentales y académicas. Pero su escritura se riza para perseguir la forma sinuosa del tiempo. Es la historia de los hombres en su eterno combate contra el mito. Ese es su tema único e infatigable. Ámbito privilegiado para observar cómo se mueve esta consideración sobre el mito, será su trabajo sobre la ya citada figura de fray Servando Teresa de Mier, el orador sacro del México colonial, que a causa del famoso sermón sobre el origen del culto de Guadalupe acaba en la mira de las autoridades coloniales. Para Halperin, Mier no es tanto un buscador de la verdad, en épocas reconocidamente convulsas y de trastocamiento del viejo orden, como un astuto guardián de su propia carrera eclesiástica, un cursus honorum que se ve golpeado por la escisión de los tiempos, en que las ideas republicanas dejan en la incerteza a los espíritus perspicaces. ¿Lo hizo mejor o peor Belgrano? El problema es el mismo: una historia sin historia, una épica sin épica. ¿Es justo? Pero lo que no es lo mismo, es que ahora hay una tapa de Noticias y el juicio del fino historiador quedó reducido a un aturdido tomatazo. Halperin nunca explica con claridad cómo, en el padre Servando de Paula Mier, se produce el pasaje entre su implícita comprensión del resquebrajamiento del orden y su oscura decisión de dar una nueva versión del milagro de Guadalupe “que satisface mejor las ambiciones de una nacionalidad”. ¿No estamos aquí, sin duda, en el campo de las complejas mediaciones por las que una conciencia individual percibe la agonía de una situación? Entonces, no debería ser impropio aludir a la manera con la que el historiador emplea el concepto de agonía, tan frecuente en él. Remitido a la escena histórica, no deja de impregnarla con un sabor que parecería más apropiado en el ámbito de la conciencia individual. Siendo sólo así, se equivoca. En esa crispación espiritual, el cura Mier fracasaría en vincular su deseo de resistir al oscuro régimen colonial descompuesto, con una serena vocación hacia la verdad, que se le escaparía. Así lo entiende Halperin. ¿Y el pobre Belgrano? Lo mismo: es contemplado con una pócima similar. Los problemas de la historia agónica, que sólo conocerán historiadores como Halperin, él no los sabe; su conciencia, como a todos, no le alcanza. Mientras la escritura de Halperin adquiere una alucinada temporalidad enredada y lóbrega, el hilo histórico que se sigue es el de una razón desmitologizada, anodina y recelosa. Esta contraposición lleva al otro tema crucial de Halperin, la ironía de la historia por la cual nunca se alcanzan los fines que son propuestos, y la historia sólo podrá aparecer como la larga agonía de frustraciones nunca conocidas antes por los hombres que, de saber la fortuna que les espera, no hubieran empeñado acción alguna. Así, toda acción quebrada no sólo es materia de la historia, sino la argamasa del pensar del historiador. He aquí pues la incesante máquina de mostrar que los hombres producen resultados contrarios a lo que esperan y se ven sumergidos en situaciones que surgen justamente por el hecho de haberse tomado la decisión de evitarlas. También los pensamientos de los personajes que actúan en la incerteza de los tiempos, mantienen una inadecuación permanente entre sus expectativas y la verdad –para ellos inaprensible– del despliegue real de la historia. En los relatos de Halperin no es fácil determinar quién habla, si el historiador que le atribuye a los otros pensamientos que forman parte de un juego interpretativo, o si son los propios agentes de la historia que encuentran en el historiador un glosista veraz, pero ecuánime. Sabemos que aún en este último caso, él se reservará la voz final de una moraleja que hablará sobre lo desaconsejable de dejarse ganar por la fascinación de los mitos. Es evidente que en su Belgrano, Halperin pone en juego su tesis sobre el modo en que cada personaje histórico forja su propio mito agónico –sea “incompetente” o “fantasioso”–, y eso para él no es ninguna novedad, aunque lo sea para los intelectuales poco agónicos de Noticias. ¿Por qué Belgrano no iba a caer en las mordeduras de este sarcasmo del intelectual halperiniano, que hace de su competente disconformidad, una agonística que le es ingobernable para su propia conciencia? El problema es más de Halperin que del pobre Belgrano. Cualquiera que lea la interesante “Autobiografía” de Manuel Belgrano podrá ver allí menos “un destino que arrastra hacia lo desconocido”, que un relato aun regido por atractivos modos escriturales del siglo XVIII, donde el improvisado guerrero (él mismo lo dice) sabe declarar sus límites y deja testimonios un tanto ingenuos, pero paradójicamente de profunda actualidad. Claro: si nos decidiéramos a ser menos virulentos con él y con su tiempo específico, a diferencia del modo en que Halperin (o la revista Noticias) lo trata. Esto es, como si fuera un político de actualidad en los que piensa Noticias y no un tipo de actualidad más interesante, a la altura de la verdadera ironía de la historia. En efecto, en su Autobiografía, Belgrano refiere el caso de un oficial de la expedición al Paraguay, que había sido ejecutado. Lo hacían personas “que no conocían y mataban al que peleaban por ellos”. Este acertijo que conoció Belgrano, ¿no sería entonces –para tomar un modismo expresivo de Halperin– el de la “entera historia”, el de toda historia conocida y el de todo conocimiento histórico?

[Horacio GONZÁLEZ. “Noticias de Halperin”, in Página/12, 12 de octubre de 2014]

618960_201412052126450000001El enigma Belgrano (Siglo XXI, el último libro de Tulio Halperin Donghi, ha aparecido un mes antes de la muerte del distinguido historiador, que ocurrió el 14 de noviembre, a los 88 años. Libro breve, llega apenas –incluyendo notas- a las 79 páginas. El resto de las 138 totales está ocupado por el prólogo, las ilustraciones y la cronología. Ha causado un cierto revuelo, más notorio que en el mundo de los historiadores, en el –infinitamente- más poblado del público en general. O sea, entre quienes jamás lo leerán y se conforman con el comentario, de título “con gancho”, que le dedicaron algunos medios. Para ese público, Halperin Donghi ha atacado inesperadamente la figura del creador de la bandera. Obviamente no hay ataque alguno, sino el concienzudo trabajo de un historiador. Las reacciones que dispara en el lector común, demuestran la vigencia de aquella pregunta que en 1919 se hacía Paul Groussac, sin demasiadas ilusiones: “¿A la edad del culto fetichista, sucederá la de la admiración consciente y razonada por ciertas fases realmente admirables del conjunto, sin extenderla a otras que lo son menos?”. Halperín Donghi abre su texto haciendo notar la curiosidad de que Manuel Belgrano es el único de los Padres de la Patria cuya condición de tal nunca ha sido impugnada por la “litigiosa comunidad” de los historiadores. Esta, lejos de pasar por alto sus reveses, los ha explicado “a partir de limitaciones de las que ha levantado un cada vez más minucioso inventario”. Y se ha mostrado unánimemente compasiva, ante fallas de Belgrano que condenó sin piedad en otros personajes. En esto consistiría el enigma, que en última instancia es historiográfico. Como siempre ocurre con este autor, en su denso texto hay que abrirse paso laboriosamente, sorteando una redacción tan personalísima como endiablada: arranca, por ejemplo, con 23 renglones sin un solo punto que separe los conceptos y otorgue algún respiro al lector. Empieza apuntando que el general José María Paz, al editar en 1855 sus “Memorias”, afirmó que las había inspirado un fragmento autobiográfico escrito por “el virtuoso y digno general Belgrano”. Tras estos adjetivos, dice Halperin, el general procede, a cada rato, a erosionar la figura del “virtuoso y digno”, hasta “destruirla por completo”. Su testimonio ha tenido enorme fuerza. A pesar de los interrogantes sin respuesta que sombrean la trayectoria de Paz, se reconoce indiscutida autoridad al testimonio que estampó sobre un Belgrano “que avanza en la vida de desdicha en desdicha, como consecuencia de fallas que en él son una contracara necesaria de esa virtud que lo hace tan admirable”. Después, Bartolomé Mitre compondría la biografía de esta “imagen de luces y sombras”, en una obra que impuso la noción de que “la contribución más valiosa” de Belgrano a la guerra de la Independencia fue la creación de la bandera. Halperin Donghi considera que a la clave del “enigma”, “debemos buscarla en el mismo Belgrano”. Con este propósito –sin capítulos ni subtítulos que marquen divisiones- examina una decena de aspectos. Domenico Belgrano Peri, su familia, sus negocios y el rumbo que marcó resueltamente en ambos terrenos. Cómo se manifestó e influyó ese estilo en la carrera del hijo Domingo, estudiante de Teología en Córdoba. Cómo ocurrió igual cosa con el hijo Manuel, estudiante en España, y cómo Domenico lo apoyó en sus nuevos propósitos. El desempeño de Manuel en el Consulado. Su singular entusiasmo por la carrera militar. El cuerpo de normas que proyectó para los Treinta Pueblos aborígenes de Misiones, y la vinculación de algunas ideas que lo estructuran, con las que expuso en El Correo de Comercio. El reglamento que confeccionó para las escuelas que debían fundarse en el norte, dotadas con el importe de su famosa donación. Finalmente, su relación con Manuel Dorrego. Obviamente, un historiador de la talla de Halperin Donghi puede dar, con lujo de solvencia, novedosas vueltas de tuerca tanto a la interpretación de documentos como a la bibliografía, y echar luz sobre costados del tema Belgrano a los que nadie se había acercado. Su exposición sobre el timoneo de Domenico, poseedor de la segunda fortuna de Buenos Aires en su época, es del más alto interés. Experto en conducir “una familia que era a la vez una empresa”, le sobraba destreza ancestral para prosperar en estrecho vínculo con la autoridad civil y con la religiosa. Esto es especialmente notable en las circunstancias que rodearon la carrera universitaria de sus dos hijos, y la correspondencia analizada resulta más que reveladora. Yendo a Manuel Belgrano en sí, también es por demás novedoso e interesante el examen de los años transcurridos en España, así como el desempeño posterior en el Consulado, con sus nada estudiadas contradicciones e ingenuidades. Igualmente aguda resulta su incursión en los reglamentos que confeccionó para los Treinta Pueblos y para las escuelas. De ese material tan variopinto, mirado con ojos perspicaces, Halperin Donghi extrae las conclusiones que han levantado la pequeña polvareda reciente. A su juicio, el vencedor de Tucumán y Salta era, en última instancia, un hombre despistado. “Ni como servidor de la monarquía católica ni como una de las figuras centrales de la revolución”, logrará nunca “sentirse cómodo en un mundo cuyos secretos había creído dominar plenamente”. Al proyecto de autobiografía que inició en 1814, lo envuelve un gran desaliento. Ya está convencido, piensa Halperin Donghi, de que carecía “de la competencia necesaria para desempeñar con éxito el papel que había elegido para sí en la epopeya revolucionaria”. Así, evocaba con amargura sus experiencias de 25 años, como “una sucesión de breves etapas eufóricas en que había puesto todas sus energías en un proyecto que demasiado pronto se iba a revelar inalcanzable”. Podrían discutirse estas apreciaciones, pero no negarles un cimiento bien elaborado. Claro que también cabría preguntarse si no ocurre así, en última instancia, con casi todos los hombres. Son raras las memorias donde el memorioso se congratule de haber logrado todo lo que quería, o de haber tomado siempre decisiones acertadas. Me parece que todas las autobiografías de la revolución americana, están atravesadas por el ventarrón de las desilusiones. Belgrano no vivió en un mundo de “profesionales”: era abogado y cayó sobre su espalda la responsabilidad (no gestionada por él) de mandar ejércitos. Halperin Donghi deja totalmente de lado el hecho de que ganó dos batallas, las de Tucumán y la de Salta, y que ambas resultaron fundamentales para la causa de la independencia (en la de Salta, por primera y única vez, logró rendir a un ejército completo, desde el último tambor al general en jefe). No es poca cosa. Creo que yerra Halperin Donghi al afirmar que Mitre consideraba la creación de la bandera como el “aporte principal” de Belgrano a la gesta. Tampoco estoy de acuerdo con que las memorias de Paz destrocen la memoria de Belgrano: al contrario, me parece que en su testimonio las sombras están equilibradas con las luces. De paso: Halperin Donghi comenta que, en la carrera de Paz, “las victorias alternaron con excesiva frecuencia con las derrotas”. No se sostiene este juicio, si se recuerda que el cordobés no perdió una sola de las batallas que mandó en jefe. Confieso no entender la afirmación final, de que tanto Mitre como Paz quisieron encontrar “la clave del enigma Belgrano” en la relación de éste con Dorrego, y a través de aquel conocido episodio que presenció -y sancionó- San Martín. O sea ese vínculo donde, de parte del general, había una admiración por el coraje del subordinado, que éste retribuía con burlas y desplantes. Me pregunto qué “clave de enigma” yace allí. Tampoco me parece sostenible que Belgrano sea “hombre sin rostro”, y que no tenga una imagen gráfica que permita “reconocerlo sin vacilación”: los 13 retratos que reproduce como ejemplo, son todos notoriamente parecidos entre sí. Marco una peccata minuta como final. En la cronología (página 133) dice que Belgrano “prometerá matrimonio” a Dolores Helguero, madre de su hija. No se conoce documento que diga tal cosa. Termino. En mi opinión, El enigma Belgrano reúne el agudo conjunto de miradas de un gran historiador, sobre aspectos no examinados de la figura del prócer. Es un conjunto que integran muchas conclusiones de peso, entre algunas que no lo tienen.

[Carlos PÁEZ DE LA TORRE (h). “Una mirada diferente sobre Manuel Belgrano”, in La Gaceta (Tucumán), 7 de diciembre de 2014]

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